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Revista Electrónica Bilingüe       Nº 8     Octubre 1996
Esta Semana
Tiempos de cambio tiempo de retos
Henrique Salas Romer


VENEZUELA arriba a las postrimerías del siglo XX con una institucionalidad partidista disminuida y dos grandes caudillos sin solución de continuidad. Así las cosas, los riesgos de una ruptura son evidentes.

Si algo podemos asentar sobre nuestra historia es que ella ha sido una sucesión de hiatos y no de hitos; de conflictos y disonancias y no de consensos y acoplamientos. Nunca hemos podido armonizar enteramente a la nación en torno a un gran proyecto que nos permita avanzar sin sobresalto de una generación a otra. (*)

Bolívar terminó desterrado de la Patria que cubrió de Gloria. Páez mantuvo el poder mientras duró la aureola de sus triunfos guerreros. Guzmán plasmó en edificios y monumentos toda la grandeza de una Venezuela que soñó atea, moderna y parisina. Tras cada una de estas experiencias, sobrevino, con el ocaso del líder, un período de oscuridad, odio, anarquía y desmembramiento.

Gómez impuso la unidad con fiereza y sagacidad hasta que se le apagó la vida. Los esfuerzos de López Contreras y Medina por lograr la transición, se estrellaron contra las tormentas primaverales de la democracia. Pérez Jiménez intentó retomar, a contrapelo de la naciente cultura democrática, el sendero de Gómez y Guzmán, dándole a su "Nuevo Ideal" un sentido de eficiencia y de modernidad, con una visión sistémica poco usual en el liderazgo nacional de todas las épocas. Pero muy poco duró su proyecto. A raíz de 1958, Venezuela se montaría sobre su primer gran sueño colectivo; la democracia, la industrialización, la vivienda, la universidad, pero el boom petrolero la desviaría, quince años después, de sus propósitos más nobles.

El sistema pervivió, pero no así los propósitos iniciales. La ineficiencia y la corrupción invadieron espacios otrora transparentes, mientras una sociedad borracha de "éxitos", dejó hacer y dejó pasar, haciéndose cómplice de una era signada por los buenos deseos, la improvisación y el deterioro moral y material de la nación.

Con el estallido de 1989 iniciamos una etapa. La elección directa de gobernadores y de alcaldes, el voto uninominal y la descentralización, hicieron que renaciera la esperanza en cada rincón de nuestra geografía. Pero el "gendarme innecesario", en traje de paisano o vestimenta de partido, siguió presente, impidiendo que emergiera con toda su fuerza una sociedad que con los años se había hecho plural y mucho más compleja.

La defenestración de Pérez y el acorralamiento que se insinúa contra el gobierno de Caldera, ahora o después de finalizado su mandato, nos anuncian una nueva cosecha de odios de la que no queremos ser legatarios. Bien lo ha dicho Manuel Caballero: durante este siglo ganamos la paz y conquistamos la democracia, dos valores esenciales para cualquier país civilizado. Ahora queremos avanzar hacia nuevos espacios, nuevos territorios, nuevos escenarios, en lo que, aprovechando las conquistas que recibimos como legado, podamos ganar la batalla decisiva del desarrollo, validando al ciudadano, multiplicando los protagonistas, profundizando las raíces del sistema, garantizando una confiable y accesible administración de la justicia; logrando la inserción definitiva de Venezuela en la comunidad de las naciones más avanzadas. Y ello lo podremos alcanzar sólo si dejamos atrás la carga negativa del pasado.

Cuando comienza a apagarse el siglo XX, nos encontramos con un sistema político agotado, no en sus formas sino en su esencia democrática. Nuestros partidos han visto su capacidad de convocatoria mermada al no responder ellos suficientemente a las exigencias de una sociedad moderna o tener la flexibilidad necesaria para adaptarse a las nuevas realidades. Por otra parte, los dos principales caudillos que sobreviven, Caldera y Pérez, no tienen solución de continuidad, al menos al estilo que imponía el país que se marcha. ¿Cómo llenar el vacío? ¿Cómo superar la fragmentación? ¿Cómo recoger las voluntades de ese ejército que quedará aún más disperso cuando ellos se hayan ido?

Ese es el reto que corresponde a nuestra generación, en un momento singularmente difícil cuando el mundo, empujado por la Revolución de las Comunicaciones, se mueve simultáneamente hacia la globalización y la descentralización, en medio del gigantesco vacío generado al finalizar la Guerra Fría y demanda una redefinición del rol del liderazgo y del Estado mismo.

El reto de nuestra generación viene tarde, considerando a otras naciones del mundo, pero viene ahora. No podemos sino aceptarlo. No existe otra opción. Ese reto es nuestra única oportunidad y nos señala la tarea histórica que estamos obligados a realizar. Pero sólo triunfaremos si somos capaces de superar nuestro síndrome histórico, si dejando a un lado complacencias indebidas y el legado de odios y rencores acumulados, establecemos una plataforma capaz de unir a los venezolanos en torno a objetivos rodeados de grandeza.

El tiempo se ha agotado. Las aguas recrecidas se agolpan y amenazan con desbordar los diques que los ciegos siguen construyendo para contenerlas. Recordemos la prédica de Gandhi: "Tenemos que apurarnos porque el pueblo va adelante".


(*) Valencia es quizás el caso más patético de éste, nuestro síndrome histórico. Fue por tres veces capital de la República. En Valencia se reunió el Congreso de 1812 y el Congreso Constituyente de 1830. En sus sabanas se libró la batalla decisiva. Entre su gente se fraguó la conjura de la cual emergería Venezuela como patria independiente. Fue Valencia después escenario de momentos estelares de nuestra vida republicana y, con los años, la naturaleza de su gente y la apacible naturaleza circundante le fueron abriendo anchos espacios a la cultura. Valencia pudo haberse dado cualquier nombre. Pudo llamarse Ciudad Histórica o Ciudad Heroica. Pudo adoptar el nombre de Segunda Capital, o de Cuna de Venezuela; pudo ser la Ciudad de la Cultura o la Ciudad del Cabriales. Pero había olvidado su pasado y, al perder la perspectiva histórica, prefirió exaltar sólo la última de sus gestas y así quedó consagrada como Ciudad Industrial. Disonancias propias de una nación que perdió la hilación y el sentido fundamental y enaltecedor de su grandeza histórica. Tenemos que recobrarlo para toda Venezuela.

El Universal, domingo 20 de octubre, 1996

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