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Revista Electrónica Bilingüe       Nº 8     Octubre 1996
Politica Interna
Huracán Pérez o el laberinto de la modernidad
Ramón Rangel Mantilla


Permítanme hacer explícito lo que Usted lector debe saber para que este gato no pase como liebre. No solo soy porte de una generación que accedió a la vida pública con el primer triunfo electoral de CAP, sino que he sido —con mayor o menor rango— colaborador, partidario y amigo del "hombre que camina"...

Pérez, a quien los intelectuales consideran el arquetipo de dirigente de los partidos políticos del 60 y 70, —lo cual no es un halago— ha sido par convicción o circunstancias, el primer dirigente de la escena política que maduró un proyecto de recambio al Plan de Barranquilla y a su propia Gran Venezuela.

Había visto a CAP desde mi infancia en Costa Rica, pero fue solo hasta mi adolescencia cuando pude empezar a conocerlo. A bordo del "coloso" de VIASA que iba a New York a buscar el cadáver de Raúl Leoni le observé sumergirse en un grueso documento, mientras el resto de lo comitiva disfrutaba de las amenidades de un viaje gratis en primera clase.

A 30.000 pies de altura Pérez aprovechaba, el tiempo en contraste con el resto de los pasajeros. Fue curiosidad lo que entonces me indujo o cruzar con él alguna palabra. Su respuesta cambió para siempre mi valoración del personaje: "Ramón —me preguntó— ¿tu tienes una idea del desastre que es la petroquímica venezolana ?".

Fue entonces cuando intuí dos cosas que han sido fundamentales en mi educación política: lo primero, que Pérez se estaba preparando para dirigir un país y no para ser otro payaso del circo democrático. La segunda que un político moderno es más un hombre de estado que un zelote ideológico.

Lo paradójico es que Pérez no sea capaz de transmitir una imagen cónsona con su propia realidad. Muchos de sus ministros no votaron por él, y entraron al gobierno creyendo que pondrían en prosa el discurso de un Monsieur Jordán carismático.

Pronto descubrirían que bajo la chaqueta a cuadros, había un estadista ducho en el estudio de los problemas nacionales. No pocos de los que han votado por él en sus dos campañas electorales lo hicieron por razones equivocadas.

Como consecuencia del sainete izquierdoso del primer gobierno de Rafael Caldera, muchos conservadores venezolanos apoyaron a Pérez convencidos que el Ministro del Interior de los 60 re-engancharía al país al carro de la Guerra fría. Lo política exterior y doméstica, de CAP en su primer gobierno fue una sorpresa mayúscula para esos desprevenidos adherentes.

CAP es el mejor ejemplo del impacto de la modernidad en un continente tan atrasado corno América Latina. El resume la búsqueda de un futuro sin ruptura —talón de aquiles de todo socialdemócrata— Mientras sus compañeros de partido son populistas, liberales o simplemente nacionalistas, Pérez es un sociademócrata. Sus errores son producto del de equilibrar la, modernidad con la agenda inmediata de sus enemigos.

En su primer gobierno, obcecado con reinventar a Venezuela, echarle pantalones largos a la infraestructura para diferenciar al país de un gentío con bandera, era obvio que más útil hubiera sido privilegiar a Eugenio Mendoza que a la "burguesía emergente" que desde Cordiplan se pensaba iba a transformar al capitalismo venezolano en asociación con el petroestado.

Hoy, visto lo infértil y rapaz de los nuevos ricos, provoca levantarle estatuas a los Zuloaga, Mendoza o Vollmer que en aquel país tan modesto de los años 40 formaron la base industrial nacional. Es sintomático que ninguno de los presidentes que recibieron la catarata de ingresos petroleros (Caldera, Herrera, Lusinchi, y Caldera) pueda exhibir ahijados industriales como Polar, Elecar, Vencemos, Protinal o Sivensa. Los de Pérez son todas públicas —Venalum, Alcasa, Sidor etc— de las que sólo quedan ruinas a rescatar con la privatización.

Cuando el Presidente del FIV traspase lo propiedad de las empresas privatizados, estará —de hecho— sancionanando el fracaso de la substitución de importaciones y del estado empresario. Ese es el fin del sueño romuliano de un "Rurh en Guayana" o la perecista "alcancía para vencer la monoexportación".

