La recomposición de la democracia venezolana
A partir de 1989 han ocurrido cambios significativos en la estructura
política y económico-social de la sociedad venezolana.
La descentralización político-administrativa, iniciada
con la elección directa de los gobernadores de estados,
la elección directa de la nueva figura de los alcaldes,
la adopción de un mecanismo uninominal para elegir a los
concejales y a los diputados al Congreso de la República
y a las Asambleas Legislativas, han modificado sustancialmente
la distribución del poder político, originando al
mismo tiempo, nuevos centros de legitimación de la democracia
venezolana y un nueva relación de fuerza partidista.
El poder político se ha desconcentrado de la Presidencia
de la República y de los centros de la autoridad nacional
de los partidos, para trasladarse a las regiones, con una buena
dosis de autonomía de acción para éstas,
resultando en una redistribución y pluralización
del poder. En este sentido, pues, la estructura de poder de la
sociedad venezolana ha experimentado cambios importantes, que
la diferencia significativamente de aquella que se constituyó
a partir de 1958 y perduró hasta 1988.
Por otro lado, los programas de ajuste macro-económico,
la nueva política de apertura comercial, el proceso de
privatizaciones de entes estatales, la restructuración
de las empresas del Estado, orientándolas hacia la productividad
y la competitividad, la sinceración de las estructuras
de costos y precios de los servicios y bienes públicos
y los proyectos de reforma de los sistemas de tributación
y financieros del país, han significado un cambio radical
en el modelo económico sustentado sobre el Estado rentista-distribuidor.
Estos cambios también impactan en alto grado a la población,
a la que subitamente se le retiran los mecanismos rentistas de
los subsidios y regulaciones que soportaban su capacidad adquisitiva.
El debate sobre la necesariedad, inevitabilidad y bondades de
estos cambios sigue abierto, como parte importante de la agenda
de discusión pública actual.
Simultáneamente a estos procesos de cambios estructurales,
y en buena parte condicionados por ellos, han ocurrido sucesos
dramáticos que han puesto a prueba la solidez de la comunidad
democrática venezolana. La conmoción social del
27 de Febrero de 1989, los intentos de golpe de Estado del 4 de
Febrero y del 27 de Noviembre de 1992 y la decisión de
la Corte Suprema de Justicia del 20 de Mayo de 1993, estableciendo
méritos para enjuiciar al Preidente de la República
y a dos de sus ex-ministros, conforman un conjunto de acontecimientos
cuyo reto mayor consistió, y aún consiste, en demostrar,
hasta que punto los hombres e instituciones que integran la comunidad
democrática, han sido y son capaces de producir arreglos
relegitimadores y reequilibradores, que eviten la quiebra de la
democracia, en situaciones de alta perturbación.
En medio de grandes controversias y tensiones, las tendencias
observadas indican que, efectivamente, la sociedad venezolana
cuenta con una comunidad política democrática lo
suficientemente consolidada, cuyas acciones y productos operan
como dique de contención, frente a los peligros de degradación
y disolución del orden político democrático.
Resulta importante elaborar una interpretación del desarrollo
histórico-político del siglo XX venezolano, centrado
en la noción de comunidad política, que permita
comprender el origen, proceso constitutivo, reglas procedimentales,
valores fundamentales y conductas observadas, de los integrantes
de la comunidad política democrática venezolana
contemporánea, responsable del establecimiento, consolidación,
preservación y profundización de nuestro actual
orden político.
Venezuela entró al siglo XX confrontando severos déficits
societarios en su orden político y económico social.
Efectivamente, el proceso de constitución de un orden político
plural y heterogéneo en sus componentes, efectivo y legítimo
para segmentos ampliamente mayoritarios de la población
y, por ende, perdurable en el tiempo, se desplegó en el
marco de la resolución de cinco grandes problemas, originados
en los déficits historicamente acumulados, hasta finales
del siglo XIX. Dichos problemas conforman grandes etapas del desarrollo
político de la Venezuela del siglo XX:
- La Integración Nacional, comenzada, alcanzada
y consolidada entre los últimos años del siglo pasado
y 1936 (Castro-Gómez).
- La Modernización Institucional del Estado, proceso
inaugurado con la reforma constitucional de 1936 y el Programa
de Febrero (López Contreras).
- La Liberalización Política, como antesala
al establecimiento de un régimen democrático representativo
de partidos (Medina Angarita).
- La Institucionalización de la Democracia, a
partir de 1958, sobre una estructura pactista, fundamentada en
el aprendizaje de la experiencia histórica ocurrida entre
1945 y 1957.
- La Reformulación Democrática, cuya reflexión
comenzó a mediados de la década de los ochenta,
originada en instituciones tanto privadas como públicas,
tales como la Comision Presidencial para la Reforma del Estado,
Copre, reformulación cuyas líneas maestras fueron
esbozadas al principio de este documento.
La idea básica de este esquema de interpretación
es que la extensión pacífica o la ruptura de un
orden político, depende de la capacidad de su comunidad,
en desarrollar las instituciones políticas, ante la presión
por ingresar en ellas de nuevas fuerzas sociales.
El desarrollo político y económico de una sociedad
produce la movilización de nuevas fuerzas que optan por
ocupar un espacio en la estructura de participación política
prevaleciente; si la comunidad política dominante, por
llamarla de alguna manera, se muestra renuente o incapaz de modificar
las instituciones de la participación, a fin de responder
a tal demanda, inevitablemente dicho orden político se
verá sometido a situaciones de inestabilidad, y, eventualmente,
a su ruptura. En buena parte, esta hipótesis, explicaría
las quiebras del orden político ocurridas en 1945, 1948
y 1958.
En este sentido, pues, el desarrollo político democrático,
es entendido como el desarrollo de las instituciones políticas
que, como respuesta a los cambios económicos, sociales
y culturales, es capaz de generar una comunidad política.
Una comunidad política deficitaria en valores y procedimientos
compartidos, sin vision, incapacitada de "reinventar la democracia",
es la mejor antesala a la deslegitimación del régimen.
La resistencia al cambio no es exclusividad de los regímenes
autoritarios; la inflexibilidad suele observarse también
en democracias. Sin embargo, para la democracia venezolana y su
reformulación, nuestra hipótesis, como lo sugirieramos
anteriormente, es que la comunidad política ha sido capaz
de responder a las demandas de modificación de las instituciones
políticas, generando la posibilidad de nuevos canales de
participación, para una sociedad democrática mucho
más activa que aquella de los albores de 1958.
Es indudable que los partidos políticos desempeñaron
un papel fundamental en el proceso de desarrollo político,
iniciado en Venezuela a partir de 1936. Generadores de la idea
de democracia, organizadores de la participación, agregadores
de intereses múltiples y confrontados, vinculadores de
las fuerzas sociales al Gobierno, los partidos, fundamentalmente
desde 1958, unificaron, integraron y pacificaron al país,
correspondiéndoles la tutela de la democracia. Pero también
resulta evidente que, la presión a la que han estado sometidos
en los últimos tiempos, implica no sólo su anuencia
a modificar instituciones que permitan la entrada al sistema de
nuevos actores, sino fundamentalmente su recomposición
interna para democratizar su estructura de poder y mejorar sustancialmente
su capacidad gubernativa de una sociedad que ha evolucionado y
se ha complejizado.
