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Revista Electrónica Bilingüe       Nº 10    Diciembre 1996

Titular Editorial
Diciembre: inicio y fin.
Se inicia diciembre, mes de poca productividad en nuestras latitudes. Es el comienzo de unos días de frivolidad y añoranza de tiempos mejores, manifestada por costumbres y despliegues no muy acordes con una época de crisis.

Se presenta el mes de las Navidades y del año nuevo con un espejismo de bonanza que ayuda a olvidar los males. Las arcas del tesoro están repletas a consecuencia de imprevistos ingresos petroleros. Otra vez cae del cielo el maná! La moneda luce estable —tal vez revaluada— con una paridad cambiaria que se mantiene constante desde hace varios meses. Es diciembre, el mes de las compras con un dólar ya no tan caro y los bolsillos llenos por las bonificaciones de fin de año, los aguinaldos cuya tradición nos es recordada por doquier en esa febril actividad criolla de pedir y pedir. El ahorro y la capacidad de producir riqueza parecen paralizarse por algunas semanas. Es tiempo de vacaciones, de merecido descanso para quienes trabajan arduamente —sólo que, en el curso del año son frecuentes los tiempos de vacaciones, descansos, permisos, días festivos.

En un artículo de esta revista se habla de ìrespetar las reglas del juegoî, teniendo como tales las fijadas por los países que han logrado desarrollo y bienestar través de disciplina y trabajo. Esos mismos países nos sirven de modelo en todo lo que tenga que ver con consumo navideño y de fin de año, mas no para respetar esas reglas sin las cuales no hubieran llegado el sitio seguro que hoy ostentan entre todas las naciones. Olvidamos, sin embargo, que en esos países, diciembre es un mes de trabajo y producción con sólo dos días festivos adicionales: Navidad y la víspera de año nuevo —en muchos casos sólo medio día.

Este mes de diciembre de 1996 reviste una característica muy especial. Hemos padecido, a lo largo de los últimos tres años una crisis económica muy grave, durante la cual estuvo a punto de colapsar todo el sistema financiero. Han sido tiempos de descubrir lo que significa el daño terrible que produce una elevada tasa de inflación en la calidad de vivida de quienes la padecen. Pero en este mes de diciembre, en este cierre de año, puede decirse que ya el fondo parece que lo tocamos y que están dadas las condiciones para un repunte en la economía. Los indicadores económicos ya son otros y también son otros los ojos con los cuales nos observa el FMI y la comunidad financiera internacional. Hay anuncios oficiales de que el dinero sobrante en las arcas no se va utilizar para elevar el gasto público. Se habla incluso de un fondo de estabilización monetaria. Palabras bonitas, buenas intenciones que ojalá no terminen siendo eso únicamente.

A pesar de las celebraciones interminables, de la frivolidad, diciembre puede ser igualmente, mientras brinde tanto tiempo de ocio, oportunidad para reflexionar sobre nuestro futuro como país democrático que desea desarrollarse como tal. Puede diciembre brindar ocasión para buscar entender por qué un país rico, con escasa población pudo llegar a ofrecer una calidad de vida que no imaginábamos sino en países desprovistos de los recursos más elementales.

En la reciente campaña que lo llevó a la casa Blanca por segunda vez, el presidente Clinton ofreció a los norteamericanos un puente hacia el futuro, en contraste con su rival republicano que ofrecía un regreso a las tradiciones perdidas del pasado. Pensamos que los venezolanos también merecemos que se nos tienda un puente hacia el futuro pero ese puente debe tener doble vía: una que nos lleve al progreso en un nuevo milenio y otra que nos permita regresar, cuando sea necesario, a otras épocas, por distantes que fueren, en las cuales reinaban valores que deben ser permanentes en una sociedad democrática, justa y humanizada. Con esa vía de regreso para tomar lo bueno del pasado y volver al futuro que no se nos puede negar podemos, en diciembre, recoger tradiciones hermosas, vivificantes, llenas de espiritualidad que aún se mantienen vivas, aun cuando sea como las llamas-piloto de las cocinas a gas. Tenemos instituciones que siguen contando, a fines de siglo, con mucha fuerza en nuestro país: la familia y la iglesia. Ambas deben retomar el papel primordial que deben desempeñar en tiempos decembrinos. Diciembre es mes de fortalecimiento de los vínculos familiares y la iglesia es poderoso instrumento para ayudar en ese fortalecimiento y a que germinen las semillas de espiritualidad que llevamos todos muy dentro —incluso los no creyentes.

Diciembre es el inicio de un período que poco se asemeja a otros del año. Podría ser este diciembre también el inicio de un cambio en el modo de concebir y vivir las sagradas festividades. Puede serlo porque tal vez la crisis pudo abrirnos los ojos para observar nuestros pasados errores y para hacernos entender que tenemos que abordar el futuro con una mentalidad totalmente distinta, que descarte para siempre el milagro del maná. Hay tiempo en diciembre para pensar que el bienestar no se logra con indicadores económicos favorables, que la economía es para seres humanos que tienen derecho a una mejor calidad de vida, con seguridad, salud, nutrición, vivienda, educación, esparcimiento. Que no hay progreso sin justicia social, que no puede haber crecimiento económico sin estado de derecho, sin respeto de los derechos humanos, sin correcta administración de justicia, con violencia desenfrenada.

Llegamos a diciembre con una crisis económica y financiera aparentemente detenida. No podemos decir lo mismo en cuanto a la crisis de nuestra sociedad. Aprovechemos estos días para preparar un año 1997 que sea el comienzo de un esfuerzo incesante de todos quienes vivimos en esta tierra privilegiada para que se logre el cambio en esta sociedad tan abandonada por sus dirigentes, tan insegura, injusta y tan desprovista de proyectos y herramientas para la recuperación que todos sus integrantes tienen la capacidad, en conjunto, de lograr.

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