El interés internacional por Venezuela
-que el gobierno actual intenta suscitar a través de todos
los medios- encuentra un escollo difícil de franquear:
se trata de un país poco dramático. Las dictaduras,
guerrillas, golpes de Estado, privatizaciones y gangas económicas
con las que otras naciones latinoamericanas han despertado la
imaginación de la comunidad internacional no han sucedido
en Venezuela en los últimos años, o sólo
lo han hecho con mesura.
En tales circunstancias, ni los inversionistas
ni los medios de comunicación social reparan en ella. Pues
un país tropical que enfrenta sus problemas sin caer en
el caos es difícil de entender y de apreciar. Resulta demasiado
moderado.
Esto pudiera explicar porqué sociedades
mucho más pequeñas y de menor significación
económica o política -como El Salvador, Panamá
o Haití- reciben mayor cobertura y atención; asimismo
como democracias bastante más frágiles y dudosas
-como Chile, Perú o Argentina- se tornan en ejemplos a
mostrar ante el resto del continente, mientras Venezuela permanece
olvidada.
Una estabilidad poco inspiradora
Casi cuarenta años de democracia
ininterrumpida y de solución de los problemas políticos,
económicos y sociales por la vía institucional no
parecen ser fuente de inspiración para los observadores
y comentaristas. El país no despierta polémicas,
y en consecuencia tampoco aviva el interés.
Lo anterior puede constatarse cuando se revisan
trabajos o informes sobre América Latina. En ellos, Venezuela
ocupa un lugar secundario, bien sea porque se le considere una
sociedad atípica (es una economía petrolera) o porque
no se encuentre nada interesante que decir sobre ella. Para quienes
se preocupan de América Latina debido a su pobreza, no
es un país suficientemente pobre y para quienes se acercan
al subcontinente en busca de riquezas, las que tiene no están
suficientemente disponibles. En consecuencia, resulta mejor mirar
hacia otras partes.
Para señalar ejemplos provenientes
de distintas ópticas, tenemos que en el libro de Eduardo
Galeano "Memorias del Fuego", en el cual se hace un
recuento de la historia latinoamericana, los acontecimientos sucedidos
en Venezuela a partir de 1936 casi no se mencionan. En la "Utopía
desarmada" de Jorge Castañeda las referencias son
escasas. Y lo mismo ocurre, en menor escala, en un libro más
técnico y reciente de Sebastián Edwards, del Banco
Mundial, titulado "Crisis and reform in Latin America".
Como Venezuela no es ejemplo dramático, ni de crisis ni
de reforma, su caso se trata con displicencia.
El interés económico
En el campo económico las
riquezas naturales del país deberían -en principio-
atraer el interés de los inversionistas. Pero como los
gobiernos venezolanos reservaron la explotación de ellas
al sector público, se les reputó durante mucho tiempo
como no existentes. Al parecer, las grandes corporaciones internacionales
adoptaron la actitud de esperar que Venezuela les rogara que volvieran,
de modo de hacer patente que los gestos nacionalistas del pasado
no habían logrado los éxitos que se esperaban de
ellos.
Ahora ha llegado ese momento. El peso de la
deuda, la inflación interna y la escasez de recursos para
invertir en la modernización de las industrias nacionales
-sin desestimar el efecto de la moda- han llevado a las autoridades
a buscar la colaboración y participación de los
inversionistas extranjeros. Pero en este caso han gravitado también
las rémoras de la moderación.
Como no se ha avanzado hacia una privatización
sin condiciones, sino que en el área petrolera se han intentado
esquemas tales como las alianzas estratégicas y las ganancias
compartidas, el entusiasmo ha sido bastante moderado. En el sector
financiero, el Estado no ha querido asumir la totalidad de las
carteras riesgosas y de las posibles acciones legales en contra
de los bancos a la venta -tal como se hizo en países más
desesperados- y por ello se han retrasado los procesos de privatización.