La crisis de legitimidad
Los sucesos del 27 de Febrero de 1989, pusieron en evidencia
una importante crisis de opinión pública y de legitimación
del funcionamiento del régimen democrático venezolano
y de sus instituciones fundamentales, que afectaba basicamente
al Gobierno Nacional y su programa de cambio económico,
a los partidos y a la clase política genéricamente
considerada, al Poder Judicial, por su politización y falta
de independencia respecto de los partidos. Algunos de los fundamentos
de esta aseveración refieren a los altos índices
de abstención registrados en 1989, en las primeras elecciones
para elegir por voto popular a los Gobernadores de Estados, Alcaldes
y Concejeros Municipales. Varias encuestas subsiguientes, revelaban
un gran descontento hacia la política del Presidente y
de su Gobierno.
Los venezolanos vivieron acostumbrados durante varias décadas
dentro de una idea de crecimiento y progreso constante e ininterrumpido,
hasta los años setenta. A partir de la década
de los ochenta, el proceso de crecimiento se estanca paulatinamente
y, repentinamente, iniciando los noventa, se hace dramáticamente
evidente, obligando a una restructuración acelerada del
modelo estatista centralizado, distributivo y subsidiador. En
una situación de cambios profundos iniciados en 1989, respecto
del modelo económico-político que funcionó
durante más de treinta años, cambio que impactó
significativamente la estructura de poder dominante en el país
desde 1958, y que obliga a los partidos y grupos sociales a replantear
su funcionamiento interno y sus relaciones con el Estado, la ciudadanía,
impreparada en la campaña electoral de 1988 para asimilar
los cambios drásticos que inevitablemente se estaban gestando,
reaccionó con incomprensión, desconcierto y descontento,
ante las dificultades que también inevitablemente ocasionaría
la nueva política gubernamental. En este sentido, se fue
agudizando el distanciamiento ciudadano respecto del Gobierno,
los partidos y los políticos, globalmente considerados
como responsables de las severas restricciones a las que repentinamente,
se sometía una sociedad relativamente próspera,
o con la ilusión de que lo era.
Los partidos políticos empezaron a ser percibidos distantes
de los problemas cotidianos y de la nueva calidad y complejidad
de la sociedad civil.
Al Gobierno se le reprochaba la aplicación de un programa
económico, sin estrategia política y comunicacional,
poco esforzado en concertar su programa, ganar aliados y liderizar
el cambio, en un contexto caracterizado por el deterioro drástico
del salario real, servicios públicos colapsados, inseguridad
personal creciente, hechos de corrupción impunes y retardo
en un programa de reformas político-institucionales.
El resultado de una tal coyuntura fue la de una sensación
generalizada de deterioro indetenible de las condiciones materiales
y ético-políticas de la vida, y un clima de pesimismo
y desesperanza frente al futuro, responsabilizando principalmente
de esta situación, al Presidente de la República,
su Gobierno y a los partidos políticos.
La gobernabilidad democrática del cambio
La situación anteriormente descrita, plantea el problema
de la reformulación democrática y de la gobernabilidad
del proceso necesario de transformación de las bases políticas,
económicas y psico-sociales de la democracia venezolana,
lo cual se relaciona, entre otras, con las siguientes variables:
- La capacidad gubernamental en diseñar y adoptar oportunamente,
un conjunto de decisiones frente a los eventos y estado de las
cosas en extremo deterioradas.
- La efectividad del Gobierno en lograr compromisos y acatamiento
político-social de los motivos de sus decisiones así
como de sus contenidos y efectos nocivos de corto plazo.
- La eficiencia de las decisiones adoptadas en alterar y modificar
los estados y eventos que se consideraron perniciosos, en un tiempo
prudencial.
La gobernabilidad democrática expresa así, una cuestión
de alta política, no reducible exclusivamente a los términos
de la pura cualificación técnica; la misma remite
inexorablemente a la relación entre bases sociales y representación
política, y a la capacidad de construir, suscribir y cumplir
compromisos programáticos de transformación, entre
un amplio espectro de instituciones representativas. Esta noción
de gobernabilidad se refiere a la capacidad de que dispone un
gobierno de hacerse obedecer en comportamientos y estados de ánimo,
en el marco de las reglas democráticas y constitucionales,
sin que la amenaza o solicitud de ruptura de éstas resulte
convincente para un conjunto significativo de la sociedad.
En la medida en que Venezuela confronte una coyuntura de sobrecarga
de demandas socio-económicas y políticas crecientes,
dirigidas al Estado y al mercado, en combinación con deficientes
mecanismos de control societal democrático y de logro de
consensos, a través de una gestión política
eficaz, en una situación de crisis fiscal y de gestión
instrumental, resultaran, ineludiblemente, problemas de gobernabilidad
originados en déficits económicos, políticos
y administrativos.
En efecto, la democracia venezolana aún confronta una coyuntura
en la que se combinan cuatro estados que generan problemas de
gobernabilidad estructurales:
- la crisis fiscal del Estado y la debilidad del aparato productivo
privado,
- las deficiencias administrativas de la burocracia estatal,
- la crisis de legitimidad y el cuestionamiento de las estructuras
políticas,
- el déficit en institucionalización de las organizaciones
y procesos políticos, que se expresa en la tendencia a
la disgregación dentro y entre las organizaciones, y en
las confrontaciones entre el liderazgo político, económico
y social.
La resolución de los déficits democráticos
La obsolescencia y deterioro de los canales y mecanismos con
que cuenta la democracia venezolana en materia de participación,
representación y negociación, han incidido negativamente
en la gobernabilidad del proceso de transformación económico-político.
Buena parte de las reformas políticas e institucionales
adoptadas, y otras que están en discusión, apuntan
a resolver dichos déficits democráticos procedimentales.
A partir de 1958, con el restablecimiento de la democracia, su
estabilización se convirtió en el objetivo prioritario,
definiendo los parámetros de los instrumentos, mecanismos
y procedimientos de la participación y de la representación.
Así, los requerimientos de cohesión social y política
del régimen democrático derivaron en cuatro grandes
líneas de acción: centralismo estatal y partidista,
incorporación de los grandes grupos de interés -empresariales,
laborales y gremiales- a las decisiones del Estado, fórmulas
de negociación y consensos a través de pactos y
políticas económicas de subsidios distributiva.
El costo de realización de la instrumentación de
este objetivo estratégico fue el de una significativa reducción
de la autonomía de acción de los diversos sectores
y sub-sistemas de la sociedad civil, interferidas y mediatizadas
por la razón de partido y la razón de Estado, que
en definitiva representaban la razón democrática.
Las exigencias de consolidación de la democracia, las expectativas
difusas de participación política y la falta de
una cultura política democrática extendida, imponían
la configuración del proceso en torno a un centro de gravedad
que garantizara su control y conducción: el Estado y los
partidos políticos, ambos altamente centralizados. El primero
se encargaría de preservar la integración y coherencia
política nacional y los segundos de agregar armónicamente
la pluralidad social.
