El pasado 9 de Septiembre de 1996, se cumplieron 20 años
de la muerte de mi abuelo Andrés Germán Otero Espinoza.
Con tal motivo, mi tía Alicia, su segunda esposa, organizó
un evento conmemorativo en el auditorio del Centro Rómulo
Gallegos, en Altamira, Caracas. Este evento contó con la
audiencia de unas 200 personas y la intervención de cuatro
oradores de orden, dos de ellos amigos personales que lo conocieron
y trabajaron cerca de él y los otros dos representantes
de la familia Otero. Alicia me pidió que pronunciara unas
palabras a nombre de la tercera generación de Oteros. Mi
abuelo fue un hombre de muchas facetas profesionales, destacandose
por su participación como Ministro de Hacienda durante
las administraciones de ilustres presidentes venezolanos como
lo fueron Rómulo Betancourt y Raúl Leoni y su participación
clave en el desarrollo del Grupo Mendoza junto a su fundador el
desaparecido Don Eugenio. Antes de preparar mis palabras pensé,
y de hecho así sucedió, que las otras tres intervenciones
se concentrarían en las facetas públicas de la vida
de mi abuelo. Por lo tanto decidí irme por un enfoque m·s
intimista, un enfoque que pienso de verdad transmite por lo menos
un poco a un Andrés Germán al alcance de todos los
que pudieron interactuar con el. En consecuencia y con cierta
nostalgia me gustaría mucho compartir mis palabras de aquel
lunes en la noche con mis lectores de Surfeando:
¿Qué difícil es hablar acerca de un tema que
uno domina poco?. Especialmente si se trata de una persona a la
cual la mayoría de los presentes tuvieron la oportunidad
de conocer mejor que yo. Sin embargo, desde que Alicia me pidió
que dijera unas palabras en este heterogéneo foro de personas,
hoy unidas por el recuerdo de quien fuera un personaje relevante
desde muchos puntos de vista, he hurgado mi mente en búsqueda
de recuerdos íntimos que me permitan transmitirles hechos
y opiniones diferentes a los que pienso Ustedes ya traían
consigo desde su ultimo encuentro con Andrés German. El
primer recuerdo que tengo de mi Abuelo se remonta a una temprana
infancia. Yo siempre he sido pasadito de kilos y Andrés
Germán era mani·tico de la gordura. En una oportunidad,
seguramente durante un fin de semana cercano a Navidad, hace mas
de veinticinco años, nos encontr·bamos todos los nietos
pasando un fin de semana en su casa de la playa, la quinta Lichinga
de Tanaguarena, sitio que seguramente evoca gratos recuerdos a
muchos de los presentes. El almuerzo del día en cuestión
consistía en sopa de remolacha (que no me gusta), ensalada
de gallina (que no me gustaba en esa época) y de postre
Bienmesabe, el cual me encantaba y a el también.
Dada la negativa de la mayoría de los nietos a ingerir
la parte sana del almuerzo y nuestro ataque concentrado en el
bienmesabe, nos dijo que todos éramos unos gordos y que
debíamos aprender de nuestra prima menor, Julita Márquez,
quien si se mantenía en línea. Julita para ese momento
no comía ni lo bueno, ni lo malo, ni ninguna otra cosa,
lo cual la hacia pensar menos de la mitad de los kilos recomendados
para su edad. Pero lo que siempre recordaré de ese episodio,
es que luego de un rato fui a buscar un refresco en la cocina
y me lo encontré termin·ndose el Bol del engordante
pero divino bienmesabe.
Otra cosa que recuerdo era el aspecto imponente de Andrés
German. Para mi hermana Isabella y para mi, nuestro Abuelo paterno
era una figura un poco distante pero con un atractivo difícil
de describir. Tanto respeto nos transmitía que lo llam·bamos
-su abuelo Otero-. Me acuerdo bien que me gustaba irlo a visitar
en su casa que se llamaba Ranchito Cortamadera. Recuerdo dos lugares
de esa casa, su cuarto en la planta baja, donde una cama muy grande
estaba flanqueada por un medidor de tensión y un inmenso
botellon de oxigeno con rueditas, ambos signos del avance de su
enfermedad para la época. El otro cuarto era su oficina
estudio, la cual tenia un ventanal gigante con una vista especial
del green del Hoyo numero 5. Tantas veces pase largos ratos de
meditación infantil en ese lugar, que todavía siento
el pacifico silencio que reinaba; a veces acompañado por
el ritmo pendular de un reloj antiguo y a veces interrumpido por
el canto de los cristofue que se posaban en las matas del jardín.
