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No me cabe la más mínima duda de que le corresponde
al Estado financiar la existencia de un amplio sistema de educación
pública en sus diferentes niveles: preescolar, básico,
medio y universitario de pregrado y postgrado, incluido un tejido
de instituciones destinadas a la investigación científica
y a la innovación tecnológica. Ello se deduce de
la propia naturaleza del Estado: Es el representante triste del
interés general de la sociedad, especialmente en lo que
se refiere a su futuro, de modo que debe asegurar que su funcionamiento
está al servicio de todos los que pertenecen a ella, y
no solamente de los intereses particulares, Si en la política
el estadista se caracteriza por actuar en atención al porvenir
de todos los ciudadanos (y el politiquero por orientarse en función
de las próximas elecciones), ello vale ciertamente para
el Estado, por ser la encarnación institucional colectiva
del estadista.
Aquí caben dos aclaratorias, histórica la primera
y ética la segunda. La histórica apunta a un hecho
fuera de cualquier posibilidad de cuestionarlo. Los Estados de
las sociedades altamente industrializadas han invertido e invierten
fuertemente en sus sistemas educativos, incluso desde el momento
mismo en el que deciden emprender la vía del desarrollo,
tal y como ocurrió durante el siglo XIX en Alemania, Japón
e Italia (pueblos llegados tardamente a la modernización
de aquel entonces) y hoy da en los pases de reciente industrialización
(Corea del Sur, Taiwan, Singapur, Hong Kong, Malasia y otros).
Muchas veces bajo la presión de regímenes Políticos
autoritarios, semejantes Estados actuaron estadista y no politiqueramente.
La segunda aclaratorio es ética. La obligación
del Estado para con la inversión en educación no
exime a la sociedad, esto es: El conjunto de los diferentes actores
y fuerzas sociales, de la responsabilidad de participar en la
educación; la reafirmación de tal obligación
no es por ende parte de ningún discurso estatista mal llamado
"populista". Está claro que la educación
privada tiene derecho a existir, pero también debe estar
claro que los sistemas educativos privados, en todos sus niveles,
obedecen a intereses particulares y por lo tanto a una racionalidad
no necesariamente societal.
Ahora bien, sistemas de educación pública son caros.
La Unesco estima (si mi memoria no me falla) que un siete por
ciento del Producto Interno Bruto, no del presupuesto, debe dedicarse
a la educación y el 1,5 por ciento a la investigación
e innovación científico-tecnológica. Ello
significa que la inversión en educación debe tener
necesariamente una marcada incidencia en los presupuestos de los
Estados. Imponer que ello sea así es una obligación
imprescindible del Estado, si realmente quiere cumplir con su
esencia de estadista colectivo.
Claro está que, si el Estado invierte ingentes sumas en
el sistema educativo, la sociedad también tiene derecho
a exigir que: (a) tales inversiones sean bien administradas y
(b) se le rinda cuentas sobre sus destinos y resultados. Un índice
para medir el cumplimiento de ambas exigencias es la calidad de
los egresados (como seres humanos, ciudadanos e integrantes de
la mano de obra), otro la capacidad del sistema científico-tecnológico
de contribuir a la solución de problemas de la sociedad
(que incluye obviamente la economía).
No voy a negar que los Estados de América Latina y del
Caribe (el venezolano en destacado lugar) han hecho, durante las
décadas de los cincuenta, sesenta y buena parte de los
setenta, grandes esfuerzos en cuanto al financiamiento de la educación
y, desde finales de los sesenta, también de la investigación
científico-tecnológica. El resultado, indudablemente
positivo, ha sido la masificación de la educación,
por un lado, y una mayor productividad innovativa, por el otro.
Pero ahora, en estos tiempos de crisis y transición, el
esfuerzo deberá dirigirse a buscar una mayor excelencia
en el sistema como un todo. Ello implica que las inversiones
al menos no deberían bajar, al tiempo que el sistema educativo
debería responder con una mayor capacidad de modernizarse
a sí mismo, mediante nuevas formas de organización,
gestión y mayor eficiencia, por ejemplo, lo cual constituiría
una manera de rendirle cuentas a la sociedad y legitimar la inversión
de hasta mayores sumas.
Pienso que, adicionalmente, debe emprenderse la búsqueda
de novedosas formas de financiar la educación. En este
sentido, el reciente anuncio gubernamental de una participación
de tres universidades autónomas (y no sólo del capital
privado local e internacional) en "alianzas estratégicas"
con la industria petrolera puede indicar un sendero promisorio.
¿Son estas reflexiones lugares comunes, verdades de perogrullo?
Es posible. Pero en tiempos de confusión ("neoliberal",
"postmoderna" y "antiestatista"), hasta repetir
lugares comunes puede cumplir una función. A lo mejor
esclarecedora.
Publicado en El Nacional e 23/10/96
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