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| Revista Electrónica Bilingüe Nº 7 Septiembre 1996 |
Brevísima (y objetiva) noticia sobre el autor de La Mandrágora* Simón Alberto Consalvi
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Nicolás Maquiavelo nació en Florencia el 3 de mayo
de 1469 y murió el 22 de junio de 1527, después
de haber recibido los santos óleos. No tuvo paz ni antes
ni después de muerto. Quizás él tampoco la
buscó. No había terminado de entregar su alma al
Creador, cuando comenzó la hostilidad que lo ha acompañado
durante cinco siglos. No hay récord alguno de que murió
diciendo sarcasmos y blasfemias, quizás alguna sonrisa
de descreimiento pudo escapar de sus labios, pero allí
está la sevicia de sus adversarios que sembraron dudas
sobre su muerte, y nos las han trasmitido sin piedad siglo tras
siglo, como si hubiera mayor herejía que la calumnia. De
nadie conviene cuidarse más que de estos intérpretes
de la lectura de labios. Maquiavelo sintió poco respeto
por la religión, eso es todo, y la consideró como
parte de la maquinaria del Estado. Muchos otros han pensado lo
mismo y no han sido objeto de tanta animadversión.Un historiador
de apellido Varchi documentó lo que llamó el desprestigio
de Maquiavelo, y llegó a tanto que escribió: Más
le habría valido si la naturaleza lo hubiera dotado de
menor talento o de menor genialidad. Con esto queda dicho
todo. Al historiador se lo tragó la historia por temerario,
mientras el desprestigio de Maquiavelo no parece tener
fin. Con él andamos y hemos andado cinco siglos y no habrá
milenio que lo oculte. Maquiavelo disfrutó del poder cerca de veinte años como Secretario de la Signoría florentina. Ató su suerte al gonfaloniero Pietro Soderini, electo de por vida. Pero como sucede en la política, lo vitalicio dura relativamente poco. Vinieron los Médici y dieron al traste con aquel gonfaloniero y Maquiavelo cayó, fue exiliado, acusado de conspirador, hecho preso, y finalmente confinado a un burgo cercano, una finca en los alrededores de San Casciano. Nunca ganó tanto la ciencia política, como con esta desgracia. En la adversidad, y para ocupar su tiempo y sus enormes energías, Maquiavelo se dedicó a escribir, y a enamorar campesinas, porque sus adversarios nos han trasmitido también que era marido infiel, aunque su esposa Marietta Corsini, no sólo lo soportó sino que lo sobrevivió durante veintiséis años. En la desgracia conquistó la inmortalidad. Fue en ese exilio de contratiempos, y en el año de gracia de 1513, cuando escribió El Príncipe, la obra que le dió gloria y desprestigio. Se la dedicó a Lorenzo de Médici, alias el Magnífico, diciéndole que los hombres ansiosos por ganar el favor de un príncipe generalmente le envían como presentes lo que aprecian verdaderamente: caballos, armas, vestimentas de oro, piedras preciosas, pero él no ha encontrado nada más valioso que sus reflexiones (y experiencias) sobre los asuntos contemporáneos y el continuo estudio del mundo antiguo, y habiendo resumido todo esto en un pequeño libro, se lo envío a Su Magnificencia. Maquiavelo pensó que con Lorenzo volvería al poder. La historia, sin embargo, tomó otro rumbo: Lorenzo no tuvo tanta fortuna. Otro Médici, el cardenal Giulio, sucesor de Lorenzo en el gobierno de Florencia, lo nombró historiador de la ciudad. Cuando Giulio ascendió a papa con el nombre de Clemente VII, la estrella de Maquiavelo pareció sonreírle otra vez. El poder, sin embargo, nunca volvió a sus manos y tuvo que usarlas (junto con la cabeza) para escribir; escribió los Discursos sobre las décadas de Tito Livio y las Historias de Florencia. Tanto El Príncipe como los Discursos son obras complementarias, (como luego, El Arte de la guerra) y tienen que ver con un tema capital: el poder. De ahí parte la tesis de que Maquiavelo es el fundador de la ciencia política. Quien, en esos dominios, le puso punto final a la Edad Media. El Príncipe es el manual del político o, si se quiere, el breviario (el Libro de las horas, si esto no ofende) de quienes pierden el sueño aguijoneados por la ambición de poder, y saben leer, desde luego, aunque la historia nos ha enseñado que también hay analfabetos maquiavélicos y son los adivinos de la divina ambición. Vademecum de la maniobra política, lo llamó el gran Fernand Braudel, en sus ensayos sobre los siglos del esplendor italiano. El Príncipe nos enseña cómo conquistar el poder, y quien no haya leído el breve manual anda más o menos perdido, por adivino que sea. Maquiavelo registra la más variopinta gama de los principados (que ahora se puede traducir como repúblicas). Los que se conquistan con las armas, los que depara la fortuna, los hereditarios (ya entonces campeaba el nepotismo), los constitucionales o apoyados por el pueblo. Unos y otros requerían de un comportamiento especial para ser conservados. Quienes los conquistaban por las armas, tenían que ejercer la crueldad, inevitablemente. Maquiavelo les aconsejaba, por tanto, ser crueles lo más rápido posible, para no tener que seguirlo siendo todos los días, lo cual era más o menos repugnante. O sea, que la crueldad también