De un modo general, podemos advertir que el Estado moderno y
la sociedad global sufren el impacto de una crisis social, económica
y política de profundos alcances e insospechadas consecuencia.
La crisis general se agudiza, se torna más compleja y
en algunas instancias parece ser inmanejable, por cuanto ella
repercute en todo el orden de las instituciones sociales, afectando
particularmente el ejercicio de la libertad, el cumplimiento de
la justicia, la consolidación de la paz, el futuro de la
familia humana y de la propia civilización. De manera especial,
los países en vías de desarrollo son los más
afectados.
El surgimiento de nuevos problemas está generando conflictos
que actualmente rebasan los recursos y las posibilidades de solución
por parte de muchos estados nacionales. Las contradicciones se
agudizan y los antagonismos sociales se imponen como problemas
complejos que obstaculizan el proceso de desarrollo y cambio social.
La presencia de la droga comienza a obstaculizar de una manera
dramática la posibilidad de lograr un cambio social cualitativo
que beneficie a toda la población. La producción,
comercialización y consumo de drogas ilícitas, en
su conjunto, se orientan hacia la creación de una economía
paralela. En este sentido, la droga refleja una crisis social
de valores, es una fuente de riqueza ilícita, es un agente
destructivo de la familia como sistema e institución, es
factor de desestabilización institucional. Es particularmente
peligrosa por constituir un problema objeto de guerra, destrucción
y corrupción que amenaza con debilitar la cultura como
un todo integral, la soberanía nacional como el eje fundamental
que determina la vida del sistema democrático y su proyección
en la conformación de una sociedad capaz de promover, defender
y preservar el derecho a la vida, la libertad, la igualdad de
oportunidades y la solidaridad humana como pueblo y como nación.
El discurso sociológico permite examinar la complejidad
y los alcances del fenómeno político, económico
y social que ha penetrado en la vida nacional de los pueblos de
América Latina. Hoy podemos calificar aciertos países
por su condición de, unos comprometidos en producción,
tráfico y consumo; otros en tráfico y consumo.
Venezuela es fundamental y circunstancialmente un país
de tráfico y consumo.
El Estado y la sociedad civil venezolana se rigen por un estado
de derecho democrático, el cual está llamado a perfeccionarse
en el ejercicio y desarrollo de sus funciones y sus principios
éticos, jurídicos, políticos, económicos,
culturales y sociales. Los fundamentos de la Carta Magna de la
República determinan expresamente el derecho a la vida
en condiciones que garanticen para siempre la libertad, la justicia,
la equidad y las paz a la cual tiene derecho y debe tener opción
todo el pueblo de Venezuela.
El estadista chileno Diego Portales, en un grito de fe y desesperanza
exclamó: ìLa lucha de la América Latina es
la lucha contra el peso de la nocheî. ¿Cómo
puede definirse ese peso de la noche? ¿Cómo y donde
se percibe? ¿A quien abruma el peso de esa noche milenaria
que arropa a la geografía latinoamericana desde más
allá de la Patagonia hasta más allá del Río
Grande? Cerca de cuatrocientos millones de seres subsisten en
el recinto latinoamericano bautizado por Juan Pablo II con el
nombre del ìcontinente de la esperanzaî. La mayoría
de estos seres, sin embargo, deambula entre las sombras de la
ignorancia, el hambre, la enfermedad, la pobreza crítica,
la guerra entre pueblos hermanos, reflejando así la decadencia
de un sistema social precario, sórdido e injusto. El estilo
de vida que nos caracteriza es irreconciliable con los postulados
pautados en la Declaración de los Derechos Humanos y en
la Declaración de los Derechos del Niño, en cuyo
contexto encontramos un principio que reza así: ìla
humanidad debe al niño lo mejor que pueda darleî.
Dentro del panorama de la región latinoamericana surge
la realidad social de Venezuela como un reto inexorable, como
un hecho y proceso que exige, para su transformación social
integral, un plan de acción diaria y permanente de los
Poderes Públicos y de la sociedad civil. Nos encontramos
en la difícil encrucijada que condiciona nuestro espacio
de país del Sur, confrontando nuevos problemas que hoy
emergen con una fuerza impía y diabólica tal como
la producción, comercialización y el consumo de
drogas ilícitas. Estos factores y medios de destrucción
pueden desestabilizar el sistema democrático, entorpeciendo
y frenando las posibilidades de asegurar una mejor calidad de
vida y un desarrollo social integral, cónsono con los principios
fundamentales de la Constitución nacional y de la Declaración
Universal de los Derechos Humanos. La presencia de la droga como
mercancía, como una economía de guerra, constituye
la violación y negación de todos los deberes y derechos
de los venezolanos como pueblo y nación civilizada, que
tiene el derecho a vivir con dignidad, libertad, justicia y paz.
La problemática social, económica y política
generada por el tráfico y consumo de drogas ilícitas,
debemos enfrentarla con un Estado, un gobierno y una sociedad
civil decididos y comprometidos en una acción solidaria
de pueblo y gobierno. Esta realidad nos sobrecoge. Las leyes de
la República deben perfeccionarse y adecuarse a la dinámica
de nuestra realidad social. Tales leyes deben garantizar y perpetuar
la existencia de un Estado de derecho democrático. A partir
de esta perspectiva se pueden formular políticas de acción
social que contribuyan a la búsqueda de opciones posibles
en la solución de los problemas que hoy representan la
producción, el tráfico y el consumo de drogas ilícitas.
Proponemos al pueblo de Venezuela una política nacional
en materia de drogas como el reto más grave y complejo
que debe asumir el gobierno nacional, obligado como está
a impulsar y respaldar una gestión audaz y determinante
en la lucha contra la invasión de la droga.
Creo que sería una buena forma de comenzar con un enunciado
como el anterior que por lo demás, estamos autorizados
a reproducir, citando la fuente.
Estas son unas ideas iniciales para que las revises, las corrijas
y para que les añadas lo que consideres conveniente y lo
que se me haya podido olvidar de nuestra conversación