Luego de treinta años de la vigencia de tales parámetros,
dado el proceso de complejización creciente de la sociedad
venezolana, los canales y mecanismos de la participación
política y de la representación, ya no se adecuaban
a la nueva situación, por estrechos y escasos; se imponía
la necesidad de liberar nuevas energías sociales cuya expresión
se encontraba reprimida por el sistema institucional vigente y
las prácticas que de él se derivaban. En este sentido,
las demandas planteadas se referían a la necesidad de diversificar
los canales de representación y participación y
a incrementar la autonomía de acción de los distintos
componentes del sistema socio-político. Con ello, el sistema
político democrático ganaría en capacidad
de acción y conducción. El desarrollo político
suponía mayor diferenciación y autonomización
de las estructuras de participación y representación,
para que la democracia de una sociedad más compleja ganara
en gobernabilidad; luego, una mayor diversificación de
los centros de gravedad de la democracia y dentro de sus organizaciones
e instituciones constitutivas, era cuestión ineludible.
Diversificar y perfeccionar los canales de representación
y participación y establecer mecanismos que aumentaran
la autonomía de acción de los sub-sistemas; ampliar
el rango de grupos participantes, reducir la centralización
y fiscalización partidista y Estatal extendida; democratizar
las organizaciones políticas y de intereses sociales para
que respondan mejor al interés general, tal y como éste
se expresa autonomamente, y no tanto al interés o visión
que de este interés general tengan las cúpulas dirigentes;
en fin, distribuir más equitativamente los recursos políticos
para acercarnos más al ideal democrático y sobre
todo para aumentar las capacidades de gobernabilidad de la democracia.
El grado de complejidad y diversificación que alcanzó
Venezuela como un todo y al interior de sus diversos componentes,
por el despliegue de su sistema democrático, plantea la
necesidad de readecuar las estructuras de participación.
El crecimiento de la pluralización social expresado en
partidos políticos, organizaciones de interés, asociaciones
y movimientos sociales, opinión pública y medios
de comunicación, deben ser mejor integrados en los procesos
de decisión del Estado, en una situación de reducción
de la gobernabilidad democrática originada en múltiples
fuentes.
Participar implica la posibilidad de influir en el proceso de
selección de los ocupantes de cargos estatales, a través
de elecciones; la posibilidad de acceder a tales cargos; la posibilidad
de comunicar a los ocupantes de cargos la propia visión
de los intereses; la posibilidad de influir en el contenido de
las decisiones estatales.
Obviamente hay momentos en la vida de toda sociedad en los que
los gobernantes tienen que liderizar decisiones novedosas, contradictorias
a la estructura de expectativas históricamente conformadas;
en este caso, participar significa hacer esfuerzos en explicar
convincentemente a la colectividad, las razones de las nuevas
decisiones que a veces lucen "impopulares". En este
sentido, la negociación sistemática e institucionalizada
es también un proceso consustancial a la democracia y a
su gobernabilidad, como mecanismo de conciliar intereses y visiones
contrapuestas, consideradas igualmente legítimas por sus
respectivos portadores.
Las peculiaridades del desarrollo político venezolano,
a partir de 1958, generaron un serio déficit en capacidad
de negociación de políticas públicas controversiales;
ello conforma un ·rea problemática ineludible de ser
atendida por el sistema institucional vigente. Es preciso tener
en cuenta que no se cambia una sociedad por decreto, y menos aún
si ésta es democrática. La tolerancia del otro,
la necesidad de negociar con él, convencerlo de las razones
propias, someterse al escrutinio de la competencia electoral para
la circulación y renovación de los grupos dirigentes,
son, entre otros, procesos consustanciales a la democracia, y,
por definición, lentos y laboriosos.
La democracia venezolana está lejos de estar petrificada
y cuenta con mecanismos y predisposición para su auto-corrección.
Que los procesos no son todo lo acelerado que debieran ser, que
algunas reformas y discusiones se difieren, que no todas las proposiciones
se acogen por unanimidad, que hay discrepancias y controversias
que retardan los procesos, todo ello es cierto. Pero es igualmente
cierto que, a estas alturas, resulta innegable que los avances
en materia de reducir los déficits democráticos
derivados de los valores de la representación y de la participación
han sido bastante significativos, aunque ello no es totalmente
percibido en su justa magnitud por la sociedad venezolana.
La estructura tradicional del poder centralizado está cambiando
y seguirá cambiando. Se ha elevado la calidad de la representación;
se están reestructurando los mecanismos de la negociación
socio-política, para adecuarlos a una situación
de conflictividad y controversias institucionalizadas, causada
por el agotamiento del modelo consensual de la abundancia; se
están gestando nuevos mecanismos e instrumentos de participación;
los medios de comunicación nunca como ahora han ejercido
tan intensamente su función crítica, y todo ello
no puede sino generar incertidumbres a una sociedad que está
en trance acelerado de transformación de sus bases políticas,
económicas y culturales. En Venezuela, efectivamente, todo
está en revisión de manera repentina. La democracia
venezolana se está reformulando.
Notas sobre el Estado
Venezuela conoce una crisis que no es ni exclusivamente suya
ni coyuntural. La crisis fiscal, la credibilidad de las instituciones
políticas, las debilidades administrativas del Estado y
el deterioro del aparato productivo, de la producción y
de la productividad, la caída dramática de todos
los indicadores sociales, es en mayor o menor medida, una crisis
que afecta a la mayoría de los países latinoamericanos
y de la Europa democrática occidental, por no mencionar
a los países del Este. Se trata de la crisis del Estado
Benefactor de la post-guerra, que ha generado severos problemas
para la gobernabilidad democrática. Para Acción
Democrática es inaceptable enfrentar la crisis del país
bajo la premisa darwinista de la sobrevivencia del más
apto. Por ello el Partido plantea el refortalecimiento del Estado.
A partir de 1936, el Estado venezolano se propuso, entre otras
metas, la protección de las capas más desfavorecidas
de la población, y este papel se fortaleció mucho
más, desde 1958, con la restauración de la democracia.
La concentración del poder político fueuna consecuencia
a la vez que un requerimiento de la construcción del Estado,
a principios de este siglo, necesaria para neutralizar las resistencias
originadas en la estructura de poder fragmentada del caudillismo,
que impedía cualquier tipo de conducción con sentido
nacional. En lo sucesivo, el desarrollo político discontinuo
del país se fuedesplegando sobre un eje común: la
consolidación del Estado y el crecimiento de sus funciones.
Desde la dominación personalista despótica hasta
la institucionalización de las normas y procedimientos
democráticos actuales, el Estado venezolano se ha revelado
como una entidad efectiva de conducción, logrando alcanzar
niveles apreciables de integración nacional, modernización
social y participación política.
El Estado venezolano ha sido el agente principal de movilización,
acción y cambio social. Pero la extensión de la
presencia estatal, a diferencia de los regímenes de Estado
totalitario, no significó un proceso paralelo de reducción
de la sociedad civil, antes bien, expandió significativamente
las oportunidades de formación y crecimiento de una sociedad
civil prácticamente inexistente, finalizando el siglo XIX.
La complejidad y diversificación que ha alcanzado la sociedad
democrática como un todo, y sus diferentes componentes,
hace que el sistema estatal esté ahora perdiendo su capacidad
de respuesta, por lo que se hace necesaria una readecuación
de sus estructurar de participación, a fin de cerrar la
brecha ocasionada por el proceso de crecimiento de la complejidad
social generado por la democracia, y la capacidad actual de gobernar.
