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VENEZUELA arriba a las postrimerías del siglo XX con una
institucionalidad partidista disminuida y dos grandes caudillos
sin solución de continuidad. Así las cosas, los
riesgos de una ruptura son evidentes.
Si algo podemos asentar sobre nuestra historia es que ella ha
sido una sucesión de hiatos y no de hitos; de conflictos
y disonancias y no de consensos y acoplamientos. Nunca hemos podido
armonizar enteramente a la nación en torno a un gran proyecto
que nos permita avanzar sin sobresalto de una generación
a otra. (*)
Bolívar terminó desterrado de la Patria que cubrió
de Gloria. Páez mantuvo el poder mientras duró la
aureola de sus triunfos guerreros. Guzmán plasmó
en edificios y monumentos toda la grandeza de una Venezuela que
soñó atea, moderna y parisina. Tras cada una de
estas experiencias, sobrevino, con el ocaso del líder,
un período de oscuridad, odio, anarquía y desmembramiento.
Gómez impuso la unidad con fiereza y sagacidad hasta que
se le apagó la vida. Los esfuerzos de López Contreras
y Medina por lograr la transición, se estrellaron contra
las tormentas primaverales de la democracia. Pérez Jiménez
intentó retomar, a contrapelo de la naciente cultura democrática,
el sendero de Gómez y Guzmán, dándole a su
"Nuevo Ideal" un sentido de eficiencia y de modernidad,
con una visión sistémica poco usual en el liderazgo
nacional de todas las épocas. Pero muy poco duró
su proyecto. A raíz de 1958, Venezuela se montaría
sobre su primer gran sueño colectivo; la democracia, la
industrialización, la vivienda, la universidad, pero el
boom petrolero la desviaría, quince años después,
de sus propósitos más nobles.
El sistema pervivió, pero no así los propósitos
iniciales. La ineficiencia y la corrupción invadieron espacios
otrora transparentes, mientras una sociedad borracha de "éxitos",
dejó hacer y dejó pasar, haciéndose cómplice
de una era signada por los buenos deseos, la improvisación
y el deterioro moral y material de la nación.
Con el estallido de 1989 iniciamos una etapa. La elección
directa de gobernadores y de alcaldes, el voto uninominal y la
descentralización, hicieron que renaciera la esperanza
en cada rincón de nuestra geografía. Pero el "gendarme
innecesario", en traje de paisano o vestimenta de partido,
siguió presente, impidiendo que emergiera con toda su fuerza
una sociedad que con los años se había hecho plural
y mucho más compleja.
La defenestración de Pérez y el acorralamiento que
se insinúa contra el gobierno de Caldera, ahora o después
de finalizado su mandato, nos anuncian una nueva cosecha de odios
de la que no queremos ser legatarios. Bien lo ha dicho Manuel
Caballero: durante este siglo ganamos la paz y conquistamos la
democracia, dos valores esenciales para cualquier país
civilizado. Ahora queremos avanzar hacia nuevos espacios, nuevos
territorios, nuevos escenarios, en lo que, aprovechando las conquistas
que recibimos como legado, podamos ganar la batalla decisiva del
desarrollo, validando al ciudadano, multiplicando los protagonistas,
profundizando las raíces del sistema, garantizando una
confiable y accesible administración de la justicia; logrando
la inserción definitiva de Venezuela en la comunidad de
las naciones más avanzadas. Y ello lo podremos alcanzar
sólo si dejamos atrás la carga negativa del pasado.
Cuando comienza a apagarse el siglo XX, nos encontramos con un
sistema político agotado, no en sus formas sino en su esencia
democrática. Nuestros partidos han visto su capacidad de
convocatoria mermada al no responder ellos suficientemente a las
exigencias de una sociedad moderna o tener la flexibilidad necesaria
para adaptarse a las nuevas realidades. Por otra parte, los dos
principales caudillos que sobreviven, Caldera y Pérez,
no tienen solución de continuidad, al menos al estilo que
imponía el país que se marcha. ¿Cómo
llenar el vacío? ¿Cómo superar la fragmentación?
¿Cómo recoger las voluntades de ese ejército
que quedará aún más disperso cuando ellos
se hayan ido?
Ese es el reto que corresponde a nuestra generación, en
un momento singularmente difícil cuando el mundo, empujado
por la Revolución de las Comunicaciones, se mueve simultáneamente
hacia la globalización y la descentralización, en
medio del gigantesco vacío generado al finalizar la Guerra
Fría y demanda una redefinición del rol del liderazgo
y del Estado mismo.
El reto de nuestra generación viene tarde, considerando
a otras naciones del mundo, pero viene ahora. No podemos sino
aceptarlo. No existe otra opción. Ese reto es nuestra única
oportunidad y nos señala la tarea histórica que
estamos obligados a realizar. Pero sólo triunfaremos si
somos capaces de superar nuestro síndrome histórico,
si dejando a un lado complacencias indebidas y el legado de odios
y rencores acumulados, establecemos una plataforma capaz de unir
a los venezolanos en torno a objetivos rodeados de grandeza.
El tiempo se ha agotado. Las aguas recrecidas se agolpan y amenazan
con desbordar los diques que los ciegos siguen construyendo para
contenerlas. Recordemos la prédica de Gandhi: "Tenemos
que apurarnos porque el pueblo va adelante".
(*) Valencia es quizás el caso más patético
de éste, nuestro síndrome histórico. Fue
por tres veces capital de la República. En Valencia se
reunió el Congreso de 1812 y el Congreso Constituyente
de 1830. En sus sabanas se libró la batalla decisiva. Entre
su gente se fraguó la conjura de la cual emergería
Venezuela como patria independiente. Fue Valencia después
escenario de momentos estelares de nuestra vida republicana y,
con los años, la naturaleza de su gente y la apacible naturaleza
circundante le fueron abriendo anchos espacios a la cultura. Valencia
pudo haberse dado cualquier nombre. Pudo llamarse Ciudad Histórica
o Ciudad Heroica. Pudo adoptar el nombre de Segunda Capital, o
de Cuna de Venezuela; pudo ser la Ciudad de la Cultura o la Ciudad
del Cabriales. Pero había olvidado su pasado y, al perder
la perspectiva histórica, prefirió exaltar sólo
la última de sus gestas y así quedó consagrada
como Ciudad Industrial. Disonancias propias de una nación
que perdió la hilación y el sentido fundamental
y enaltecedor de su grandeza histórica. Tenemos que recobrarlo
para toda Venezuela.
El Universal, domingo 20 de octubre, 1996
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