I. Introducción.
Desde los tiempos del Primer Ministro Louis St. Laurent y del
Ministro de Relaciones Exteriores Lester Pearson, pocos años
después de la II Guerra Mundial, y en particular cuando
el propio Pearson asume el cargo de Primer Ministro en 1963, Canadá
empezó a definir su presencia y papel internacional en
base a tres objetivos prioritarios de política exterior:
1) mantenimiento de la paz mundial, especialmente a través
de las fuerzas de paz de la Organización de las Naciones
Unidas; 2) defensa del Derecho Internacional, en particular de
los Derechos Humanos; y 3) promoción del desarrollo económico
del Tercer Mundo, mediante una activa asistencia y cooperación
financiera. A partir de esa definición, Canadá ha
ido gradualmente adoptando una posición internacionalista
en los asuntos mundiales y abandonando su tradicional posición
aislacionista.
No obstante, en lo que respecta a su política exterior
hacia el continente americano, no es sino hasta finales de la
década de los ochenta -en especial tras su ingreso como
miembro en la Organización de Estados Americanos (OEA),
en enero de 1990- cuando Canadá realmente deja de lado
su "bajo perfil" hemisférico y emprende un rol
más activo tanto en sus relaciones bilaterales como multilaterales,
políticas y económicas, con los países de
América Latina. De hecho, en la actualidad, a Canadá
se le reconoce como un país líder en el área
de los derechos humanos en la región, tarea ésta
que está ampliándose hacia la promoción y
defensa de la democracia, así como un poder en ascenso
en el área del comercio y la inversión extranjera
del continente.
En virtud de este fortalecimiento de la presencia canadiense en
América Latina, el cual coincide con las necesidades de
promoción democrática y liberalización económica
que se han planteado en el continente para el período de
postguerra fría, la cuestión de qué Canadá
puede efectivamente hacer en favor de la consolidación
de las prácticas e instituciones democráticas en
Latinoamérica, es de suma importancia. En el caso de Venezuela,
este problema adquiere especial relevancia en virtud de que este
país es uno de los principales socios comerciales de Canadá
en materia petrolera y minera, y dado que su crisis -hecha evidente
desde 1989- ha adquirido proporciones sin precedentes y ha amenazado
seriamente su estabilidad democrática, así como
su desarrollo económico.
En este sentido, el tema específico del presente trabajo
se refiere al interés e impacto que Canadá ha tenido
en el fortalecimiento de la democracia y de los derechos humanos
en Venezuela en un período crucial de la historia política
venezolana. Para ello, me he centrado en las principales acciones
de política exterior que Canadá ha emprendido hacia
Venezuela desde 1989 al presente. La idea es precisar hasta qué
punto estas acciones constituyen mecanismos de promoción
democrática o, en otras palabras, si forman parte de una
política deliberada tendiente a la promoción de
la democracia en Venezuela Un propósito fundamental me
ha guiado en la elaboración de este trabajo: extraer lecciones
de esta experiencia a objeto de analizar la efectividad y posibilidades
de desarrollo de una estrategia de promoción y defensa
de la democracia por parte de Canadá hacia América
Latina en general; estrategia que, a mi modo de ver, se hace imprescindible
para la necesaria conformación de un nuevo y más
positivo sistema de relaciones interamericanas.
II. La Nueva Presencia Canadiense en América Latina.
Históricamente, las relaciones entre Canadá y América
Latina se habían caracterizado por la moderación
y el distanciamiento; por una situación -como bien lo ha
expresado la especialista venezolana en asuntos norteamericanos,
Vilma Petrásh- de mutua "ignorancia y desinterés".
Hasta bien entrada la década de los 80, Canadá carecía
de la visión hemisférica necesaria como para darle
real importancia y énfasis a las relaciones con sus vecinos
Latinoamericanos. Esto se debía, fundamentalmente, a que
en forma casi automática Canadá percibía
a los Estados Unidos como el gran y único poder en el continente
americano -percepción en gran parte derivada de la aplicación
de la Doctrina Monroe por los gobiernos estadounidenses en la
región- y, en consecuencia, consideraba a la América
Latina como la zona natural de influencia y dominación
estadounidense. Canadá, dada su relación especial
con Estados Unidos no sólo por su ubicación geográfica,
sino especialmente por su alta dependencia del comercio y la inversión
con ese país vecino, siempre rehusó, al menos hasta
la década de los 60 bajo los gobiernos de Diefenbaker,
Pearson y Pierre Elliot Trudeau, a cambiar dicha percepción.
Por su parte, los países Latinoamericanos, por la casi
iguales razones canadienses e incluso con una visión hemisférica
más limitada que no iba más allá de las fronteras
de los Estados Unidos, tampoco manifestaron interés de
acercarse a Canadá; un país que, además,
era percibido como esencialmente europeo.
Si bien se puede afirmar que es en los años 60 cuando Canadá
y América Latina realizan esfuerzos más contundentes
a objeto de afirmar sus autonomías vís-a-vis los
Estados Unidos -en especial a través del caso cubano- y
por tanto es en ese momento cuando los canadienses y los latinoamericanos
empiezan a verse frente a frente, no es sino hasta finales de
la década de los 80 cuando se inicia entre ambos una política
de real acercamiento.
