Venezuela es un país joven en su historia y en su pirámide
demográfica. Sin embargo y valga la contradicción,
es un país viejo; viejos son sus dirigentes fundamentales,
vieja es la soberbia que los inspira, viejas son las ideas que
los dominan, viejos son los rencores que los enfrentan.
Paradójicamente, esta contradicción parece repetirse
varias veces en la historia de Venezuela. Jóvenes fueron
los héroes de la independencia, se enfrentaron y triunfaron
sobre un modelo de gobierno envejecido y sin legitimidad; sin
embargo esos mismos jóvenes, con la honrosa excepción
del Libertador, se hicieron viejos y se perpetuaron en el poder,
adoptando ideas envejecidas, rencores nuevos y entronizaron la
soberbia como estilo de gobernar.
Jóvenes fueron los integrantes de la generación
del 28. Jóvenes fueron quienes restablecieron la democracia
en Venezuela. Jóvenes fueron los autores de la revolución
de octubre. Jóvenes fueron los militares que derrocaron
al gobierno del Presidente Gallegos.
La dictadura de Pérez Jiménez se envejeció
en el poder, y los no ya tan jóvenes de la generación
del 28, como los neo-gomecistas, en sus diversas variantes, y
los creadores de los nuevos partidos políticos venezolanos,
hicieron un pacto solemne para restablecer de manera permanente
la democracia en Venezuela. Surgieron entonces algunas ideas nuevas
que se incorporaron a una nueva Constitución.
Ese entierro de rencores fue sin embargo transitorio, se fue disipando
en la medida en la que el peligro de un retorno a la dictadura
se hacía menos probable. Y retornaron, como por arte de
magia, la soberbia, las ideas viejas, y los odios no olvidados.
La democracia venezolana ha envejecido prematuramente, sólo
tiene 38 años, sin embargo prevalece en el país
una sensación generalizada de senescencia. No hay ideas
nuevas, prevalecen rencores históricos que dependen del
mayor o menos éxito obtenido en la lucha por el control
del poder. Los protagonistas han envejecido y lo único
que conservan intacto es la habilidad de manipular las riendas
del poder y de la opinión pública, para así
perpetuarse como los eternos protagonistas de un espectáculo
decadente.
Los jóvenes de hoy y los no ya tan jóvenes de ayer
han tratado en más de una ocasión de insurgir contra
esa parálisis, esa perpetuación de un modelo político
que ha adquirido un valor mitológico y al cual parecería
difícil modificar de una manera pacífica o evolutiva.
Se requiere de los viejos que dominan el escenario público
un espíritu, si no innovador es difícil
pedirle peras al olmo por lo menos la aplicación
de la necesaria temperancia, sabiduría y experiencia de
lo vivido, para darle el paso a hombres y mujeres más jóvenes,
que puedan abrir sin temor el debate constructivo del cual surjan,
en forma pacífica, las ideas y acciones renovadores que
el país requiere.