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Revista Electrónica Bilingüe       Nº 10    Diciembre 1996

Titular Economía y Petróleo
El Aporte del Sector Privado al Mejoramiento de la Sociedad
Carlos Armando Figueredo Planchart*

La sociedad venezolana de 1996 es producto de toda una serie de circunstancias políticas y económicas que han tenido vigencia en nuestro país durante los dos últimos tercios del siglo XX. La riqueza petrolera y la democracia que nos fue dada desde arriba como un regalo, y que no se impuso, como en el caso de los Estados Unidos como una exigencia irrenunciable de la propia base de la población, no pudieron crear esa sociedad mejor preconizada en los programas de casi todas las ideologías imperantes en lo que se ha dado por llamar la Civilización Occidental. Esa riqueza petrolera y esa democracia regalada nos han hecho vivir en la ilusión de que Venezuela era un país rico y democrático, con recursos ilimitados en manos de un Estado enmarcado dentro de un esquema constitucional de acentuado acento social, cuya obligación fundamental era redistribuir una riqueza que no fue creada sino que nos vino del cielo En los últimos sesenta años, se ha dicho, a Venezuela se le brindaron oportunidades excepcionales para lograr un desarrollo acelerado y sustentable Si no se logró fue, en opinión de algunos porque no supimos sembrar el petróleo, al parecer de otros porque no contamos con una dirigencia política suficientemente preparada y según otros por las más diversas causas que, a decir verdad y al igual de las dos primeras tienen el elemento común de querer establecer responsabilidades puntuales, olvidando que los problemas de las sociedades modernas no pueden analizarse ni atacarse sino bajo esquemas sistémicos muy rigurosos en un mundo en que todo está entrelazado.

¿A dónde nos han llevado esos esquemas providenciales de un estado paternalista? ¿Cuál es esa sociedad que tenemos en 1996? ¿Cómo podemos mejorarla?

La Sociedad Venezolana; la Crisis; Alcances y Consecuencias
Comencemos por decir que en estos tiempos de fin de siglo hay un punto de consenso entre todos los sectores de la sociedad venezolana: estamos viviendo la crisis más seria de los últimos sesenta años; en ello están de acuerdo sector público y privado, empresariado y sector laboral, gobierno y oposición y los estudiosos de los problemas políticos, económicos, sociales y culturales.

¿Cuáles son las características de esa crisis, hasta donde va a llegar y cuales están siendo y van a ser sus consecuencias?

La seguridad personal y social:
Hemos visto como el problema de la seguridad personal ha escapado al control del estado que ya no es capaz de garantizar la tranquilidad de las personas a lo largo del territorio nacional y en todas las clases que integran la sociedad. La delincuencia organizada, individual o asociada al tráfico y consumo de drogas, ejerce su acción aterradora sin que surjan esperanzas de freno y control. Los propios ciudadanos, organizados en asociaciones, se ven obligados a crear sus propios sistemas de protección en forma desesperada que nos hace recordar la historia del Lejano Oeste de los Estados Unidos.

La seguridad social que, en un estado moderno, debe ser un sistema esencial para una mejor calidad de vida de la población, garantizando la salud y el retiro honorable después de una larga vida de trabajo se ha caracterizado por una inversión gigantesca de recursos para obtener resultados que nos acercan a las naciones más pobres del mundo. ¿Qué posibilidad tiene el venezolano común de acceder a servicios de atención a la salud? ¿Qué le depara el futuro a quien llega a la edad de retiro?

El estado del derecho y el estado de derecho
Una de las manifestaciones más alarmantes del deterioro de las condiciones de vida en nuestro país durante el período democrático ha sido, sin duda alguna, la mala aplicación e incluso la falta de aplicación y pérdida de vigencia de las normas jurídicas. Hasta hace algunos años podía decirse que, en Venezuela estaba mal el estado del derecho porque cada día se ponía más de manifiesto una situación de anomia creciente en nuestra sociedad. Pero ese mal estado del derecho no estaba acompañado de una pérdida del estado de derecho. Hoy en día, el estado del derecho ha ido empeorando con una anomia insoportable, capaz de llevarnos a la anarquía total y, lo que es más grave, comenzamos a ver síntomas de desaparición del estado de derecho, cuando se desconocen los derechos humanos más elementales, cuando se violan normas constitucionales y hasta el propio órgano jurisdiccional a cuyo cargo está el control de la constitucionalidad incurre abiertamente en violaciones de esa naturaleza. Los intereses políticos llegan a tener más peso que las leyes y se adoptan decisiones que afectan la libertad individual, que desconocen el derecho al debido proceso

