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Revista Electrónica Bilingüe       Nº 8     Octubre 1996
Esta Semana
Colombia y Venezuela Dos avisos
Ramón Piñango


Hace varios años, en una visita a Bogotá, hojeaba distraídamente uno de esos lujosos libros de turismo que los hoteles —en este caso, el Tequendama— colocan en las habitaciones, para orientación de sus huéspedes. Me di cuenta rápidamente que el libro contenía varios avisos publicitarios de empresas especializadas en el blindaje de vehículos. Esto me llamó la atención. Si había oferta era porque había demanda. Mi reacción era la de un extranjero no familiarizado con la cotidianidad de un país. La delicada situación política y social de Colombia se expresaba, de manera muy concreta, en un negocio que ofrece seguridad a toda hora, todos los días. Pensé: "Afortunadamente nosotros no hemos llegado a esto". Me dolió agregar: "todavía".

Un par de días atrás, leyendo la prensa nacional, recordé esos avisos del bello libro de turismo del Hotel Tequendama. Vi un aviso donde se ofrecía el servicio de blindaje de vehículos. Pensé: "Ya llegamos". Posiblemente avisos como ese están apareciendo desde hace algún tiempo, y es apenas ahora cuando me estoy percatando de ello. No importa cundo apareció, por primera vez, la publicidad de blindaje de vehículos en Venezuela. Quiero destacar la desazón de percatarnos que pequeños detalles cotidianos nos señalan el mal camino que transitamos como sociedad. Nos están alcanzando las consecuencias de una sociedad mal organizada, cuyo Estado es profundamente débil, cuyos dirigentes —de las más distintas procedencias— no logran pensar en serio en la "realidad real" del país. Jugamos al engaño, al avestruz y al fariseísmo, gastando energías en discutir quién se ha aprovechado indebidamente de "colitas de PDVSA", y alegrándonos como inconscientes idiotas porque nos está entrando una platica extra gracias al comportamiento del mercado petrolero.

¿A quién queremos engañar? A nosotros mismos. ¿Es que no estamos dispuestos a discutir, con toda la fuerza y la vehemencia necesarias, y con la mejor información posible, el problema de los secuestros, bien adentro del territorio venezolano, ni el hecho de que venezolanos hayan decidido mudarse de San Cristóbal por razones de seguridad, que barrios de Caracas están en manos de bandas de narcotraficantes, que hayan empeorado los indicadores de la pobreza, que muchas de nuestras instituciones están deshechas —la justicia, por ejemplo— y que hasta el deterioro de la infraestructura física del país —carreteras, oficinas Públicas, semáforos, etc. etc.— contribuyan a crear un mundo cotidiano en el cual el "blindaje" de todo es fundamental para existir?

Ojalá no repitamos el error de creer que el país está muy bien porque el producto interno bruto va a crecer al X por ciento. Lo digo porque muchas veces he oído a destacados venezolanos decir que Colombia está muy bien porque su economía ha estado creciendo a una importante tasa durante varios años. Poco ha servido señalar la inexistencia del Estado colombiano en parte importante de su territorio, el peso del narcotráfico en su economía, o cómo la violencia, la guerrilla y el narcotráfico, poco a poco, fueron convirtiéndose en parte integral de la trama social colombiana y en elementos fundamentales de su dinámica económica y política.

¿Sufriremos la misma miopía cuando analicemos nuestra realidad? ¿Continuaremos incurriendo en el error de seguir hablando del Estado venezolano como conjunto de organizaciones capaces de decidir con un mínimo de racionalidad e implementar lo que deciden con un mínimo de eficacia? En ese error ha incurrido la dirigencia colombiana durante mucho tiempo, tapando el sol con un dedo, acostumbrándose a vivir en medio de la violencia, adaptándose, en una lenta pero segura marcha hacia una terrible fragmentación social. ¿Qué nuevo aviso debemos esperar para actuar en dirección contraria a la de Colombia? Lo peor de la "colombianización" —detesto la expresión, por simplista e injusta— de Venezuela no es la creciente inseguridad personal sino la ceguera de nuestra dirigencia —en el más amplio sentido de este término— para ver hacia dónde vamos.


Publicado en El Nacional el 22/10/96
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