Revista Electrónica Bilingüe Nº 10 Diciembre 1996 |
|
![]() |
|
|
La Casa de William Faulkner
Edgard Mondolfi Gudat En una de las dos ocasiones que llegué a salir de Washington cuando era agregado cultural de la Embajada, fui invitado a un festival internacional de música que se celebraba una vez al año en Memphis, Tennessee. Los amables sureños nos recibieron a mi esposa y a mí con una espléndida barbacoa y una hospitalidad insigne que hizo propicio pedirles un favor: que nos llevaran a la casa de William Faulkner, cien millas más allá, en Oxford, Mississippi. La curiosa solicitud se adueñó del orgullo de nuestros anfitriones y, al día siguiente, después de ciertos bailes africanos, discursos y ritos protocolares que fueron parte inevitable del festival, salimos a cumplir este peregrinaje literario. Pasamos por una carretera cuajada de tráfico y de moteles hasta que se acabó el estado de Tennessee y entramos al de Mississippi por la frontera ancha que une a los dos. La carretera seguía siendo la misma pero el cambio de paisaje era notable. Hacia dondequiera que uno veía daba la impresión de que la naturaleza reclamaba este territorio por segunda vez. Los árboles, por ejemplo, se aproximaban más a la orilla del camino y la vegetación, en general, parecía dispuesta a resistir, con orgullo sordo, los designios del hombre. Las pocas casas desperdigadas a ambos lados de la carretera parecían plantadas con la solidez suficiente para aguantar el maltrato de la lluvia que, por desgracia, no es un peligro ilusorio en esta región. Mirando desde la ventana del carro me preguntaba si el carácter particularmente indómito de esta naturaleza era lo que, según algunos, explicaba la arrogancia de los escritores del Sur. En una oportunidad, cuando el Presidente Kennedy invitó a todos los premios nobeles norteamericanos a una cena de gala en Washington, Faulkner, quien a la sazón se encontraba dictando una cátedra en la Universidad de Virginia, declinó la invitación diciendo: "Washington queda a cien millas de aquí. Es un viaje muy lejos sólo para ir a comer". Faulkner era especialmente conocido por este tipo de salidas ocurrentes y muchas veces ásperas. En otra oportunidad, un fotógrafo profesional que acudió ante él para que aprobara unas fotos que le había tomado, recibió por toda respuesta: "No me hace falta ver sus fotos. He visto esa cara suficientes veces. De hecho, la veo todos los días cada vez que me afeito". El fotógrafo se marchó amoscado. Por otra parte, dicen sus amigos que Faulkner podía ser de una caballerosidad incomparable. El paisaje agreste no era eterno y al rato pasamos un pueblo y luego otro. Al llegar a las inmediaciones de Oxford, nuestros anfitriones nos señalaron con orgullo, a la derecha, la casa de John Grisham. Gracias a sus novelas, The Firm, Pelican Brief, The Chamber y The Jury (y a las tantas otras películas basadas en ellas) el joven Grisham vive a la altura de cualquier escritor solvente en los Estados Unidos. La casa, por su aspecto exterior, quizá no difiera mucho de otras casas en estos parajes; sin embargo, tiene anexo un campo de béisbol, con una tribuna y una cerca gigantesca alrededor, que le brinda cierto aire de extravagancia. Según me explican, Grisham tiene un hijo a quien le gusta mucho el béisbol. -No sé si han visto la película The Firm - pregunta uno de nuestros anfitriones mientras seguimos rodando frente a la casa de Grisham. -No, aún no- le respondo, viendo el campo de béisbol. -Bueno, casi toda la filmaron en Memphis. La escena del monoriel que pasa sobre Mud Island, en el Mississippi, e incluso la oficina del protagonista queda ahí mismo. De regreso los vamos a llevar para que conozcan esa parte. Hay hasta una escena que ocurre en la azotea del Hotel Peabody, a dos cuadras de donde ustedes se están quedando. -Si, bueno, gracias. Claro que sí. -respondo. Por otras cosas que había oído antes en Memphis, me doy cuenta de que Grisham domina la conversación de estos dos estados vecinos que, al parecer, se disputan sus glorias literarias. De repente, un anuncio