La inflación
En los últimos años del estado paternalista agotado, la inflación, ese mal frente al cual parecíamos estar inmunes, ha venido a impactar el proceso productivo, lanzándolo a una lucha desigual frente al alza exagerada y constante de todos los costos y precios. La inversión en el sector de la producción se ha hecho menos atractiva y un arreglo con el Fondo Monetario Internacional que incide favorablemente en el nivel macroeconómico, no es suficiente para mejorar la calidad de vida de los venezolanos. No hay forma de mejorar la remuneración del trabajo, de por si insuficiente, sin poner en riesgo el proceso productivo por el impacto de una legislación laboral concebida sin tomar en cuenta situaciones inflacionarias. Las carencia de medidas y/o las medidas artificiales que se quieren tomar para detener una inflación son hechos que contribuyen al empobrecimiento creciente de un pueblo que se ve cada día con menos oportunidades de adquirir los bienes y servicios más esenciales para alcanzar un estándar de bienestar dentro de los niveles más bajos de aceptabilidad.

Los ejes del desarrollo económico y social
En la lucha por un desarrollo económico y social que nos saque de eso que llamamos el Tercer Mundo, hay tres ejes fundamentales que, si se resquebrajan, ya no pueden contribuir al crecimiento y ellos son la salud, la educación y el empleo. La desintegración de esos ejes impide el desarrollo integral. Tristemente, los índices en esos tres sectores lejos de acercarnos al mundo del desarrollo nos colocan en condiciones muy semejantes a muchas naciones que, dentro de nuestra concepción de país petrolero y rico, considerábamos pobres y sin esperanzas. A pesar de que el gasto en infraestructura y servicios de salud y educación, en las últimas décadas del estado paternalista y de patrocinios, ha alcanzado en cifras porcentuales niveles que a veces superan los de muchos países del llamado Grupo de los Siete, la productividad ha sido ridículamente baja y los venezolanos no tenemos acceso a una salud ni a una educación adecuada. El desempleo, según cifras del Banco Mundial para mayo de 1994 está cercano al 16%; la pérdida de empleos en el sector industrial, según cifras de Conindustria, llega al 20%. Y estamos hablando de desempleo en sentido estricto, sin decir nada del subempleo.

El crecimiento poblacional
Si comparamos a Venezuela con algunos países hispanoamericanos que han alcanzado niveles de desarrollo similares, observamos que en éstos la carga demográfica es mucho mayor Sin embargo, el éxodo del campo hacia los principales centros urbanos de nuestro país, y el ingreso exagerado de inmigrantes indocumentados ha dado lugar a un crecimiento exagerado de la población en algunas ciudades, con el aumento consiguiente de la pobreza crítica y de la violencia que le es anexa

Ausencia del proyecto político social deseado
Para que puedan generarse opciones frente a un cambio de escenario en el cual el Estado ya no está en condiciones de proveer a todas las necesidades del pueblo y se muestra incapaz de crear riqueza sino que sigue siendo el gran consumidor de las rentas cada vez más insuficientes de un patrimonio sometido a merma constante, es absolutamente necesario que se generen opciones posibles para la reconstrucción del país. Ese proyecto político social no existe. Han surgido proposiciones puntuales, unas basadas en el interés político de no perder clientela, algunas en la desesperación de muchos por seguir obteniendo ganancias con poco esfuerzo, otras en la intención de mantener un status quo que remunera el ocio y no puede premiar la productividad. Pero un proyecto nacional que analice a fondo las causas estructurales y proponga los cambios profundos para que el desarrollo económico integral comience desde la base, con la creación de riqueza permanente, a pesar de que ha sido concebido por mentes lúcidas y ha sido asomado a todos los sectores de la sociedad, no ha encontrado consenso ni compromiso.

