Revista Electrónica Bilingüe       Nº 8     Octubre 1996
Tiempo, hombre y naturaleza
Fruto Vivas
"Salve fecunda zona que al sol enamorado circunscribes..."
Andrés Bello.
Fue como un espejismo aquella primera visión sobre un mundo perdido inexplicable para la mente de unos hombres que venían de las paradas colinas llenas de olivares, de trigo, de molinos de viento, de soledades y de ruinas de árabes y romanos, de montañas de roca ennegrecida mares, acantilados agreste, para encontrarse de pronto con millones de boras florecidas, nenúfares y lirios flotantes en pleno mar, como si el mar se hubiese vuelto verde. Para luego penetrar en un infinito océano de agua dulce sin horizonte, y en sus costas, árboles gigantescos, hojas que podían arroparlo, helechos gigantes, serpientes que se enroscaban voluptuosas en troncos y el cielo satinado por el vuelo de miles de guacamayas y paujÌes. Peces grandes como sirenas que amantaban sus crios persiguiendo las frágiles caravelas, ríos infinitos que penetraban en un territorio jamás imaginado, jamás visto, donde seres humanos como ellos, con la piel color aceituna con vibrantes collares de oro, jade y corales, con plumajes que irradiaban un arcoiris sobre los pechos desnudos que les hablaban otra lengua y que los llevaban hasta lo más profundo, en empinados riscos a sus centros astronómicos hechos de la más dura piedra como jamás soñó ningún cantero ver cosa más perfecta.

Si, era como el primer día de la creación, como el comienzo de algo inaudito que jamás pudo soñar ninguno de los que se quedaron más allá del océano.

Era el mundo "real maravilloso" de Alejo Carperter o el de "Cien años de soledad" de García Márquez o "La Vorágine" de José Eustacio rivera. Podía haber sido el Amazonas, el río Orinoco o el de la Plata o el río Guayas. Podría haber sido la primera visión de Pizarro en el encuentro con los Incas. De Hernán Cortes a su llegada a Tenochtitlán. Pudo haber sido en Cuzco, Copán, Chichen Itzá, donde quiera que fueron, en todos los rincones que pisaron, estaba la huella, como la de Acawalincan en Nicaragua, a orillas del Ocibolca, con la antorcha encendida del Momotombo en su corazón con más de cincuenta mil años de historia, muy anterior a la de los supuestos y audaces aventureros "civilizados" que llegaron el 12 de octubre de 1492.

Pues si señores con más de cincuenta mil años de historia grabada en las rocas de granito rojo del altiplano andino y gracias al meticuloso y paciente trabajo del arquitecto y arqueólogo peruano Carlos Milla Villena, asentado en su libro "Génesis de la Cultura Andina". Pueblos que no tuvieron escritura fueron capaces de hacer mediciones astronómicas de la más alta precisión y marcar la fecha de todos sus acontecimientos utilizando el movimiento de la "Cruz del Sur" en relación al horizonte. Marcaron en sus pozos ceremoniales dos lecturas anuales precisas entre los dos solsticios para formar un ángulo que es el "ángulo intersolticial". Esta es la medida más larga que ha utilizado el hombre para medir el tiempo, ya que el tiempo que dura este ángulo para dar una vuelta completa es de 27.000 años.

Muchos de los fechados hechos con el método de Carbono 14 fueron corregidos con precisión por el Arquitecto Milla Villena, mediante lecturas marcadas por la cultura Tlahuannacoi en todos sus monumentos.

Cuando llegaron los españoles a América, ya la Cruz existía en la cultura andina y el tiempo de cosecha y de siembra estaba regido por el movimiento de esta constelación, es por ello que la cruz cristiana penetró fácilmente todo este mundo cosmogónico.

Cuando en el siglo pasado el cartógrafo francés Delamber, marca la mitad del mundo en el Ecuador, lo hace sobre un templo existente en el sitio donde ya estaba marcado ese punto, templo que fue demolido para colocar un monolito. Por otra parte, las viviendas colectivas de la cultura Yekuana, en la Amazonia venezolana y brasilera, son centros astronómicos con una ventana en la cúspide para leer el paso de las estrellas.

Pero más allá de la barbarie, más allá del saqueo de miles de carabelas cargadas de oro y de diamantes que llevaron a las arcas españolas, más allá de los miles de indios empalados y quemados en hogueras, nos llegó un sólido bagaje cultural que venía arrastrando siete siglos de ocupación árabe de España, dejando sobre las ruinas de las pirámides del zócalo en Tenochitlan, monumentos donde manos indígenas tallaron las primeras vírgenes morenas.

En México, Cholula, Puebla, Guadalajara, frente a la majestad de las pirámides del Sol y de la Luna o de los gigantescos monumentos de Tikal, se alzan las inmensas catedrales, muchas de ellas totalmente vestidas de hojilla de oro, con una visión americana del barroco Español.