La sociedad venezolana se ha pluralizado; los partidos políticos,
las diversas organizaciones y grupos de interés, las asociaciones
y movimientos sociales y la opinión pública en general,
expresada a través de los medios de comunicación,
deben ser mejor integrados en los procesos de decisión
del Estado, ya que ello proporciona la base para una gestión
más democrática y eficiente. El variado pluralismo
societal existente requiere ser incorporado al Estado para los
procesos de formulación de políticas públicas
y toma de decisiones no traumáticas y legítimas.
El Estado venezolano tiene un papel al que no puede renunciar,
en una sociedad que no puede, al menos por ahora, confiar en la
dinámica exclusiva del mercado. La concentración
de la riqueza, la regulación de comportamientos económicos
especulativos, la reasignación de recursos para amortiguar
las desigualdades regionales y sociales, configuran, entre otras,
un cuadro de exigencias que solo el Estado puede realizar.
Los objetivos que como sociedad debemos proponernos, incluyen
no sólo el establecimiento de un aparato productivo vigoroso,
sino también la recuperación de la equidad social,
la ampliación de la participación y la estabilidad
política de la democracia. En la medida en que los mecanismos
del mercado económico no bastan para alcanzarlos todos,
en esa medida se explica y se requiere del desarrollo de instrumentos
complementarios tales como los partidos políticos y la
presencia del Estado en la vida de la sociedad.
En principio, un orden económico social competitivo es
mejor que un orden altamente centralizado, para promover la producción
y el consumo económico, político y cultural. Pero
aún en las sociedades contemporáneas más
competitivas, las desigualdades sociales debilitan el sentido
de solidaridad; por ello las democracias occidentales han desarrollado
mecanismos de protección social desde el Estado.
Acción Democrática como partido socialdemócrata
sostiene, desde el gobierno o la oposición, la compatibilidad
de la libre empresa como valor económico, con la democracia
como valor político y la equidad como valor social. Allí
radica su sentido ético fundamental en el proceso de formulación
de políticas. Reconocer este hecho ideológico no
implica sin embargo desconocer que el Estado social interventor
de la post-guerra está en crisis. Pero sostener el repliegue
del Estado es una formulación simplista que olvida que
a pesar de sus defectos y patologías, la presencia estatal
ha servido para mantener los equilibrios sociales globales de
las sociedades democráticas. Es cierto que la intervención
estatal ha generado lentitud, ineficacia, facilismo y corrupción;
pero el remedio anti-estatal ha significado la agravación
de las injusticias y desigualdades sociales.
Es indudable que el modo de intervención estatal en la
vida social debe cambiar. Ciertas funciones del Estado son inútiles
y perniciosas; pero el nivel general de presencia estatal, al
menos para un futuro próximo, debe permanecer, en nombre
del interés general y de la democracia, a menos que a la
democracia se la quiera sacrificar por salidas ilusoriamente eficientistas.
¿QuÈ se necesita un gran esfuerzo de reflexión
e imaginación para que la presencia estatal sea más
operativa y menos nociva y arbitraria? esto es igualmente cierto,
pero sin olvidar que una sociedad democrática no se reforma
por decreto, a menos que la democracia misma sea considerada como
un obstáculo.
Las tesis anti-estatistas a ultranza intentan ser una respuesta
a las dificultades económicas y políticas propias
del Estado social contemporáneo; son un producto teórico
e ideológico de las sociedades capitalistas avanzadas,
cuyo dinamismo económico y cultural descansa de manera
importante y preponderante sobre una sociedad activa, bastante
independiente de la acción estatal.
En Venezuela, en cambio, quien le ha imprimido su peculiar dinamismo
a la sociedad ha sido el Estado, espacio de confluencia de sectores
sociales, económicos, políticos y culturales, para
la gestión de la sociedad. La hipertrofia del Estado venezolano
no ha sido pues, obra exclusiva del sector político y tampoco
el Estado ha sido de su dominio exclusivo. El Estado venezolano
ha intervenido, protegido y subsidiado la vida en sociedad, no
tanto porque así lo quisieron unos políticos mañosos
sino porque así se lo exigió la sociedad desde sus
múltiples estratos y sectores.
La requisitoria contra el Estado de la democracia, no debería
olvidar que sus acciones han servido para amortiguar las tremendas
desigualdades históricamente acumuladas de Venezuela, originadas
en una sociedad civil carente de capacidad para generar riqueza,
desarrollo científico tecnológico, empleo y cultura,
al margen del petróleo. Es gracias a esta presencia estatal,
que hoy se considera perniciosa, que la democracia venezolana
pudo estabilizarse y la sociedad civil expandirse.
El reto actual de los hombres del Estado es el de entrenarse en
el diseño de políticas públicas que tienen
por parámetro la escasez y, sobre todo, aprender a adaptarse
a las exigencias y consecuencias de tal tipo de políticas.
No se trata de la reducción del Estado, ni de su simplificación
o retraimiento; se trata más bien de la conversión
de la actual complejidad estatal, desorganizada, desarticulada
y débil, en una nueva complejidad estatal organizada, democráticamente
controlada, eficiente en su funcionamiento y productos para la
gente, representativa de la pluralidad y responsable ante la sociedad
y el derecho.
La meta debe ser efectivamente, un orden socio económico
y político mas competitivo y descentralizado que el actual;
pero no sostengamos, así no mas, ni el repliegue del Estado
ni su conservación en las formas, o deformaciones, que
actualmente tiene. No miremos al pasado con nostalgia, al presente
con temor y simplisno, ni al futuro con rechazo.
Evitemos el ejemplo del pueblo sueco que en sus últimas
elecciones, abrumado por el desempleo, el déficit fiscal
y una tremenda deuda del Estado, parecía gritar, al decir
de los reportajes: "al diablo con el futuro, queremos el
pasado".
El pasado nunca vuelve, la nostalgia es inútil para la
acción social. Un partido como Acción Democrática,
constructor histórico de las grandes transformaciones de
Venezuela durante el siglo XX, debe colocarse nuevamente a la
vanguardia de los cambios necesarios, de cara al siglo XXI, para
seguir construyendo futuro.
La identidad socialdemócrata
Tanto en sus principios como en sus fundamentos ideológicas
y programas de acción, Acción Democrática
es un partido socialdemócrata. Para AD, la democracia política,
la equidad social y el desarrollo económico, conforman
un todo indisoluble e indivisible. La idea de sacrificar cualquiera
de estos valores es inaceptable por lo cual se rechaza y se enfrenta
categóricamente la prédica ideológica de
la nueva derecha reaccionaria, según la cual la equidad
social o la propia vida democrática debe sacrificarse,
así sea temporalmente, para alcanzar el desarrollo económico.
Para Acción Democrática, democracia, equidad y desarrollo,
forman parte medular y amalgamada de todo programa de políticas
públicas.
Los tres valores que fundamentan la orientación ideológica
socialdemócrata, democracia política, equidad y
desarrollo económico, se especifican en libertad individual
y colectiva, extensión del bienestar, participación,
producción y distribución de riqueza, pluralismo
ideológico, libre competencia social, política y
económica, protección de los derechos humanos y
solución pacífica de los conflictos. Acción
Democrática, lejos de revisar estos valores y principios
que históricamente han orientado su gestión, los
reafirma con vigor.