La Agenda Venezuela, tan pregonada general por el Gobierno, no puede considerarse un proyecto nacional, no es un producto del consenso general. Es, en cierto modo, un documento formal de apoyo al arreglo con el Fondo Monetario Internacional. De no ser por la labor asidua del ministro de planificación, Teodoro Petkoff, quien la defiende e intenta complementarla, la Agenda Venezuela no pasa de ser uno de tantos planes aprobados y nunca implementados.

La crisis de valores
De un tiempo para acá se ha hecho un lugar común, no sólo en nuestro país, sino también en todo el mundo, atribuirle a la llamada "corrupción" la causa de casi todos los males de la sociedad moderna. La palabra "corrupción", en el idioma español que es tan rico en vocablos pero que estamos empeñados en empobrecer, no es, a mi juicio, la más correcta para expresar el grave deterioro de lo valores éticos tan característico de nuestra época. En efecto, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española la corrupción es la acción y el efecto de corromper o corromperse. Corromper, a su vez, significa: 2. "Echar a perder, depravar, dañar, podrir -3. sobornar o cohechar al juez, o a cualquiera persona, con dádivas o de otra manera...". Corrupto, por su parte, el dañado, perverso, torcido. Como puede verse dentro de la idea de corrupción lo fundamental es la acción de un sujeto que corrompe, daña, pervierte a otro. Si nos atenemos a la anterior concepción tenemos que llegar a la conclusión de que es difícil atribuir responsabilidades concretas en todo acto de corrupción y resulta infantil querer fijar la culpa puntualmente, en personas individuales, en grupos o sectores de la sociedad. Si hay un acto de corrupción es porque hay agentes que corrompen y seres que se dejan corromper. Resulta, en consecuencia, en mi opinión, más correcto decir que la sociedad venezolana de hoy en día está infectada por un virus perverso resistente a los intentos de destruirlo y que está formado por la falta de probidad, honradez, honestidad y conciencia de nuestra realidad. Cuando hay ausencia de ideales definidos y el compromiso general de perseguir esos ideales se pierden los valores capaces de sustentar la vida pacífica y gratificante en sociedad. El novelista francés André Malraux dijo, no hace mucho, que el siglo XXI tenía que caracterizarse por un regreso a la vigencia de fuertes valores éticos ya que de lo contrario desaparecería la civilización occidental. Es cierto que en nuestro país han surgido intentos por recuperar esos valores perdidos pero, desgraciadamente y con frecuencia, muchos de quienes pregonan ese rescate ético no siempre están inmaculados, a pesar de que así puedan creerlo. El establecimiento de la verdad objetiva tiene que ser el punto de arranque para restaurar la vigencia de los valores éticos. ¡Basta ya de hipocresías!

La violencia social
Sin un proyecto político-social que genere, como dijimos antes, opciones posibles para la reconstrucción del país no es posible salir de una crisis que no obedece a ninguna coyuntura adversa sino que es consecuencia de una estructura del estado y la sociedad que tiene que modificarse radicalmente. Las medidas efectistas de corte eminentemente político que buscan satisfacer a una opinión pública desinformada surten a muy corto plazo efectos contrarios a los deseados. Las desilusiones ante las promesas incumplidas, la frustración creciente de no tener acceso a los bienes y servicios esenciales ya no podrán calmarse con esperanzas de cambio por la vía democrática, a través de las elecciones. La violencia social está tocando a nuestras puertas y puede irrumpir con toda su fuerza sin que haya posibilidad de detenerla sin pérdidas absurdas de vidas y bienes irremplazables. Sólo un proyecto nacional concebido y auspiciado por el sector privado, empresarial y laboral, y aceptado por un sector público que ya no puede apoyarse en el modelo agotado es capaz de evitar la irrupción de la violencia incontrolada.

En síntesis, podemos decir que la crisis de liderazgo, de valores éticos, personales, sociales, administrativos, gerenciales, ha incidido en la toma de decisiones que ha fragmentado a la sociedad venezolana. Sin rectificación, sin asumir compromisos y responsabilidades, sin visión de futuro, entraremos a formar parte del proceso de disolución de la familia y la comunidad general: !estamos expuestos a perecer!

