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Edward Tenner publicó recientemente un libro cuyo título
es Why things bite back: Technology and the revenge of unintended
consequences (Knopf, 1996). Podría llamarse en español
Porqué los artefactos muerden a sus creadores: La tecnología
y la venganza de las consecuencias inesperadas. El título
revela mucho de la tesis central de la obra: los inventos diseñados
para resolver ciertos problemas reproducen sistemáticamente
los mismos problemas. En efecto, Tenner trata de explicar porqué
el tiro sale por la culata, en diversos contextos, desde la medicina
y el control ambiental, hasta la computación.
Algunos ejemplos servirán para identificar el fenómeno
que analiza Tenner. En medicina, es bien conocido el peligro de
que ciertas drogas, mal aplicadas, propicien el desarrollo de
formas más resistentes y virulentas de las bacterias que
supuestamente combaten. Quizás no instantáneamente,
pero seguramente de todos modos, se va preparando el terreno para
la proliferación de enfermedades epidémicas no controlables.
El optimista dirá que la tecnología estará
siempre un paso adelante de los microbios, aunque no hay seguridad
de que sea así. Sin quererlo, una generación puede
estar poniendo en peligro a la próxima.
Un ejemplo de la ecología ilustra la venganza de los artefactos
de manera sorprendente. Durante muchos años preocupaba
la suciedad de los puertos, donde se acumulaba toda clase de desechos
en las aguas. En los países desarrollados, comenzó
un movimiento para limpiar el ambiente portuario-con el efecto
inesperado de que la mugre que desapareció dejó
de jugar su papel tradicional de controlar la proliferación
de comejenes marinos que debilitan las estructuras portuarias.
Todo computerófilo sabe que la promesa de la reducción
del papel, debido a la compresión electrónica del
espacio necesario para la información, no se ha cumplido.
Acumulamos papel a una tasa quizás mayor que en el pasado,
mientras que debemos mantener dos sistemas de archivo-uno para
los papeles y otro para los discos. (Y quizás un tercero
para los discos mismos). Antes recibíamos cartas con tippex
o tachaduras; ahora las recibimos con errores extraños
tales como frases "comidas", párrafos fuera de
orden y errores ortográficos introducidos por correctores
electrónicos. En lugar de mecanografiar cuidadosamente
una carta, para no tener que hacerla de nuevo, ahora la imprimimos
cinco veces y corregimos con poca atención porque el costo
aparente de una equivocación es menor. Ahora podemos reproducir
los mismos errores masivamente, con envíos a listas de
usuarios de email.
Estos y otros ejemplos del "efecto venganza" aparecen
en el libro de Tenner, siempre refiriéndose a los artefactos
generados por la tecnología moderna. Pero la tecnología
es un campo limitado para aplicar el concepto de la venganza.
El argumento del libro se puede extender a los resultados de la
tecnología blanda; es decir, los mecanismos gerenciales,
tanto en el sector privado como en el público. Así
como Tenner observa en algunas tecnologías efectos opuestos
al objetivo inicial, creo que muchos "soluciones" administrativas
y políticas, diseñadas con buenas intenciones y
una lógica convincente, producen resultados contrarios
a la intención de sus progenitores.
¿Por qué ocurre? ¿Hay fallas en el proceso de
decisión que pueden explicar el fenómeno? ¿Cómo
evitar los resultados perversos de la acción humana en
las organizaciones? Algunos ejemplos pueden servir para ilustrar
el problema.
Recursos humanos: Quizás el lugar donde más
ocurren los efectos perversos de la tecnología gerencial
es en recursos humanos. Todo estudioso de las organizaciones
está consciente del equilibrio delicado que requiere unir
las voluntades de la organización y las voluntades de los
trabajadores. El "truco", de acuerdo con la obra clásica
de Charles Barnard, es establecer una relación de intercambio
entre organización y trabajador en que cada lado da y recibe,
de tal modo que se perciba suficiente justicia para contribuir
con ganas. La gerencia se dedica-tanto en las instituciones públicas
como en las privadas-a vigilar las relaciones y ajustar los incentivos
cuando sea necesario. Pero, con cierta frecuencia, el personal
reacciona al revés. Figurativamente, muerden a sus jefes.
Lo hacen por diversos métodos que van desde la burla y
la queja, pasando por la renuncia, el sabotaje sutil o el trabajo
deficiente, hasta la huelga y la quema de fábricas. Ningún
dueño o gerente quiere que pase esto, sin embargo, muchos
logran un efecto indeseado con sus políticas.
El caso clásico es el de una empresa que descubre presiones
de parte de los mejores trabajadores para recibir algún
reconocimiento monetario por su productividad superior. La gerencia
diseña un sistema de bonos especiales que, en opinión
de muchos de los jefes, creará una mayor sensación
de justicia en la organización. Pero pasa todo lo contrario.
Los beneficiarios sienten pena frente a sus compañeros,
mientras que el personal en general reacciona sin entusiasmo,
quejándose de que los favorecidos no fueron seleccionados
con justicia suficiente. ¡Voilà! Un sistema hecho
para aumentar la justicia termina generando la percepción
de injusticia. Sería fácil decir que se escogieron
mal los merecedores de la bonificación especial. Algo
más está ocurriendo aquí. Este "algo"
proviene de la misma causa que tienen los efectos "venganza"
de las tecnologías duras: simplemente, no entendemos la
complejidad del sistema que estamos alterando. No es muy diferente
el problema del agricultor que modifica el habitat de los insectos,
pájaros y animales con un insecticida, del problema del
ejecutivo que trata de modificar algún proceso social en
su organización. Se llega irremediablemente a la conclusión
de que las recetas simples nunca van a ayudar al líder
que desconoce las complejidades de la gente y sus estructuras
sociales dentro de la organización.
