Revista Electrónica Bilingüe Nº 10 Diciembre 1996 |
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¿A qué juega Aznar?
Adán Ramírez Casas Publicado con autorización de El Tiempo de Bogotá Se salió con la suya -por ahora- el nada simpático señor Aznar, jefe del gobierno español, en su inexplicable intento de causarle daño al pueblo cubano. En efecto, logró que la Unión Europea acogiera la proposición presentada por España -inspirada, naturalmente, por Aznar- en el sentido de instar al gobierno del presidente Fidel Castro "a que permita una transición democrática en la isla" y condicionar así la futura cooperación económica de la UE con la patria de Martí. Es lamentable, por decir lo menos, que haya sido precisamente España (más propiamente su actual gobierno) la que se pusiera a la cabeza de esta postura de los dirigentes europeos en relación con la ayuda que está necesitando con urgencia el país antillano. Porque, al contrario de los gobiernos inmediatamente anteriores, incluyendo la nefanda dictadura franquista, este de Aznar se ha dedicado desde sus comienzos a buscar la forma de motivar cualquier movimiento que tienda a traer consecuencias funestas para los cubanos. No le han bastado al jefe del PP los denuestos que de manera repetida ha lanzado contra Castro, ni la orden que le impartió a su nuevo embajador en La Habana, José Coderch, de dar declaraciones impertinentes (pero con claros objetivos de provocación) al importante diario madrileño ABC, en las cuales anunciaba -sin siquiera haber comenzado su gestión- que "su embajada estaría abierta al diálogo con la oposición anticastrista y apoyaría un proceso de democratización de la isla", sino que se empeñó tercamente en conseguir que la UE se pronunciara en los términos ya conocidos, en una evidente injerencia en los asuntos internos de la nación cubana. Pero es que este asunto no concierne solamente a Cuba. Lo sentimos en carne propia todos los latinoamericanos. Porque esta forma de proceder del actual gobierno de España (¿qué se fizo la "madre patria"?) tiene todos los visos de querer congraciarse a fondo con el intervencionismo yanqui que, ya se sabe de sobra, pretende -a costa de lo que fuere- imponer su absoluto dominio sobre nuestros pueblos. ¿Con qué oscuros propósitos o bajo qué execrables influencias actúa Aznar? ¿Busca, acaso, tratar de contrarrestar la permanente presencia de Felipe González en el recuerdo de estos países que consideran al dirigente del PSOE como a un verdadero amigo? ¿O es, simplemente, la arrogancia de un gobernante que aspira a tener protagonismo internacional, no precisamente por sus calidades de estadista -y que me perdonen sus simpatizantes de aquí y de allá-, sino por sus destempladas actitudes (con nosotros también las ha tenido) en desmedro de las buenas relaciones que todos ambicionamos que mantenga España con los pueblos hispanoparlantes? ¿Y qué dirá de todo este "rollo" el señor Fraga -mentor y jefe político de Aznar- tan amigo de Fidel, nacido él en Cuba (en Pinar del Río), hijo de padres gallegos como Castro y observador acucioso de cuanto sucede en la isla? Pero el señor Aznar no va a poder cantar victoria, al final de cuentas. Ni logrará tumbar a Castro -si es esto lo que se propone-, ni se cumplirá su deseo de que la UE se decida, de manera total y definitiva, a suspender la cooperación económica que requieren, ahora más que nunca, los cubanos. No faltaba más sino que un dirigente que no posee la preeminencia que es de esperarse en un gobernante de la España entrañable que aquí queremos y admiramos, consiguiera apabullar a uno de los pueblos más respetables de nuestra América. El Tiempo, martes 17 de diciembre de 1996 |
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