Pérez el moderno, es al mismo tiempo Pérez el solitario. A pesar de las muchedumbres que lo acompañan en sus giras o la leyenda negra y dorada que alimenta la rumorología nacional, CAP y su ambivalencia sufren de aguda incomprensión.

¿Cómo explicar que Gumersindo Rodríguez fuera: Zar Económico o Gustavo Roosen Ministro de Educación, es concebible una dupleta más disímil que Andrés Sosa Pietri en PDVSA y Celestino Armas en Energía y Minas?. Las síntesis de CAP son ambiciosas y contradictorias.

¿No era predecible el fracaso del financiamiento estatal a la agricultura e industria cuando la mano que prestaba en los Fondos, el BIV o Corpoindustria la deshacía el Ministerio de Agricultura y Fomento con la otra ?.

Los escollos de la Gran Venezuela en aluminio y acero eran correctas, pero imposibles de realizar si la tasa de cambio penalizaba la exportación. Los costos fijos se tragaron las ganancias que podía generar el minúsculo mercado interno.

La dimensión cultural y política de Pérez es más importante que su significado económico. Es en esos campos, que CAP se convierte en el personaje más relevante del último cuarto de siglo venezolano.

Es el primer hombre público que llega al Estado venezolano sin facturas por cobrar a reales o supuestos enemigos. Bajo sus dos presidencias, y en el extendido liderazgo de su vida política siempre ha sido un aliado natural de la innovación, capaz de convocar los más disímiles personajes. Ningún otro político venezolano de su generación se hubiera acercado ni por elemental curiosidad al teclado de una computadora o accesado a el Internet.

La Fundación Gran Mariscal de Ayacucho —una idea suya— y su invitación a la inteligencia venezolana a dejar el rol ce observador y crítico para sumarse a las tareas de estado son ejemplos de esa conducta.

La generación ayacucho es la primera ­y más importante­ de las rupturas que el país hace del más reservado de los privilegios: La inteligencia. El impacto de esos jóvenes en cada rincón de la vida quizás sea, la verdadera causa de la actual crisis política, consecuencia directa de la aspiración modernizadora de CAP.

La integración —en su primer y segundo gobierno— con abundantes muestras miristas, copeyanos y masistas en la administración pública al margen de mayorías políticas y parlamentarias, no sólo desesperaban a los adecos sino que testimonian la ruptura cultural protagonizada por Pérez.

El problema ahora es qué hacer con este personaje tan populista en sus gestos y tan rmoderno en sus ideas. ¿Cómo reintegrar a CAP a la política venezolana?. No será que nosotros como el mismo Pérez somos un pueblo parecido al dios Janos?

El problema trasciende lo personal y va al centro de la crisis política. La ausencia de una necesaria dosis de intolerancia, la amnesia de la opinión pública y la calidad de la clase dirigente, llevaron al sisterna a profesar una falsa unidad incompatible con lo viabilidad del país.

El síndrome del MIR en Acción Democrática exilió cualquier intento de

debate ideológico no sólo a lo interno sino a lo externo de AD. Como AD es el único doliente real de la democracia venezolana, la estabilidad del sistema pasa por la viabilidad misma del partido.

Pero mal puede un partido tan alejado de los ideas, como renuente a discutirlas, mantener sintonía distinta de la euforia electoral. Si en 1960 esa adhesión era suficiente para que el país legitimara a élites gobernantes en 1990 es a todas luces insuficiente.

Poco a poco el partido se convirtió en un fin en si mismo, donde sus más altos dirigentes podían aspirar, —de vez en cuando— ejercer el Ministerio del Interior como único cargo para el cual estaban capacitados, porque el MRI se ha convertido en un prestigioso cascarón vacío. Entrincherados en el parlamento, se hicieron cada; vez más irrelevantes y el partido atraía menos agentes dinámicos que renovaran la heredad recibida

El modelo rentista por excelencia en Venezuela es un partido que recibió la hegemonía cultural, intelectual, política y académica del país para consumirla en una praxis adocenada y retórica.