coronado por dos magnolias de metal que reza " Welcome to Oxford-Home of William Faulkner" nos da la bienvenida a un lado del camino. Oxford es un pueblo de aspecto cuadrado cuyo centro gravita en torno al edificio de los tribunales construido en 1842 y refaccionado al menos cuatro veces (una de ellas después de haber resistido la furia de los zapadores yanquis y la dinamita yanqui, en 1864). Lo que antes eran almacenes y caserones de amplio balcón son hoy en día galerías de arte y boutiques de ropa, inundadas de neón, que alternan con las fachadas neoclásicas. Aparte del edificio de los tribunales, la cárcel y el monumento a los confederados nada, al parecer, distingue a Oxford de otro pueblo en Kansas o California. Este es, definitivamente, el Oxford post-faulkneriano. Muchos (si no todos) los personajes que sirvieron de inspiración a sus novelas y cuentos han desaparecido y hasta el paisaje, ya más urbano de esta comarca, le sería difícil de reconocer al autor de El Sonido y la Furia. Su casa, bautizada con el hermoso nombre de Rowan Oak, es quizá uno de los pocos lugares que no han retrocedido un palmo ante el acoso del Oxford actual. Al doblar por Old Taylor Road y luego por la calle South Lamar, la casa de Faulkner surge, insospechada, en medio de los árboles. Es una típica mansión anterior a la Guerra Civil, de estilo griego redivivo. Entre 1830 y 1850, el estilo griego imperó de tal manera de un costado al otro de los Estados Unidos que se convirtió, por antonomasia, en el estilo arquitectónico nacional. Dejamos el carro en un suave declive, esterado de hojas, y caminamos hacia la entrada. La casa, de dos pisos, colinda por un lado con la Universidad de Mississippi y por el otro, unos setos bajos y una choza rústica (la casa del guardián) la defienden del lindero más boscoso. Un camino de ladrillos, amurallado de cedros, asciende gradualmente hasta el porche de la casa que se encuentra flanqueada por cuatro columnas cuadradas de veinte pies de alto. Las columnas soportan un saliente del techo y también un tímpano que recuerda al Partenón. A medio camino, entre la casa y la verja del jardín, se yergue un inmenso árbol de magnolia, de tronco rugoso, y cuyas ramas sin hojas forman un entramado de aspecto grotesco. Curiosamente, a la sombra de este árbol, los estudiantes de la Universidad de Mississippi se reunían en los años setenta a fumar marihuana. Casi no se puede creer hoy en día que esta casa de aspecto impecable, reverenciada como un fetiche por cientos de acólitos faulknerianos, hubiese sido alguna vez pasto del abandono, los gusanos y las termitas. Pasó de una familia a otra y el azote del maltrato hizo que Faulkner terminara de comprarla, en 1930, en el mayor estado de ruindad. Con el mismo talento que tuvo para escribir, Faulkner se dedicó de faena propia y con gran modestia a pintar y aserrar puertas, colocar vigas, a reemplazar el techo, acomodar ventanas, instalar el gas y destruir las alimañas. Sólo a principios de los años cincuenta, con la notoriedad que le deparó el Premio Nobel y una venta más holgada de sus libros, Faulkner pudo dar cuenta de lo que, por insolvencia, había quedado sin terminar. Entre estas cuatro paredes que rezuman el olor que sólo brinda la suave inmovilidad de la penumbra, Faulkner produjo lo mejor de su obra literaria: Absalón, Absalón, El Sonido y la Furia, Luz de Agosto. Y la casa y el silencio que ahora la dominan pasaron, por disposición de la hijastra de Faulkner, Jill Summers, a ser administrada por la Universidad de Mississippi desde 1973. De hecho, al entrar, la primera impresión es que el más leve ruido llega claro y completo de un piso al otro de la casa. Pero, a diferencia de otros santuarios por este estilo, no hay la prisa ni la incomodidad que caracterizan casi siempre a las visitas guiadas y más bien, la regente de la casa, una profesora de la universidad, nos deja vagar a nuestro antojo, a condición de no abusar de la hospitalidad ni traspasar los lugares vedados a los visitantes. El estoicismo y la frugalidad de su dueño aún lo