Revista Electrónica Bilingüe Nº 10 Diciembre 1996 |
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Buhoneros ¿Problema, Solución o Todo lo Contrario? Eva Josko de Guerón* Casi a diario, la prensa reseña enfrentamientos entre las autoridades municipales y los buhoneros. No se trata de una novedad, peculiar a un gobierno u otro. Recurrentemente, y sobre todo cuando se aproxima la época navideña, las gobernaciones y ahora las alcaldías, por iniciativa propia o a instancia de los que se sienten especialmente perjudicados por la actividad, han anunciado la intención de regular, controlar o eliminar el comercio informal que atiborra los bulevares, las plazas, las aceras y a menudo las calles de ciudad, obstaculiza el tránsito peatonal y automotor y, en algunas zonas, martiriza a los vecinos y estorba el acceso de los clientes a los establecimientos del comercio formal (que sin embargo también contratan sus propios buhoneros), crea una sensación de caos incontrolable y deja tras de sí una amplia estela de basura. Una y otra vez, los intentos de limitar y ordenar la buhonería han fracasado total o parcialmente. A la necesidad de los que habitualmente viven de esta actividad se une el hábito y las exigencias de los buhoneros decembrinos de diversa procedencia y extracción social, incluyendo los amigos políticos y los empleados de la administración pública, deseosos de complementar sus exiguos sueldos. Los contingentes de comerciantes informales estacionarios, organizados y, a veces, permisados, se ven rodeados por enjambres de buhoneros sin permiso y "manteleros", así como por los amigos de lo ajeno y los desgarradores, pero a menudo peligrosos, niños "huelepega". No es infrecuente que las fuerzas de orden público pongan de su parte, colocando a sus vendedores y tolerando aquellos que acceden a la "matraca", lo cual da lugar a un ballet ritual que se repite varias veces al día: cuando pasa la policía, los buhoneros de "cuatro esquinas" recogen su manteles y se desplazan unos metros para luego regresar al mismo sitio y volver a desplegar su mercancía. Estas conocidas escenas parecen haber cambiado este año en algunas zonas del Municipio Libertador. A pesar de protestas, tomas y escaramuzas que a veces escalan en batallas campales y gracias a algunas negociaciones y una nutrida y, a veces, represiva vigilancia policial los buhoneros (casi) desaparecieron del Bulevar de Sabana Grande y el comercio informal en el Casco Central está siendo reducido a un número limitado de artesanos y vendedores, ordenados y uniformados, de perros calientes, helados, dulces criollos, chicha, jugo de naranja y periódicos. La política de la Alcaldía cuenta con el apoyo unánime del comercio formal y las asociaciones de vecinos y con el beneplácito de muchos, quizás la mayoría, de los transeúntes. Confieso que para mí también resulta un placer pasear por esos lugares ahora y ni siquiera quiero recordar la sensación de zozobra que estremeció mi alma pequeño burguesa en Sabana Grande el año pasado. Ello, sin embargo, no me exime de expresar algunas dudas. En primer lugar cabe preguntar ¿cuánto podrá durar esta solución? Pensando en los días venideros, hay quienes dudan que se podrá aguantar la presión de los buhoneros todo el mes. Algunos de los comerciantes informales desalojados (y algunos netamente decembrinos) han sido provisional y tardíamente ubicados en terrenos cercanos al bulevar y al centro; si no llegan a "hacer el punto" y, por ende, no logran las ventas esperadas, será difícil que se queden, especialmente en la medida en que reaparecen buhoneros espontáneos en lugares más ventajosos. Luego, aunque una adecuada vigilancia, que será reforzada, según la prensa, a través de los aportes de los comerciantes de Sabana Grande, pueda contener la presión navideña, enero presentará un nuevo reto, pues los permisos vencen el 31 de diciembre. Si bien desaparecerán los buhoneros temporadistas (por lo menos hasta Carnaval), permanecerá y se agudizará el problema de los comerciantes informales estables y organizados que seguramente querrán permanecer en los puestos que ocupan o, junto con los que no consiguieron un lugar en los espacios provisionales (pues al igual que no son todos los que actualmente están, no están todos los que son), buscarán la reubicación, vía cesión, comodato, alquiler o cualquier otro arreglo, en lugares comparables o por lo menos rentables. De lo contrario, seguramente intentarán regresar a las calles. En segundo lugar, es preciso preguntar si se puede generalizar esta solución a otras partes del Área Metropolitana de Caracas, pues es evidente que el comercio informal no se circunscribe a Sabana Grande y al Casco Central, ni tampoco al Municipio Libertador. La Alcaldía de Libertador ha manifestado la intención de extender la política Sabana Grande/Casco Central a otras zonas del municipio y eliminar los mercados callejeros, aunque promete la reubicación. Por su parte, el vecino Alcalde anuncia que "aspira a limpiar las calles del Municipio Sucre de comerciantes sin locales"; las autoridades están intentando hacer valer "la prohibición absoluta del comercio informal en toda la jurisdicción del Municipio Sucre" y señalan que no se "tiene previsto reubicarlos, porque no hay espacios importantes como en el Municipio Libertador." Resulta difícil creer que tales medidas, apoyadas únicamente en la represión, solucionarán el problema de los buhoneros y los conflictos que suscitan. Ello es así porque, al margen de oportunismo político que pueda estimular los enfrentamientos, el comercio informal, visto desde otra perspectiva, es también una solución. Es una "solución-aguinaldo" para los trabajadores del sector público o privado (por no nombrar los hijos de familias acomodadas) que intentan complementar su ingreso, cada vez más reducido en términos reales, mediante una breve y relativamente fácil incursión en la buhonería. Y es, de forma parecida, una solución menos pasajera ¿una pasantía? para obreros, empleados, técnicos e inclusive profesionales cuyos sueldos y salarios en el sector formal no alcanzan para cubrir sus necesidades mientras éstos se mantienen artificialmente deprimidos por múltiples razones, incluyendo el aparentemente interminable debate sobre las prestaciones. Es, asimismo, una solución para un número creciente de personas que han quedado cesantes a raíz de las políticas de ajuste y de la reestructuración de la administración pública, personas que, de otra manera, estarían engrosando las filas de los desempleados. Pero también es una solución de vida para los comerciantes informales estables para los cuales la actividad que han ejercido durante años, y a veces décadas, es su profesión la única para la cual están capacitados y gracias a la cual logran subsistir y mantener y educar sus familias. De allí que se puede argumentar que, en realidad, el comercio informal ese mismo que las autoridades públicas y los medios de comunicación suelen presentar como un problema de estética y seguridad a ser erradicado ofrece soluciones a los problemas que ni los gobiernos, nacionales y locales, ni la economía formal han sido capaces de enfrentar con éxito en el pasado y que, pese a los pronósticos optimistas para los próximos meses, podrán volver a agravarse en Venezuela en el futuro. No cabe la menor duda que los demás ciudadanos los vecinos, los transeúntes, el comercio formal tienen el derecho de disfrutar de comunidades, plazas y bulevares agradables, transitables, limpios y seguros. Sin embargo, si el comercio informal es problema y solución a la vez, los intentos de resolver los problemas que presenta no pueden reducirse a anuncios denigrantes de decisiones de "limpiar" las calles de los buhoneros ni a medidas represivas. Es preciso idear y concertar opciones y alternativas creativas, ajustadas a las distintas realidades urbanas, y a la vez atacar los problemas municipales y nacionales que el comercio informal, a su manera, intenta resolver. *Politóloga |
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