Revista Electrónica Bilingüe Nº 10 Diciembre 1996 |
|
![]() |
|
|
El Sueño de la Razón
Edgardo Mondolfi Gudat Washington sorprende de primer golpe por su carácter sereno. Está cruzada, de un extremo al otro, por largas avenidas que llevan los nombres de todos los estados de la Unión. Pero este diseño, tan confiable a primera vista, puede resultar una pesadilla para el caminante o el conductor que crea más en su instinto que en los mapas: basta toparse con la primera plaza que corte una avenida en dos (y las hay muchas) para que la intuición pierda todos sus méritos. En Washington, la arquitectura neoclásica de los ministerios y agencias federales impone un aparente sentido de decoro. La industria del sexo y el voyerismo, tan común en otras ciudades norteamericanas, es casi subterránea aquí o se anuncia discretamente en revistas y periódicos y cualquier otro exceso tiene sus fronteras precisas. Washington, después de todo, se identifica con lo atildado y correcto. Es una ciudad donde, por ley, ningún edificio puede ser más alto que la cúpula del Capitolio, lo que le brinda la bondad del horizonte. Dice la Michelin que hay setenta iglesias, una en cada esquina, y más de ciento sesenta embajadas acreditadas en Washington. Detalle que siempre llamó mi atención: es una ciudad que no tiene vallas ni avisos luminosos y, en cambio, está cuajada de jardines. Curiosamente, a diferencia de nuestras capitales, Washington no contagia la vida de las demás ciudades. Con menos de doscientos mil habitantes, Washington no provee un foco ni le dicta una moda al resto de este país de doscientos millones de personas. Nadie pretende imitarla en ningún sentido. «Washington no es los Estados Unidos» afirman quienes aseguran conocer el medio. El país, por lo general, desconfía de todo lo que se hace o se dice en esta ciudad de políticos y lobistas. Durante el verano, el clima es húmedo, enervante y causa mala circulación; síntoma nada saludable para un gobierno tan dinámico como el norteamericano. Aunque la ciudad sigue el curso de un gran río el Potomac el agua no es el elemento que define esencialmente a Washington. La falta de una cultura ribereña entre los habitantes lo explica quizá el divorcio abrupto con el pasado. Antes de la fundación de la ciudad, el puerto de Alexandria (hoy oficialmente parte del Estado de Virginia pero que, para todos los efectos prácticos, funciona como una prolongación de Washington) era refugio de los barcos de gran calado que traficaban, río abajo, con el tabaco de esta región. Pero otros medios de transporte y otro tipo de economía hicieron que el pequeño enclave colonial cayera en desuso y se conviritiera, casi desde entonces, en un centro de curiosidad turística. Washington, dispensadora de servicios, jamás ha dependido del río para sobrevivir. Es una ciudad que, como el río que la bordea, tiene dos crecientes humanas: en la mañana y por la tarde. El resto del tiempo permanece como si estuviera vacía. En realidad, la gente prefiere vivir en los suburbios que se prolongan a varias millas alrededor, en Maryland o Virginia. Por eso pocos muy pocos conocen los encantos que Washington no aparenta. Hace cincuenta años, el escritor peruano Luis Alberto Sánchez decía que Washington era como una enorme oficina, lo que le daba a la ciudad un carácter aburrido y asfixiante. Pero eso ha cambiado. Hoy en día, a pesar de su aspecto rutinario, Washington tiene todo lo materialmente indispensable para ser una capital. Fundar esta ciudad sobre los temblorosos cimientos de un pantano fue obra de un patriarca empecinado como George Washington, a quien no lo amedrentaba la fiebre amarilla ni las crecidas del río ancho y portentoso que navegaba a un costado de su futuro proyecto. Aquí, pues, decidió fundar el epicentro de las grandes decisiones de la razón. Se buscó un arquitecto francés Pierre L'Enfant a quien defendió de la vanidad y pequeñez de los demás políticos mientras duró la tarea de sanear el clima y transformar el pantano inhabitable en plazas y avenidas que aún, en parte, recuerdan a París. Sin