padecen quienes no comparten su temple pero que deben laborar aquí buena parte del día por el comodato que rige con la Universidad de Mississippi. Faulkner, por ejemplo, jamás aceptó incorporar aire acondicionado en esta casa que, a pesar de sus catorce pies de alto y la sombra generosa que proyecta, no está completamente a salvo del clima opresivo del verano. Al mismo tiempo, mantenerla caliente en invierno, donde con todo y ser Mississippi la temperatura llega a descender a un dígito, puede convertirse en un ejercicio de sobrevivencia. Faulkner tampoco se dejó imponer el hábito de la radio ni más tarde, el de la televisión. En el piso de arriba, los cuartos se conservan aún de forma casi idéntica a como lo dejaron sus dueños hace casi cuarenta años. En la habitación de Estelle y William Faulkner, unos pantalones de kaki -al parecer, los favoritos del escritor- yacen tendidos sobre la cama mientras que a un lado, amontonados sobre un pequeño estante, destacan objetos del trasiego diario: pipas y picadura "Alfred Dunhill", cera de zapatos, algunos libros y revistas. De regreso a la planta principal, nos detenemos en un estrecho pasillo entre el pantry y la biblioteca. Me pareció curioso observar que, en una de las esquinas del pantry, al lado de donde se encuentra el teléfono, la pared estaba completamente rayada de números. Hasta ese momento había creído que rayar la pared con números de teléfono era, casi exclusivamente, una mala costumbre de las mujeres de servicio en Caracas. Pero, al parecer, Faulkner también lo hacía. Por cierto que ese teléfono, que hoy está desconectado, fue a través del cual le comunicaron desde Estocolmo, en noviembre de 1950, que había sido merecedor del Premio Nobel de Literatura. Pero el hábito de rayar las paredes no se detenía aquí. Está plasmado, sobre todo, en un cuarto contiguo que Faulkner, durante su vejez, ocupó cada vez con más frecuencia para evitar el esfuerzo de trepar las escaleras. En una de las paredes de este cuarto está delineada la trama de su obra Una Fábula, que ha atraído la atención de la crítica moderna, más que ninguna otra novela, por su compleja yuxtaposición de planos. Es una especie de gran mural en el que están desplegados los siete días -Lunes a Domingo- en que ocurre la historia. Esta técnica, un tanto heterodoxa, le sirvió a Faulkner para visualizar mejor las diferentes historias de los diferentes personajes y fusionar más fácilmente los planos a medida que escribía. Sin embargo, nadie me supo decir cuál fue la reacción de su esposa, Estelle Oldham Franklin, frente a este método. Supongo que el único consuelo fue que la novela le mereció a su marido el premio Pulitzer de 1955. Por último, el recorrido nos lleva a la biblioteca. Aquí están dispuestos, en unos pocos anaqueles, sus autores de cabecera: Melville, Dickens, Cervantes, Shakespeare y los isabelinos, y también la Biblia. Un retrato de Faulkner joven cuelga encima de la chimenea mientras que del otro lado de la estancia vigila, impasible, el coronel y patriarca William Clark Falkner, embutido dentro de una estrecha casaca, y cuyos relatos de guerras perdidas y lances caballerescos arraigaron en la imaginación del novelista-descendiente que cambiaría la grafía de su nombre de Falkner a Faulkner. A lado y lado hay repisas y taburetes, y una escultura rechoncha, obra de un artista brasileño, domina el centro del salón. Pero lo que sin duda resulta más curioso es un busto del Quijote que, según nos explican al salir, fue un regalo que le hizo Rómulo Betancourt a Faulkner durante un viaje a Venezuela, en 1961. Es imposible mirarlo sin imaginar cómo vino a dar aquí, a un costado de Mississippi. El viaje de Faulkner a Venezuela no fue fácil y estuvo plagado desde un principio por dudas y reticencias. El gobierno de Betancourt había decidido invitarlo y honrarlo con la órden "Andrés Bello" pero Faulkner llegó a pensar que su presencia como norteamericano y, en especial, como blanco sureño, pondría en apuros a sus anfitriones venezolanos en momentos poco cordiales en las relaciones