Reafirmado el carácter socialdemócrata del Partido,
tocará definir el programa de políticas públicas
que mejor se adecua a la realización de los valores y principios
enunciados, considerando las nuevas circunstancias mundiales,
latinoamericanas y, particularmente, las transformaciones ocurridas
en Venezuela.
Venezuela y Acción Democrática
Constituido formalmente en 1941, el partido es el sucesor
directo de los movimientos revolucionarios democráticos
que combatieron la dictadura de Juan Vicente Gómez. El
análisis de la realidad nacional y de su desarrollo político
y socio-económico contenido en el Plan de Barranquilla
de 1931, en el Manifiesto Programa de Organización Venezolana,
ORVE, de 1936 y, especialmente en la Tesis y Programa del Partido
Democrático Nacional, PDN, de 1939, constituyen la fuente
ideológica y programática de Acción Democrática.
La Venezuela de hoy es en buena parte, y en sus grandes lineamientos
producto del programa político, económico y social
que le trazó Acción Democrática. Es así
como el país avanzó gracias a la propuesta original
de Acción Democrática, sin tropiezos totalitarios,
con un Estado Social empresario y dinamizador del sector privado,
con una economía que debía y podía ampliar
los niveles de bienestar de la población, garantizando
niveles adecuados de ingreso, reduciendo el desempleo, proporcionando
salud, vivienda, educación a las capas de menores recursos.
Todo ello en el marco estable de la institucionalidad democrática.
Esas metas se expresaron en diversos logros. No obstante, arrastraron
limitaciones en su desarrollo, deficiencias crónicas como
la extensión de la pobreza, la improductividad económica
creciente, los déficits institucionales, culturales, educativos
y tecno-científicos, la creciente deuda externa, la sobre-protección
industrial y comercial, la contracción agroalimentaria
y, especialmente en los últimos años, la extensión
de una actitud social con baja solidaridad y alto grado de descontento.Venezuela
cambió sus parámetros y está en crisis; el
partido debe atender estos cambios y liderizar la superación
de las dificultades actuales.
Acción Democrática, significa simultáneamente
continuidad y cambio. Continuidad, en cuanto a preservar los valores,
principios y metas fundamentales, para cuyo logro el partido se
comprometió desde su nacimiento. Cambio, porque el partido
no se queda rezagado ante las transformaciones acaecidas en el
mundo y las urgencias de Venezuela. Vivimos en un mundo sacudido
por la revolución científico-técnica, la
globalización de la economía y del comercio, el
deterioro de las condiciones sociales y ecológicas de la
vida cotidiana y la ofensiva de las ideologías regresivas,
y a ello debemos dar respuesta.
Venezuela está en crisis
El déficit fiscal, la caída del producto interno
bruto, el deterioro de los servicios públicos, la reducción
del poder adquisitivo, la inflación, el aumento de la pobreza,
el drama médico-asistencial y educativo, la inseguridad,
el desempleo y el crecimiento de la economía informal,
el narco-tráfico y narco-consumo, la pérdida de
confianza ciudadana en las instituciones públicas, en fin,
el deterioro grave y generalizado de la calidad de vida. La relación
rentista, interventora, proteccionista y subsidiadora entre el
Estado y la sociedad, colapsó. El modelo político
de Estado democrático centralizado con una economía
rentista llegó a su fin. La confianza en la democracia
dependió durante mucho tiempo, de su capacidad para distribuir
beneficios. Pero los beneficios de un tiempo se transformaron
en privilegios y prerrogativas, que ahora son generadores de descontentos,
protestas y conflictos.
El rescate de la confianza en la democracia
Se requiere de la reducción drástica de los
desequilibrios sociales, del enfrentamiento decidido de la decadencia
económica y de la reconstrucción de la autoridad,
eficacia y legitimidad de las instituciones públicas. Debemos
romper definitivamente con el rentismo y darle paso decidido a
la Venezuela moderna, descentralizada, participativa, abierta
y productiva.
Hoy Venezuela atraviesa por una nueva crisis, cuyo significado
esencial es el desafío para corregir errores, superar limitaciones,
resolver nuevos problemas, para transformar nuestro presente,
sin renegar del pasado, tomando fuerza de lo que somos para garantizar
un porvenir donde todas nuestras potencialidades se realicen.
Venezuela se encuentra con una fuerte extensión y profundización
de los problemas sociales tales como el alto costo de la vida,
la inseguridad personal y jurídica, la deficiencia en la
prestación de los servicios públicos, con graves
porcentajes de pobreza crítica y extensión de la
economía informal. Importantes sectores de la clase media
sufren una caída significativa en sus condiciones de vida
mientras los estratos altos de la sociedad concentran cada vez
mas poder y riqueza.
Adquiere también, cada vez más, un peso mayor la
demanda por un consistente marco ético que defina las conductas
del liderazgo nacional y de las diversas organizaciones responsables
de las decisiones públicas.
Nuestra sociedad se ha tornado peligrosamente regresiva y polarizada
en cuanto a la distribución del ingreso y a la concentración
del poder. Por tanto, nuestra estructura socio-económica
tiene que ser replanteada profundamente, para que potencie sus
objetivos democráticos y sociales.
Acción Democrática quiere liderizar los procesos
de transformación de la democracia venezolana, como instrumento
social y político de las demandas más avanzadas
de Venezuela, dentro de un exigente marco ético, que defina
las conductas del liderazgo del partido.
El partido debe desarrollar vínculos participativos abiertos,
sin sectarismos, con las instituciones económicas y sociales
del país, en la definición y formulación
de las políticas que se requieren para enfrentar la crisis.
Acción Democrática, para responder a los retos actuales
de Venezuela, requiere de una nueva visión del país
y de programas acordes con esta visión, para seguir ocupando
el lugar de vanguardia, que la voluntad popular siempre le ha
asignado.
La sociedad venezolana de hoy, sus problemas y posibilidades,
demandan la visión y acción de un partido socialdemócrata
de avanzada, moderno en su programa y democrático en su
estructura y procedimientos.
Acción Democrática y la Sociedad Civil
AD es un partido unido y disciplinado, pero también
es un partido abierto, participativo y representativo.
Es evidente que uno de los rasgos nuevos de Venezuela consiste
en la expansión, fuerza y autonomía que han ido
adquiriendo los diversos movimientos de la sociedad civil, constituidos
por los sindicatos, los gremios, las asociaciones de vecinos,
las asociaciones empresariales, los grupos ecológicos,
los movimientos culturales y, en general, todo tipo de organización
que expresa intereses sociales sectoriales representativos y definidos.
Acción Democrática promueve el fortalecimiento de
la sociedad civil, como modalidad operante y activa de un permanente
consenso social a favor de la democracia, las reformas para la
modernización económica y la equidad social de Venezuela.
Acción Democrática es un escenario para los debates
más importantes de interés nacional. El partido
está abierto a la opinión social, mediante sus vinculaciones
con sindicatos, gremios, asociaciones. Las puertas del partido
están abiertas para que toda organización social
significativa, toda opinión social acceda directamente
a las instancias partidistas.
El sindicalismo debe ser un instrumento social efectivo para garantizar
una redistribución adecuada del ingreso y de la riqueza
social, es decir, de la democratización y extensión
social de la calidad de vida. El sindicalismo tiene frente a sí
un conjunto perentorio de exigencias para mejorar la incorporación
de los grupos laborales a un entorno de calidad de vida y de trabajo
cada vez más humano, productivo y democrático.