tiene sus límites. A los llamados constitucionales les advertía que tenían que contar con el pueblo, y cuidarse de los nobles, porque intrigantes y peligrosos como son los nobles, al fin y al cabo suman muy pocos. Maquiavelo escribió infinidad de cartas y memoranda. Fue también, si no yerro, el creador del ejército moderno, pues desechó los mercenarios y creó en Florencia los ejércitos profesionales, que llamó, no sé si con sarcasmo, de patriotas. Sobre tan complejos asuntos escribió un tratado: El arte de la guerra. En su tiempo, toda Italia, dividida en principados, señores feudales o ciudades-soberanas, no tenía otra orden del día que la guerra. Era el confuso tiempo en que los papas hacían papas a sus hijos, y los cardenales polígamos imitaban a los árabes en sus costumbres: un harén no era razón de escándalo. Consideró que la situación política de Italia era tan desesperante que su salvación sólo podía ser obra de un déspota poderoso. Para llegar a esas conclusiones también desesperantes estudió con pasión la antigua historia romana y el mundo que lo rodeaba. Hay un Maquiavelo verdadero, éste, nacido en Florencia, pero a lo largo de cinco siglos innumerables impostores han tratado de emularlo secretamente. Su consigna, como es natural, ha sido y es, el anti-maquiavelismo. La última biografía del gran florentino fue escrita por Sebastián de Grazia y se llama Maquiavelo en el infierno. Quienes conocen el lugar graciosamente llamado infierno, dice el biógrafo, saben que es una esquina del paraíso, una academia de aire benigno, un jardín de delicias, un lugar para la sociabilidad y la conversación de espíritus liberales. O sea, el lugar apropiado. Como buen hombre infiel, Maquiavelo amó el teatro y escribió comedias, unas nos llegaron, mientras otras, como la Commedia in prosa se perdieron. Cuéntase que en esta desnudaba la vida corrompida de Florencia, y satirizaba, de modo especial, a los frailes confesores y su relación de complicidad con los adúlteros. Obviamente, esta comedia tenía muchos enemigos: o la consumió el óxido del tiempo o fue quemada por sus protagonistas. Además de La Mandrágora, (que originalmente se llamó Commedia di Callimaco e di Lucrezia, y fue publicada en Roma en 1524), escribió Clezia, sobre los avatares (delicias y no) de ser marido y mujer. Teóricamente, la cuestión sucedió en Atenas, pero ¿qué tal si en Florencia encontramos otros hombres o mujeres haciendo las mismas cosas? El florentino piensa que pasan los siglos, y seguimos haciendo las mismas cosas. El problema, explica irónicamente, es que los personajes hablan en griego y ustedes no entienden esa lengua. Postula una teoría de la historia: El origen del movimiento y del cambio en las cosas mundanas parten de los apetitos y de las pasiones. Escribió asimismo una breve novela titulada Belfagor, o el diablo que se desposó, una fábula (inevitable) del matrimonio, en la cual el diablo confiesa que es preferible el infierno a vivir con su mujer. La gran mayoría de los residentes en el infierno atestiguan que están condenados a tanta infelicidad por haberse casado. Intriga saber, cuando menos, cómo donna Marietta, además de los cuernos, soportó tantas descargas literarias. Nada desveló tanto a Maquiavelo como la naturaleza del hombre. Quizás El Príncipe, al final de cuentas, sea un divertimiento. ¿A cuántos ha enloquecido el cuento del poder, de cómo lograrlo y de cómo (no) conservarlo? Si las calaveras sonríen, la calavera de Maquiavelo sonríe desde hace quinientos años. Se burló de los astrólogos y de las superticiones, de quienes leían las líneas de la mano, de quienes anunciaban a cada instante el fin del mundo, y se burló de sí mismo. Se consideró viejo desde los cuarenta y cinco años y solía añadirse algunos, cada vez que le era posible. Clizia y La Mandrágora, observa el excelente biógrafo Sebastián de Grazia, son las historias de un conflicto entre un hombre viejo y un joven por los favores de una muchacha, con las palmas (o lo que eso significa, en el argot caraqueño) disfrutadas por el joven. Del arte teatral de Maquiavelo dijo su amigo Francesco Giucciardini: Ríe de los asuntos humanos, porque no puede remediarlos, y por eso su risa es amarga. No hablaremos ahora de La Mandrágora, ni de su intriga improbable, de su humor vivaz y de su sátira, de su asedio a la santa religión y a las buenas costumbres, (porque Antonio Costante lo tiene prohibido en nombre de la discreción del espectador), pero no resistiremos la tentación de transcribir lo que muchísimo tiempo atrás escribió el historiador inglés John Addington Symonds: About the power with which this picture of domestic immorality is presented there can be no question. Que lo digan, si no, las sábanas de Lucrecia, pergaminos donde se escribió esta historia florentina. * Bajo la dirección de Antonio Costante, la Compañía Nacional presenta en Caracas, (en el Teatro Nacional), a partir del miércoles 2 de octubre, La Mandrágora de Nicolás Maquiavelo. El texto de Consalvi fue escrito para el catálogo de la obra. E-mail:saconsalvi@link7.lat.net |
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