En otras áreas, los esfuerzos -a menudo
simplemente simbólicos- por imponer austeridad en las finanzas
públicas han resultado contraproducentes para suscitar
el interés de los inversionistas. Un gobierno que ha cortado
en casi su totalidad los gastos de inversión no es un buen
socio para los negocios. Por ello ha quedado como modalidad prácticamente
única de participación de la comunidad económica
internacional la realización de tareas vinculadas a los
préstamos de los organismos multilaterales, como el Banco
Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo.
Tampoco ha sido suficientemente dramática
la crisis venezolana como para provocar la compra masiva de las
industrias ya instaladas. Si bien los capitales internacionales
han adquirido algunas empresas importantes -como las de Cemento-
el cálculo generalizado ha sido que la recesión
todavía no ha tocado fondo y es mejor esperar a que lo
haga para lograr precios realmente convenientes.
En estas circunstancias no han faltado quienes
propongan que se provoque una verdadera hiperinflación
o una recesión más profunda para renacer como el
Ave Fénix, Chile, Bolivia, Perú, México o
la Argentina, quienes cuando tuvieron dificultades extremas despertaron
-!por fin!- el interés de los inversionistas internacionales.
Con estos antecedentes se pudiera concluir
que en lo económico -al igual que en lo político-
el problema de Venezuela es que ha sido moderada hasta en su decadencia.
Ha enfrentado una crisis profunda, sin duda, pero no lo suficiente
como para clamar por una intervención sin condiciones de
quienes vengan a salvarla y reconstruirla desde fuera. Como no
ha perdido totalmente la estabilidad, la labor samaritana de los
estabilizadores profesionales no resulta demasiado atractiva.
Percepción y realidad
La estabilidad de Venezuela, sin
embargo, ha sido el resultado de acontecimientos tan dramáticos
como los de cualquier otro país de la región. En
los años sesenta, fue el escenario del principal esfuerzo
guerrillero promovido por las fuerzas revolucionarias de entonces.
En esos años estuvo sujeta, también, a las conspiraciones
militares de quienes eran llamados en la década de los
cincuenta la "internacional de las espadas". El atentado
contra el Presidente Rómulo Betancourt preparado por el
dictador Trujillo, de la República Dominicana, es sólo
un ejemplo al respecto.
En la década de los setenta se llevó
cabo la nacionalización de riquezas básicas más
importante ocurrida en el continente desde la del Petróleo
en México y la abundancia de recursos le permitió
al país emprender iniciativas nacionales e internacionales
de envergadura. En los ochenta, fue el único país
que renegoció su deuda sin acudir al financiamiento del
Fondo Monetario Internacional. En los noventa las llamadas reformas
provocaron un levantamiento popular, de sólo tres días
de duración, y más tarde la salida del poder de
un presidente constitucional se encausó por vías
institucionales. La crisis financiera de 1994, una de las más
profundas del continente, estimuló un aumento casi sin
precedentes de la inflación doméstica, pero sin
acercarse nunca a los niveles de hiperinflación que padecieron
otras economías del área.
Para los venezolanos estos últimos
acontecimientos son sumamente dramáticos (en especial el
paso de la riqueza fácil al estancamiento), han sido vividos
con pasión y se han asumido como una catástrofe.
Sin embargo, vistos desde lejos o en comparación con lo
acaecido en otras sociedades (los asesinatos de México
y Colombia, los desaparecidos de Argentina y Chile, las hiperinflaciones
de Brasil y Bolivia) lo que más destaca es la moderación
y sentido institucional con que se han enfrentado las dificultades.
Y eso, por supuesto, no es noticia.
El camino del medio
La falta de interés por
los acontecimientos venezolanos probablemente no es atribuible
sólo a su estabilidad institucional. Quizás sea
más importante el carácter de tales sucesos. Como
el país no ha caído en ninguno de los extremismos
que se han disputado la escena latinoamericana, sus éxitos
y fracasos no han podido ser utilizados como ejemplo o demostración
de las tesis que en la propia América Latina o en otras
latitudes sustentan los fundamentalistas de izquierda o de derecha.
