|
En todas las encuestas de opinión pública, la alcaldesa
del Municipio Chacao, Irene Sáez Conde, (de 34 años
de edad), aparece con una ventaja sin precedentes como probable
candidata a la Presidencia de la República. Si pensamos
que Venezuela fue durante los 45 primeros años del siglo
un país gobernado por dos dictadores absolutistas y por
dos generales conocidos por su dureza, y luego, hasta nuestros
días, por presidentes más o menos en la línea
del poder unipersonal, el fenómeno Irene, ofrece desde
ahora innumerables ángulos para la reflexión. Sucede,
en primer término, que Irene es un fenómeno espontáneo,
que la inteligente y bella alcaldesa ha hecho hasta ahora poco
o muy poco para colocarse en tan ventajosa posición. Nadie,
nunca, a más de dos años de las elecciones y con
muchos años de acción política, como el actual
Presidente o cualquiera de los que han conquistado la presidencia,
había tenido una preferencia en el electorado de esas dimensiones.
¿A qué se debe, por consiguiente, este privilegio
de Irene?
En una de las últimas encuestas, (llevada a cabo por la
empresa OPINECA), Irene aparece en la intención del voto
con un 43% de preferencia, frente a 10% para Claudio Fermín
y Henrique Salas Romer cada uno, un 8% para el comandante Hugo
Chávez, cuyo intento de golpe en 1992 desató la
actual crisis venezolana, y un remoto 2% para los pre-candidatos
o ex-candidatos de los partidos tradicionales, como Eduardo Fernández,
Oswaldo Alvarez Paz, Teodoro Pettkoff, Humberto Calderón
Berti, Andrés Velásquez o Carlos Tablante. La explicación
del fenómeno Irene (es inevitable llamarlo de esta manera),
tiene una explicación en el rechazo de la opinión
pública a los partidos tradicionales y al estado de esa
opinión que ya hemos analizado en VENEZUELA ANALITICA.
En efecto, los partidos son rechazados de manera absoluta. En
un país de jóvenes, los mayores de 50 años
parece que tienen poco qué buscar en la política,
y sobre los mayores de setenta el clamor por que se retiren es
general. En pocos países del mundo los políticos
sobreviven tanto como en Venezuela. Baste decir que hay parlamentarios
todavía en ejercicio que debutaron en la Asamblea Nacional
Constituyente de 1947 y que el actual Presidente de la República
fue candidato durante siete ocasiones. Otro factor que irrita
a la opinión pública, además de esta permanencia
asfixiante de los mismos nombres, con los mismos odios y rivalidades,
y las mismas ideas (siempre pocas), puede ser la reelección
presidencial, cuyas posibilidades permiten que los protagonistas
se mantengan siempre en lugar preferente y no renuncien a la tentación
de volver.
Contra los partidos se ha llevado a cabo una propaganda persistente
y aparecen, al final, como los únicos responsables de la
crisis, y no parece que haya alternativa ahora de rescate. Se
fueron cerrando y aislando hasta el extremo de ser ajenos al debate
y de reconocer que cuentan poco. Los jóvenes descubrieron
que había otros caminos distintos a la política
militante que impone disciplina y sacrificios, y optaron por ellos.
Aquí radica uno de los desafíos de Irene: está
en la cúspide, pero la gente se pregunta cuáles
serán los instrumentos que le puedan otorgar coherencia
y solidez a un gobierno presidido por ella. Para nadie es un misterio
los retos del próximo jefe del poder ejecutivo. Son innumerables,
variados y complejos y para enfrentarlos se requerirá de
equipos experimentados y, sobre todo, de gran comprensión
y buena voluntad por parte de todos los sectores de la vida nacional.
La generación emergente en Venezuela, a diferencia de quienes
la presidieron en los últimos 50 años, surge con
una ventaja singular: no tienen sobre sus hombres los "monumentos
históricos" que dominaron la política durante
el último medio siglo: Betancourt, Leoni, Caldera, Barrios,
Villalba. De ellos, Betancourt fue el más sabio: se retiró
al dejar la segunda presidencia y a la edad de 57 años.
Tienen otra ventaja estos jóvenes de fin de siglo: nunca
antes una generación estuvo tan preparada desde el punto
de vista intelectual y tecnocrático como esta; prevalecen
entre ellos los profesionales graduados en el país o fuera
del país, con postgrados y especialidades y con una visión
apta para el siglo XXI. La circunstancia de que no tengan entrenamiento
político no quiere decir que carezcan de condiciones para
el liderazgo. Irene parece ser el mejor símbolo de esta
generación.
A más de dos años de las elecciones generales de
1998, es sumamente prematuro formular pronósticos. Los
hechos de la realidad son los que nos aporta la opinión
pública. Una opinión pública que naufraga
en el vacío y que marcha a la deriva porque nadie se ocupa
de orientarla ni de formarla. El desafío de los jóvenes
es enorme: tienen el camino abierto. Los viejos políticos
que no se retiren a tiempo, (ya es tarde) pueden dar un espectáculo
tristemente anacrónico.
|