Para entender el comportamiento del Gobierno en la actualidad
hay que recordar, en primer lugar, que el Presidente Caldera llegó
nuevamente al poder en medio de un proceso crítico experimentado
por nuestro sistema político.
La política en Venezuela se entendió, luego de la
restauración de la democracia en 1959, como un juego pactado
de antemano, en donde el gobierno, los partidos políticos
mayoritarios y los grupos de presión reconocidos (empresarios,
movimientos sindicales, burocracia) lograron negociar sus posiciones
en un marco propicio para la búsqueda del consenso y la
reconcilación. Así se fue construyendo una red de
intereses entre un Estado poderoso y unas organizaciones sociales
de carácter vertical y de tendencia monopólica en
cada uno de los sectores que representaban. Desde el punto de
vista económico, la democracia venezolana descansó
en un pedestal firme, originado en la capacidad del sector público
para distribuir la renta petrolera, aunque no en forma equitativa.
Es decir, para quienes obtenían más, no era necesario
que los de "abajo" se desprendieran de lo que les correspondía,
no había un juego suma-cero, y se concentraba una tendencia
hacia una mejoría socio-económica de toda la población,
con base a un crecimiento económico sostenido.
La democracia y el petróleo estuvieron unidos en Venezuela
desde 1959 hasta aproximadamente 1983. Durante ese año
se devaluó el bolívar, en medio de una baja violenta
de los precios del barril de petróleo y el comienzo de
una crisis fiscal que por varios años (desde 1976) fue
disfrazada por la adquisición de una deuda externa en forma
desordenada.
De esta forma, la relación entre el Estado y la sociedad
venezolana fue perdiendo la estabilidad y la seguridad que había
tenido por largos años, gracias a la legitimidad del orden
político establecido y la garantía otorgada por
los recursos financieros provenientes de la renta petrolera, A
la par del proceso de deterioro de la economía, el manejo
de la política en el Estado, en los partidos políticos
y dentro de los grupos de presión se fue transformando.
Un control vertical y una presencia de carácter homogéneo
organizacional, dio paso a una heterogeneidad en la representación
y en las posiciones políticas a seguir.
En este marco transitaron las administraciones de los presidentes
Luis Herrera Campíns y Jaime Lusinchi, tratándose,
en la medida de lo posible, de conciliar intereses encontrados
y de detener una crisis económica que amenazaba con la
inflación, la quiebra empresarial, el desempleo y el deterioro
de la función pública. Al mismo tiempo, el fenómeno
de la corrupción contribuía también a la
formación de una matriz de opinión pesimista y crítica
frente al sistema político venezolano..
Carlos Andrés Pérez llegó a la Presidencia
de la República por segunda vez en 1989. Desde el comienzo
se percibió que su gestión no estaría basada
en la idea de paliar el pasivo heredado, sino en la idea de cambiar
un estado de cosas confusas. La aplicación del paquete
económico, la profundización de la Reforma del Estado,
y el renovado impulso a la descentralización movieron oportunamente
el piso político-económico en donde descansaba el
sistema. Desafortunadamente, el impacto fue demasiado fuerte para
un país que no quiso entender la gravedad de la crisis,
y así, los empresarios, los partidos políticos mayoritarios,
la burocracia pública y los grupos de presión reaccionaron
de manera equivocada, en medio de una población que no
comprendía como las medidas económicas no traían
una mejoría en la calidad de la vida.
El " Caracazo" de 1989, los golpes militares de febrero
de 1992 y noviembre de ese mismo año, la salida del Presidente
Peréz de la jefatura del Estado en mayo de 1993, y el gobierno
interino de Ramón J. Velásquez son, en su conjunto,
los hitos históricos de un corto período en el cual
la democracia venezolana estuvo a punto de desaparecer.