La calidad de vida define el estilo de vida de una persona, de una familia, una comunidad y un pueblo. La dirección hacia la cual nos estamos moviendo descubre a la sociedad en su conjunto. La situación actual parece evidenciar una patología social y humana por parte de nuestros dirigentes, gobernantes, educadores, trabajadores, empresarios grandes y pequeños.

Nos acostumbramos al discurso de la mentira y la promesa que sólo favoreció a individuos aislados y grupos con intereses creados que van más allá de la ambición personal y con ello destruimos casi todos los recursos de todo orden. Hemos violentado postulados, compromisos y acciones para dar paso fundamentalmente a las ambiciones fortalecedoras del poder político y económico, con apoyo en el fraude, la traición, el incumplimiento, hasta lograr la desintegración del país y la pérdida de derechos humanos y sociales consagrados constitucionalmente. Nos enriquecimos con lo que pertenecía al pueblo, de hecho y de derecho y, siendo un país de un potencial casi ilimitado, lo hemos empobrecido en forma difícil de explicar.

Un ejemplo sórdido es lo que se está haciendo en el campo de la educación: Nuestro presupuesto en educación ha sido y sigue siendo el más alto en términos comparativos dentro de los países en vías de desarrollo. Un estudiante venezolano representa aproximadamente $ 800 en todos los niveles del sistema educativo; sin embargo, sólo el 47%O de los alumnos cumple el ciclo de 9 años de educación básica y, de él, sólo el 5% culmina el ciclo sin repetir cursos. La repitencia escolar agrava la crisis educativa por cuanto tiene un costo de $ 150 millones anuales, lo que equivale a un tercio del presupuesto para Educación Primaria asignado al Ministerio de Educación. El resumen de ese drama educativo altera en forma contundente todo el orden económico y social si consideramos que el desarrollo económico y social no puede lograrse al margen del desarrollo científico y cultural. En condiciones de tal pobreza educativa no se podrá responder a las exigencias que plantea el mundo moderno de la economía, el trabajo y el contexto de la globalidad visto como el escenario donde es necesario actuar decididamente para lograr la participación integral y autónoma como miembro de la comunidad mundial. Venezuela iniciará el camino del próximo siglo con una población adulta dependiente, pobre, ignorante, por cuanto más de la mitad de esa población adulta no contará con las destrezas básicas de lecto-escritura y de las cuatro operaciones fundamentales. Más de la mitad de los niños de hoy abandonará la escuela. Esos niños serán la población adulta del mañana, con carencia de la información y los conocimientos básicos para participar en el proceso de desarrollo económico, político y social y, de hecho, estarán al margen de la evolución que requieren y determinan los mercados mundiales. En su lugar habrá una población que actuará, entre otras formas, corno generadora de violencia social. La crisis de hoy será mañana la realidad cotidiana que podrá socavar las posibilidades futuras de alcanzar niveles óptimos de calidad de vida y desarrollo social integral.

El Aporte. Una Opción
Partimos de la siguiente premisa: está agotado el modelo que ha tenido vigencia en el último medio siglo, de un estado rico y poderoso solucionador generoso de problemas y de patrocinios variables. La nueva estructura de nuestro estado-nación debe basarse en un sector privado, formado por el empresariado y la fuerza laboral, que sepa asumir compromisos y sea capaz de crear riqueza. Para lograr éxito ya no vale decir "¿a quién conoces?" sino "¿qué conocimientos tienes?". El aporte fundamental del sector privado debe iniciarse ya, sin perder más tiempo, en impulsar ese proyecto político-social generador de opciones posibles para la reconstrucción el país. El sector privado ya no puede contentarse con apoyar y plegarse a las ofertas que periódicamente nos formulan los integrantes del sector político. Necesita su propio proyecto que no se fundamente en la búsqueda ni en la conservación del poder político.

Buena parte del aporte del sector privado al mejoramiento de la sociedad debe enmarcarse en su participación directa, contribuyendo en forma decisiva a asumir la educación como problema prioritario y como causa pública. Debe presentar su proyecto y sus estrategias para colaborar en la reconstrucción de la nación a partir de una nueva educación para una nueva sociedad.