embargo, el recelo que despertaba este arquitecto audaz en el ambiente gazmoño de su época hizo que a los once meses de nivelar calles y fabricar aceras y edificios, L'Enfant renunciara a su comisión. Pero fue valiente: pasó veinte años más en la incipiente ciudad, caminando y juzgando en silencio cómo se alteraban sus planes. Durante un siglo, la ciudad siguió creciendo un poco a la fuerza y sin una mano prodigiosa que anticipara sus límites. Otro de los arquitectos de este sueño fue, aunque en menor escala, Thomas Jefferson. El Secretario de Estado era uno de los pocos a quien L'Enfant podía confiarle sus planes sin sentir que cayeran en oídos sordos. Su talento y pasión natural por la arquitectura Jefferson, en su atolondrada carrera, había estudiado los diseños clásicos de Andrea Paladio despertaron inmediatamente la simpatía de L'Enfant. Pero Jefferson tuvo la prudencia de interceder siempre sin exasperar al arquitecto francés o de proponer ideas con mucha discreción y, por tanto, su contribución al proyecto fue muy limitada. A tal punto que según los entendidos, uno de los pocos legados de Jefferson, y que de hecho aún le agradece el correo de esta ciudad, es que las calles de norte a sur permanecen rigurosamente enumeradas. Confieso sentir hacia este intrépido aprendiz de la arquitectura la misma simpatía que allá en Venezuela me despierta Francisco de Miranda. No sé: tal vez se deba a que, aparte de haberlos inspirado un proyecto revolucionario, a ambos los guiaba una curiosidad ilímite, en cierta forma extraña. Los dos hombres se conocieron y se admiraron por su afán de coleccionistas, en 1805. Pero la simpatía mutua, al pisar el terreno de la política, permaneció desde un principio sembrada de ambigüedades. En un fragmento de su diario de viajes por los Estados Unidos, Miranda dice refiriéndose a Jefferson: « de espíritu más bien adaptado a la literatura que al gobierno de un gran Estado »; es muy probable que la dureza de este juicio se deba a que Jefferson, para irritación de Miranda, siempre se extraviara en un tono profético al hablarle de su destino al frente de la rebelión hispanoamericana. Y cada vez que lo hacía, Jefferson le citaba a Virgilio en latín. Un año después, mejor aconsejado acerca de las temerarias andanzas de Miranda por el Caribe, Jefferson se desentendería de su breve amistad con el venezolano. Robándole a los dioses el derecho a la eternidad, Jefferson pasó buena parte de su vida, como los faraones, meditando el plan de erigir un palacio que le sirviera de morada irrevocable. El lugar escogido era Monticello, en las antiguas fronteras de Virginia. Aún doscientos años después, la mansión de Monticello guarda intacta la apariencia de un lugar casi mítico. Dos horas en automóvil separan a Washington del retiro espiritual de Jefferson en Monticello. Se cruza el río y se remonta la ruta 66 y luego un camino frondoso que cambia de colores. Ha comenzado el otoño, y un viento frío baja desde el Blue Ridge y corta entre los bosques alrededor de la mansión. No cuesta trabajo creer que nada ha cambiado en estos parajes de Virginia desde que Jefferson pasara aquí los años más importantes de su vida, antes y después de ejercer la presidencia. Ahora Monticello es el Museo Jefferson. Una matrona de aspecto cívico-militar sale, recibe y apura a la gente hacia la antesala. Inmediatamente me doy cuenta de que no tiene mucha paciencia con los rezagados o los distraídos del grupo. Forma un círculo a su alrededor y con gran gentileza nos da la bienevenida. Como cada santuario de este tipo, en cualquier parte del mundo, prescribe sus propias reglas de decoro histórico, uno se prepara para oír con curiosidad y escepticismo a la vez las explicaciones que nuestra guía ha ensayado mil veces de antemano. Mis peores sospechas se confirman cuando su primera referencia sobre Jefferson va dirigida a despejar dudas y temores : Jefferson, ante nada, fue un hombre manso, correctísimo padre de familia y amante de la paz de su hogar (en los Estados Unidos está de moda la película Jefferson en