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Revista Electrónica Bilingüe       Nº 8     Octubre 1996
Politica Interna
El Interés por Venezuela:
Un país no interesante
Eduardo Mayobre


El interés internacional por Venezuela -que el gobierno actual intenta suscitar a través de todos los medios- encuentra un escollo difícil de franquear: se trata de un país poco dramático. Las dictaduras, guerrillas, golpes de Estado, privatizaciones y gangas económicas con las que otras naciones latinoamericanas han despertado la imaginación de la comunidad internacional no han sucedido en Venezuela en los últimos años, o sólo lo han hecho con mesura.

En tales circunstancias, ni los inversionistas ni los medios de comunicación social reparan en ella. Pues un país tropical que enfrenta sus problemas sin caer en el caos es difícil de entender y de apreciar. Resulta demasiado moderado.

Esto pudiera explicar porqué sociedades mucho más pequeñas y de menor significación económica o política -como El Salvador, Panamá o Haití- reciben mayor cobertura y atención; asimismo como democracias bastante más frágiles y dudosas -como Chile, Perú o Argentina- se tornan en ejemplos a mostrar ante el resto del continente, mientras Venezuela permanece olvidada.

Una estabilidad poco inspiradora
Casi cuarenta años de democracia ininterrumpida y de solución de los problemas políticos, económicos y sociales por la vía institucional no parecen ser fuente de inspiración para los observadores y comentaristas. El país no despierta polémicas, y en consecuencia tampoco aviva el interés.

Lo anterior puede constatarse cuando se revisan trabajos o informes sobre América Latina. En ellos, Venezuela ocupa un lugar secundario, bien sea porque se le considere una sociedad atípica (es una economía petrolera) o porque no se encuentre nada interesante que decir sobre ella. Para quienes se preocupan de América Latina debido a su pobreza, no es un país suficientemente pobre y para quienes se acercan al subcontinente en busca de riquezas, las que tiene no están suficientemente disponibles. En consecuencia, resulta mejor mirar hacia otras partes.

Para señalar ejemplos provenientes de distintas ópticas, tenemos que en el libro de Eduardo Galeano "Memorias del Fuego", en el cual se hace un recuento de la historia latinoamericana, los acontecimientos sucedidos en Venezuela a partir de 1936 casi no se mencionan. En la "Utopía desarmada" de Jorge Castañeda las referencias son escasas. Y lo mismo ocurre, en menor escala, en un libro más técnico y reciente de Sebastián Edwards, del Banco Mundial, titulado "Crisis and reform in Latin America". Como Venezuela no es ejemplo dramático, ni de crisis ni de reforma, su caso se trata con displicencia.

El interés económico
En el campo económico las riquezas naturales del país deberían -en principio- atraer el interés de los inversionistas. Pero como los gobiernos venezolanos reservaron la explotación de ellas al sector público, se les reputó durante mucho tiempo como no existentes. Al parecer, las grandes corporaciones internacionales adoptaron la actitud de esperar que Venezuela les rogara que volvieran, de modo de hacer patente que los gestos nacionalistas del pasado no habían logrado los éxitos que se esperaban de ellos.

Ahora ha llegado ese momento. El peso de la deuda, la inflación interna y la escasez de recursos para invertir en la modernización de las industrias nacionales -sin desestimar el efecto de la moda- han llevado a las autoridades a buscar la colaboración y participación de los inversionistas extranjeros. Pero en este caso han gravitado también las rémoras de la moderación.

Como no se ha avanzado hacia una privatización sin condiciones, sino que en el área petrolera se han intentado esquemas tales como las alianzas estratégicas y las ganancias compartidas, el entusiasmo ha sido bastante moderado. En el sector financiero, el Estado no ha querido asumir la totalidad de las carteras riesgosas y de las posibles acciones legales en contra de los bancos a la venta -tal como se hizo en países más desesperados- y por ello se han retrasado los procesos de privatización.

En otras áreas, los esfuerzos -a menudo simplemente simbólicos- por imponer austeridad en las finanzas públicas han resultado contraproducentes para suscitar el interés de los inversionistas. Un gobierno que ha cortado en casi su totalidad los gastos de inversión no es un buen socio para los negocios. Por ello ha quedado como modalidad prácticamente única de participación de la comunidad económica internacional la realización de tareas vinculadas a los préstamos de los organismos multilaterales, como el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo.

Tampoco ha sido suficientemente dramática la crisis venezolana como para provocar la compra masiva de las industrias ya instaladas. Si bien los capitales internacionales han adquirido algunas empresas importantes -como las de Cemento- el cálculo generalizado ha sido que la recesión todavía no ha tocado fondo y es mejor esperar a que lo haga para lograr precios realmente convenientes.

En estas circunstancias no han faltado quienes propongan que se provoque una verdadera hiperinflación o una recesión más profunda para renacer como el Ave Fénix, Chile, Bolivia, Perú, México o la Argentina, quienes cuando tuvieron dificultades extremas despertaron -!por fin!- el interés de los inversionistas internacionales.

Con estos antecedentes se pudiera concluir que en lo económico -al igual que en lo político- el problema de Venezuela es que ha sido moderada hasta en su decadencia. Ha enfrentado una crisis profunda, sin duda, pero no lo suficiente como para clamar por una intervención sin condiciones de quienes vengan a salvarla y reconstruirla desde fuera. Como no ha perdido totalmente la estabilidad, la labor samaritana de los estabilizadores profesionales no resulta demasiado atractiva.