Lo caída del liberalismo adeco, a pesar de su fuerza electoral no es ninguna buena noticia para las fuerzas de lo modernidad. Mucho de lo que hoy pasa por moderno y mucho de lo que es inmisericorde enemigo de Acción Democrática (entre ellos algunos aliados de Pérez), no es otra cosa que el maquillaje histórico de las fuerzas del Gomecismo y Medinismo resentido que no aspira borrar a AD del mapa político, lo que quiere es retroceder la historia de las conquistas modernas logradas por el partido del pueblo.

Ninguna fuerza transformadora puede asentarse en contra de los derechos políticos y sociales, la solidaridad o humanismo intrínseco en el sueño de 1945 sin entrar en contradicción con la sociedad venezolana en su conjunto.

Entre Pérez y AD hay un proceso de incomprensión mutua que sólo complace a sus enemigos comunes. En nuestra cultura, tan proclive al blanco y negro, lo que predominan son los grises, los tonalidades, los matices. Hay una generación adeca cuyos exponentes más evidentes —pero no los únicos— son los gobernadores de Monagas y Trujillo que no tienen nada que envidiarle a Moisés Naim y mucho que enseñarle.

No son gentes llegadas a AD en calidad de préstamo, ni técnicos que por asimilación en los gobiernos adecos se han sumado al partido. Son dirigentes políticos que han cumplido callada y eficientemente todas las etapas de liderazgo, desde, las secretarias juveniles hasta las de organización sin descuidar ni olvidar una sólida formación personal.

A diferencia de muchos trasnochados del IESA, tienen un hondo conocimiento de los vicios, virtudes y necesidades del estado y las regiones sin caer en el populismo republiquetero de Tablante y Salas Romer. Esa generación, desconocida en los medios de comunicación nacionales, tiene muy poco respeto por la mayoría de logreros sin luces que dominan la dirección nacional Entre ellos y Pérez no hay mucha diferencia de enfoque sobre el futuro del país y la urgencia de renovar al sistema.

El problema es que a los ojos de esa dirigencia, hay cuestionamientos tan válidos a mucho de lo que rodea a Pérez como los que CAP dispara contra el CEN de AD.

La política, es hoy más necesaria, que nunca, si la democracia aspira, mantenerse. No se trata de vaticinar su caída, se trata de evitar que ella se convierta en un estorbo a las aspiraciones legítimas del ciudadano.

Ni Pérez ni AD han emitido palabra sobre temas tan espinosos como la educación, salud y justicia, donde el problema de fondo; trescientos o cuatrocientos mil funcionarios conspirando contra los derechos elementales de una sociedad decente y prerrequisito para que el país tenga un mínimo chance de competir en el difícil ambiente en que América Latina tendrá que desenvolverse en el siglo que viene.

El dinamismo del mundo se ha volteado a la cuenca del pacífico y ya no hay guerra fría que subsidie sociedades estancadas. O tenemos uno mano de obra educada, disciplinada y sacrificada o sus nietos, ya que no serán ellos los beneficiarios, no tendrán otra posibilidad que ser marginales.

Problemas como inflación, prestaciones, privatización o captación de inversiones son fáciles de resolver si las condiciones políticas y sociales creadas por la dirigencia política tienen la claridad de comprensión de los intereses nacionales, como en su oportunidad demostraron los fundadores de AD.

Esta sociedad de francotiradores donde cada quien tiene su enemigo favorito y medios en plan de perdonavidas o politiqueros montando cortes canguros a sueldo, atenta contra la gobernabilidad. Las sociedades no se suicidan ni siquiera en aras de la libertad.

Pérez puede proporcionarle a un sector muy importante de AD, las verdaderas columnas del tinglado, la emotividad para convocar o un enorme esfuerzo de construcción de país y el conocimiento íntimo de los poderes fácticos nacionales y extranjeros que esa generación carece. Pero esa generación le dará a Pérez una cohesión histórica de resguardo a planes de modernización que ni son tales, ni son éticamente neutros como pretenden venderse.

Mucho sargento difrazado de general —de bando y bando— conspirará contra un entendimiento, pero si en algún momento se necesitan y los necesita unidos el país es hoy, a menos que apaguemos la luz y nos resignemos o un Sábado Sensacional montado en Miraflores con Irene Sáez de Presidente y todos los logreros del país usándola o disparándole a mansalva.

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