París, que aborda algunos contornos oscuros: su relación polígama con las esclavas de Monticello, su amplia cosecha de hijos que nadie se atreve a exhumar). Reconfortados pues con esta piadosa versión de su vida doméstica, nos disponemos a recorrer la casa. Nada comprueba mejor la imaginación febril, omnímoda, de Jefferson que el interior de esta morada. Sus curiosos inventos abruman desde el primer momento. Por ejemplo, no pude dejar de detenerme largo rato ante un reloj fabricado por Jefferson que cuelga de la entrada. Se anticipa a un reloj moderno en el sentido de que sirve también para dar cuenta de los días. Su mecanismo está gobernado por un rudo sistema de poleas y siete balas de cañón que representan los días de la semana. A medida que avanzan los días, las balas de cañón, cada una a su turno, van bajando pegadas de la pared. Al llegar el viernes, la quinta bala toca el piso. Como la falta de más espacio frustraba el ingenioso invento, a Jefferson se le ocurrió la idea de abrir dos huecos en el suelo para resolver la suerte del sábado y del domingo. De esta forma, el fin de semana reposa en el sótano. Aunque el exterior brinda la apariencia de un sólo piso, la casa por dentro tiene cuatro niveles que albergan treinta y cinco habitaciones. No hay duda de que este elemento en el diseño refleja dos rasgos muy propios del carácter de su dueño: el ahorro del espacio y su pasión, casi maniática, por la privanza. Es, en todo caso, una imagen familiar en toda la correspondencia de Jefferson referida a este capricho arquitectónico que empezó a los veintiséis años y tardó más de media vida en terminar. Según nuestra guía, hay quienes aseguran que en los Estados Unidos hay suficientes objetos atribuídos a Jefferson como para llenar tres mansiones de este tamaño. Por eso dice, con tono enfático los albaceas de Jefferson en Monticello se dieron hace varios años a la tarea de rehacer minuciosamente el catálogo de sus pertenenecias para poder distinguir las prendas y objetos de dudoso valor de aquellas que son auténticas y que se veneran como las reliquias de un santo: una docena de cucharas en Tennessee, un retrato de Jefferson que se conserva en California o un bucle de pelo en Washington. Pero es una tarea que no ha dejado de tener sus accidentes y desalientos. En primer lugar porque Jefferson dispuso en su testamento que nunca se hiciera un inventario de lo que él mismo llamara "sus indescriptibles objetos" (de hecho, lo que sobrevive y se conserva hoy en Monticello honra el adjetivo: el fémur de un mastodonte, un odómetro, cabezas embalsamadas, pieles de animales, un teodolito, una licorera portátil). Segundo, Jefferson murió acorralado por sesenta mil dólares en deudas y es muy probable que él mismo se encargara de empeñar buena parte de sus pertenencias. De paso, Monticello casi corre la suerte también de terminar en manos de sus acreedores. Pero Patsy Jefferson, su única hija sobreviviente y heredera forzosa de sus últimas deudas, se anticipó a rematar la casa antes de enfrentar un embargo. Pero el destino no pudo escoger con más ironía al nuevo propietario de Monticello, un boticario llamado James Barclay, a quien no le interesaba la historia ni mucho menos la memoria de Jefferson. Por fortuna, el boticario Barclay hizo poco por cambiarle el semblante físico a la casa. Su única ambición, rústica y profana, se limitó a la tarea de despejar un claro en el jardín para criar gusanos de seda. Felizmente, a los pocos años, el boticario Barclay cejó en su empeño de criar gusanos. Tocado por una inspiración reservada para los elegidos, vendió la casa y también sus gusanos de seda, decidió convertirse en misionero y peregrinar a Tierra Santa. Y, sin embargo, Monticello jamás regresó a manos de sus verdaderos dueños. Siguió pasando de un propietario negligente a otro propietario negligente. Cuando la Sociedad Jefferson compró la casa a principios de este siglo, Monticello se encontraba prácticamente reducida a escombros. La naturaleza había reclamado ya buena parte del jardín y la tumba de Jefferson, a