La decisión canadiense de acentuar su presencia en América
Latina, se manifiesta claramente en 1989 cuando el propio Primer
Ministro Mulroney expresa públicamente en la reunión
interamericana de San José de Costa Rica de octubre de
ese año que "Canadá no va a permanecer más
apartada de Las Américas". Esta decisión fue
reforzada, en principio, por dos acciones fundamentales:
En enero de 1990, después de 18 años de mantenerse
como "observador permanente", Canadá ingresa
como miembro pleno de la OEA. Ningún gobierno de Ottawa
había tomado antes esta decisión crucial porque,
entre otras razones, veía al organismo como el principal
frente político multilateral de Estados Unidos en sus relaciones
con América Latina. Sin embargo, desde su ingreso, Canadá
ha sido especialmente activa en la organización manifestando
una posición distinta e independiente a la de los Estados
Unidos, como veremos más adelante. Como prioridades, se
ha planteado la reforma político-administrativa de la OEA;
el ingreso de Cuba en la organización; así como
el establecimiento de un nuevo sistema de defensa y seguridad
interamericano y el desarrollo de una política de promoción
de la democracia y de los derechos humanos a través de
la OEA. Sobre estos dos últimos puntos, cabe señalar
que para Canadá el sistema de defensa interamericano es
visto como obsoleto y como parte del Departamento de Asuntos Exteriores
del Pentágono. Esto explica el hecho de que al entrar en
la OEA el gobierno canadiense escogiera no firmar el Tratado de
Río que obliga a la defensa mutua entre los países
americanos. En su opinión, debería canalizarse un
nuevo sistema y aparato de seguridad interamericano a través
de la OEA, sistema además que debería basarse en
una noción más amplia de seguridad, centrada más
en el bienestar humano y menos en la seguridad nacional del Estado.
Por otro lado, Canadá por su gran tendencia multilateralista,
concibe la OEA como la principal promotora de la democratización
y de los derechos humanos en el hemisferio. No por casualidad,
el gobierno canadiense fue quien tomó la iniciativa de
crear "la Unidad de Promoción para la Democracia"
de la OEA en octubre de 1990, la cual siempre ha estado liderizada
por destacados diplomáticos canadienses. El ex-Embajador
de Canadá en Venezuela, John W. Graham, fue un gran promotor
de la UPD durante los años que ejerció el cargo
de Coordinador Ejecutivo. En la actualidad, la canadiense Elizabeth
Spehar ocupa el cargo de Coordinadora Ejecutiva de la misma.
Otra acción de envergadura pero referida al campo económico,
fue su participación en las negociaciones comerciales entre
Estados Unidos y México, y que condujeron al establecimiento
del bloque comercial norteamericano. La decisión canadiense
de pasar de un acuerdo de libre comercio bilateral con los Estados
Unidos (CUFTA, 1989) a un acuerdo más amplio que incluyera
a México (NAFTA, 1993), fue determinante en su política
de acercamiento con los países latinoamericanos. Esta decisión,
basada en su lógico interés de abrir la economía
canadiense, ampliar sus inversiones y diversificar sus fuentes
comerciales, busca además que "la liberación
comercial en el hemisferio se convierta en una verdadera zona
de libre comercio en Las Américas, y no en un área
de libre comercio americana, es decir, estadounidense".
A partir de NAFTA y del ingreso a la OEA, Canadá ha emprendido
una serie de acciones y actuaciones tendientes a profundizar las
relaciones político-diplomáticas y comerciales con
América Latina. Según el especialista Robert Miller,
Director del Parlamentary Centre de Canadá, las mismas
han transformado la política exterior canadiense hacia
Las Américas en una más amplia, coherente, consistente
y centralizada. Esta política, cabe destacar, ha sido en
gran parte producto de la voluntad e interés político
del actual gobierno liberal canadiense quien apenas llegó
al poder en octubre de 1993 nombró, por primera vez en
la historia, un Ministro de Estado para América Latina
y Africa, y solicitó al Senado y a la Cámara de
los Comunes una revisión total de la política exterior
canadiense en la cual se incluía como propuesta que América
Latina pasara a ser un área prioritaria. Mas la alta prioridad
que el actual gobierno le otorga a las relaciones interamericanas,
la ilustra ampliamente la presencia del Primer Ministro Cretién
en la Cumbre de Miami que tuvo lugar en diciembre de 1994, convirtiéndose
en el primer líder canadiense que jamás haya asistido
a una cumbre hemisférica, así como su visita a varios
países latinoamericanos en enero de 1995, entre los que
se contaban Argentina, Chile, Brasil, Uruguay, Trinidad y Costa
Rica. En esta visita de misión comercial que resultó
en nuevos negocios calculados en casi tres mil millones de dólares,
el gobernante canadiense, quien estuvo acompañado por una
numerosa delegación de empresarios de ese país,
felicitó a cada gobierno visitado por sus esfuerzos en
el proceso de reformas económicas y ofreció estrechar
las relaciones con Canadá.
III. Intereses y motivaciones canadienses.
Dados los recientes esfuerzos canadienses por procurar mayores
y más fructíferas relaciones con los países
latinoamericanos, se hace necesario ubicar las motivaciones e
intereses que han impulsado a Canadá a buscar ese acercamiento.
En primer lugar, es obvio el interés económico el
cual abarca, como hemos señalado, los ámbitos comercial,
financiero y de inversión. Son muchos los factores que
hacen que los intereses y motivaciones económicas de Canadá
sean el principal motor de la nueva presencia canadiense en América
Latina. Entre ellos se impone la tendencia mundial hacia la globalización
y la conformación de bloques comerciales. El nuevo orden
económico de postguerra fría ha impulsado a Canadá
-un país cuyo bienestar y sobrevivencia económica
se basan casi exclusivamente en el comercio exterior y la inversión-
a ingresar al bloque del continente americano. En realidad, es
el único al cual puede efectivamente ingresar en virtud
de que los bloques europeo y asiático presentan más
limitaciones que posibilidades en estos momentos. En el caso de
Europa occidental, a pesar de los fuertes vínculos históricos
y culturales que algunos de sus países, como Francia e
Inglaterra, mantienen con Canadá, se observa un creciente
desinterés hacia este país como socio económico
dada la propia tendencia europea de regionalización e integración.