Ya en mi pre adolescencia, como a los once años de edad,
una vez en Lichinga estaban Andrés Germán y su amigo
Eugenio conversando de trabajo. Yo estaba sentado en el piso escuchando
sin entender hasta que mi Abuelo me dijo: - estamos hablando de
una nueva emisión de acciones de Venepal, ¿sabes tu
que son las acciones? - y a mi respuesta negativa ambos señores
procedieron a darme mi primera lección de capitalismo empresarial.
Parece mentira pero ese momento fue muy importante para mi, ya
que entre mi Abuelo y Eugenio me regalaron mis primeros títulos
valores, 30 acciones de Venepal que se multiplicaron a través
del tiempo y duraron hasta que un día decidí venderlas
para poder irme a recorrer las islas Hawaianas. Estoy seguro que
mis tempranos benefactores no hubieran aprobado esa venta, pero
para mi a los 20 años era muy difícil entender el
tema de la capitalización.
También estoy seguro que Andrés Germán hubiera
observado con extrañeza mi trayectoria profesional con
el Grupo Industrial que el ayudó a desarrollar y que otrora
dominara la escena nacional venezolana a punta de trabajo constante,
innovación decidida y honestidad a toda prueba. Mi pasantía
por empresas como Cavain, Arrendainca, Venam Bank y finalmente
varios años en MM Internacional me permitieron aprender
lo difícil que fue ensamblar y consolidar un grupo empresarial
que lo tuvo todo y que ahora ya no existe. Lo mas importante es
que durante esos años creo haber aprendido como NO dirigir
empresas, ya que son muy pocos, algunos de ellos aquí presentes,
los ejecutivos del grupo que merecieron y todavía merecen
mi respeto profesional. Mi abuelo murió temprano en la
noche de un día como hoy hace veinte años. Durante
el transcurso de ese día desfilaron por su casa una serie
de personas muy cercanas a el. Yo no estaba presente pero me contó
mi mama, que ella recuerda claramente como un Rómulo Betancourt
melancólico y etéreo, entro en un monologo que abarco
su larga amistad con quien fuera su brazo financiero en los albores
de la democracia venezolana. Pasadas las siete de la noche, sus
pulmones no dieron mas.
El velorio de mi abuelo fue en su casa se que muchos de los presentes
recuerdan esto con tristeza. Sin embargo yo recuerdo ese día
vivamente dado que comencé a conocer lo despiadada de la
naturaleza humana. Su féretro estaba en el medio del Hall
principal de la casa y estaba flaqueando por sillas plegables
pegadas de las paredes. En ellas nuestra familia y sus mas allegados
compartíamos aquel momento de dolor. El protagonismo político
y amistad personal de Andrés Germán en todos los
medios de la vida nacional atrajo no solamente a la mayoría
de las personalidades publicas de la época sino también
a la prensa. Nunca podré olvidar a un fotógrafo
falta de respeto que se atrevió a montarse en el pedestal
de la urna para tratar de fotografiar a algún político
de turno al momento de dar el pésame. Recuerdo que comencé
a halar a aquel individuo detrás y decirle que se fuera,
que se fuera, luego d eso no estoy seguro que paso, pero creo
que lo botaron de la casa.
El recuerdo de Andrés Germán siempre esta conmigo.
Especialmente porque frecuentemente cuando me presento surgen
exclamaciones con respecto a mi nombre.- El mejor ministro de
hacienda que hemos tenido, dicen unos, un hombre de honestidad
comprobada dicen otros, y que gran empresario añaden otros
mas, pero lo que mas me impresiona es que muchos completan sus
opiniones con comentarios como - y además era un gran amigo,
recuerdo cuando nos echábamos los palos juntos y otros
por el estilo. Esto me hace desear muchas veces haberlo podido
conocer bastante mas de lo que pude.
Es extraño, pero a diferencia de muchas personas que rechazan
referencias personales con antepasados exitosos, yo pienso que
nuestro país enfrenta una encrucijada que demanda tener
presente la excelencia en el trabajo y la honestidad de individuos
como mi abuelo. Cuando recibo toda clase de comentarios como los
mencionados anteriormente, siento una energía positiva
que me inspira a buscar metas e ideales de una altura que a veces
siento se ha perdido en Venezuela. La generación de los
trintaintantos, como la denominan los norteamericanos, tenemos
un destino marcado por el cambio y por la incertidumbre. Esta
en nosotros no permitir que siga reinando en Venezuela la politiquería,
la desidia empresarial y el desmantelamiento de los valores que
ha venido dominando nuestro país durante los últimos
veinticinco años.
La toma de la senda correcta depende de la aparición de
líderes no demagogos como Andrés Germán Otero,
Quien en el topede una carrera empresarial exitosa, se olvido
de su lucro personal y se entrego al servicio de la nación
con las consecuencias positivas para el país y negativas
para su salud que todos conocemos y recordamos.
Muchas Gracias.