Venezuela necesita de un movimiento sindical fuerte, autónomo,
moderno, capaz de hacer frente a los nuevos contextos laborales,
económicos y sociales, comprometido con la modernización
del mundo laboral y capaz de rechazar cualquier desviación
que pretenda hacer del sindicalismo un factor de privilegios y
favoritismos. En tal sentido, el sindicalismo debe tener una visión
y programas para adelantarse a las consecuencias del proceso de
internacionalización de la economía, conciente de
la necesidad de incorporar las innovaciones tecnológicas,
de la reforma hacia empresas eficientes y rentables, de la expansión
del sector privado, de la elaboración de programas modernos
de políticas sociales y de seguridad social.
La democracia venezolana necesita movimientos vecinales y comunales
activos, independientes y representativos, pues el proceso de
descentralización y la cada vez más compleja trama
institucional de nuestra sociedad hacen indispensable procesos
de autogestión y cogestión en servicios públicos,
acuerdos entre el sector público y el social en materia
de seguridad, recreación, ordenamiento urbano, educación.
El desarrollo de nuestro proceso democrático y el fortalecimiento
de la sociedad civil significan un legítimo y necesario
movimiento de desestatización de la sociedad venezolana,
distinto al planteamiento anti-estatal extremo que conduce a reducir
al Estado a su mas mínima e inoperante presencia.
El Estado es imprescindible
El Estado tiene que ser eficiente y fuerte para ser eficaz.
No debe ser minúsculo, mínimo, marginal o ineficiente.
El Estado en las sociedades democráticas modernas, complejas,
por fuerza tiene funciones indispensables e indelegables. Al Estado
le corresponde la función política de dirigente
y regulador de los procesos de toma de decisiones de interés
general, de propiciador de los procesos de consenso entre grupos
e intereses sociales, de garante del Estado de Derecho y de la
legalidad.
El Estado debe desarrollar, mediante la consulta, la planificación
de los proyectos nacionales, así como asumir funciones
directas y compartidas en campos como el educativo, la salud,
el tecno-científico, el de seguridad ciudadana, el de las
políticas sociales. El Estado debe mantener la función
económica de potenciar y determinar los sectores que deben
recibir estímulos, de supervisar el funcionamiento competitivo
y abierto de la economía, incluidas las empresas públicas.
Es pues, el Estado, un agente catalizador de primer orden, insustituible,
para movilizar y orientar las fuerzas sociales, para facilitar
sus escenarios de desarrollo y para que sean capaces de generar
riqueza cultural y material y promover su distribución
equilibrada y equitativa.
Acción Democrática reconoce que un orden político
y socio-económico descentralizado y competitivo es mas
eficiente y efectivo que un orden altamente centralizado, para
promover la producción y el consumo económico, la
equidad y participación social y la creación y uso
de los bienes culturales.
Pero aún en las sociedades contemporáneas más
competitivas, las desigualdades sociales generadas por el libre
mercado debilitan el sentido de la solidaridad social y de la
equidad, creando obstrucciones al crecimiento y desarrollo democráticos.
Por ello, todas esas sociedades, de muy diverso signo, sostienen
la presencia dirigente y coordinadora del Estado en el funcionamiento
social.
El intervencionismo estatal, junto con innegables logros, ha generado
lentitud, burocratismo, ineficacia y corrupción, de tal
manera que sus procedimientos y presencia en la sociedad tienen
que replantearse con el objetivo de concentrarlo en las funciones
que le son propias, aliviarlo de la sobrecarga de demandas que
ha tenido que soportar en Venezuela, para liberar la iniciativa
social dentro del correspondiente marco regulatorio y de objetivos
nacionales compartidos.
De lo que se trata es de una presencia estratégica y selectiva
del Estado, más que de una intervención masiva que
se hace tan innecesaria como inútil. Se trata de rehabilitar
y fortalecer al Estado mediante el crecimiento de su eficacia
y la reducción de sus costos. Es decir, mediante su fortalecimiento
compartido con el de la sociedad civil. Ello supone un proceso
intenso de modernización institucional del sector público
como un asunto de primera prioridad.
Serias carencias procedimentales, estructurales y de objetivos
pesan sobre la Presidencia de la República, la Administración
Central, el Consejo de Ministros, el Poder Judicial, entre otros.
Es necesario modernizarlos y redimensionarlos para que presten
un eficaz servicio a la sociedad y a la modernización de
nuestra democracia. Acción Democrática plantea la
necesidad de un vigoroso programa de modernización, rehabilitación
y democratización de las instituciones públicas,
como parte integrante del necesario consenso nacional.
En este aspecto merece particular atención la Reforma Judicial,
ya que sin un Estado sólido de Derecho, los principios
democráticos de legalidad y de legimitidad se muestran
altamente vulnerables. Esto, no hay duda, afecta de manera severa
la transparencia social y las bases mismas y más sensibles
de la democracia.
La descentralización
La personalización del voto para escoger Diputados
al Congreso y a las Asambleas Legislativas y Concejales, son piedras
angulares en este proceso, en el cual tuvo Acción Democrática
una participación fundamental.
Ahora bien, la descentralización se encuentra apenas en
sus inicios. Es indispensable un programa coherente que permita
una real y eficaz transferencia de atribuciones entre el poder
central y las regiones y entre éstas y los municipios.
Sin perder de vista, en ningún caso, el objetivo de mayor
participación y mayor eficiencia en la integración
nacional. Sería necesario, por tanto, reforzar las funciones
estratégicas y políticas del gobierno central y
la entrega a los Estados y Municipios de la mayoría de
las operaciones y servicios públicos en sus respectivas
áreas. Esto supone una sólida cooperación
entre los entes y la aniquilación de todo espíritu
competitivo, de tal modo que no se duplique ninguna función
o gestión.
Hacia los Estados se hace necesario agilizar los procesos de transferencia
descentralizada mediante políticas y reglamentaciones coherentes
y consensuales. Este proceso requiere de los correspondientes
instrumentos de financiamiento, más allá del situado
constitucional. El apoyo a la descentralización real hacia
Estados y Municipios debe consistir en la transferencia de servicios,
con la correspondiente partida de inversión que para ello
tenía el poder central, y de las tasas por cobro de servicios
que se presten. Además es indispensable el incremento de
la capacidad tributaria de Estados y Municipios, no sólo
para que tengan ingresos para apoyar su gestión sino, lo
que es más importante, para que la ciudadanía tributaria
tenga razones evidentes para cuidar de la inversión de
sus impuestos.
Acción Democrática estimula el desarrollo de la
cultura descentralizadora y de las diversas decisiones que la
consoliden. Así mismo, contribuye en la formación
de sus miembros para la gestión descentralizadora, ya que
la gestión regional y local, por específica, requiere
de capacidades muy concretas que hasta ahora no ha desarrollado
el funcionario público.
