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Revista Electrónica Bilingüe       Nº 8     Octubre 1996
Editorial
Irene, un fenómeno que lo dice todo


En todas las encuestas de opinión pública, la alcaldesa del Municipio Chacao, Irene Sáez Conde, (de 34 años de edad), aparece con una ventaja sin precedentes como probable candidata a la Presidencia de la República. Si pensamos que Venezuela fue durante los 45 primeros años del siglo un país gobernado por dos dictadores absolutistas y por dos generales conocidos por su dureza, y luego, hasta nuestros días, por presidentes más o menos en la línea del poder unipersonal, el fenómeno Irene, ofrece desde ahora innumerables ángulos para la reflexión. Sucede, en primer término, que Irene es un fenómeno espontáneo, que la inteligente y bella alcaldesa ha hecho hasta ahora poco o muy poco para colocarse en tan ventajosa posición. Nadie, nunca, a más de dos años de las elecciones y con muchos años de acción política, como el actual Presidente o cualquiera de los que han conquistado la presidencia, había tenido una preferencia en el electorado de esas dimensiones. ¿A qué se debe, por consiguiente, este privilegio de Irene?

En una de las últimas encuestas, (llevada a cabo por la empresa OPINECA), Irene aparece en la intención del voto con un 43% de preferencia, frente a 10% para Claudio Fermín y Henrique Salas Romer cada uno, un 8% para el comandante Hugo Chávez, cuyo intento de golpe en 1992 desató la actual crisis venezolana, y un remoto 2% para los pre-candidatos o ex-candidatos de los partidos tradicionales, como Eduardo Fernández, Oswaldo Alvarez Paz, Teodoro Pettkoff, Humberto Calderón Berti, Andrés Velásquez o Carlos Tablante. La explicación del fenómeno Irene (es inevitable llamarlo de esta manera), tiene una explicación en el rechazo de la opinión pública a los partidos tradicionales y al estado de esa opinión que ya hemos analizado en VENEZUELA ANALITICA. En efecto, los partidos son rechazados de manera absoluta. En un país de jóvenes, los mayores de 50 años parece que tienen poco qué buscar en la política, y sobre los mayores de setenta el clamor por que se retiren es general. En pocos países del mundo los políticos sobreviven tanto como en Venezuela. Baste decir que hay parlamentarios todavía en ejercicio que debutaron en la Asamblea Nacional Constituyente de 1947 y que el actual Presidente de la República fue candidato durante siete ocasiones. Otro factor que irrita a la opinión pública, además de esta permanencia asfixiante de los mismos nombres, con los mismos odios y rivalidades, y las mismas ideas (siempre pocas), puede ser la reelección presidencial, cuyas posibilidades permiten que los protagonistas se mantengan siempre en lugar preferente y no renuncien a la tentación de volver.

Contra los partidos se ha llevado a cabo una propaganda persistente y aparecen, al final, como los únicos responsables de la crisis, y no parece que haya alternativa ahora de rescate. Se fueron cerrando y aislando hasta el extremo de ser ajenos al debate y de reconocer que cuentan poco. Los jóvenes descubrieron que había otros caminos distintos a la política militante que impone disciplina y sacrificios, y optaron por ellos. Aquí radica uno de los desafíos de Irene: está en la cúspide, pero la gente se pregunta cuáles serán los instrumentos que le puedan otorgar coherencia y solidez a un gobierno presidido por ella. Para nadie es un misterio los retos del próximo jefe del poder ejecutivo. Son innumerables, variados y complejos y para enfrentarlos se requerirá de equipos experimentados y, sobre todo, de gran comprensión y buena voluntad por parte de todos los sectores de la vida nacional.

La generación emergente en Venezuela, a diferencia de quienes la presidieron en los últimos 50 años, surge con una ventaja singular: no tienen sobre sus hombres los "monumentos históricos" que dominaron la política durante el último medio siglo: Betancourt, Leoni, Caldera, Barrios, Villalba. De ellos, Betancourt fue el más sabio: se retiró al dejar la segunda presidencia y a la edad de 57 años. Tienen otra ventaja estos jóvenes de fin de siglo: nunca antes una generación estuvo tan preparada desde el punto de vista intelectual y tecnocrático como esta; prevalecen entre ellos los profesionales graduados en el país o fuera del país, con postgrados y especialidades y con una visión apta para el siglo XXI. La circunstancia de que no tengan entrenamiento político no quiere decir que carezcan de condiciones para el liderazgo. Irene parece ser el mejor símbolo de esta generación.

A más de dos años de las elecciones generales de 1998, es sumamente prematuro formular pronósticos. Los hechos de la realidad son los que nos aporta la opinión pública. Una opinión pública que naufraga en el vacío y que marcha a la deriva porque nadie se ocupa de orientarla ni de formarla. El desafío de los jóvenes es enorme: tienen el camino abierto. Los viejos políticos que no se retiren a tiempo, (ya es tarde) pueden dar un espectáculo tristemente anacrónico.

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