Barra Esta Semana
Revista Electrónica Bilingue       Nº 7     Septiembre 1996
Esta Semana
"Aquí se conocen"
Germán Carrera Damas


El 12 de enero de 1883 emprendió el Presbítero Doctor José Antonio Ponte, Arzobispo de Caracas y Venezuela, una visita pastoral del Gran Estado Carabobo. Invitó a formar parte de su reducido séquito al entonces estudiante José Tomás Sosa Saa, quien recibió permiso del Rector de la Ilustre Universidad de Caracas. el invitado se desempeñó como una suerte de cronista de la visita pastoral, de allí que el 10 de febrero de 1883 dirigiese al Dr. Guillermo Tell Villegas una carta que fue publicada ..."con algunas modificaciones"..., en La Opinión Nacional, en sus ediciones del lo, 2 y 3 de marzo de 1883.

En su carta el joven cronista comentó entusiasmado que en Guacara ..."hay que admirar el genio de una de sus hijos que sin haber salido de allí y sin lección alguna, ha logrado hacer de un erial un paseo en que hay mucho que admirar"... Ante un resultado que estimó tan loable por las circunstancias en que se produjo, el cronista hizo el siguiente comentario, muy revelador:

..."Guacara progresa, y confirma lo que de nuestra patria dijo el bueno y malogrado Cecilio Acosta: 'Aquí se conocen las cosas sin libros, se escribe sin modelos y se va adelante sin vapor: aquí hay una precocidad que adivina, un gusto que pule, un entendimiento que abarca, y un espíritu que vuela"'. (Recuerdos del ilustrísimo señor Arzobispo de Caracas y Venezuela, Doctor José Antonio Ponte. Cartas romanas, visitas pastorales, algunos discursos. Caracas, Imprenta de "El Monitor", 1884, página 188).

No creo que pretendiese el más bien banal filósofo social sostener con su dicho que los libros no fuesen útiles que los estudios no fuesen necesarios y que el vapor no impulsase "el progreso". Sin embargo, formuló una torpe proposición, y más que esto proporcionó una coartada, apropiada para amparar la abulia individual y social tras un escudo de jactancioso ignorancia.

Conocer sin libros, como principio no sólo sería ruina de libreros y desesperanza de autores. Podría ser también consuelo, si no justificación, de administradores para quienes las partidas dedicadas a la adquisición de libros y revistas son, cuando menos, siempre recortables. Muy conveniente les resultaría el acogerse a este principio en tiempos en los cuales los venezolanos vivimos una suerte de Edad Media, en lo concerniente a los inaccesible de los libros. (El catálogo de obras históricas de. la librería londinense Blackwell, para esta primavera, propone varios interesantes títulos a precios que se extienden entre un folleto de 96 páginas, sin ilustraciones, por 4.300 bolívares, y un libro de 288 páginas, también sin ilustraciones por 27.500).

Escribir sin modelos podría ser, por extensión, una norma conveniente para todo el que pretenda compensar la falta de formación con el solo arrojo. Es decir, para: quien no haya entendido el procesó básico de, la creatividad y piense, erróneamente, que ésta no es la culminación de una prolongada y más que exigente formación.

El vuelo del espíritu, puede ser el de las gallináceas, el del águila o el del albatros. En el primer caso sería una corta serie de ridículos saltitos, que remendarían tristemente el vuelo intelectual de un espíritu disminuido. En el segundo caso, el tal vuelo serviría sobre todos los propósitos de rapiña intelectual, practicada a costa de cualquier idea mal comprendida y peor expresada. Sólo, en el tercer caso a la serenidad del vuelo le acompañaría la majestad de su gran alcance, y esto requeriría poseer un intelecto bien entrenado y mejor nutrido.

En suma, el imprudente filósofo social extendió una buena receta para consolar una sociedad que rinda admiración a improvisados engreídos; a autores de una obra "de inspiración"; a pintores de un cuadro afortunado; a políticos semianalfabetos, que opinan con desparpajo sobre las más difíciles cuestiones; a periodistas patentados pero no menos semianalfabetos; a empresarios sin capacidad ni entrenamiento empresarial a profesores universitarios que no se atreven a escribir en el pizarrón, inseguros de su ortografía; a estudiantes universitarios para quienes leer todo un libro resulta ser poco menos que una hazaña, etc.

Sin embargo, ¡cuán infeliz se habría sentido Cecilio Acosta viendo cómo también en la Venezuela de hoy su peregrina tesis nos amenaza con campear por sus fueros!


publicado en El Nacional lunes 16 de septiembre de 1996
Bitacora Archivo Documentos Correo Venezuela Analitica Suscribirse

Copyright Venezuela Analitica