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![]() La Viena de Von Mises y Hayek Carlos Ball*
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VIENA (AIPE).- Mi anterior viaje a Viena fue en 1968, cuando los
venezolanos viajábamos con una moneda dura por todo el
mundo. Entonces me hospedé en el Hotel Imperial, quizá
el más bello de todos los hoteles clásicos europeos,
donde uno abre los ojos por la mañana admirando increíbles
frescos en el techo de la habitación y se tira de un cordón
detrás de la cama para que a los pocos segundos aparezca
un mesonero de levita preguntando qué apetece para el desayuno.
Los rusos ocuparon a Austria hasta 1955, pero esta capital del viejo imperio no ha logrado despertar de un largo letargo socialista que sigue predominando junto al frío y húmedo otoño. Se trata de un socialismo menos ineficiente que los del Caribe: el tranvía que tomo cada mañana para asistir a las conferencias de la Sociedad Mont Pèlerin (fundada por Hayek hace 49 años) funciona con limpieza y precisión alemana, y jamás me han pedido el boleto porque las autoridades asumen que lo compré. Me imagino que el pasaje está altamente subsidiado porque con 20 chelines austríacos -unos dos dólares americanos- puedo hacer todos los viajes que quiera durante un día. Por el contrario, tomarse un café o comerse una deliciosa torta de chocolate es una inversión que amerita cierta reflexión previa. Además, cualquier cosa que uno coma lleva un impuesto de 10% y lo que se bebe 20%. Los economistas que miden el nivel de vida de los pueblos le asignan los primeros puestos al Japón, Suiza y Alemania sin tomar en cuenta los precios. El japonés de clase media vive en un apartamento poco más grande que el clóset de un hogar americano y la ama de casa alemana tiene que comprar alimentos todos los días porque su nevera es más o menos del tamaño del televisor que ocupa un lugar de honor en el "family room" estadounidense. Mi impresión de Viena se repite: una gran capital sin mucho país para sostenerla; edificaciones más fastuosas que las de París o Londres, pero donde predomina una triste nostalgia por el irrepetible esplendor de fines del siglo XIX, algo no padecido con la misma intensidad en otras capitales de viejos imperios. Me quedé en casa de un pariente noble de amigos argentinos, el palacio del príncipe Kinsky, una impresionante mansión barroca del siglo XVIII en el centro de la ciudad, lo cual por unos días me ha permitido asomarme a esa esplendorosa época que terminó con el retumbar de los cañones, en agosto de 1914. Con Carl Menger nació en Viena, en 1871, la economía moderna o neoclásica. Fue el fundador de la escuela austríaca, seguido por su brillante discípulo Eugen von Böhm-Bawerk en la cátedra de economía de la Universidad de Viena. El rostro de Böhm-Bawerk ilustra hoy los billetes de cien chelines. Estos economistas austríacos centraron sus investigaciones en las motivaciones del individuo y en la forma cómo este actúa en reacción a sus propias motivaciones, preferencias y valoraciones. Esas preferencias del consumidor a su vez impulsan y ordenan la actividad productora de bienes y servicios, conduciendo a los inversionistas hacia la óptima utilización de los recursos. También concluyeron que gastos en mano de obra y materiales no confieren valor a los productos y servicios, sino que su valor procede exclusivamente de las apreciaciones del consumidor. Estos economistas vieneses se dieron cuenta que cuanto mayor es la cantidad de un producto menor es el valor que se le atribuye a cada unidad. Por ello el agua y el pan son baratos, mientras que el oro y los brillantes son caros. Ludwig von Mises ingresó al seminario de Böhm-Bawerk en el año 1900 y luego procedió a avanzar la teoría económica indicando que el "precio" del dinero (su poder adquisitivo) es determinado por el mercado en la misma forma que se determina el precio de cualquier otro bien, en función de la cantidad disponible. La gente gasta rápidamente cualquier moneda que pierde su valor y ahorra en otra moneda que lo mantiene. Una estupenda anécdota de Mises se refiere a la consulta que le hicieron durante la violenta inflación que sobrevino en Austria luego de la Primera Guerra. Cuando le preguntaron cómo remediarla, Mises insistió que se encontraran con él a la medianoche en una calle de Viena. A esa hora y rodeado de altos funcionarios dijo: "¿oyen ese ruido?... es la imprenta del Banco Central imprimiendo billetes... párenla". No conocí a Mises, pero sí a su alumno Friedrich A. von Hayek y en esta visita a Viena conversé con su hijo Laurence y su nuera Esca. No voy a tratar de describir la obra de Hayek en un párrafo pero si algo lo definió fue su fiel creencia en el poder de las ideas, lo cual caracteriza al liberalismo mismo. Hayek mantenía que lo que está conscientemente presente en la mente de un hombre es apenas una diminuta parte de las ideas en que basa su manera de pensar, de lo cual surge lo que llamó "el orden espontáneo" que es la consecuencia imprevista del accionar independiente de millones de individuos. En sus propias palabras: "sería un error creer que para alcanzar un grado más alto de civilización tenemos simplemente que instrumentar las ideas que ahora nos guían. Si vamos a avanzar, tenemos que dejar espacio a una continua revisión de nuestros actuales conceptos e ideales ". Los palacios, museos, monumentos y estatuas de Viena nos recuerdan las batallas y glorias del pasado, pero son Mises y Hayek quienes representan la victoria de las ideas liberales en nuestro siglo, triunfantes frente al cruel socialismo estatista y la empobrecedora planificación central. Para mi son ellos el más grandioso legado de Viena. *Periodista venezolano, director de la agencia de prensa AIPE. 7172 Montrico Drive, Boca Raton, FL 33433-6926, USA Telephone: (561) 393-0592 Fax: (561) 393-0594 e-mail: Ball.AIPE@worldnet.att.net |
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