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Revista Electrónica Bilingue       Nº 7     Septiembre 1996
Siglo XXI
De la Ciencia y la Tecnología en el futuro de Venezuela
Rafael Rangel Aldao
El Estado venezolano siempre ha tenido una concepción errónea sobre el papel de la ciencia en la sociedad de nuestro país, al igual que en todos los otros países latinoamericanos. Siempre se pensó que la ciencia es algo así como la cultura, en el sentido que toda nación civilizada debe tener algo de ciencia, pero sin ir más allá, es decir, sin hacerla parte de la sociedad en general, o de la economía del país en particular. Los científicos tambien se equivocan en su actitud de aislamiento ante la propia sociedad que les financia sus actividades de investigación a través de los mecanismos previstos por el Estado y el sector privado. Igual sucede con la tecnología, la cual, hasta hace poco, no aparecía en la agenda de la sociedad venezolana.

Estas disociaciones entre Estado y ciencia, investigadores y sociedad, tecnología e industria, se manifiestan a través de toda la historia contemporánea de Venezuela, especialmente en la segunda mitad de este siglo1. Las creaciones sucesivas del Ivnic, Ivic, la Facultad de Ciencias de la U.C.V., el Conicit, Instituto de Biomedicina, Idea, y el Instituto de Ingeniería, obedecieron, en casi todos los casos, a iniciativas individuales de un investigador en particular, de mucho prestigio, y que tenía el favor de un Gobierno que se vería así mismo como patrocinador de algo "importante" como la ciencia, igual que podrían haber sido la música o las artes plásticas. Los nombres de Humberto Fernández Morán, Marcel Roche, Franciso De Venanzi, Raimundo Villegas, y Jacinto Convit, entre otros, estarán indisociablemente unidos a la mayoría de esas instituciones. Igual sucede con Oswaldo Cruz en Brasil, Luis Leloir en Argentina o más recientemente, Manuel Patarroyo en Colombia. No hubo, pues, una visión del Estado sobre el desarrollo de la ciencia, cuyo máximo ejemplo está en el célebre informe de Vannevar Bush2 en Estados Unidos; o una iniciativa privada colectiva como en la Alemania3 de comienzos del siglo para usar la ciencia como motor del desarrollo económico.

En los países industrializados, tampoco es que el Estado haya sido un gran visionario sobre el papel de la ciencia en la sociedad, sino que por lo general estos países han tenido un organismo de interlocución que les asesora sobre las ventajas de la ciencia como vehículo de bienestar para sus ciudadanos, o de dominación ante sus adversarios y potenciales enemigos. En otros casos, esos interlocutores advierten al Estado (especialmente al gobierno y al parlamento) sobre las consecuencias nefastas de un débil apoyo a la ciencia, como está ocurriendo hoy día en Inglaterra, Alemania, y en los Estados Unidos. Esos interlocutores, que son, casi siempre, las academias de ciencias sirven de verdaderos organismos de inteligencia científica o tecnológica, y no de círculos gerontológicos pasivos con poca o ninguna capacidad de respuesta social. Es, precisamente, a las academias a quienes han sustituído en forma individual, las personalidades de nuestro país que hicieron posible que poco a poco hubiera un conjunto de instituciones científicas en Venezuela.

Los investigadores nacionales, al igual que sus contrapartes latinoamericanos, se han encerrado en sus respectivos laboratorios y su mundo se ha limitado al campo determinado en que trabajan, con todas las dificultades propias de los países periféricos a los centros de excelencia. Para colmo de males, el tipo de investigaciones que realizamos la mayoría de los latinoamericanos, nos ha puesto en una situación altamente desigual con los colegas de países de mayor desarrollo, pues trabajamos en temas "calientes" o de gran popularidad, en donde, con escasas excepciones, se hace necesario pertenecer a un círculo exclusivo para publicar en revistas de impacto y tener citas en la literatura especializada. No es casual, entonces, que toda la América Latina contribuya con apenas el 1,8% del total de las publicaciones mundiales y alcance solo una fracción del índice de citas aceptado como estandar internacional del mundo desarrollado4. La excepción notable a esta regla, han sido aquellos científicos que basaron sus investigaciones en líneas o abordajes experimentales absolutamente originales, y que por su condición de pioneros pudieron competir en campos prácticamente vírgenes5. Los casos más notorios y recientes, son el de Manuel Patarroyo en Colombia con su vacuna sintética para la malaria, única en su tipo; y el de Julio Urbina en Venezuela con un nuevo tipo de tratamiento contra la Enfermedad de Chagas6.