De hecho, se podría decir que Europa ha venido relegando
a Canadá en forma creciente, pasando a considerarla como
"potencia media". En relación a Asia (en especial
el área del Pacífico) y Africa, si bien constituyen
zonas comerciales de creciente interés para Canadá
-en especial Japón y los llamados "tigres asiáticos"
con los cuales, incluso, los procesos de importación y
exportación son más fluidos y numerosos que con
los países latinoamericanos- su importancia económica
es menor que la representada por el bloque americano. Y ello no
tanto se explica por la intensa relación existente entre
Canadá y los Estados Unidos, que sin duda opaca la relación
económica que Canadá tiene efectivamente con América
Latina, sino por el enorme potencial de desarrollo que tiene el
mercado latinoamericano especialmente en el área de bienes
y servicios; potencial que no manifiestan ni los europeos, ni
los asiáticos ni los africanos. Para nadie es un secreto
que para los inicios del próximo milenio, la región
latinoamericana se convertirá en el mayor mercado mundial
con una población cercana a los 700 millones.
Ahora bien, en términos económicos, el acercamiento
canadiense a América Latina no se limita a las tendencias
mundiales citadas. También se encuentra el hecho que el
mercado latinoamericano (por su proximidad geográfica y
porque en la mayoría de los países de la región
se viene produciendo un interesante proceso de liberación
económica que los hace aún más atractivos
a los intereses canadienses) plantea una de las mejores oportunidades
de "liberar" a la economía canadiense de su cada
vez más pesada dependencia de los Estados Unidos, y especialmente
ahora cuando Canadá atraviesa una crisis económica
severa signada por una alta deuda pública y un enorme déficit
fiscal. De tal forma, en la medida que Europa se aleja y Estados
Unidos se acerca, Canadá busca a América Latina
como factor de equilibrio en sus relaciones económicas
norteamericanas.
Pero si bien la búsqueda de sus intereses comerciales y
económicos -sin los cuales no puede vivir- son esenciales
y prioritarios, no son los únicos que explican la determinación
canadiense de profundizar sus relaciones con América Latina.
Canadá también tiene interés en que los países
latinoamericanos y caribeños se conviertan en aliados político-estratégicos
y que Las Américas en general conformen una comunidad amplia
de países que compartan principios democráticos
comunes. Si ello no fuera así, no se explicarían
los esfuerzos en pro de la democratización, la seguridad
hemisférica y los derechos humanos que Canadá ha
emprendido en el área, especialmente a través de
la OEA Como bien ha afirmado David Makenzie en su reporte sobre
los primeros años de Canadá en la OEA: "Las
actividades de Canadá en sus primeros cinco años
en la organización sugieren que está tomando en
serio su nuevo rol en el hemisferio" Y ello, deja entrever
Makenzie, sólo se puede interpretar como la búsqueda
de un liderazgo hemisférico aunque al estilo canadiense,
es decir, muy distinto al ejercido por los Estados Unidos. Relegada
a un segundo plano en el juego europeo; vista por Asia y el Pacífico
- a pesar de lo que representa desde el punto de vista democrático,
geográfico y comercial- como un país extra-regional;
y en búsqueda de su independencia económica y cultural
de los Estados Unidos, es lógico que Canadá canalice
su bien ganada capacidad de influencia y poder mundial, así
como su tradicional vocación y compromiso con los ideales
y valores democráticos, hacia la región de América
Latina. No obstante, ello lo ha hecho en forma moderada -ya que
no ha dejado de reconocer la supremacía estadounidense
en la región- y desplegando su tradicional estilo diplomático
multilateral, pacifista y no intervencionista que, de paso, coincide
con la visión latinoamericana de lo que debería
ser el sistema interamericano del siglo XXI.
Estos intereses político-económicos canadiense han
sido no sólo aceptados sino reforzados por los países
latinoamericanos, quienes han manifestado que desean ver a Canadá
más activa en todos los ámbitos del hemisferio:
económico, político, estratégico, social,
cultural, tecnológico, turístico. De allí
que hayan acogido tan entusiastamente -para sólo citar
un ejemplo- el ingreso de Canadá en la OEA. Para los latinoamericanos,
el nuevo papel canadiense es percibido como una fuerza positiva
para el desarrollo y diversificación económica,
la integración hemisférica, la profundización
del proceso multicultural y, en especial, para el logro de un
mayor equilibrio en sus relaciones asimétricas con los
Estados Unidos. Y en consecuencia, hoy en día Canadá
es vista como un miembro natural y especialmente querido de la
comunidad hemisférica.
V. Una Promoción Democrática Diferente
A la luz de la discusión anterior, somos de la opinión
que si bien Canadá aún no tiene una estrategia consolidada
de "Promoción de la Democracia" -entendiéndose
por ella una serie de conductas discursivas y de acciones específicas
y permanentes de política exterior, con objetivos y metas
a corto, mediano y largo plazo, y dirigida a defender, consolidar
y expandir las formas de gobierno, instituciones, procesos, valores
y actitudes propios de una democracia representativa y participativa,
capitalista y liberal, la cual con todos y sus defectos sí
posee los Estados Unidos- ella sí ha venido paulatinamente
estructurando una política de promoción democrática,
al menos desde la década de los 80 en el continente americano.
El análisis anterior indica, además, que esta política
ha logrado su propia impronta y estilo, buscando diferenciarse
a la de los Estados Unidos.
En Las Américas, esta política, como bien lo ha
establecido el nuevo gobierno liberal en su reporte de 1995, el
cual fue producto de fructíferos debates en el seno del
Parlamento y en la sociedad civil canadiense, se fundamenta en
los siguientes términos: buen gobierno y gobierno según
la ley, derechos humanos, seguridad cooperativa y desarrollo sustentable.
Estos conceptos definen la promoción democrática
canadiense y como tal amplían la concepción más
ideologizada, intervencionista y militarista prevaleciente durante
el período de guerra fría en las relaciones interamericanas.
