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Con frecuencia se dice que América Latina
es ``la región del futuro''; pero lo cierto es que han
transcurrido cuatro décadas en las que, en muchos aspectos,
no sólo no se ha progresado, sino que, incluso, se ha retrocedido.
Aunque cuenta con el doble de la población y dos veces
la superficie de EE.UU, el producto de la región apenas
resulta algo más de la quinta parte del que genera áquel.
La abundancia de recursos naturales no asegura progreso, pero
no deja de ser paradójico que siendo América Latina
una de las regiones potencialmente más ricas por su alta
dotación de recursos naturales, resulte al mismo tiempo
una de las más empobrecidas del mundo. A pesar del efecto
de la crisis mexicana, de los problemas de Argentina como consecuencia
de la sobrevaluación de su moneda y de que las perspectivas
positivas de Brasil aún están por concretarse, son
muchos los que coinciden en que América Latina por fin
está asumiendo las políticas económicas que,
bien administradas, podrían asegurar en el futuro prosperidad
para su gente. Se está abriendo al mundo y sentando las
bases para el fortalecimiento de su integración y la consolidación
de un crecimiento permanente. Sin embargo, tal proceso no está
exento de riesgos y grandes tensiones políticas y sociales.
Si tomamos en cuenta la ya probada volatilidad de las economías
de la región, donde es evidente que las consideraciones
políticas han prevalecido sobre las economías, y
las de corto plazo sobre las de largo plazo, pareciera que este
período de transición exige de auténticos
y renovados liderazgos para poder superar con éxito las
dificultades. Tanto la ineficacia mostrada por la mayoría
de los líderes tradicionales como la pobre reputación
de gran parte de los gobiernos latinoamericanos, reducen la oportunidad
de que el actual mundo político pueda liderar acertadamente
el proceso de cambio durante los próximos años.
Los partidos han sido concebidos y organizados atendiendo a las
pautas de actuación que les ha impuesto la sociedad; pero
como los méritos de un liderazgo, su vigencia y significación,
se miden por su cotribución al bienestar de la comunidad
que lideran, es claro que la actual sociedad latinoamericana no
está satisfecha con su liderazgo político y tampoco
consigo misma. ¿Quién asume entonces la continuidad
de los cambios, a sabiendas de que si se fracasa se puede desembocar
no en una sino en varias décadas perdidas? ¿Estarán
preparados trabajadores, sindicatos, intelectuales, políticos,
militares o la Iglesia para responder al reto planteado? Uno de
los sustentos básicos del nuevo ordenamiento económico
internacional viene dado por la relativa mayor importancia que
se le está atribuyendo a la inversión privada como
instrumento fundamental del crecimiento económico. Se ha
venido reduciendo el tamaño del Estado para fortalecer
su acción en áreas y sectores claves, mientras se
le asigna más responsabilidad al sector privado. ¿No
significará esto que se le está transfiriendo indirectamente
gran parte del liderazgo de los cambios al sector privado? De
ser esto así, ¿estará consciente de ello el
sector privado? ¿Habrá entendido la responsabilidad
histórica que significa esa transferencia de competencia
y poder? ¿Se habrá preparado para asumir tal responsabilidad?
¿Existirá ese sector privado nacional? Bien vale la
pena que los empresarios latinoamericanos empiecen a responderse
estas preguntas, a no ser que quieran correr el riesgo de que
se les siga teniendo por especuladores y falsos empresarios, en
lugar de generadores de empleo y riqueza. Algunos ya están
asumiendo activamente posiciones y ejecutando acciones. En Venezuela,
podemos observar industriales, comerciantes y banqueros realizando
reuniones, haciendo consultas, elaborando escenarios, perfilando
coaliciones. Una de las respuestas a las preguntas que nos planteamos
podría estar en alcanzar una mayor articulación
entre lo más auténtico de la sociedad civil organizada,
lo más genuino del liderazgo político y lo más
representativo del verdadero empresariado. Se trataría
de un mayor compromiso entre los ciudadanos que están conscientes
de sus derechos y obligaciones; los empresarios, que motivados
por la búsqueda de oportunidades con un mínimo riesgo,
asumen también su responsabilidad con los clientes y la
sociedad; y los líderes políticos que saben escuchar
y responder oportunamente a las exigencias que les son planteadas
por las nuevas realidades. Lograr esta articulación no
es fácil y toma tiempo, pero una vez lograda se podría
hacer menos difícil la definición del camino y más
fácil la suma de voluntades. Abundan las personas interesadas
en analizar y conversar sobre esto; pero, lamentablemente, escasean
las que están dispuestas a actuar.
Publicado en El Nacional el 5 de septiembre
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