El aislamiento científico de la realidad nacional es tal, que muchos de nuestros investigadores solo se percatan de ello en casos de crisis severas como las que ahora sufre Venezuela. Casi todos comienzan quejandose de la escasez de fondos para la investigación, los subsidios o "grants", luego siguen las revistas, los viajes para conferencias, hasta que se dan cuenta que en realidad está haciendo falta de todo, sueldos, comidas, viviendas, y hasta la propia seguridad personal. Este endocentrismo lo puede ver uno en cualquiera de las conferencias que ha habido recientemente para analizar la crisis del Ivic, Conicit, o de las bibliotecas nacionales. Cuando les toca hablar a los investigadores, hasta los más destacados solo preguntan por el restablecimiento de los subsidios individuales para la investigación, o cuales revistas de su preferencia podran recibirse prontamente en sus respectivas bibliotecas institucionales7.

Fué, precisamente, este tema el que abordó de manera "elíptica", el actual ministro de Planificación de Venezuela, en su discurso para dar clausura al acto de celebración de los XXIX años del Conicit.. El Ministro, trató de explicar el porqué del poco apoyo del Estado a la ciencia venezolana, y en resumen dijo más o menos lo siguiente8: "El mundo de los noventa es distinto a todos los anteriores. Si se recupera la economía nacional, tendremos que competir en un mercado internacional, no protegido por un paternalismo arancelario, de precios, y de subsidios. ¿Como hacer, entonces, para que no nos masacren?", se preguntó, bueno, he aquí la respuesta final de la elipsis planteada al principio de su discurso, "la creatividad y la innovación, la ciencia y la tecnología venezolana son parte de la salida.". Concluyó, Petkoff, que en los países donde ha florecido la ciencia -aparte de la guerra- siempre aquella formó parte del desarrollo económico, así que en el futuro cercano, "la empresa privada deberá tener un rol preponderante en el desarrollo científico y tecnológico venezolano."

En su , el Ministro de Cordiplan lo que realmente hizo fué una advertencia ante la actitud de los científicos y el rol que la ciencia debe jugar en el futuro de Venezuela: o ambos se insertan en la sociedad o seguiremos en el atascadero económico y social que estamos viviendo ahora. ¿Cual debe ser ese papel, y como ejecutar esa inserción social de la que adolescemos todos los latinoamericanos? Bueno, a pesar de la complejidad del tema en realidad no hay que inventar mucho, pues ejemplos hay, de países más desarrollados y no tanto, del Norte y de aquí del Sur tambien. Para empezar, es necesario plantear una discusión intensa y profunda sobre este tema entre los científicos venezolanos, dentro y fuera del país, para luego extenderla al foro político especialmente al parlamentario.

En esa discusión caben, por lo menos, dos aspectos fundamentales. Uno, como hacer una ciencia competitiva, robusta, y que se disemine como elemento de educación a nuestra población y, dos, como conectarla con la industria y la aplicación por ésta de tecnologías que son intensivas en conocimiento e importantes para el bienestar social y el desarrollo económico. Estos dos componentes, académicos y prácticos, no se pueden abordar considerando a la ciencia como un sector aparte, sino que permean prácticamente a todos los estratos de la sociedad venezolana. El Conicit actual enfoca esta temática mediante la creación de agendas, o programas dirigidos hacia la solución de grandes problemas, como por ejemplo la explotación del petróleo, el cacao, y la violencia social, entre otros. Lo que han hecho hasta ahora es delinear prácticamente todos los factores que intervienen en cada gran tema. En el caso del cacao, por citar un rubro históricamente importante para Venezuela, se enumeran como áreas prioritarias desde los aspectos de suelos, los agronómicos, genéticos, cultivos, ambientales, hasta el producto final que constituye la materia prima agroindustrial. Este esquema, bastante racional, ignora, sin embargo, que para abordar científicamente tan vasta agenda es necesario crear en forma paralela la infraestructura fisica que le de soporte y viabilidad. Esa infraestructura no solamente depende de la creación de las unidades de investigación aplicada que se ocupen de los aspectos arriba mencionados sino tambien otra, de tipo más básico o académico, que permita el acceso a la frontera científica y tecnológica.

