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Revista Electrónica Bilingüe       Nº 10    Diciembre 1996

Esta semana
Ajuste "con" inflación
Domingo Fontiveros

Cuando en julio pasado la inflación se mantuvo por encima del 3%, surgió la primera evidencia para ser poco optimista respecto a una pronta estabilización de los precios. Las cosas simplemente no estaban en su lugar y el programa económico, así, no podía funcionar. La subvaluación inicial de la moneda, en abril, cuando arranca el plan, fue excesiva, provocando que el escalón de precios inmediato fuese mayor a lo necesario. Pero además, la que después fue una subvaluación continuada por 2 ó 3 meses hacía imposible sostener las tasas de interés al nivel suficientemente alto y necesario para provocar descensos en la demanda de inventarios y moderar el consumo final, indispensables para un rápido abatimiento de la inercia inflacionaria. De hecho, en un desarrollo incompatible con la estabilización de precios, las tasas de interés comenzaron a bajar vertiginosamente, antes que la inflación y más rápido.

La fortuna petrolera y la entrada de otros capitales hubiesen permitido estabilizar prontamente el tipo de cambio nominal en su nivel "correcto", es decir, sin márgenes de subvaluación, mientras que las tasas de interés pudiesen entonces haber descendido en línea con la inflación, pero no en la forma previa y acelerada en que ocurrió.

Hoy, el Banco Central está atrapado en las contradicciones que se han acumulado, lo cual es particularmente preocupante, ya que el shock externo favorable -que de una vez resolvió el desequilibrio fiscal en la coyuntura- demanda una política monetaria sólida y definida, no errática y endeble, como la actual.

El Banco Central enfrenta un dilema entre utilizar las tasas de interés para combatir la inflación -¡no la oferta de dinero!- o para administrar el tipo de cambio. El problema es que hoy -tres meses después de la oportunidad de oro- el bolívar se encuentra sobrevaluado y esta situación se acentuaría con un alza en los intereses. El ente emisor se encuentra así desarmado frente al problema inflacionario; luego de haber comenzado mal la partida -esto es como el ajedrez- no hay manera de ganarla. La solución está en comenzar de nuevo, bien.

De modo que siete meses después de haberse iniciado, el plan de estabilización no tiene como mérito sino la liberación de los mercados, el relanzamiento de la privatización y la reapertura del crédito externo. Y aunque estos logros no son poca cosa comparados con el contexto restrictivo que se vivió hasta abril pasado, lo demás que se disfruta en la estabilidad cambiaria, las reservas internacionales y la jauja fiscal es atribuible al petróleo exportado, a Pdvsa y su mercado internacional, no al plan de estabilización.

Ahora, con la fase 2 de la Agenda Venezuela, la prioridad anti-inflacionaria queda en segundo plano. El objetivo principal pasa a ser reactivar la demanda, antes de que caiga la inflación que, en lugar de descender, como esperaba el Gabinete Económico, aumentó en octubre. Y buscar en el camino de la reflación desprenderse de la rémora que para el crecimiento y la estabilidad política representan un régimen de seguridad social inoperante y un sistema insufragable de prestaciones.

Visto retrospectivamente (ya ha pasado tiempo suficiente), el ajuste fue cualitativamente importante y pertinente, aunque sus resultados numéricos fueron pobres. Como ya es usual, el caso Venezuela desconcierta a los analistas, y nuevamente demuestra lo interesante que puede ser el caos. Por lo demás, ya terminada la fase de estabilización, ahora se aproxima una onda de crecimiento, en la que una inflación alta continuará sembrando obstáculos en el camino del desarrollo sostenible.


El Universal, martes 19 de noviembre, 1996

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