La cultura de país petrolero
La economía rentista, enmarcada en un modelo de desarrollo
exageradamente proteccionista, el atraso tecnológico con
respecto a los países desarrollados, la existencia de un
amplio sector económico informal, la heterogeneidad y la
disparidad de rendimientos de los diversos sectores de nuestra
economía, la falta de una demanda alta y estable, entre
otros aspectos, han determinado que Venezuela tenga una baja tasa
de productividad, con exclusión del sector petrolero. Esta
circunstancia, aunada a la relación desfavorable entre
los índices de inflación internos y externos, ha
conformado condiciones poco propicias para promover y aumentar
la productividad. La competitividad es la condición para
participar en la economía mundial y para hacer eficiente
y productiva la economía nacional. No hay futuro posible
para ninguna economía fuera de los marcos de la competitividad.
Para ello es necesario mejorar la calidad y la productividad tanto
en la empresa industrial, agroalimentaria y comercial, en la pública
y en la privada. Esto exige un salto en la calidad y productividad
en todo el país. Es así como nuestro empresario
público y privado tiene que acometer los desafíos
de diseñar, producir, mercadear bienes y servicios, penetrar
los mercados con precios y calidad de niveles competitivos.
Pero debemos tener claro que hoy por hoy la competitividad no
descansa en la mano de obra barata, en la posesión de recursos
naturales o en ventajas comparativas. Lo esencial reside en la
calidad de nuestros recursos humanos, el desarrollo tecnológico,
la capacidad innovativa y la adaptación a los cambios,
una visión internacional, una real competencia interna
y una distribución del ingreso equitativa, para lograr
que el mercado interno adquiera una sostenida capacidad social
de demanda.
La capacitación es otra tarea vinculada a la competitividad
y en la que el Estado tiene que asumir una inaplazable responsabilidad.
El talento y la información son la nueva y real materia
prima de la calidad y productividad económica y, por tanto,
de la competitividad. Así como este escenario supone obligaciones
para el Estado, también las impone a la empresa. Esta debe
ser flexible, privilegiar la calidad y la productividad. Tiene
que incorporarse a los vertiginosos desarrollos tecnológicos,
captarlos, difundirlos, usarlos. Así mismo, su estilo gerencial
debe modernizarse en el sentido de ser altamente competente y
competitivo, previsivo e innovador.
De lo anterior se desprende inevitablemente un replanteamiento
del mundo laboral y de las relaciones obrero-patronales, lo cual
le impone a los sindicatos y a las asociaciones empresariales
retos vinculados a una relación más inter-activa
y cooperativa entre ellos. Esto, desde luego, los obligará
a incrementar sus competencias y capacidades como dirigentes de
los trabajadores y de los empresarios, con capacidad efectiva
de consenso y negociación que hagan compatibles los intereses
sectoriales, productivos y nacionales.
Ninguna sociedad se desarrolla sin equidad social.
Una política social no debe ni puede reducirse a un
coyuntural sentido compensatorio, es decir, mitigar los costos
del ajuste económico. Tiene que ser permanente, universal,
de largo plazo, solidaria e integral. Más allá del
indeclinable propósito de justicia social, la equidad es
un principio para la integración de la sociedad en un sistema
económico productivo competitivo y expansivamente sano.
En consecuencia, tiene que plantearse un nuevo ordenamiento institucional
del sistema de producción de servicios sociales, que permita
aumentar su eficiencia y focalizar los sectores que deben ser
servidos, atendidos y protegidos de manera prioritaria.
Las políticas sociales son un objetivo de primer orden
para el Estado. Pero toda la sociedad debe participar tanto en
su definición, dirección, gestión, como en
su financiamento. Esto supone borrar de una vez por todas el viejo
hábito de convertir las políticas sociales en territorio
del clientelismo, la ineficacia, la corrupción y el falso
gremialismo y sindicalismo, expresión de una creciente
insolidaridad social.
Los servicios que surjan de las políticas y programas sociales,
deben centrarse en los que sean aspectos claves y sectores fundamentales,
al mismo tiempo tienen que superar el tradicional esquema de su
gratuidad bajo fórmulas de pagos diferenciales según
la comprobada capacidad del usuario, así como subsidios
selectivos, directos y limitados. Esto mejorará sus rendimientos
y la atención, calidad y oportunidad con que se prestan.
Pero ni la focalización ni el cobro por servicios prestados
pueden estar por encima de la universalidad como principio de
las políticas sociales. Es decir, del derecho inalienable
de todos los ciudadanos a gozar de un nivel digno de educación,
salud y seguridad social. En todo caso es indudable que deben
explorarse nuevas formas, ampliamente participativas de financiamiento
de las políticas sociales, vigilando la calidad y los rendimientos
del servicio prestado.
En esa dirección es indispensable definir e instrumentar
una concepción global de política social, fortalecer
la capacidad técnica del sistema y explorar formas de descentralización
de la organización de los servicios, para incrementar la
participación de la sociedad civil en el sistema. Esta
es una de las exigencias para mantener una sociedad viable, donde
alcance para todos un nivel básico de calidad de vida.
La política social no debe reducirse a ser un alivio a
la pobreza, sino ser un sistema productor y dispensador de servicios
de educación, salud y seguridad social. En este último
aspecto destacan cuestiones novedosas como el fortalecimiento
del sistema de empleo y del seguro de desempleo, del acceso a
vivienda digna, de la garantía de prestaciones sociales
justas y seguras, del régimen de pensiones y jubilaciones
para toda la población.
La inseguridad personal y de los bienes es otro asunto de capital
importancia en una concepción integral y moderna de las
políticas sociales. La policía tiene que modernizarse,
tecnificarse y profesionalizarse a fondo. Esto supone programas
de formación, de salarios y de protección social
muy superiores a los actuales. La seguridad personal y de bienes,
la erradicación del miedo, el castigo al delito y la reduccción
de sus indicadores, son aspectos muy sensibles y sentidos en el
marco de la calidad de vida que exigen los venezolanos. Este es
especialmente clave en los sectores más pobres de la población,
asediados por formas cotidianas de violencia, y en la clase media
que es objeto continuo de la acción delictiva.
No podemos permitir que la seguridad personal sea un aspecto cada
vez mas regresivo en nuestra sociedad, donde los grupos pudientes
pagan su seguridad a servicios privados, y los que no tienen esta
posiblidad quedan a merced del azar. El Estado no puede seguir
cediendo terreno en su indelegable función de proporcionar
seguridad a las personas y los bienes. Recuperar su eficiencia
en este aspecto forma parte de la estrategia de su rehabilitación
y fortalecimiento.
La Educación
La educación es la política social por excelencia;
tiene como orientación básica servir al desarrollo
humano y social de la persona, así como crear condiciones
para el desarrollo nacional. En ella se tienen que fortalecer
los valores éticos y los democráticos, la identidad
histórica y contemporánea nacional, así como
los instrumentos básicos para el trabajo, la responsabilidad
y la solidaridad social.
En la educación se observa un importante deterioro en su
calidad, a la par de su amplia masificación. El gasto en
términos reales ha descendido y se ha convertido en esencialmente
regresivo; se está subsidiando al sector pudiente de la
sociedad en detrimento de los sectores de bajos ingresos. Estas
dos tendencias tienen que ser revertidas, pues la educación
no puede servir para incrementar las desigualdades sino para crear
condiciones iguales de oportunidad.
