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¿Hasta qué punto existe una relación coherente
entre el espacio creado artificialmente por el hombre y el hombre
que lo habita?
El espacio arquitectónico, conceptualmente, es estático
y permanente, mientras que la condición del hombre es evolutiva.
¿Será por esa razón que existen espacios tan
desagradables que no soportamos, otros de los que ni siquiera
notamos su existencia y algunos que nos producen un inmenso placer
sin saber por qué?
En muchas ocasiones yo he podido constatar que un espacio se transforma
en la medida de los acontecimientos que allí suceden. Ellos
pueden ser de una extrema sutilidad o de un gran impacto. Pero
lo más importante es el hecho de que allí sucedan
cosas en el tiempo y en el espacio.
Si conviertiéramos de una manera adecuada uno de los planos
limitantes de ese espacio arquitectónico estático
en una obra generadora de "acontecimientos visuales"
que evolucione o se transforme, es posible que se establezca otra
relación más eficaz o más coherente entre
hombre-espacio-habitat.
En los siglos pasados una sola persona, "el artista",
lo concebía y lo realizaba todo. El parcelamiento del conocimiento
que se ha establecido, nos ha llevado a que la acción de
artistas y de realizador se divida entre muchos personajes de
diversas profesiones y especialidades. Si en el equipo de arquitectos,
ingenieros, urbanistas y promotores existiera la convicción
de que el artista debe ser parte del equipo, llamarían
al más conveniente para cada solución. Lo que ocurre
actualmente es que eso no se plantea. cuando se decide hacer un
nuevo proyecto de edificio, fábrica, espacio urbano o ciudad,
se llama al ingeniero, al arquitecto, al paisajista, al calculista,
al geógrafo, al del aire acondicionado, pero no se les
pasa por la cabeza llamar al artista. Después, posiblemente,
a alguien se le ocurre decir: "Caramba, mira que espacio
tan bonito ha quedado aquí. Valdría la pena poner
una escultura. ¿Por qué no llamamos a tal artista?".
Y llaman al primero que les venga a la memoria sin que por eso
signifique que sea el más apropiado para ese lugar. Lo
lógico sería que, cuando se planifique algún
proyecto urbano o arquitectónico, el artista ya esté
incluido desde el principio en el equipo, como lo están
los demás profesionales.
El ambiente urbano podría degradarse aún más
si no se toma en cuenta las consideraciones que he expuesto antes.
No se pueden instalar obras sin antes hacer consideraciones del
lugar, del espacio, qué tipo de obra y qué nivel
de artista debe llamarse. Pero en esta decisión tiene gran
responsabilidad los promotores privados y el estado que son los
únicos que generan encargos a nivel urbano. Hacia ellos
habrá que dirigir la infomación que aquí
estamos generando y no sólo a los arquitectos y urbanistas.
Cruz Diez:
La ciudad como soporte a la obra artística
Pienso que una obra de arte integrada a la ciudad debe generar
un acontecimiento inédito en mutación permanente.
Una especie de fascinación y asombro, que provoque un hecho
íntimo de ruptura ante el "comportamiento automático"
que adoptamos al desplazarnos en el espacio urbano.
Ya las ciudades están hiper-saturadas de "información
standar", desprovistas de interés afectivo. Son lecturas
automáticas para desatar hechos mecánicos de comportamiento
colectivo, como detenerse ante un semáforo o atravesar
la calle por el paso rallado
La construcción de un lenguaje
Al egresar de la Escuela de Bellas Artes de Caracas, pensaba que
la tarea de un artista consista esencialmente en expresarse con
el fin de hacer una especie de gran crónica de ese mundo
desconocido y mágico que es América Latina. Esto,
también, como principio de afirmación ante la dependencia
cultural. El resultado de este razonamiento fue una pintura estéticamente
convencional y un equívoco entre el hecho político
y la intemporalidad de Arte.
En 1954 comencé la reflexión que, en principio,
emprende todo artista en un momento dado de su vida cuando comienzan
dudas sobre la validez y trascendencia de la pintura que uno viene
realizando.
En esta época logré estructurar una plataforma conceptual
que me ha permitido, hasta ahora, realizar mi trabajo basado en
un planteamiento no tradicional del color.
El estudio y la continua experimentación me fueron revelando
que, conceptualmente, el elemento color en la pintura no se había
modificado a través del tiempo como había sucedido
con el dibujo, el claroscuro, la perspectiva y la composición.
El mismo concepto se había mantenido desde la antigüaut;edad:
primero se dibujaba una forma y luego se coloreaba, como si el
color fuera algo que se agrega a la forma.
Sólo los impresionistas, los puntillistas, los fauvistas
y los expresionistas tomaron actitudes diferentes ante el fenómeno
cromático, mientras algunos constructivistas y el arte
abstracto insistieron nuevamente en relación "forma
color"
En base a este análisis emprendí una investigación
metódica sobre lo que a través del tiempo habían
hecho y escrito los artistas del color. Contacté además
el mundo de la física, la química, la fisiología
de la visión y la óptica. Busqué lo que los
filósofos y humanistas habían razonado sobre el
fenómeno de la percepción del color.
Todo esto, ayudado por el conocimiento que tenía de los
procesos de multiplicación de la imagen, fotografía
en color, de la fotomecánica y los diferentes sistemas
de impresión sobre papel.
Pude resumir que la percepción del color cromático
es algo inestable, que evoluciona constantemente, que está
sujeta a m_ltiples circunstacias, y que esta característica
nunca había sido puesta en juego por los artistas.
Los impresionistas, por ejemplo, no lograron superar la contradicción
que estaba en la base de sus experiencias.
Ellos aspiraban a ser más verídicos que los académicos,
reconstituyendo sobre el soporte estático de la tela lo
efímero de la luz; pero en el lapso de tiempo que transcurría
mientras observaban el modelo, preparan la mezcla de color en
la paleta y volvían a la tela, la situación y las
relaciones de color habían cambiado. Por eso su actitud
era así la misma que la de los académicos ante el
modelo; es decir, la reconstitución artificial en móvil
de una realidad cambiante.
Esta constatación y todas las experiencias anteriores sobre
el color, me ayudaron a idear un soporte que permitiera materializar
y poner en evidencia esa condición mutante del hecho cromático.
La solución que encontré al eterno binomio forma
color, fue la de fraccionar la forma, transformando el plano
coloreado en una sucesión de paralelas de color dispuestas
verticalmente, que llamé módulos de acontecimiento
cromático. Esta estructura me permitió materializar
la evidencia de que el color está haciéndose
constantemente, se está dando en el tiempo.
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