Percepción y realidad
La estabilidad de Venezuela, sin embargo, ha sido el resultado de acontecimientos tan dramáticos como los de cualquier otro país de la región. En los años sesenta, fue el escenario del principal esfuerzo guerrillero promovido por las fuerzas revolucionarias de entonces. En esos años estuvo sujeta, también, a las conspiraciones militares de quienes eran llamados en la década de los cincuenta la "internacional de las espadas". El atentado contra el Presidente Rómulo Betancourt preparado por el dictador Trujillo, de la República Dominicana, es sólo un ejemplo al respecto.

En la década de los setenta se llevó cabo la nacionalización de riquezas básicas más importante ocurrida en el continente desde la del Petróleo en México y la abundancia de recursos le permitió al país emprender iniciativas nacionales e internacionales de envergadura. En los ochenta, fue el único país que renegoció su deuda sin acudir al financiamiento del Fondo Monetario Internacional. En los noventa las llamadas reformas provocaron un levantamiento popular, de sólo tres días de duración, y más tarde la salida del poder de un presidente constitucional se encausó por vías institucionales. La crisis financiera de 1994, una de las más profundas del continente, estimuló un aumento casi sin precedentes de la inflación doméstica, pero sin acercarse nunca a los niveles de hiperinflación que padecieron otras economías del área.

Para los venezolanos estos últimos acontecimientos son sumamente dramáticos (en especial el paso de la riqueza fácil al estancamiento), han sido vividos con pasión y se han asumido como una catástrofe. Sin embargo, vistos desde lejos o en comparación con lo acaecido en otras sociedades (los asesinatos de México y Colombia, los desaparecidos de Argentina y Chile, las hiperinflaciones de Brasil y Bolivia) lo que más destaca es la moderación y sentido institucional con que se han enfrentado las dificultades. Y eso, por supuesto, no es noticia.

El camino del medio
La falta de interés por los acontecimientos venezolanos probablemente no es atribuible sólo a su estabilidad institucional. Quizás sea más importante el carácter de tales sucesos. Como el país no ha caído en ninguno de los extremismos que se han disputado la escena latinoamericana, sus éxitos y fracasos no han podido ser utilizados como ejemplo o demostración de las tesis que en la propia América Latina o en otras latitudes sustentan los fundamentalistas de izquierda o de derecha.

Debido a que la democracia venezolana ha seguido un camino de economía capitalista con intervención del estado, ni los anti-capitalistas ni los anti-intervencionistas la han hecho objeto de sus odios o de sus amores. Tal rumbo, por demás, no es sólo consecuencia de las políticas adoptadas por el Estado venezolano, sino también el resultado casi inevitable de las condiciones en que éste se desenvuelve.

Un país en el cual tres cuartas partes de sus exportaciones son realizadas por el sector público (o captadas por él, antes de la nacionalización petrolera) y el presupuesto nacional se nutre mayoritariamente de los ingresos provenientes de esa expotaciones, necesariamente es intervencionista. Y un país que es el primer exportador de hidrocarburos del hemisferio occidental dificilmente puede dejar de ser capitalista.

En tales circunstancias, las derrotas de las izquierdas en Venezuela -como la del movimiento guerrillero en los años sesenta- no fueron considerados como un triunfo por las derechas internacionales. Mientras que los actos que pudieran afectar a las derechas -como la nacionalización del petroleo y la renuencia a acudir al Fondo Monetario Internacional- no fueron apreciados por las izquierdas del mundo.

Sólo cuando algunas políticas fueron realizadas por personajes inclinados a gesticulaciones extremas merecieron cierto interés. Tales son los casos del tercermundismo, primero, y fondomonetarismo, después, del Presidente Carlos Andrés Pérez y de la conversión del socialismo al liberalismo del actual Ministro de Planificación, Teodoro Petkoff.

Otros éxitos y fracasos en el devenir venezolano han pasado desapercibidos. Probablemente porque sus gobernantes siguieron el camino del medio, sin inclinarse excesivamente ni a izquierda ni derecha.

Las lecciones del efecto tequila
Una de las pocas ventajas para Venezuela de no adoptar las posiciones de moda de los años noventa, fue que no sintió las consecuencias del efecto tequila. La euforia -algunos dirían borrachera- de los mercados emergentes y del camino acelerado hacia el primer mundo que supuestamente aseguraban las "reformas" ha terminado en crisis y recesión en los países que sirvieron de portaestandartes para ese curso de acción.

La reflexión que tal resultado debiera suscitar quizás podría conducir a revalorizar las actitudes mas cautelosas que adoptó Venezuela. La necesidad de encontrar fórmulas para activar el crecimiento económico que no desemboquen en la petición de auxilios por decenas de miles de millones de dólares, sin por ello conjurar el peligro del malestar social, pudiera llevar a pensar en formas menos extremas de asociación entre la comunidad financiera internacional y las naciones de América Latina.

En ese caso, Venezuela pudiera tornarse interesante. Pues la participación del capital extranjero pudiera plantearse sobre bases distintas a las que condujeron a la vulnerabilidad y debacle que se manifestó en el efecto tequila. Para ello habría que plantear el problema en términos distintos a los de "reforma o muerte", en los cuales se les ha planteado hasta ahora. Con un enfoque creativo, sin desdeñar las riquezas objetivas del país, se pudiera recobrar la confianza en Venezuela. Pues tratar -como se intenta ahora- de despertar el interés mediante la aplicación tardía de recetas que ya han mostrado sus debilidades en otras partes del continente despertaría -en el mejor de los casos- el tibio interés que se tiene por un espectáculo ya visto.

De lo que se trataría es de hacer de la estabilidad y la moderación un activo y no un motivo de falta de interés, como ha sido hasta ahora. Va de suyo que esto requiere de parte de los venezolanos no solo prudencia sino también imaginación y eficiencia.

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