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Revista Electrónica Bilingue       Nº 7     Septiembre 1996
Esta Semana
¿Quién, nosotros?
Imelda Cisneros


Con frecuencia se dice que América Latina es ``la región del futuro''; pero lo cierto es que han transcurrido cuatro décadas en las que, en muchos aspectos, no sólo no se ha progresado, sino que, incluso, se ha retrocedido. Aunque cuenta con el doble de la población y dos veces la superficie de EE.UU, el producto de la región apenas resulta algo más de la quinta parte del que genera áquel. La abundancia de recursos naturales no asegura progreso, pero no deja de ser paradójico que siendo América Latina una de las regiones potencialmente más ricas por su alta dotación de recursos naturales, resulte al mismo tiempo una de las más empobrecidas del mundo. A pesar del efecto de la crisis mexicana, de los problemas de Argentina como consecuencia de la sobrevaluación de su moneda y de que las perspectivas positivas de Brasil aún están por concretarse, son muchos los que coinciden en que América Latina por fin está asumiendo las políticas económicas que, bien administradas, podrían asegurar en el futuro prosperidad para su gente. Se está abriendo al mundo y sentando las bases para el fortalecimiento de su integración y la consolidación de un crecimiento permanente. Sin embargo, tal proceso no está exento de riesgos y grandes tensiones políticas y sociales. Si tomamos en cuenta la ya probada volatilidad de las economías de la región, donde es evidente que las consideraciones políticas han prevalecido sobre las economías, y las de corto plazo sobre las de largo plazo, pareciera que este período de transición exige de auténticos y renovados liderazgos para poder superar con éxito las dificultades. Tanto la ineficacia mostrada por la mayoría de los líderes tradicionales como la pobre reputación de gran parte de los gobiernos latinoamericanos, reducen la oportunidad de que el actual mundo político pueda liderar acertadamente el proceso de cambio durante los próximos años. Los partidos han sido concebidos y organizados atendiendo a las pautas de actuación que les ha impuesto la sociedad; pero como los méritos de un liderazgo, su vigencia y significación, se miden por su cotribución al bienestar de la comunidad que lideran, es claro que la actual sociedad latinoamericana no está satisfecha con su liderazgo político y tampoco consigo misma. ¿Quién asume entonces la continuidad de los cambios, a sabiendas de que si se fracasa se puede desembocar no en una sino en varias décadas perdidas? ¿Estarán preparados trabajadores, sindicatos, intelectuales, políticos, militares o la Iglesia para responder al reto planteado? Uno de los sustentos básicos del nuevo ordenamiento económico internacional viene dado por la relativa mayor importancia que se le está atribuyendo a la inversión privada como instrumento fundamental del crecimiento económico. Se ha venido reduciendo el tamaño del Estado para fortalecer su acción en áreas y sectores claves, mientras se le asigna más responsabilidad al sector privado. ¿No significará esto que se le está transfiriendo indirectamente gran parte del liderazgo de los cambios al sector privado? De ser esto así, ¿estará consciente de ello el sector privado? ¿Habrá entendido la responsabilidad histórica que significa esa transferencia de competencia y poder? ¿Se habrá preparado para asumir tal responsabilidad? ¿Existirá ese sector privado nacional? Bien vale la pena que los empresarios latinoamericanos empiecen a responderse estas preguntas, a no ser que quieran correr el riesgo de que se les siga teniendo por especuladores y falsos empresarios, en lugar de generadores de empleo y riqueza. Algunos ya están asumiendo activamente posiciones y ejecutando acciones. En Venezuela, podemos observar industriales, comerciantes y banqueros realizando reuniones, haciendo consultas, elaborando escenarios, perfilando coaliciones. Una de las respuestas a las preguntas que nos planteamos podría estar en alcanzar una mayor articulación entre lo más auténtico de la sociedad civil organizada, lo más genuino del liderazgo político y lo más representativo del verdadero empresariado. Se trataría de un mayor compromiso entre los ciudadanos que están conscientes de sus derechos y obligaciones; los empresarios, que motivados por la búsqueda de oportunidades con un mínimo riesgo, asumen también su responsabilidad con los clientes y la sociedad; y los líderes políticos que saben escuchar y responder oportunamente a las exigencias que les son planteadas por las nuevas realidades. Lograr esta articulación no es fácil y toma tiempo, pero una vez lograda se podría hacer menos difícil la definición del camino y más fácil la suma de voluntades. Abundan las personas interesadas en analizar y conversar sobre esto; pero, lamentablemente, escasean las que están dispuestas a actuar.


Publicado en El Nacional el 5 de septiembre
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