Rafael Caldera comprendió a mediados de 1990 que el país
buscaba una salida diferente al status-quo representado por Acción
Democrática y COPEI y al status-quo económico representado
por un Estado ineficaz e ineficiente, y un sector bancario privado
que perdía el rumbo de sus funciones. Al mismo tiempo,
Caldera encontraba en sus giras y contactos cara a cara, a una
nación que reclamaba un nuevo modo de hacer política
basada en la autoridad, la decencia y la legitimidad, valores
que aparentemente se habían perdido. Su impresionante discurso
del 4 de febrero de 1992, elaborado minutos después de
enterarse de la rendición del Comandante Chavéz,
marcó definitivamente el alejamiento de su opción
presidencial de su propio partido COPEI, y profundizó a
una candidatura que ya se reflejaba con peso en las encuestas,
aún antes de 1992. Pero, el ex-Presidente no empezó
de cero a partir del discurso pronunciado en el Congreso. Lo que
hizo fue proyectar de manera profunda su personalidad por encima
de los arreglos partidistas y la cultura política imperante,
a la vez que se convertía en la "contrafigura"
de Carlos Andrés Pérez.
La frágil coalición de partidos de izquierda, sus
seguidores incondicionales, militantes de COPEI, y en menor medida
de AD, y el grueso de independientes que le dio el triunfo electoral
en diciembre de 1993, no hicieron sino refrendar una tendencia
mundial supra-partidista que aquí en Venezuela se expresó
en Caldera, un hombre que no era un "outsider" como
Fujimori, un revolucionario como Lula y mucho menos un personaje
anti-sistema como Chávez. Era simplemente un líder
carismático.
Este conjunto de elementos se convirtió en consecuencia
en el alfa y el omega de su victoria: una coalición heterogénea
en torno a una figura controversial, en medio de un vació
político y una segunda fase de la crisis económica,
la financiera privada.
En este contexto se inició la segunda administración
de Rafael Caldera como Presidente Constitucional de Venezuela
en febrero de 1994. La composición de su gabinete y las
primeras medidas acordadas junto con su débil fuerza parlamentaria
señalaban desde ya, que su estrategia sería la misma
de la campaña electoral, concentrar sus ataques en la denuncia
del gobierno de Pérez, marcando distancia con el Parlamento
y en particular con COPEI; y en su persona, la última palabra
en materia de toma de decisiones. La conformación del gabinete
reflejó tres grupos: incondicionales, personalidades y
aliados socialcristianos. Desde entonces el gobierno se convirtió
en una experiencia sui-géneris en la historia política
del país: un Presidente rodeado de sus propicios activos
y pasivos producto de una larga lucha, evitando ser el último
líder del sistema político actual, y a su vez incómodo
antes el status-quo, y con una alianza electoral efímera.
La gestión del Ejecutivo en estos dos años y seis
meses de ejercicio del poder se ha concentrado en tres grandes
líneas maestras de acción. En primer lugar rescatar
(desde la perspectiva oficial) la capacidad del gobierno central
para llevar adelante la labor gubernamental. Esto ha dado lugar
a una posición francamente contra-revolucionaria en cuanto
a la descentralización política. En segundo lugar,
una política militar orientada hacia la restitución
del mando jerárquico y el liderazgo presidencial. Y en
tercer lugar, una política económica de zig-zag,
mixta, en donde prevalece la idea de controlar la actividad económica
lo cual permite a su vez golpear sectores privados no afines a
la génesis gubernamental.
El freno parcial a la políticas de Pérez, es decir
a la descentralización y a la libertad económica
ha llevado a su vez a un reforzamiento de carácter autoritario
de la Presidencia de la República y a una política
de enfrentamiento moderado con el Congreso. De hecho, las últimas
encuestas realizadas señalan un apoyo popular al gobierno,
pero ya con rasgos declinantes. De ahí que en las últimos
meses se haya planteado un armisticio entre el Gobierno, AD y
COPEI. Estos factores entendieron que a la larga, un pugilato
de esa naturaleza favorece a un proceso antidemocrático
dificíl de pronosticar en cuanto a sus resultados y en
donde el poder personal puede sustituir al poder las instituciones.