Políticas públicas: Los responsables de
las políticas públicas enfrentan el mismo fenómeno
de efectos perversos e inesperados. Esto no tiene nada que ver
con la pureza del objetivo ni con la honestidad del que tome las
decisiones: es el efecto inevitable del hecho de que no sabemos,
y probablemente nunca sabremos, cómo influir en la sociedad
de tal modo de predecir los efectos de nuestras acciones. Peor
aún, pareciera que hay situaciones en las cuales se mantiene
una política con efectos perversos. Las políticas
públicas siempre tendrán efectos secundarios, por
supuesto, pero los más nefastos generan reacciones contrarias
al efecto que se busca. Paradójicamente, parece más
difícil detectar la naturaleza del fenómeno perverso
en estos casos. La política anti-droga es un ejemplo interesante.
A pesar de los esfuerzos para erradicar las drogas, el problema
crece y no retrocede. La tendencia es intensificar el esfuerzo
represivo, en lugar de preguntar si la estrategia tiene sentido.
No se entiende bien la complejidad del fenómeno. En la
medida en que se gastan más recursos para interrumpir la
producción, el transporte y la distribución de las
drogas, aumentan los costos de los narcotraficantes. Esto tiende
a subir los precios del producto final y aumentar los riesgos
del negocio. Los consumidores incursionan en delitos cada vez
mayores y la tasa de ganancia de los narcos sube con el nivel
de riesgo. El resultado de una política tan bien intencionada
y costosa es que la colectividad está en peor situación
que antes. El empeoramiento del problema parece estimular una
insistencia en la misma política que no ha funcionado.
Cuando la gente está convencida de las bondades de una
política, su fracaso siempre se atribuye a insuficiente
energía en su aplicación original. Piden más
dureza y tachan de inmorales, antipatriotas o simplemente necios
a sus opositores. Podríamos denominar esto el "síndrome
de Vietnam".
Es posible multiplicar al infinito los ejemplos encontrados en
empresas y otras organizaciones. El efecto venganza es tan generalizado
que afecta igualmente a organizaciones de todo tipo-iglesias,
organizaciones de la sociedad civil, familias. ¿Quienes
entre nosotros no han visto el triste resultado cuando un padre
desesperado por proteger a sus hijos de los peligros de la vida
moderna - la pornografía, el embarazo indeseado, el alcohol--
impone reglas tan estrictas y una vigilancia tan exagerada, que
los muchachos no aprenden a lidiar con la realidad o, peor, buscan
estos mismos peligros cuando pueden? ¿No es posible que un
partido político, ansioso por mantener su unidad y pureza
ideológica mediante reglas de adhesión y expulsiones
de "infieles", termine ahuyentando a las personas más
creativas, más independientes y con mayores chances de
llevar ese partido al liderazgo que desea? Frente a tantos ejemplos,
no debe ser sorprendente para quienes aspiran a guiar una organización,
que puedan caer en errores fatales. ¿No es de esperar que
empresarios honestos y talentosos lleven sus organizaciones a
la quiebra, cuando esto es lo que más quieren evitar en
el mundo?
Aquí no estamos hablando meramente de efectos secundarios
nocivos o perversos de las acciones. Estamos hablando de efectos
exactamente contrarios a los que deseamos. En el caso de los efectos
secundarios, podemos detectarlos y evaluar sus costos. Con efectos
"venganza", sin embargo, puede haber una tendencia mayor
a no reconocer que la decisión o política misma
está contribuyendo a conservar o empeorar una situación
indeseable. Muchos decisores tratan de intensificar o multiplicar
sus esfuerzos, juzgando que su política falla sólo
en cuanto a la dosis aplicada.
Varios elementos ayudan a reducir la amenaza de estos monstruos
de Frankenstein. En primer lugar, hay que evitar errores obvios
cometidos por el mismo doctor Frankenstein, como la arrogancia
al momento de idear cosas nuevas y la cobardía al momento
de enfrentar las equivocaciones. Cuando sea posible, es recomendable
experimentar nuevos programas, probando su eficacia con grupos
pequeños; así será menor la probabilidad
de hacer un daño irreversible. Cuando se enfrenta la persistencia
de un problema, frente a políticas diseñadas para
resolverlo, puede ser más sano suponer que la política
está errada, en lugar de pensar que hay que aplicarla con
mayor fuerza. Sobre todo, es necesario hacer un seguimiento cercano
de todo lo que hacemos. Hay que someter los planes al ojo crítico
de personas que pueden ayudarnos, sus comentarios sean negativos.
Según la Ley de Murphy, lo que puede resultar mal, lo hará.
Si bien esa Ley exagera la posibilidad de equivocarnos, de todo
modos sugiere una orientación sana: no suponer que tengamos
todas las respuestas.
La inevitable presencia de los efectos "venganza" debería
servir para aconsejar a todo gerente una actitud de modestia frente
a la complejidad de la tarea de dirección. Las caricaturas
de Scott Adams, creador de Dilbert, ilustran bien la facilidad
con que las organizaciones generan resentimientos y actitudes
poco acordes con nuestras ilusiones de control o liderazgo. El
proceso de maduración consiste en ir acumulando experiencia
y sabiduría basadas en nuestros errores. Por eso, la educación
gerencial es un proyecto para toda la carrera.
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