Debido a que la democracia venezolana ha seguido
un camino de economía capitalista con intervención
del estado, ni los anti-capitalistas ni los anti-intervencionistas
la han hecho objeto de sus odios o de sus amores. Tal rumbo, por
demás, no es sólo consecuencia de las políticas
adoptadas por el Estado venezolano, sino también el resultado
casi inevitable de las condiciones en que éste se desenvuelve.
Un país en el cual tres cuartas partes
de sus exportaciones son realizadas por el sector público
(o captadas por él, antes de la nacionalización
petrolera) y el presupuesto nacional se nutre mayoritariamente
de los ingresos provenientes de esa expotaciones, necesariamente
es intervencionista. Y un país que es el primer exportador
de hidrocarburos del hemisferio occidental dificilmente puede
dejar de ser capitalista.
En tales circunstancias, las derrotas de las
izquierdas en Venezuela -como la del movimiento guerrillero en
los años sesenta- no fueron considerados como un triunfo
por las derechas internacionales. Mientras que los actos que pudieran
afectar a las derechas -como la nacionalización del petroleo
y la renuencia a acudir al Fondo Monetario Internacional- no fueron
apreciados por las izquierdas del mundo.
Sólo cuando algunas políticas
fueron realizadas por personajes inclinados a gesticulaciones
extremas merecieron cierto interés. Tales son los casos
del tercermundismo, primero, y fondomonetarismo, después,
del Presidente Carlos Andrés Pérez y de la conversión
del socialismo al liberalismo del actual Ministro de Planificación,
Teodoro Petkoff.
Otros éxitos y fracasos en el devenir
venezolano han pasado desapercibidos. Probablemente porque sus
gobernantes siguieron el camino del medio, sin inclinarse excesivamente
ni a izquierda ni derecha.
Las lecciones del efecto tequila
Una de las pocas ventajas para
Venezuela de no adoptar las posiciones de moda de los años
noventa, fue que no sintió las consecuencias del efecto
tequila. La euforia -algunos dirían borrachera- de los
mercados emergentes y del camino acelerado hacia el primer mundo
que supuestamente aseguraban las "reformas" ha terminado
en crisis y recesión en los países que sirvieron
de portaestandartes para ese curso de acción.
La reflexión que tal resultado debiera
suscitar quizás podría conducir a revalorizar las
actitudes mas cautelosas que adoptó Venezuela. La necesidad
de encontrar fórmulas para activar el crecimiento económico
que no desemboquen en la petición de auxilios por decenas
de miles de millones de dólares, sin por ello conjurar
el peligro del malestar social, pudiera llevar a pensar en formas
menos extremas de asociación entre la comunidad financiera
internacional y las naciones de América Latina.
En ese caso, Venezuela pudiera tornarse interesante.
Pues la participación del capital extranjero pudiera plantearse
sobre bases distintas a las que condujeron a la vulnerabilidad
y debacle que se manifestó en el efecto tequila. Para ello
habría que plantear el problema en términos distintos
a los de "reforma o muerte", en los cuales se les ha
planteado hasta ahora. Con un enfoque creativo, sin desdeñar
las riquezas objetivas del país, se pudiera recobrar la
confianza en Venezuela. Pues tratar -como se intenta ahora- de
despertar el interés mediante la aplicación tardía
de recetas que ya han mostrado sus debilidades en otras partes
del continente despertaría -en el mejor de los casos- el
tibio interés que se tiene por un espectáculo ya
visto.
De lo que se trataría es de hacer de
la estabilidad y la moderación un activo y no un motivo
de falta de interés, como ha sido hasta ahora. Va de suyo
que esto requiere de parte de los venezolanos no solo prudencia
sino también imaginación y eficiencia.