No cabe la menor duda que la entrada al gabinete este año
de Teodoro Petkoff y la salida de los graciosos personajes de
Carmelitas y Miraflores que tanto daño hicieron al país,
permitió que le entrara un fresquito a la vida política
local. Por otra parte, la puesta en práctica, de manera
parcial, de la Agenda Venezuela, el descontrol cambiario y de
precios, la reactivación de la industria petrolera y el
aumento de los precios del barríl de petróleo fortalecen
lo que varios analistas han conceptualizado como una segunda parte
del gobierno Caldera, la cual se puede ubicar desde el segundo
semestre de 1995, cuando se empezó a conversar con el Fondo
Monetario.
Pero, por otra parte, estos aciertos se empañan con el
escándalo suscitado sobre la legalidad o no de los auxilios
financieros otorgados a la banca privada en 1994, el proceso sospechoso
de la privatización de los bancos en manos del Estado,
la corrupción administrativa y el desorden policial.
Todo esto hace pensar que el Gobierrno está llegando a
un peligroso estadio de deslegitimidad, que ya no mete miedo,
que no las tiene más consigo, y que si hace algo es administrar
la pesada carga del Estado hasta cuando lleguen las elecciones
de 1998. Esto no quiere decir que Caldera no está mandando.
Lo está, pero ya sin la posibilidad de dar un giro que
le devuelva la felicidad al venezolano. Ciertamente, el cambio
no va.
Así se encuentra la situación política venezolana.
Un Presidente Constitucional que sabe que no puede pasar el "paralelo
38" en su política de enfrentamiento, porque borraría
con esa acción a la democracia y a su propiedad historia
personal. Unos partidos políticos mayoritarios, AD y COPEI,
sin poder ser protagonistas del quehacer popular, una parálisis
de la coalición gubernamental, un Chavéz amenazante
de hacer realidad su delirio constituyente y una Irene Sáez
capaz de adormecernos en la fantasía de tu país
está felíz. En este marco se abren cuatro escenarios
que ordenamos con base a la probabilidad de que sucedan:
- que no pase nada y sigamos por el resto del año en
la tónica actual, dentro del agravamiento de la crisis
económica;
- que el gobierno y la oposición bajen el tono de sus
enfrentamientos y se formulen nuevas reglas de juego;
- que haya un golpe militar o un auto-golpe gubernamental;
- que el gobierno fracase en su políticas y se abra el
campo revolucionario en Venezuela.
En cuanto al primer escenario se proyectaría un gobierno
limitando la acción de los gobernadores y el Poder Legislativo.
Un Congreso desplazado de su función y arrinconado por
la Presidencia; y un alto nivel de popularidad de Caldera en el
marco de una inflación controlada.
En relación al segundo escenario, la política económica
gubernamental no da resultados, se desata la inflación,
y el Gobierno se ve en la necesidad de reacomodar su base de sustentación.
En consecuencia se pide la ayuda parlamentaria y Caldera se dedica
a reorganizar su gabinete con personas más representativas
y menos hostiles de AD y COPEI.
En cuanto al tercer escenario, el Gobierno se cierra a cualquier
posibilidad de acuerdo con el Congreso, se entra en una hiperinflación
y se genera un vacío de poder, dando campo a la tentación
autoritaria dentro o fuera del Ejecutivo, con el respaldo de las
Fuerzas Armadas.
Un cuarto escenario descansa en la posibilidad de una separación
tajante de la población del Presidente Caldera, único
factor en el cual descansa actualmente la legitimidad del sistema,
lo que originaría una violencia social capaz de iniciar
una revolución o en toda caso un eje revolucionario liderizado
por el Movimiento Bolivariano u otro factor político.
Es de desear que no se llegue a los extremos de los últimos
escenarios. Pero una situación de consenso capaz de asegurar
la continuidad del sistema político, en medio de una crisis
económica agravada por errores oficiales, y la visión
ortodoxa que la sustentó por un tiempo demasiado largo,
no se ha formado. En todo caso, se impone una reflexión
sobre nuestro destino político y sobre la situación
actual, por cierto demasiada tranquila, como si no pasara nada,
y del agua mansa líbreme...