orillas del bosque, casi sufre la profanación a la que estaban condenados en su tiempo los despojos de los faraones. Mientras se decidía la suerte de la casa, la tercera y última biblioteca de Jefferson (1,500 libros) fue subastada; la primera que llegó a atesorar, y cuyo valor es todavía discutible, desapareció durante su juventud y la segunda (la más grande de las tres, con un total de 6.000 libros) le sirve aún de base a la Biblioteca del Congreso en Washington. Así como los nueve cuadros de la colección personal de Jefferson que se han podido recuperar hasta ahora atestiguan un gusto más bien llano por el arte, su copiador de correspondencia es, en cambio, un objeto que maravilla desde el primer momento. No cuesta trabajo imaginar que este complicado aparato prefigura en cierto sentido una fotocopiadora moderna: un brazo de madera mecánico le permitía a Jefferson despachar el original de su correspondencia mientras otro brazo la copiaba fiel y simultáneamente sin el estorbo (ni el gasto) que le habría ocasionado un secretario. La utilidad y la inversión seguramente se justificaba sobre la base de que su correspondencia podía alcanzar límites asombrosos; según él mismo le confesara a su antecesor, John Adams, Jefferson llegó a contestar más de mil doscientas cartas en un sólo año luego de salir de la presidencia. A nadie que visite esta casa podría dejar de llamarle la atención el estado casi perfecto con que se conserva, hoy en día, el comedor de los Jefferson. Pero lo que lo hace célebre, aparte de su relativa discreción y del valor que guarda como intacta reliquia familiar, es la ceremonia de cumpleaños que un selecto conciliábulo de admiradores le festeja anualmente a Jefferson. Es la única ocasión en que los cófrades una pequeña legión de estudiosos de Jefferson y quizá algún pariente tienen el privilegio de sentarse a cenar en el comedor dispuesto exactamente a la usanza y el gusto de los Jefferson. Nuestra guía señala que un cuarteto de cámara toca esa noche en el fondo del salón. Al salir, me contento con observar el mausoleo familiar. Para mi sorpresa, descubro que el linaje se extiende hasta una fecha muy reciente. El mausoleo lo forma un pequeño rectángulo de concreto moderno que se erige disimuladamente a orillas de un promontorio desde donde se domina un horizonte de árboles, ahora casi limpios de hojas. Una reja lo protege de la veneración o de la blasfemia de los centenares de curiosos y peregrinos que pasan anualmente por Monticello. Me fijo, entre todas las lápidas idénticas, que el patriarca escogió ser recordado en su modesto epitafio por tres hazañas: como autor de la declaración de la independencia norteamericana, del Estatuto de Tolerancia Religiosa del Estado de Virginia y fundador de su universidad. Por curioso que parezca, no menciona para nada haber llegado a ser el tercer presidente de los Estados Unidos. De regreso por la ruta 66 me doy cuenta de que no hay ningún aviso turístico que anuncie la llegada a Washington. Recuerdo que John Steinbeck comentaba en un delicioso libro de viajes que si en algo estaban de acuerdo los estados de este país continental era que cada uno anunciaba ser el mejor de todos, desplegándolo sin pudor en unas vallas enormes al cruzar la frontera. «De cuarenta estados decía Steinbeck no recuerdo haber visto uno que no dijera lo mejor de sí mismo ». El novelista norteamericano consideraba que este afán de promoción era una falta de delicadeza hacia el visitante. Pero Washington, en cambio, lo aguarda a uno sin anticipación, sin vallas. Puede que ésto se deba a otra característica que casi olvidaba mencionar de esta ciudad: Washington casi no tiene dolientes. Es una ciudad cuya falta de habitantes genera pocos impuestos y, detrás de su aspecto decoroso, está prácticamente quebrada. Pero se me ocurre de pronto un distintivo para esta ciudad orgullosamente apolínea: Washington, el sueño de la razón |
|
[Editorial] [Contenido]
[Esta Semana] [English]
[Política Exterior] [Política
Interna] [Economía y Petróleo]
Copyright Venezuela Analitica |
|