Los alféizares, las celosías, las aldabas y cientos de elementos árabes unidos al manejo mágico del agua y de la naturaleza, propios de la Alhambra y el Generalife, donde la fuerte luz del trópico llega domesticada a nuestros ojos, acompañada del olor a jazmineros, damas de noche, cundeamores y naranjos en flor, marcaron nuestra arquitectura mestizada, dejando los modelos urbanos de la más alta calidad donde tres inventos árabes la plaza, el patio, el corredor, conformarán los espacios que mejor se adecúan a la inclemencia tropical, unidos a nuestra flora y fauna.

Es una arquitectura matizada de luz y de color con olor y música de pájaros y viento.

Cartagena, la Habana, Trinidad, antigua, o Popayán Mompox, Pamplona, Villa de Leiva, Guanajuato, Puebla, Quito, Arequipa, Cuzco, Ouro Petro, Recife, Cuenca y muchas más son ciudades de un extraño encanto que aún resisten el embate de una civilización atormentada, enloquecida, envilecida, destructura, y envenenadora, donde el imperio de un modelo mercantil, especulador y teocrático ha borrado la fuerza humana y ambiental de las viejas ciudades-claustros donde muchos de nosotros aprendimos a amar la luz del sol y el canto de los pájaros.

Pocos son los arquitectos que en una batalla feroz frente a la barbarie han dado la pelea por adecuar a nuestro tiempo una ciudad posible, habitable, amable. Carlos Raúl Villanueva con El Silencio y sus modelos urbanos, Barragán, que arrebata con la pureza del color y la limpieza del espacio en México, Rogelio Salmona, en Colombia, quien empecinado del ladrillo lo lleva al más alto pedestal junto con Eladio Dieste, en Uruguay e Ignacio Díaz, en Córdoba, Argentina.

La pléyade de arquitectos que dieron el salto de Brasil -con Lucio Costa, los hermanos Roberto Villanova, Oscar Niemayer, Sergio Magalaes- sólo para empezar, nos han dejado obras de un altísimo valor que unido a los grandes artistas y paisajistas como Roberto Burlemarx, nos han dado una arquitectura nueva, integrada al trópico. Aunque no siempre con aciertos urbanos es el caso de Brasilia, donde una suma de joyas de la arquitectura de Oscar Niemayer no llega a conformar un espacio humano deseable, demostrando que la ciudad es un hecho cultural, social y político, al que no puede ser extraño el sistema imperante. El sueño de Brasilia seguirá siendo un sueño hasta que la misma realidad brasilera no cambie.

En Caracas jóvenes arquitectos comienzan un esfuerzo renovador en la arquitectura, pero en los caos impetrant apenas son gotas de agua en el oceáno. El papel renovador e innovador urbano de los espacios externos que ha generado el Metro de Caracas, nos dice que si es posible devolver a la ciudad el encanto de la comunicación y la alegría urbana.

Sin embargo, detrás de los lujosos y apretados rascacielos de cristal y de los millones de automóviles de lujo que envenenan el aire en las periferias de nuestra megalopolis está vivo, dolido, pisoteado, olvidado... el pueblo. Entre casas de cartón y de lata y promesas de políticos pero también entre plátanos y limoneros, millones de seres humanos hacen un sitio silencioso a las ciudades, esperando la hora del asalto viendo con estupor el reparto del botín, y sin una posibilidad clara de salir de esa inmensa pobreza. Guardando en ella todo el bagaje cultural de América, de nahualts, quechuas, aimaras, guajiros, yupas, navajos, arrinconados nos muestran todavía en sus mercados, la fuerza creadora subyacente hoy mayoría plena en nuestro continente.

Una ciudad modelo en el estado de Paraná, Brasil, Curitiva, nos muestra un modelo de renovación integral dirigido por un audaz arquitecto Jaime Lerner. esta ciudad se da el lujo de tener 120 metros cuadrados de parque por habitante, sistema de metro superficial que enlaza toda la ciudad sin un sólo túnel y más de diez kilómetros de boulevares para peatonizar el casco urbano.

Esta ciudad nos abre la luz a la esperanza sin las demoliciones que destruyeron El Saladillo en Maracaibo, el corazón.

Yo hablo de árboles para vivir como un sueño posible. Coexistir con la naturaleza sin que seamos más importantes que la flor del mastranto o una mariposa.

Llevar árboles y huertos al corazón de las ciudades no sólo es una necesidad sino la única forma de sobrevivir ante la pérdida del oxígeno y envenenamiento urbano donde hasta la lluvia que cae sobre las ciudades se vuelve un veneno mortal.

Abrazarnos a la naturaleza coexistir sabiamente con ella en la más grande armonía es la única esperanza para los que vivirán el tercer milenio cristiano. Nunca olvidaré al gran ecólogo venezolano Arturo Eichler, quien dedicó su vida a la defensa de la naturaleza con sus dramáticas palabras sobre la vida en el espacio: "tengo el presentimiento que estamos trágicamente solos en el Universo".









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