La educación es hoy por hoy, en tanto espacio para la formación
de nuestros recursos humanos calificados, el verdadero cuello
de botella de nuestras posibilidades modernas y democráticas
de desarrollo. Desde este perspectiva, su función de apoyo
clave para el desarrollo de nuestra capacidad económica
real y potencial tiene que ser subrayada de modo muy especial,
como una estrategia esencial de su reforma. Lo anterior potencia
la función social integradora y participativa que debe
sostener cualquier proceso educativo democrático. En ese
punto crucial estriba la esencia de la reforma profunda de nuestro
sistema educativo.
Sin una educación renovadora que produzca los recursos
humanos para una sociedad democrática, igualitaria, económicamente
competitiva, cultural y tecno-científicamente creadora,
capacitada para desarrollar toda su potencialidad y estimular
la autoestima del venezolano, con una fuerte ética solidaria,
responsable y de trabajo, poco se estará haciendo. Por
tanto, no se trata de reducir sino de ampliar la inversión
en la educación, pero creando todos los mecanismos que
permitan que ello se revierta en rendimiento y calidad. Desde
luego que este gasto tiene que ser compartido con el Estado, propiciándose
la participación social, bajo todas las modalidades posibles,
en el gasto educativo.
La educación es una tarea estratégica e indelegable
del Estado. Pero en ella debe participar responsablemente toda
la sociedad: familias, comunidades, empresas, y usuarios. Así
concebida, la educación debe contribuir al fortalecimiento
de nuestra democracia, de la ética personal y social, de
la sociedad civil y de nuestras posibilidades de desarrollo económico.
Ella será, en definitiva, nuestra real ventaja competitiva,
en sus resultados cualitativos, en su producción de recursos
humanos de excelencia.
La educación no puede perder su rasgo de universal y abierta
a todos los venezolanos. Pero la democratización que ello
implica tiene que fundamentarse en un rendimiento cada vez mas
exigente. Esto supone, necesariamente, una política de
mejoramiento de la profesionalidad y capacitación del personal
vinculado a la educación, especialmente del docente e investigativo.
Ello no será posible sino con políticas realistas
de ingreso y protección social que hagan de la carrera
educativa, tanto pública como privada, una instancia meritocrática
y de alta competitividad. Sólo así es posible imaginar
la expansión, como empresa básica del Estado, de
la educación pre-escolar y de la primaria y diversificada,
gratuitas, y con diversos estímulos para los estudiantes
destacados.
La educación técnica y tecnológica debe tener
especial atención. Está exhaustivamente documentado
que sin una expansión de la mano de obra especializada,
de los recursos humanos de especialización intermedia,
no es posible ningún tipo moderno y competitivo de desarrollo,
y mucho menos la ampliación de las oportunidades de igualdad
social.
La educación superior tiene que reconvertirse profundamente
según las demandas de nuestro desarrollo. La excelencia
tiene que ser su meta. Su financiamiento tiene que buscar una
alta diversificación de fuentes y el rendimiento de cada
institución debe ser determinante para el apoyo del gasto
público.
La educación es una política estratégica
del Estado, abierta a la participación y responsabilidad
del conjunto de nuestra sociedad. En esa perspectiva ella es nuestro
recurso fundamental para cerrar el siglo, creando condiciones
reales y potenciales de calidad de vida y desarrollo humano y
social de alta excelencia. Este es su reto y no podemos conformarnos
con menos. De allí que se hace necesario un amplio y activo
consenso nacional progresista, para encarar esta tarea como una
causa impostergable que a todos compete.
La ineficiencia de los servicios públicos
La mala calidad de su prestación, su baja cobertura,
constituyen una de las deudas más importantes de la democracia
con Venezuela y su gente. Los servicios públicos constituyen
una infraestructura fundamental para nuestra desarrollo, concebido
en términos de la economía moderna. Esta no puede
abrirse a los desafíos de la contemporaneidad sin servicios
públicos eficientes de agua, luz, comunicaciones, vialidad,
transporte y seguridad.
Los servicios públicos deben configurar una tarea esencial
del Estado, con la complementariedad y apoyo necesarios por parte
de la sociedad. Estos servicios deben ser eficaces, de calidad,
accesibles y modernos. Ellos deben tener una cobertura social
universal, sin exclusiones. Pueden servir como factor compensatorio
de las desigualdades sociales, especialmente el costo de la vida.
Pero su función va más allá de este concepto
tradicional; ella consiste en dotar a la sociedad, con su propia
participación, de la infraestructura necesaria para su
desarrollo.
Un papel estratégico de los servicios públicos,
generalmente poco reconocido entre nosotros, es que ellos constituyen,
el entorno nacional decisivo para dotar de ventajas competitivas
a nuestra economía. De aquí se desprende una lógica
imperativa: no tendremos equidad social ni economía competitiva
sin servicios públicos funcionales. Por eso tal objetivo
es una prioridad estratégica del Estado venezolano y de
su sector social productivo.
Desde el punto de vista político su prestación eficiente
significa el relanzamiento de la legitimidad de nuestro sector
público, cuestión ésta de la más alta
perentoriedad. Desde la perspectiva cultural, los servicios públicos
tiene que desarrollar los hábitos de la preservación
y del mantenimiento.
Los servicios públicos son pues, como infraestructura básica
de la calidad de vida, un recurso para la expansión social
y humana, para la competitividad económica, para la revalorización
del Estado. Así mismo, son un escenario excepcional para
la cooperación entre los sectores público y privado.
El valor ético de la política
La acción política para Acción Democrática
tiene que concebirse y practicarse con un sentido profundo de
compromiso social con las mejores causas del progreso, la modernidad
y la democracia en Venezuela. La política es una tarea
noble, un oficio ético y colectivo que exige de una alta
dedicación y responsabilidad. Venezuela no puede ser escenario
de actos que lesionen el respeto a los bienes públicos.
La lucha para erradicar la corrupción en el país
comienza por eliminar su presencia, por escasa que sea, en todas
las instituciones públicas.
El nuestro es un país sano, y Acción Democrática
se asemeja a esa característica esencial de la mayoría
de los venezolanos. Pero sin duda que la corrupción en
el uso de la política y de los cargos públicos,
como escenario de aprovechamiento personal, se han extendido de
manera intolerable. Por tanto, tenemos que ser radicales en la
lucha frontal por adecentar la política, el ejercicio de
la función pública, para así relegitimar
a los partidos como genuinos representantes de los más
altos valores éticos, de un país que no debe ser
percibido como degradado y corrompido. La alta moralidad de la
inmensa mayoría del país se debe imponer.
La democracia permite que todo lo que deba depurarse se conozca
y que, en efecto, sea depurado. Para Acción Democrática,
la política no puede dejar de ser un compromiso ético,
social y colectivo; la militancia partidista tiene que ser una
expresión de solidaridad y la democracia es una exigencia
para potenciar las mejores cualidades humanas políticas
y sociales. Acción Democrática se compromete a dar
su contribución sin límites para que ello sea así.
Sin duda que esta época de cambios produce incertidumbre
y desorientaciones. También descreimiento, confusiones
y oposiciones llenas de tensión. Es una época que
Acción Democrática, en íntima relación
con el conjunto de la sociedad y de sus fuerzas y movimientos
modernos, progresistas y democráticos, está resuelta
a enfrentar, para darle un rumbo y un sentido definidos a Venezuela
y a un proyecto moderno de nación.