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Hace varios años, en una visita a Bogotá, hojeaba
distraídamente uno de esos lujosos libros de turismo que
los hoteles en este caso, el Tequendama colocan en las habitaciones,
para orientación de sus huéspedes. Me di cuenta
rápidamente que el libro contenía varios avisos
publicitarios de empresas especializadas en el blindaje de vehículos.
Esto me llamó la atención. Si había oferta
era porque había demanda. Mi reacción era la de
un extranjero no familiarizado con la cotidianidad de un país.
La delicada situación política y social de Colombia
se expresaba, de manera muy concreta, en un negocio que ofrece
seguridad a toda hora, todos los días. Pensé: "Afortunadamente
nosotros no hemos llegado a esto". Me dolió agregar:
"todavía".
Un par de días atrás, leyendo la prensa nacional,
recordé esos avisos del bello libro de turismo del Hotel
Tequendama. Vi un aviso donde se ofrecía el servicio de
blindaje de vehículos. Pensé: "Ya llegamos".
Posiblemente avisos como ese están apareciendo desde hace
algún tiempo, y es apenas ahora cuando me estoy percatando
de ello. No importa cundo apareció, por primera vez, la
publicidad de blindaje de vehículos en Venezuela. Quiero
destacar la desazón de percatarnos que pequeños
detalles cotidianos nos señalan el mal camino que transitamos
como sociedad. Nos están alcanzando las consecuencias de
una sociedad mal organizada, cuyo Estado es profundamente débil,
cuyos dirigentes de las más distintas procedencias
no logran pensar en serio en la "realidad real" del
país. Jugamos al engaño, al avestruz y al fariseísmo,
gastando energías en discutir quién se ha aprovechado
indebidamente de "colitas de PDVSA", y alegrándonos
como inconscientes idiotas porque nos está entrando una
platica extra gracias al comportamiento del mercado petrolero.
¿A quién queremos engañar? A nosotros mismos.
¿Es que no estamos dispuestos a discutir, con toda la fuerza
y la vehemencia necesarias, y con la mejor información
posible, el problema de los secuestros, bien adentro del territorio
venezolano, ni el hecho de que venezolanos hayan decidido mudarse
de San Cristóbal por razones de seguridad, que barrios
de Caracas están en manos de bandas de narcotraficantes,
que hayan empeorado los indicadores de la pobreza, que muchas
de nuestras instituciones están deshechas la justicia,
por ejemplo y que hasta el deterioro de la infraestructura física
del país carreteras, oficinas Públicas, semáforos,
etc. etc. contribuyan a crear un mundo cotidiano en el cual
el "blindaje" de todo es fundamental para existir?
Ojalá no repitamos el error de creer que el país
está muy bien porque el producto interno bruto va a crecer
al X por ciento. Lo digo porque muchas veces he oído a
destacados venezolanos decir que Colombia está muy bien
porque su economía ha estado creciendo a una importante
tasa durante varios años. Poco ha servido señalar
la inexistencia del Estado colombiano en parte importante de su
territorio, el peso del narcotráfico en su economía,
o cómo la violencia, la guerrilla y el narcotráfico,
poco a poco, fueron convirtiéndose en parte integral de
la trama social colombiana y en elementos fundamentales de su
dinámica económica y política.
¿Sufriremos la misma miopía cuando analicemos nuestra
realidad? ¿Continuaremos incurriendo en el error de seguir
hablando del Estado venezolano como conjunto de organizaciones
capaces de decidir con un mínimo de racionalidad e implementar
lo que deciden con un mínimo de eficacia? En ese error
ha incurrido la dirigencia colombiana durante mucho tiempo, tapando
el sol con un dedo, acostumbrándose a vivir en medio de
la violencia, adaptándose, en una lenta pero segura marcha
hacia una terrible fragmentación social. ¿Qué
nuevo aviso debemos esperar para actuar en dirección contraria
a la de Colombia? Lo peor de la "colombianización"
detesto la expresión, por simplista e injusta de Venezuela
no es la creciente inseguridad personal sino la ceguera de nuestra
dirigencia en el más amplio sentido de este término
para ver hacia dónde vamos.
Publicado en El Nacional el 22/10/96
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