En primer término, el apoyo a la democracia es entendida
por Canadá como la búsqueda del buen gobierno (good
governance) y del gobierno según la ley (rule of law).
De tal forma, el ejercicio del poder gubernamental, dentro y fuera
de sus fronteras, debe ser efectivo, honesto, justo, transparente,
responsable (más que simplemente responsable "accountable",
palabra que no tiene traducción al Español pero
que apunta a un gobierno que rinde cuentas a sus gobernados),
y enmarcado dentro de una estructura legal predecible e independiente.En
esta visión, se hace énfasis en los procesos de
participación y consenso político. Estrechamente
vinculado a la búsqueda del buen gobierno y del gobierno
de las leyes, Canadá entiende la promoción de la
democracia como la lucha y defensa de los derechos humanos los
cuales son considerados inherentes a la dignidad del ser humano
y fundamentales para el bienestar de los individuos y para la
permanencia de los valores de libertad, justicia, igualdad y paz
en el mundo. La defensa y promoción de los derechos humanos
incluye una amplia gama de derechos económicos, políticos,
civiles, sociales, religiosos y culturales. A su vez, la promoción
democrática también es entendida en términos
de seguridad y defensa colectiva pero partiendo de una "seguridad
cooperativa", es decir, que se base en el consenso y cooperación
de todos los estados y que procure una agenda amplia de seguridad
hemisférica que tenga como meta la seguridad humana en
todas sus dimensiones. Por último, la promoción
de la democracia en la visión canadiense incluye la promoción
del "desarrollo sustentable" dado que se parte de la
premisa de que sin prosperidad y desarrollo integral en todos
los países, no es posible la estabilidad democrática
ni en Canadá ni en la región en general. De tal
modo, para Canadá es vital la superación y lucha
por el desempleo, la inflación, la pobreza, el subdesarrollo,
la protección ambiental, la justicia social, el narcotráfico
etc. especialmente en los países del Tercer Mundo.
Como se dijo con anterioridad, esta visión canadiense de
la promoción de la democracia que podríamos catalogar
de comprehensiva u holística se ha venido desarrollando,
básicamente, en forma multilateral, en particular a través
de la OEA y mediante su actuación en la Unidad de Promoción
para la Democracia, la Comisión Interamericana de los Derechos
Humanos y la Corte Interamericana de los Derechos Humanos, y del
Banco Interamericano de Desarrollo. Y mediante estos organismos,
se ha puesto énfasis en iniciativas que sirvan para reforzar
la democracia "desde abajo", más desde la sociedad
civil que desde los gobiernos centrales dado que para Canadá
la democracia es un proceso más horizontal que vertical.
De allí que programas de consolidación de instituciones,
procesos y valores democráticos como monitoreo de elecciones,
educación cívica especialmente a través de
Organismos no gubernamentales, entrenamiento de alcaldes y gobernadores,
etc. sean esenciales.
Ello se debe principalmente a dos razones: Primero, porque al
utilizar los canales multilaterales y "desde abajo"
se evita que las iniciativas de promoción democrática
canadienses sean vistas como intervencionistas o como transgresoras
del principio de autodeterminación de los pueblos, los
cuales no sólo violarían la Carta de la OEA sino
la propia constitución y tradición canadienses.
Al no ser percibidos como intervencionistas, el respeto hacia
el liderazgo canadiense por parte de los latinoamericanos aumenta
en tanto que el "temor" estadounidense por el protagonismo
canadiense disminuye (recordemos que, en última instancia,
para Canadá sus relaciones con Estados Unidos son prioritarias).
Por otra parte, el multilateralismo en la promoción democrática
canadiense hacia Las Américas es producto de su atención
y preferencia por las relaciones comerciales interamericanas.
En efecto, el gobierno canadiense se cuida mucho de que sus iniciativas
democratizadoras no choquen con sus intereses comerciales y ello
explica que en repetidas oportunidades afirme que "nada estimula
más el progreso hacia la democracia y los derechos humanos
que unas relaciones comerciales mutuamente beneficiosas".
No obstante, a pesar de su acentuado multilateralismo y su estilo
horizontal de promoción democrática, Canadá
ha emprendido algunos esfuerzos unilaterales significativos a
nivel gubernamental de promoción democrática, en
los cuales ha mostrado un perfil político-diplomático
más alto y un compromiso en asistencia financiera más
relevante (particularmente a través de su Agencia de Desarrollo
Internacional, CIDA) y que van más allá de sus conocidas
iniciativas hacia Cuba. Entre ellos, destacan los casos peruano,
haitiano e incluso el venezolano, dignos de consideración
para el posterior desarrollo de una estrategia global de promoción
democrática canadiense aun cuando, cabe destacar, son muchos
los analistas canadienses que ponen en duda hasta la existencia
de una política bilateral de promoción democrática
por parte del gobierno canadiense hacia Las Américas. Para
Robert Miller, Luis Peret y Jean Daudelin, por ejemplo, las relaciones
económicas bilaterales no sólo son la prioridad
para Canadá, sino que están completamente divorciadas
de cualquier intento de promoción de la democracia en América
Latina. Y sobre estas dudas fundamentan sus cuestionamientos acerca
del verdadero sentido y efectividad de la promoción democrática
de Canadá hacia el hemisferio en general.
¿Hasta qué punto, nos preguntamos, son esas dudas
ciertas a la luz del caso venezolano?
