|
Serio revés sufre la Agenda Venezuela en esta
semana de frustraciones en la privatización de dos empresas
entrañablemente enraizadas en la vida nacional: el Banco
de Venezuela y la Línea Aeropostal Venezolana. En esta
última, el Fisco registra una pérdida cuantiosa,
superior a los treinta millones de dólares, después
que por un desacierto inexplicable de un antiguo miembro del gabinete,
premiado más tarde su fracaso con su regreso a cumplir
altísimo destino, se dejó de vender por una cifra
inmensamente mayor, a una muy reputada firma internacional de
la aviación. En el remate judicial de una quiebra producida
por tan impertinente gestión, el monto favorecido para
la asignación no llegó a recuperar ni siquiera el
valor de las existencias de inventario de repuestos y nos llevó
a entregar una flota de nueve aviones por un valor insignificante
e irrisorio.
En torno al Banco de Venezuela, los desatinos e imprevisiones
del entorno que asfixió al proceso privatizador no pudieron
ser más perniciosamente desalentadores. Una crisis financiera,
agravada por los abusos de las impericias en la conducción
más infame, no es extraño que ahora desemboque en
el más estruendoso fracaso. Salvo la gestión prudente,
diáfana y muy profesional de Esther de Margulis en la presidencia
de Fogade, quien después de muchos esfuerzos no pudo superar
algunos escollos, faltó en las altas esferas del Estado
la actuación de quien pudiese haber transmitido al mercado
de inversionistas externos seguridad, coherencia y consistencia
en las peculiares circunstancias de este proceso.
Contaminó de manera particularmente grave
el clima privatizador la presencia activa en el manejo de un asunto
tan relevantemente sensible de algunos funcionarios del alto gobierno
que desde el inicio de sus funciones sólo difundieron en
el ambiente de los negocios inhibiciones, recelos y sospechas.
En esta afirmación tengo el aval de una rica experiencia
personal. Después de intensas gestiones para incentivar
el interés de importantes inversionistas norteamericanos
en la adquisición de uno de los bancos nacionalizados,
todos coincidieron en la confesión del temor y la suspicacia
que a ellos suscitaba la descarada afirmación de un personaje,
encargado nada menos que de resguardar la juridicidad en las actuaciones
del Gobierno, de que 'en Venezuela la propiedad no es un derecho
fundamental'. Y para confirmarlo de manera inconfundible, sin
parar mientes en sus implicaciones y con el ánimo presunto
de castigar a unos deudores, con costas siempre pagadas por el
Estado y sobre bienes no pocas veces en poder del Estado mismo,
impuso el alevoso expediente de la ocupación, una arbitraria
y caprichosa providencia, inédita en las instancias procesales
de la nación.
Tampoco se resguardó el proceso de las debidas
previsiones en cuanto a la selección conveniente de los
potenciales compradores. Es muy elocuente el caso del Banco de
Bogotá. Tengo señalada simpatía por la urgencia
con que debe promoverse el acercamiento más fecundo con
la más cercana de nuestras hermanas repúblicas.
Sólo esa vinculación promovida sin obstáculos
ni reservas puede allanar divergencias y superar históricas
confrontaciones. Una economía vecina y con unas dimensiones
superiores a la nuestra tiene para la actividad nacional desvinculada
del petróleo una primerísima relevancia. Los miles
de millones de dólares que miden un comercio regional con
dimensiones cada vez más considerables no podemos someterlos
a indeseables interferencias.
Para el provecho recíproco, más importante
que una participación patrimonial en un banco resulta el
comercio muy cuantioso y las inversiones productivas que en otras
muy diversas áreas cada uno de los países puede
emprender en relación con el otro. La defensa de esos intereses
es algo mucho más vital para el beneficio del desarrollo
de nuestras dos naciones.
Las inversiones en una actividad tan sensible como
la bancaria no deben jamás exponerse al riesgo de innecesarias
vicisitudes. Quienes invierten en la formación patrimonial
de un banco no pueden ni deben asumir compromisos y riesgos que
trasciendan a las implícitas en la naturaleza misma del
negocio. Las divergencias lamentables que en el curso de la historia
nos han interferido el caso del Caldas ilustra el antecedente
más recordable en el tiempo reciente no es prudente ponerlas
a prueba en las muy peculiares circunstancias de un negocio donde
ellas pueden llegar a ser inmanejables. Por ello consideramos
que hubiese sido mucho más inteligente, previsiva y acertada
la cortesía de un ministro que con franqueza transmita
estos sentimientos tan asimilables, que aquella otra temeraria
y fingida, pródiga y ciega, que sin ninguna precaución
y en alarde desbocado de una apasionada militancia integracionista
diga, como parece haberse insinuado en altas instancias gubernamentales,
que en esta inversión tan singular no podía ni puede
existir ninguna clase de diferenciaciones.
La privatización como experiencia de Estado
tiene antecedentes demasiado recientes. La palabra misma fue incorporada
al diccionario inglés en 1983. En la lengua española,
todavía los puristas del lenguaje la censuran. Fue usada
por primera vez en la literatura contemporánea por el profesor
Peter Drucker en las páginas de un libro innovador, como
todos los suyos, intitulado La era de la discontinuidad. Las fuerzas
del pragmatismo indagador de costos más productivos en
el afán de gobernar con la eficiencia más exigente.
Las mutaciones tan radicales ocurridas en el orden ideológico,
dirigidas a achicar el Gobierno y disminuir el peso de la deuda
pública y los compromisos del Estado, de modo de resguardar
con mayor seguridad la vigencia de la democracia misma. La revisión
de la idea de los mercados y la ampliación de las alternativas
para las escogencias públicas en la provisión de
servicios cada vez más complejos e inevitablemente asociados
a los cambios tecnológicos más espectaculares. Todas
estas y otras muchas razones obligan al Gobierno a dar pasos más
firmes en el reto de un proceso privatizador que ciertamente busque
y afirme la presencia de una sociedad civil más activa
y eficaz. Pero para ello necesitamos guías más experimentados
y sagaces. Las grandes transformaciones no suelen obrar por sí
mismas. Para dominar la ignorancia, la indiferencia, la indocilidad
y hasta las coaliciones infames del egoísmo privado, se
requiere alguien con la mayor destreza para interferirlas exitosamente.
La brida, sin un adiestrado jinete que la empuñe, no puede
dirigir el corcel.
Publicado en El Universal el 5 de septiembre
|