Quienes tienen la mejor opción y las mejores condiciones deben participar, mediante compromisos directos, en el mejoramiento de toda la sociedad. Las élites deben reconocer que sólo podrán mantenerse en tanto reconozcan que las exigencias de la sociedad mundial se centrarán cada vez más en arte, ciencia y tecnología y no sobrevivirán si la educación es débil e inoperante. Institucionalmente, es decir dentro de un sistema democrático, la única estrategia para la renovación de Venezuela descansa fundamentalmente en el sector privado. Es imprescindible el aporte de personas conocedoras del mercado y del mundo tal como es. Dentro del sector privado, el papel del empresariado no se limita, según una concepción sistémica, sólo al aporte del capital que, unido a otros factores culmina en la producción. En los albores del Siglo XXI ya no cabe el esquema simplista de una producción basada en factores bien definidos como capital, trabajo y recursos naturales. En las sociedades modernas, en un mundo donde ya no es posible concebir esquemas de organización estatal basados, en forma maniqueista, en ideologías socialistas o capitalistas. Esos factores que analizaban los economistas del siglo XIX y XX ya no pueden considerarse en la misma forma, porque la propia evolución tecnológica, científica y de la información ya no lo permite. El empresario ya no aporta el capital únicamente en espera de un rendimiento de la inversión. Añade la contribución --con frecuencia tan o más importante que el recurso financiero-- de sus conocimientos, de la organización, de la metodología, la técnica, la tecnología. Esa contribución es trabajo más que capital. Por su parte, el sector laboral ya no se limita a prestar sus servicios a cambio de una remuneración -llámese salario, sueldo o compensación; participa igualmente en la propiedad de la empresa, ya sea mediante inversión directa o a través de muy diversos esquemas. Un ejemplo claro de esa participación lo tenemos en los procesos de privatización de empresas públicas, en los cuales los trabajadores se convierten en tenedores de importantes porciones del capital social. El trabajador tiene una función mucho más compleja en el proceso productivo. Ya comienzan a evidenciarse esquemas distintos en cuanto a los recursos naturales. ¿A quién pertenecen realmente? ¿Al Estado? ¿A los particulares? Hay otros factores que inciden en el uso de los recursos: su importancia para el equilibrio de la naturaleza los somete al interés y al control de toda la humanidad. ¿Pueden acaso explotarse libremente las selvas amazónicas, los bosques de las zonas templadas, las grandes reservas acuíferas, sin tomar en cuenta el impacto ecológico que es de interés universal?

Entre los aportes más importantes del sector privado al mejoramiento de la sociedad debe figurar su preocupación constante y decidida por el medio social. Es necesario defenderlo, fomentando a la vez el desarrollo de todo el potencial humano. El empresariado moderno tendrá en consecuencia una participación efectiva y transcendente en la reconstrucción de una sociedad que corremos el riesgo de perder si no se rectifica.

El aporte del sector privado al mejoramiento de la sociedad es, fundamentalmente, el compromiso que debe asumir en su eje empresarial y laboral, de forzar la adopción de un proyecto económico y social que nos saque de la crisis estructural que vivimos. Es hora ya de que el sector privado acepte el reto de crear riqueza generadora de empleo, crecimiento y mejor calidad de vida. Crear riqueza es más importante que hacerse rico aprovechando las oportunidades que brinda una concepción del estado que ya no tiene vigencia.

La tarea que asuma el sector privado para dar nacimiento a la nueva sociedad debe empezar por el compromiso de auspiciar, con todo el potencial que puede tener un grupo comprometido, la adopción de un sistema educativo capaz de brindarle al pueblo la posibilidad de competir en un mundo en que valen mucho más los conocimientos que los patrocinios. Hay que convencerse de que existe la capacidad de aceptar el relevo. El estado, como poder público, ya no puede controlar ni dirigir la economía. Las medidas políticas, dentro de la globalidad, no pueden dominar las fuerzas del mercado. No hay razón para que el sector público y privado no se pongan de acuerdo en eso. Debe cesar el vaivén de enfrentarse o acomodarse. La sociedad será mejor en la medida en que el sector privado, como sociedad civil, realice todo su potencial.


* Abogado

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