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El tema de la drogadicción y el narcotráfico ha
logrado convertirse, para pena del mundo actual, en uno de los
elementos emblemáticos que el siglo XX le entrega como
herencia al siglo venidero. La discusión sobre las causas
para su incremento exponencial suele ser interminable, pero nadie
duda que en su base está la presencia de un negocio riesgoso
y productivo como pocos. Es el cuento de Midas, sólo que
partiendo de humildes vegetales cultivados por campesinos sin
destino, hojas que a poco de andar se transforman en interminables
millones de dólares que crean emporios e imperios. Más
tarde, como la historia enseña en demasía, la acumulación
ilegal de dinero se transforma por obra de un acto jurídico,
la herencia, en la próspera base de fortunas que se tienen
como respetables para la siguiente generación. Nada es
más amnésico que el dinero en relación a
su origen más recóndito.
Lo que no llega a dilucidarse es quién tiene la culpa.
Estados Unidos acusa del problema a las naciones latinoamericanas,
especialmente a sus gobiernos, en las cuales se producen las drogas
que penetran su territorio y devastan contingentes poblacionales
crecientes. Colombia, Bolivia, Perú y los países
"productores" señalan que es el mercado el que
jalona la producción: si no hubiese un mercado de tales
dimensiones no habría estímulo para la producción.
El debate sobre si la economía de la droga está
dominado por la oferta o por la demanda suele ser del género
de los inconclusos. Se pueden encontrar argumentos de pesos equivalentes
para ambas posiciones, pero lo que es seguro es que los polos
de oferta y demanda son alternativamente causa y efecto del otro.
Lo que el economista neoclásico Juan Bautista Say afirmaba
del fenómeno productivo en general ("toda oferta crea
su propia demanda") puede haber estado en el nacimiento del
fenómeno del comercio de las drogas, históricamente
considerado. Pero eso ya no cuenta; ahora la producción
estimula a la demanda y la demanda estimula a la producción,
por lo tanto el combate inevitablemente tiene que hacerse en las
dos puntas.
Lo que ocurre es que el tema del combate al narcotráfico
y al consumo de drogas rebasó las consideraciones técnicas
para adquirir los perfiles de una lucha del poder y por el poder.
La CIA perdió legitimidad con la caída del mundo
socialista; pero la DEA parece tener todas las credenciales del
mundo para intervenir en los países de la región,
porque se tiene como buena y aceptable la misión explícita
que ostenta. Mientras tanto, en los países latinoamericanos
que padecen en mayor medida el problema, la defensa patriótica
frente a la DEA no logra ocultar la penetración hasta lo
indecible del dinero corrupto en las más altas esferas
de las élites de poder.
El general Barry Mc Caffrey, "zar" en la lucha contra
las drogas en el gobierno norteamericano, acaba de decir que en
su país en 1985 el consumo de drogas creció en más
del 13 %, pero que comenzó a bajar hasta 1992 por las políticas
para desestimular dicho consumo. Sin embargo, dice Mc Caffrey,
desde esa fecha ha subido nuevamente y en 1995 el consumo subió
el 10.9%; sobre todo en la población juvenil que va desde
los 12 a los 17 años. Dice este autorizado funcionario
que en Estados Unidos se ha abandonado la lucha contra el consumo,
que la labor preventiva ha decaído y que la base de esta
dinámica es la ausencia de comunicación entre los
hijos y los padres. Señala que en este país hay
1.6 millones de personas en prisión por causa de la droga.
Esta visión de Mc Caffrey tiene la virtud de que puede
permitir el colocar la discusión en otro terreno. Se trata
de apuntar hacia las responsabilidades indudables que tienen los
gobiernos de Estados Unidos y de Colombia, Perú, Bolivia
y otros en este hemisferio en la articulación de una estrategia
compartida de combate contra este insólito negocio. En
la medida en que sea usado el tema de la droga para perseguir
objetivos de política exterior, Estados Unidos errará
el tiro; en la medida en que sea usado por gobiernos latinoamericanos
para aparecer como víctimas de procesos que supuestamente
los rebasan en sus propios países, se harán cómplices
de la expansión de la economía de la oferta.
Tomarle la palabra a Mc Caffrey, no para jugar al "yo lo
dije", puede ser útil para salir del nuevo tercermundismo
al que se quiere confinar a algunos países de la región.
Pepe Carrasco
Hace diez años fue otro septiembre fatídico. Un
grupo atentó contra Pinochet y de seguidas se desató
una feroz represión. Fueron a la casa de Pepe Carrasco,
periodista, hombre cordial, del talante de los que son amigos,
y se lo llevaron. Apareció con trece balazos en el cuerpo.
Se indagó. Se supo que fue un funcionario de seguridad
del gobierno. Pero se prohibió, desde entonces, que la
prensa informara sobre el proceso. En este mes el Colegio de Periodistas
de Chile indicó que si no se levanta la prohibición
de todas maneras los periodistas informarán. La memoria
de Pepe Carrasco lo exige.
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