VI. El caso venezolano: el comercio como prioridad.
Por supuesto que el comercio representa el principal interés
y, en consecuencia, constituye el más significativo curso
de acción en las relaciones bilaterales de Canadá
y Venezuela. De hecho, Venezuela -después de México
y Brasil- es el tercer socio comercial de Canadá en la
región de América Latina, y ha sido considerablemente
más importante para Canadá que centroamérica
y el caribe del Commonwealth, zona esta última con la que
mantiene fuertes vínculos culturales. El intercambio comercial
entre ambos países, que comprende especialmente petróleo
y sus derivados, bienes y servicios, se ha incrementado en los
últimos cinco años a pesar de la situación
de crisis económica y política por la cual atraviesa
Venezuela. Uno de los años más fructíferos
para el intercambio comercial entre ambos fue el de 1994. Como
bien lo explica el informe sobre "Relaciones Comerciales
entre Venezuela y Canadá" producido por la Embajada
de Venezuela en Ottawa: "En 1994 las exportaciones totales
de Venezuela a Canadá aumentaron en un 44% con respecto
a 1993; y ello se debió a dos razones fundamentales: 1)
al incremento en las exportaciones de petróleo en un 40%
(68 MBD), principalmente por un aumento en las exportaciones de
crudo (21MBD) y el inicio de las exportaciones del nuevo combustible
venezolano Orimulsión a la planta canadiense New Bruswick
Power (2.8 MBD en 1993). 2) al incremento de un 96% de las exportaciones
no tradicionales". Por su parte, las exportaciones canadienses
hacia Venezuela en ese año llegaron a 607 millones de dólares
canadienses, mientras que en 1993 eran de $585, en 1992 de $526,
en 1991 de $445, en 1990 de $287, y en 1989 de $164.. Sin embargo,
en 1995-1996 estas exportaciones venezolanas han tenido una leve
baja, la cual ha inclinado la balanza comercial a favor de Canadá.
Según Pierre Giroux, Consejero de la Embajada de Canadá
en Venezuela, el total de las exportaciones canadienses a Venezuela
en el primer trimestre de 1996 se incrementaron en un 30% con
respecto a 1995 y ello se debió al aumento de la exportación
de autopartes y papel canadiense.
En su interesante trabajo "Converging interests of Canadá
and Venezuela in the Nineties", el Profesor Roland Ely presenta
una evolución detallada no sólo de las relaciones
comerciales, sino financieras y de inversión entre Venezuela
y Canadá en los últimos años, en particular
desde 1984 cuando el gobierno de Pierre Trudeau firma un acuerdo
de cooperación bilateral con el entonces gobierno venezolano
de Jaime Lusinchi, en el cual se enfatiza la expansión
comercial entre ambos países. En este trabajo se explica
el activismo que bancos comerciales canadienses como el Royal
Bank of Canada y el Bank of Nova Scotia han tenido en nuestro
país. Así mismo, se hace referencia al protagonismo
de un gran número de empresas privadas canadienses -en
especial industrias manufactureras y de servicios- entre las que
destacan: Alcan de Venezuela (aluminio); Corporación venezolana-canadiense
(vino y licor); Formulario y Procedimientos Moore (formas comerciales);
ICONE (cables y tubos); Placer Dome (exploración minera);
SNC Lavalin (ingeniería industrial); y Wester Chemical
(solventes bionergéticos). En el área de negocios,
la Canadian Fruit Juice ha estado bien interesada en el mercado
de frutas venezolano.
Considerando que las firmas canadienses controlan casi el 80%
del mercado mundial en tecnología minera y el casi 40%
de los servicios de asesoría en este campo, Canadá
es uno de los principales socios venezolanos en el área
de explotación y producción de oro. Las inversiones
canadienses en el área de la minería incluyen, además,
importantes proyectos en zinc, cobre, y plata. El sector petrolero,
también capta importantes inversiones canadienses, así
como el sector ambiental, destacándose en el primer caso
la inversión, a partir de 1993, de las empresas canadienses
Norcen y Canadian Occidental en la producción de campos
marginales. De tal forma, no cabe duda que otro de los aspectos
relevantes en las relaciones comerciales con Canadá es
el de las inversiones directas de Canadá en Venezuela aun
cuando estas han sufrido un estancamiento durante el gobierno
de Rafael Caldera debido, fundamentalmente, a la falta de un clima
de estabilidad y seguridad jurídica sobre todo para las
empresas mineras. Las empresas mineras canadienses han manifestado
preocupación por la repatriación de capitales y
las exportaciones de los minerales y, en consecuencia, se encuentran
a la espera de la aprobación en el Congreso venezolano
de la nueva Ley de Minas y los decretos del Gobierno Nacional
sobre esta materia. Hasta el momento lo único que se ha
logrado en esta materia es la suspensión en 1995 -por parte
de la Corte Suprema de Justicia de Venezuela- del decreto presidencial
de 1991 en relación a los títulos de las concesiones
mineras. Con esta suspensión, ahora esos títulos
sólo los puede otorgar el Ministerio de Energía
y Minas, no la Corporación Venezolana de Guayana como sucedía
anteriormente. Esta nueva disposición sin duda ofrece mayor
seguridad jurídica. Los inversionistas canadienses en general
estuvieron por varios años pendientes de la firma del acuerdo
de Protección y Promoción de las Inversiones el
cual finalmente se firmó (falta su ratificación
por los congresos respectivos) el pasado 1 de julio de 1996. Quedan
todavía a la espera del acuerdo para evitar la Doble Tributación
en materia de impuestos sobre la renta, que aún se encuentra
en negociación. Según la opinión de prácticamente
todos los entrevistados para este trabajo, para los canadienses
fue un gran alivio la eliminación de medidas limitantes
para la inversión como la de control de cambio; así
mismo la Agenda Venezuela representa un paso importante dado por
el actual gobierno venezolano a objeto de favorecer las inversiones,
pero aún se encuentran a la espera de sus resultados concretos.
