|
El denominado gasto rígido del presupuesto ha llegado a
ocupar la virtual totalidad de los compromisos fiscales del Gobierno.
A este gasto se le atribuye la cualidad de rigidez en cuanto representa
mandatos constitucionales y legales (Situado y Fides, entre otros),
contractuales (servicio de deuda, contratación colectiva),
de funcionamiento (sueldos, compras de materiales de la Administración
Central) y políticos (prácticamente todo el resto).
El gasto rígido derivado de compromisos políticos
engloba innumerables organismos e instituciones, que prestan un
servicio en virtud de lo cual generan una demanda hacia el presupuesto,
que es políticamente consentida. En este universo hay de
todo. Desde pequeñas agrupaciones locales hasta empresas
del Estado deficitarias, pasando por las Universidades, fundaciones,
centros culturales, subsidios a empresas y familias, organismos
internacionales, etcétera.
Este gasto rígido, equivalente a lo que denominamos costo
del Gobierno en su sentido operativo, contractual y político,
representa en un año el 25% del PIB (producto interno bruto,
es decir, la suma de todos los bienes y servicios producidos por
el país).
Cuando la casi totalidad del presupuesto de gastos fiscales está
destinada a cubrir el costo del Gobierno, ocurren dos consecuencias
terribles para la fortaleza del Estado y la viabilidad financiera
del país: por un lado, se minimiza la capacidad del Gobierno
para invertir (construir carreteras, hospitales, escuelas), lo
que inevitablemente deteriora la calidad y estructura de vida.
Por otro lado, restringe hasta hacerla imperceptible la facultad
de ejecutar una política fiscal.
Esta última consecuencia es un poco abstracta, pero tan
nefasta como la primera. En la imposibilidad de una política
fiscal, el presupuesto se reproduce a sí mismo, cada año,
según su inercia. Esto lleva a que en situación
de caída de ingresos del Gobierno, el presupuesto sea deficitario
e inflacionario. Cuando los ingresos aumentan, por el contrario,
las demandas presupuestarias no quedan inmóviles, sino
que aumentan. El llamado gasto rígido es así rígido
a la baja, pero flexible al alza. Algo así como un organismo
que come y crece según la disponibilidad de recursos a
su alcance.
El comportamiento de este gasto es así inercial al alza;
el costo del Gobierno sólo deja de subir en época
de crisis fiscal, para intentar recuperar su tendencia cuando,
como ahora, aumenta la disponibilidad de ingresos.
Los centros rectores del presupuesto, el Ministerio de Hacienda
y la Comisión de Finanzas del Congreso, comienzan ahora
la discusión del presupuesto para 1997. Si ambos son dominados
por la inercia, el ingreso fiscal petrolero extra que este año
y el próximo sumarán entre $ 5.000 y $ 6.000 millones,
terminará siendo utilizado para reproducir el mismo Estado,
a un nivel mayor de gasto y costo para el país.
La oportunidad para reducir el costo permanente del Gobierno,
de 25% del PIB que es en la actualidad, pasa por reformar el Estado.
Es posible llevar este costo a menos de 20% del PIB, reduciendo
transferencias y subsidios, entre otras cosas. Pero ello pasa
por la reforma del Estado, de lo cual la privatización
de empresas es sólo un aspecto (el costo fiscal de las
universidades, por ejemplo, puede ser reducido a la mitad, lo
cual ya alcanzaría a 1% del PIB). En lugar de aplicar los
ingresos petroleros no anticipados para atender la tendencia incremental
de su costo, Gobierno y Congreso tienen la oportunidad y responsabilidad
de aplicar estos recursos a reducir el costo del Estado en forma
permanente. Si son atrapados por el "Presupuesto Inercial",
estarán creando las condiciones para la próxima
crisis fiscal antes de fin de siglo.
El Universal, martes 22 de octubre, 1996.
|