de Estados Unidos con América Latina. En una carta dirigida al Departamento de Estado, escribió: "Agradezco que disculpen la demora que he tenido en contestar la carta de invitación que me cursara la Asociación Norteamericana de Venezuela. Esperaba hasta este momento que la nueva administración (Kennedy) hubiese formulado una política exterior. De esa forma, la gente novata y reticente como yo no tendría que verse apurada de salir al frente". En otra carta, aún más dura, Faulkner añadió: "Nunca he tenido la menor confianza en este viaje. Tal como lo veo, se trata de un grupo de norteamericanos que han descubierto que pueden hacer más dinero en Venezuela que en cualquier otra parte y que desean seguir haciendo más dinero, incluso, a expensas del esfuerzo desesperado de pagar los gastos de viaje de alguien como yo, a quien ni le interesa Venezuela ni el dinero." Esta reacción, un tanto exagerada, se explica en parte porque su esposa, Estelle, se encontraba atravesando en aquel momento un delicado estado de salud y cualquiera que revise la correspondencia de Faulkner puede fácilmente percatarse (y apiadarse) de la irritación y ansiedad que lo embargaban durante ese período. En todo caso, Faulkner se sintió reconfortado por la cortés insistencia de Betancourt y de Rómulo Gallegos, quienes lo habían privilegiado con esta visita por encima de su contemporáneo, Ernest Hemingway, cuyo estado de salud física y mental le impedían viajar a Venezuela (Hemingway se habría de suicidar unos meses más tarde). Faulkner pasó dos semanas en Venezuela, en abril de 1961. Eran los tiempos difíciles para Kennedy en Laos y para las fuerzas de la ONU en el Congo. Coincide también Mstislav Rostropovich para una serie de conciertos en el Teatro Municipal. Viaja a Caracas el abogado que defiende a Pérez Jiménez en el proceso de extradición. El bufete de Dean Acheson, ex-Secretario de Estado, representa al gobierno de Venezuela.
Para confusión de la comitiva que se agolpa
a recibirlo en el aeropuerto de Maiquetía, Faulkner no
es el primero sino el último en descender del avión,
un indicio de que se recluye en su carácter humilde que
algunos interpretan como huraño. Lo acosa la prensa y la
comitiva y también su hijastra, Victoria Fielden Johnson,
que tiene tres años viviendo en Venezuela como esposa de
un ejecutivo de las compañías petroleras. De ahí en adelante, contra sus expectativas y temores, el viaje se convierte en una experiencia placentera y, según ha escrito Pedro Grases, en un auténtico acontecimiento literario. Haciendo a ratos un esfuerzo por no perder la paciencia, Faulkner se ve literalmente transportado por la euforia caraqueña de un lado al otro de la ciudad: ruedas de prensa, un almuerzo con el Presidente Betancourt en la residencia de Los Nuñez, un cóctel de la Asociación Norteamericana de Venezuela en el Country Club, homenajes florales al Libertador, una exposición sobre su obra en el Ateneo de Caracas, una representación de "Danzas Venezuela" en el Teatro Municipal y un concierto en su honor de la Orquesta Sinfónica Venezuela. Al recibir la órden de Bello, Faulkner tuvo el simpático gesto de leer un discurso de agradecimiento en español, sin destreza pero con sinceridad. Abrumado por tanta hospitalidad, Faulkner viaja a Maracaibo y de regreso a Caracas se marcha con un cuadro de Marcos Castillo y una cerámica de Tecla Tofano que le regala la Sociedad de Amigos del Museo de Bellas Artes y, por supuesto, con el busto del Quijote que adorna ahora la biblioteca de Rowan Oak, en Mississippi.
Al inquirir por el cuadro de Marcos Castillo, la
profesora-regente que sale a despedirnos nos explica que tal vez
se encuentre en la propia Universidad de Mississippi, junto a
la órden de Bello. Lamentablemente, ya es demasiado tarde
para ir a verlo. Al salir al porche, la luz no era ni solar ni
lunar y el olor del aire presagiaba lluvia. Ya era hora de desandar
el camino. |
|
[Editorial] [Contenido]
[Esta Semana] [English]
[Política Exterior] [Política
Interna] [Economía y Petróleo]
Copyright Venezuela Analitica |
|