En cuanto a la cooperación a nivel intergubernamental,
The Export Development Corporation (EDC) de Canadá ha dado
créditos importantes en el área del ambiente y los
recursos naturales, particularmente en el Lago de Maracaibo y
en la ciudad de Barquisimeto. Así, por ejemplo, en 1990
los créditos provenientes de EDC totalizaron una suma de
100 millones de dólares canadienses. Otro programa importante
es el de Cooperación Industrial (Industrial Cooperation
Program, INC) que se inició en Venezuela en el año
de 1988 y el cual ha crecido considerablemente en los últimos
años al punto que en la actualidad constituye el programa
más grande que maneja el gobierno canadiense en América
Latina. En líneas generales, la cooperación industrial,
técnica y científica, de comercio y medio ambiente
se vio repotenciada a partir de 1992 cuando tuvo lugar la IV Reunión
del Comité Consultivo Venezuela -Canadá, la cual
fue creada en 1982. No obstante, cabe destacar que este importante
Comité, no sólo en términos de cooperación
sino en términos de desarrollo comercial y de inversiones,
no se ha vuelto a reunir a pesar que su V Reunión estaba
firmemente pautada para el año de 1994. El actual Embajador
de Canadá en Venezuela, Ives Gagnon, ha tenido como meta
prioritaria la reactivación de este Comité consciente
de la importancia que el mismo también ofrece para el fortalecimiento
de las relaciones políticas y diplomáticas entre
ambos países. Está prevista una reunión técnica
en el mes de octubre del presente año, a objeto de preparar
la agenda y la organización dela V Reunión que se
aspira celebrar a principios de 1997.
Aparte de las relaciones económico-comerciales, también
destacan -aunque en menor grado- las relaciones político-diplomáticas
bilaterales. Así, desde 1989 al presente, Venezuela y Canadá
han adoptado compromisos de trabajar conjuntamente en el diseño
y ejecución de programas destinados a reducir la producción
y consumo de drogas; han firmado o negociado el acuerdo para evitar
la Doble Tributación con respecto al Transporte Marítimo
y Aéreo, el tratado de Asistencia Legal Mutua, el acuerdo
de Cooperación Audiovisual, el acuerdo sobre el desempeño
de trabajos remunerados por parte de los descendientes de los
funcionarios adscritos a nuestras misiones diplomáticas
y consulares, el acuerdo sobre Transporte Aéreo y el tratado
de Ejecución de Sentencias Penales; y han puesto en marcha
importantes programas de formación y de intercambio profesional.
La creación en 1991 de la Asociación de Estudios
Canadienses ha sido esencial para el logro de un mayor y profundo
conocimiento entre ambos países e indirectamente ha redundado
en el beneficio de sus relaciones bilaterales, tanto políticas
como económicas.
Ahora bien, el hecho de que las relaciones bilaterales, económicas
y políticas, entre Canadá y Venezuela se han mantenido
-e incluso incrementado y fortalecido- desde 1989 al presente
-a pesar de la citada paralización relativa de las inversiones
canadienses y de la disminución de las exportaciones venezolanas
en los últimos dos años- pudiera significar que
las mismas han formado parte de una política canadiense
específica dirigida a apuntalar la democracia en Venezuela,
en un momento en que este país atraviesa una de sus mayores
crisis económicas y una de sus peores situaciones de inestabilidad
política y crisis de gubernabilidad. Pero en realidad,
el gobierno canadiense se ha cuidado mucho de que tanto sus relaciones
económicas como sus relaciones político-diplomáticas
bilaterales no interfieran en sus iniciativas multilaterales y
sus acciones bilaterales en pro de la democracia venezolana y
latinoamericana en general. Esta separación entre las acciones
económicas y políticas "rutinarias"o formales
y las iniciativas más de índole estratégico
de alto perfil, puede derivarse claramente, por ejemplo, de la
actitud critica y contundente emprendida por Canadá en
contra de la Ley Helms-Burton aprobada recientemente por los Estados
Unidos. Precisamente, uno de los argumentos empleados por Canadá
para el rechazo de dicha Ley es que la misma forma parte de la
estrategia política del gobierno estadounidense en contra
del gobierno cubano de Fidel Castro. Canadá siempre ha
estado en desacuerdo con el bloqueo económico de los Estados
Unidos hacia Cuba porque considera no sólo que ese mecanismo
es ineficiente para el logro de la democratización del
régimen cubano, sino porque viola los principios de no
intervención y autodeterminación de los pueblos,
así como el principio universal de libertad económica
al cual se acogen la mayoría de los países occidentales.
No obstante, a pesar de todo lo anterior, se pueden observar ciertas
conductas y actitudes en pro de la democracia venezolana a partir
de 1989 al presente
VII. La defensa y promoción de la democracia venezolana.
Una de las acciones más evidentes en pro de la democracia
venezolana fue el apoyo otorgado por el gobierno de Mulroney a
los intentos de golpes de Estado producidos en Venezuela en febrero
y noviembre de 1992. En esa ocasión el gobierno canadiense
le dio pleno respaldo al gobierno constitucional de Carlos Andrés
Pérez en una forma que fue más allá de los
recursos diplomáticos formales (Canadá envió
notas diplomáticas y apoyó activamente la moción
especial de condena a los golpes que se dio en la OEA), en el
sentido que el entonces Primer Ministro canadiense llamó
telefónicamente y escribió cartas personales al
ex-Presidente venezolano ofreciéndole su solidaridad, y
su apoyo personal e incondicional. Por supuesto, como bien lo
expresa el propio Presidente Pérez en entrevista personal,
esta actitud del Primer Ministro fue producto fundamentalmente
de la amistad existente entre ambos mandatarios, quienes compartían
ideas y posiciones iguales en cuanto a la promoción de
la democracia en el continente, y trabajaron juntos en iniciativas
de democratización regional, como es el caso de Haití
en el que Canadá y Venezuela impulsaron y conformaron el
"grupo de apoyo a Haití". Este apoyo fue consolidado
y ampliado por el entonces Embajador de Canadá en Venezuela,
John Graham, quien también fue amigo personal de Carlos
Andrés Pérez. Según fuentes confidenciales,
Mr. Graham -posterior Director Ejecutivo de la Unidad de Promoción
de la Democracia de la OEA, fue un factor decisivo no sólo
en el envío de una misión especial de observación
de la OEA en las elecciones presidenciales venezolanas de diciembre
de 1993, sino en la participación de expertos canadienses
en dicha misión electoral.