Esto nos lleva de nuevo a los dos componentes enunciados, el académico y el aplicado. ¿Como conciliar un desarrollo balanceado de ambos, y como lograr la cooperación de los otros sectores sociales para lograrlo?. Podríamos aproximarnos a una solución si aceptáramos que Venezuela, en el futuro, aplicara lo que hacen muchas empresas tecnológicas y países avanzados. Esto es, que el gasto de investigación básica no sea superior a un 15% a 20% tal como aparece en los indicadores de los países de la OECD9, y que en ese renglon, primordialmente se financien investigaciones que tengan una oportunidad razonable de ser competitivas por su originalidad, calidad, y oportunidad de formar recursos humanos altamente capacitados en las ciencias fundamentales. A estos investigadores básicos, habría que apoyarlos fuertemente para que puedan realizar su potencial y convertirse en líderes en sus respectivas especialidades. Ese apoyo, nuevamente, no puede venir solamente de un Conicit, por ejemplo, sino de un plan conjunto con universidades e institutos para que se premie y cultive la investigación de calidad.

El grueso del apoyo gubernamental debe ser empleado, en una primera etapa, en el reforzamiento y reconstrucción de la infraestructura de investigación que permita continuar con la básica, e iniciar un esfuerzo vigoroso para que pueda existir la aplicada. No se puede, en estos momentos, pedirle a la empresa privada que asuma el desarrollo tecnológico si no hay esa base científica construída por el Estado. Igualmente, de ese foro de discusión científica que debemos hacer los investigadores venezolanos entre nosotros mismos y con los políticos del parlamento, deben salir las ideas para nuevas leyes que provean incentivos a la industria para que ésta realice sus propias investigaciones.

El sector productivo privado podría, entonces, aprovechar la infraestructura que establezca el Estado en forma de centros de apoyo, laboratorios universitarios, y una red de servicios de información y suministros de investigación, para producir sus propias respuestas tecnológicas que aumenten su competitividad. El Congreso Nacional, produciría tambien las leyes de propiedad intelectual y de impuestos sobre la renta que hicieran apetecible la innovación tecnológica en Venezuela. Ante esta perspectiva de progreso, seguramente que el Gobierno nacional de turno, se motivaría para crear otros estímulos como las descargas arancelarias para importación de bienes de capital, y para la exportación de productos de base tecnológica que propaguen e impulsen una espiral positiva hacia una economía más sana.

El camino hacia el progreso basado en la ciencia y la tecnología es, indudablemente, espinoso y largo, pero factible si uno deja de esperar respuestas providenciales de gobiernos visionarios que jamás llegan. La solución, como tantas veces se ha dicho, está en nosotros y deberíamos, ahora mismo, iniciar esa discusión constructiva que pueda ayudar al Conicit y a nuestras universidades, a encontrar el camino de insertar la ciencia y la tecnología en Venezuela.

(1)Roche, M. Perfil de la ciencia en Venezuela, Fundación Polar, 1995
(2)Busch, V. Science-The Endless Frontier: A Report to the President.
(3)Rhodes, R. The Making of the Atomic Bomb. Simon & Schuster, New York, 1986
(4)Science, 10 de febrero de 1995.
(5)Ibid
(6)Urbina, J. et al. Science, 273, 969-971, 1996.
(7)Rangel Aldao, R. La Información tecnológica como prioridad nacional. Economía Hoy, 30.11.94
(8)Rangel Aldao, R. El Ministro en la fiesta del Conicit, El Universal, 13 de agosto de 1996
(9)Main science indicators. OECD, Paris, 1995

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