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Revista Electrónica Bilingüe       Nº 10    Diciembre 1996

Esta semana
¿Quedarse en Venezuela?
Antonio Cova

"Porque yo soy optimista, yo me quedo en Venezuela", es el estribillo de una ingenua y pegajosa canción que Carlos Baute presentó en Sábado Sensacional, el pasado 9 de noviembre. Por el entusiasmo de su audiencia abrumadoramente femenina y joven, como es usual en ese programa se podría inferir que, atracción juvenil aparte, la canción pega y llega a la fibra venezolana de estos tiempos.

A medida que la oía, yo adoptaba una actitud diferente y casi que la re-fraseaba cambiándole una palabra, "Porque yo soy pesimista, yo me quedo en Venezuela". En otras palabras, es un "estado de ánimo", un punto de partida distinto el que me hace quedarme aquí. Siendo éste tan contradictorio con la tendencia abrumadora tendencia que se observa en la Venezuela actual, valdría la pena pensar en sus razones.

No obstante, para hacerlo, para una adecuada comprensión de esas razones, lo mejor es comenzar por una apropiada definición del término que asumo. Pesimismo es, según el DRAE, una "propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más desfavorable", pero yo quiero darle una vuelta, de modo que, de entrada, se sepa de qué estamos hablando. Eso implica que, en el uso que aquí le daremos, el pesimismo supone hay unas "cosas" que, por lo que se ve, tienen aspectos favorables y otros desfavorables y que uno siente porque no es sólo que piensa, sino que casi a nivel de piel de olfato, siente, huele que lo segundo (los aspectos desfavorables) terminarán comiéndose a los favorables (y aquí viene un ingrediente crucial) si no hay nada que intervenga para expresamente evitarlo.

Si ello es así, entonces, hay que buscar, desesperadamente, por los factores que logren tal cosa. Es un poco a lo que van a llegar los investigadores del "modus operandi" del virus del sida: ¿qué podría hacerse para impedir la reproducción del virus, una vez que comienza su ataque a las células? Como es natural, entonces, en el caso que nos ocupa, el de un país, es crucial atisbar los factores que desvíen la lógica conclusión de los elementos perturbadores y que se trabaje, incesantemente y sin descanso, por propiciar su acción y hasta crear esos factores si fuere menester. Pongamos como ejemplo mi artículo del martes pasado: ante la posibilidad de lo que se percibe como una burla a la sensibilidad de la población y como una maniobra dañina a un importante partido político venezolano, hacer saber y vocear una opinión airada es vital, de modo que ella entre en la discusión y sirva como un "considerando" importante en la misma. Nótese, sin embargo, que ese mismo artículo contiene consideraciones de índole teórica, que son capitales en la discusión y que están en lo que llamé los errores de apreciación. En otras palabras, el aporte de un articulista que no forma parte del quehacer político-partidista venezolano, es justamente ese: proponer hipótesis, arrojar luz acerca de los elementos que entran en la discusión y finalmente, actuar como propone el Evangelio: hablar y hablar y hasta gritar, con oportunidad o sin ella.

Las concreciones del "pesimismo" Si el pesimismo es lo que se dice que es, entonces hay que saber qué es lo que hace que la opinión de los individuos se aferre a que no hay salida a los problemas que se ven y se padecen todos los días y que, de seguro, conforman una situación que se vive como una trampa inescapable. Aparece pues, un elemento crucial: la baja autoestima, el descreimiento, el cinismo incluso de los venezolanos, es la plataforma desde la cual se contemplan y se evalúan todos los otros factores intervinientes en la realidad social del país. ¿Hay que asombrarse, entonces, de que la gente lo vea todo negro?

Al mismo tiempo, sin embargo, esa plataforma es un elemento importante de la situación y ella ha sido construida, no estaba allí desde siempre ni apareció por encantamiento. La hicimos, la hicimos, incluso, cuidadosamente. Y es justo aquí y en ningún otro momento, donde comienza a aparecer la esperanza, porque si algo se ha hecho, pues ¡también se puede deshacer! Es esto lo que está detrás de las propuestas de Ramón Piñango y de tantos otros, para ir minando la baja autoestima, el descreimiento y el cinismo. Ni sermones presidenciales, ni torpezas de ministros los liquidarán. Todo lo contrario, le darán una fuerza de huracán. Son las obras, las acciones sostenidas en el tiempo, contra viento y marea, las que lo lograrán.

¿Y qué es lo que se ve, se siente y se padece desde esa plataforma? Pues una serie de cosas que van desde la inseguridad fuera y dentro de las cárceles, que llena de pavor y paranoia cotidiana a los ciudadanos, una incapacidad de resolver los asuntos del orden judicial y económico que deja estupefacto a cualquier observador atento hasta una radical incapacidad de los remedios que tenemos a la mano para contrariar esos asuntos.

Este último punto es el que hace pensar, de modo optimista, en la capacidad transformadora del pesimismo, que nos hace "quedarnos en Venezuela". Difícilmente puede haber algo más atrayente en este país en el momento actual que la ingente tarea de destruir el horror e iniciar las bases de un mundo nuevo, que se piensa y se construye con pasión y fervor.


El Universal, martes 19 de noviembre, 1996

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