Pero más allá de esta manifestación que podría
catalogarse no tanto de promoción propiamente dicha sino
de defensa de la democracia venezolana, encontramos una serie
de acciones democratizadoras cuyo bajo o alto perfil oscilan según
los intereses y las necesidades de los gobiernos y embajadores
canadienses y venezolanos que han transitado en ambos países
desde 1989 al presente. De tal forma, en el período que
ocupa los años 1989 a 1993 siendo B. Mulroney Primer Ministro
de Canadá, Carlos Andrés Pérez y Ramón
J. Velázquez Presidentes de Venezuela, J. Graham Embajador
de Canadá en nuestro país, Vladimir Gessen y Roy
Chaderton Embajadores de Venezuela en Canadá, se dio una
confluencia de intereses y percepciones en torno a la democratización
regional y la necesidad de defender la estabilidad de la democracia
venezolana que hicieron posible que se activaran mayores mecanismos
y acciones canadienses tendientes a la promoción de nuestra
democracia. Si bien en estos años Venezuela no pasó
a ser el gran "issue" en la agenda de desarrollo democrático
de Canadá -aún los casos de Haití y Cuba
eran prioritarios- si fue objeto de especial atención,
mucho más que en el período posterior 1994-1995.
Así, por ejemplo, en 1989 se creó el Fondo Canadiense
de Iniciativas Locales que es operado directamente por la Embajada
de Canadá en Venezuela. El mismo, dirigido a fomentar el
desarrollo político y social a través de proyectos
y organismos de la sociedad civil, no había sido implementado
con anterioridad -este fondo ya existía en muchos países
latinoamericanos- en vista que Venezuela era considerada como
un país de gran estabilidad democrática. Se inició
con 50.000 $Can y en la actualidad maneja un promedio de 200.000
$can y entre 15 a 20 proyectos anuales. De estos proyectos, destacan
aquellos dirigidos al desarrollo del movimiento indigenista venezolano
y a la promoción de los derechos humanos en las cárceles
venezolanas. Por otra parte, entre 1989 y 1993, el gobierno de
Canadá incrementó su asistencia financiera para
el desarrollo especialmente a través de su Agencia Internacional
para el Desarrollo (CIDA); asistencia que, en términos
generales, siempre ha sido modesta y limitada. En este sentido,
cabe apuntar el programa de Cooperación Institucional y
de Servicios para el Desarrollo (Institutional Cooperation and
Development Services, ICDS. Mediante este programa, CIDA apoya
los vínculos existentes entre instituciones, universidades,
asociaciones profesionales, etc. canadienses y venezolanas. El
total del financiamiento otorgado por este programa hasta 1993
fue de 328.000 $can, alcanzando la cifra de 280.000 $can. en 1991-1992.
No obstante, este proyecto no ha funcionado más en nuestro
país desde 1993. Otra asistencia financiera canadiense
que se incrementó luego de los intentos de golpes de Estado
venezolanos, fue la otorgada a través del Centro Internacional
de Investigación y Desarrollo (International Development
Research Centre, IDRC. -que alcanzó la cifra de 252.000
$can. en 1992/1993- y mediante el Centro Internacional de Derechos
Humanos y Desarrollo Democrático (International Centre
for Human Rights and Democratic Development, ICHRDD, cuyo único
desembolso por 60.000$can. se dio en el período 1992/1993.
En cuanto a la asistencia financiera indirecta, otorgada a través
de los organismos multilaterales, en 1993 la cifra ascendió
a $570,000 Millones.
Esta asistencia financiera canadiense, si bien es modesta si la
comparamos con la otorgada por otros gobiernos occidentales como
el de los Estados Unidos, evidencia una preocupación sin
precedentes hacia la situación democrática venezolana.
En el período posterior, es decir cuando se inician los
gobiernos del Primer Ministro Cretién y de Rafael Caldera
a finales de 1993 y, la asistencia y cooperación canadiense
hacia Venezuela disminuyen en términos relativos observándose
que este mecanismo de promoción democrática, así
como las relaciones políticas bilaterales en general, pasan
a un segundo plano. La actividad canadiense se centra en los asuntos
comerciales y su diplomacia pro-democracia adquiere un muy bajo
perfil. Ello es producto de varios factores. En primer lugar,
Canadá, en un momento en que NAFTA y la posibilidad de
expandirlo hacia la América del Sur era el asunto prioritario,
se centra en sus intereses y relaciones comerciales en todo el
continente. Segundo, en Venezuela se encuentra un nuevo gobierno
que interrumpe el proceso de liberación económica,
emprende políticas populistas, y no se encuentra interesado
en una política de promoción democrática
continental como la seguida por sus antecesores (esta política
sólo se ha limitado a la lucha anti-corrupción).
A su vez, la política exterior general del Presidente Caldera
se desarrolla hacia el sur, especialmente hacia Colombia y Brasil.
Tercero, es significativo el hecho de que no existiera ni se fomentara
una amistad estrecha, tal vez por la falta de coincidencia política
e ideológica, entre Caldera y Cretién. Por otra
parte, sus respectivos Embajadores de ese momento, Russell Davidson
por Canadá y Félix Rossi Guerrero por Venezuela,
manifestaron mucho más interés en los relaciones
comerciales -en particular las petroleras- que en las políticas
y ambos, por razones de personalidad, se inclinaron por una diplomacia
de muy bajo perfil. Este último factor tiene un peso significativo
más si tomamos en cuenta que en la tradición de
la política exterior canadiense los primeros ministros
le otorgan un amplio poder de actuación a sus embajadores.
A partir de finales de 1995 y principios de 1996 observamos un
cambio en la conducta canadiense y en las relaciones venezolano-canadienses
en general. Se percibe un mayor equilibrio entre las relaciones
políticas y económicas así como un mayor
dinamismo en la diplomacia canadiense. Todavía este cambio
se encuentra en período de gestación, pero cada
día se hace más evidente. Ello, a nuestro modo de
ver, responde básicamente a la llegada a nuestro país
de una nueva misión diplomática canadiense liderizada
por el Embajador Ives Gagnon y el Consejero Político Pierre
Giroux, misión ésta que, entre otras acciones, ha
empujado la firma de tratados cuyas negociaciones estaban prácticamente
paralizadas (e.i. el acuerdo de Protección y Promoción
a las Inversiones); está tratando de reactivar el Comité
Consultivo Canadá-Venezuela cuya última reunión
se realizó, como ya anotamos, en el año de 1992;
ha emprendido una serie de encuentros políticos con parlamentarios
venezolanos y funcionarios de nuestra cancillería; y está
promocionando de una forma más visible, a través
de actividades culturales y sociales, los intereses y valores
canadienses. Hasta el momento, sin embargo, no se observa una
política bilateral clara de promoción de la democracia
así sea al estilo canadiense, es decir, activando mecanismos
y emprendiendo acciones específicas en favor de los derechos
humanos, la institucionalización y buen gobierno democrático,
la expansión y consolidación de nuestra sociedad
civil, etc. Pero, al menos, se aprecia una actitud más
favorable hacia ese objetivo en el discurso diplomática.
Sin duda, este cambio sutil en la conducta canadiense también
se debe a un cambio, aún más exiguo, por parte del
gobierno venezolano que si bien continua mirando hacia el sur
y no termina de voltear hacia el norte se ha visto en la obligación
de reemprender el proceso de liberación económica
interrumpida y, por otra parte, ya no tan beligerante en su política
de anti-corrupción hemisférica, está tratando
de abrir su agenda de política exterior. La actuación
del actual vicecanciller Milós Alcalay así lo demuestra.
El nombramiento de José Ignacio Moreno León como
Embajador en Canadá también es un síntoma
favorable porque además de ser experto en materia petrolera,
al igual que el ex-Embajador Rossi Guerrero, parece tener una
actitud política diplomática más activa.
Finalmente, la misma situación Venezolana de mayor estabilidad
política y económica que se manifiestan en los últimos
meses del presente año, contribuyen a un cambio de conducta
canadiense.
VIII. Recomendaciones.
Luego de este breve análisis del caso venezolano en que
sobresalen, a pesar de los esfuerzos realizados particularmente
entre 1989 y 1993, las limitaciones de la política bilateral
canadiense en materia de promoción democrática,
es preciso apuntar la importancia de una estrategia coherente
de promoción de la democracia para Canadá en el
contexto hemisférico actual. Empecemos por este último.
En un contexto de postguerra fría en que el la región
americana, o de Las Américas, presenta como nunca antes
posibilidades de integración, cooperación,
democratización y de transformación en su sistema
de relaciones tan asimétricas con la potencia mayor -los
Estados Unidos- es necesario lograr consenso en torno a principios
y acciones de promoción y defensa democrática. Lamentablemente,
este consenso aún no se ha logrado ni siquiera en el seno
de la Organización de Estados Americanos, organismo natural
de confluencia interamericana, aun cuando han sido muchos los
discursos e iniciativas que apelan a ese objetivo. Y soy de la
opinión, que ese necesario consenso no se ha logrado, ni
se logrará, hasta tanto los países americanos con
mayor influencia y poder no adopten como prioritaria en sus políticas
exteriores, y en consecuencia implementen, una estrategia de promoción
democrática propia. Porque una visión y diseño
estratégico no sólo es imprescindible en un mundo
post-bipolar para neutralizar las tendencias anárquicas,
como bien lo ha señalado el ex-Secretario de Estado estadounidense
Henry Kissinger, sino que debe realizarse "desde abajo",
bajo el liderazgo de las potencias medias, dado el carácter
pluralista de los nuevos sistemas y subsistemas regionales. De
allí la importancia de una estrategia de tal naturaleza
en la política exterior de Canadá como país
de reconocido poder mundial, que realmente se manifieste en sus
relaciones bilaterales.
Una estrategia bilateral canadiense más coherente y efectiva
no tendría porque ir en contra de sus principios y estilo,
con los cuales tienen más afinidad los países latinoamericanos
en la actualidad en virtud de la oposición manifiesta con
aquellos que han caracterizado la estrategia de los Estados Unidos
en el hemisferio. Se trataría, más bien, que la
actual política democrática bilateral canadiense
acentuara su activismo, pasara más de la retórica
a la acción práctica, que equilibrara sus relaciones
políticas y económicas, y que fuera más cónsona
con su política democrática multilateral. Para ello
se requieren, al menos, dos condiciones:
Primero, que el gobierno canadiense pierda el miedo a tener un
liderazgo bilateral. Un mayor protagonismo no necesariamente implica
el desarrollo de acciones intervencionistas, que violen los asuntos
internos de otras naciones. En segundo lugar, es necesario que
el gobierno canadiense invierta más dinero en su política
democrática bilateral, tanto a través de sus organismos
de cooperación (el CIDA y el Centro de Derechos Humanos
en especial), como de sus embajadas en los países latinoamericanos
las cuales deben ampliar sus proyectos para el desarrollo de la
sociedad civil, y de las instituciones y procesos políticos.
Sólo así, Canadá podrá efectivamente
ir logrando sus objetivos de buen gobierno, "rule of law",
derechos humanos y desarrollo sustentable, pilares de su iniciativa
de promoción de la democracia para Las Américas.