Revista Electrónica Bilingüe Nº 10 Diciembre 1996 |
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Gustavo Roosen Si el año 1996 fuese una persona, tendría la sensación de que lo están empujando para que termine de irse. El bienvenido, el querido, el mimado, es el 97, del que tantos esperan tanto. Su desgracia, sin embargo, es estar tan cerca del 98. No faltará quien trate de acelerarlo. Quien lo haga, posiblemente no esté pensando en lo que trae de empeño el 97, sino en lo que promete de cambio el 98. En medio de los dos, del que termina --difícil, doloroso-- y del que vendrá después --el electoral 98-- 1997 corre el riesgo de ser visto como un año de paso. El país, sin embargo, no puede cometer ese error. Hacerlo sería perder el momento, la oportunidad de construir, con la conciencia aún fresca de las dificultades, acicateado todavía por la crisis. Sería dejar para nunca una tarea que es sólo y exclusivamente de esta hora. Frente a la posibilidad de un año vacío, es preciso plantearse los retos con cuyo cumplimiento se convierta en un año pleno de realizaciones. El haber o el debe del 98 quedarán, en buena medida, determinados en el 97. Quienes apuestan a que 1997 pase fugaz para que llegue el 98 ponen en riesgo el propio 98. La celebración democrática del 98 necesita de la eficiencia del 97. Los obsesionados por el 98 harían bien en recordarlo. Si la oposición no puede pensar en el 97 como un año destinado simplemente a transcurrir para acercar la oportunidad eleccionista, menos aún le está permitido al gobierno plantearse esa tentación. Contentarse con llevar la cuenta regresiva de los días sería una concesión al derrotismo. Lejos de abandonarse a un proceso inercial, a tono con cierto clima de indiferencia de la sociedad, le corresponde alentar la confianza y el sentido positivo del trabajo, dando fehacientes demostraciones de claridad en los objetivos y de voluntad política de alcanzarlos. Pasar, sobrevivir, no es gobernar. La historia suele juzgar por lo vivido, no por el tiempo transcurrido. Le corresponde al gobierno revertir ese inevitable fenómeno que se produce cuando comienza el declive. No puede verse el 97 como el comienzo de la bajada sino, precisamente, como el tramo exigente que falta para completar programas, para iniciarlos en muchos casos, para marcar el rumbo del futuro. Con la conciencia de que queda menos tiempo para hacer. Sólo los perdedores reducen el paso cuando se acercan a la meta. Los ganadores lo aceleran. Entre las tareas de 1997 están problemas tan serios, todavía sin resolver, como la reforma del Poder Judicial. Temas tan difíciles como el de las prestaciones y el de un verdadero sistema de seguridad social. Asuntos cuya discusión ha llevado tanto tiempo, pero cuya aplicación exigirá todavía muchísimo más. En esfuerzo. En constancia. En capacidad de diálogo. En eficiencia. En honestidad. En la agenda del 97 quedan todavía, con retraso, pero con esperanza, asuntos claves como el de la privatización, la aprobación de leyes para el desarrollo petroquímico, la definición de políticas para el crecimiento del sector agrícola, para la inserción efectiva en el competido mundo del comercio exterior. El equilibrio macroeconómico y el equilibrio social --inestables, cambiantes, sujetos a tantas fuerzas y a tantos riesgos-- son, además, tarea permanente. Ocuparse de ella es la única manera de sentar las bases de un crecimiento estable. Hacerlo puede significar, además, ganar unas elecciones. La agenda electoral será determinada por lo que el gobierno haga o deje de hacer. Por lo que los gobiernos locales, las gobernaciones, las alcaldías, sean capaces de hacer. En el 97, no después. Ojalá en 1997 podamos ocuparnos en profundidad --y en este punto los medios de comunicación tienen una gran responsabilidad-- de los grandes temas nacionales: de la educación, de la cultura, de la economía, de los servicios, de la seguridad, de la calidad de la vida, de la infraestructura industrial. Si esos son los temas, el país tiene futuro. Si se reducen a los nombres, a las contiendas de popularidad, al espectáculo, entonces el 97 será el año perdido al que aspiran quienes, apresuradamente, quisieran entrar ya en la vocinglería electoral, jugando, además, al fracaso del otro. Es cierto que las elecciones forman parte esencial de la vida en democracia. Constituyen el gran momento para la expresión de la voluntad popular. El país no puede, sin embargo, vivir para las elecciones. Sometido al imperio del cortoplacismo que acelera o paraliza proyectos o programas en función exclusiva de los votos. Preso de una dirigencia que piensa más en el efectismo del último año que en la permanencia del trabajo planificado; de un tipo de liderazgo, felizmente puesto ahora en entredicho, que se alimenta en tiempos electorales. La participación ciudadana, campo en el que nacen y florecen los liderazgos sólidos y verdaderos, no puede ser dañada por un clima de conflictividad de los partidos políticos o de las individualidades interesadas en adelantar el año electoral. Este es el punto en el que los partidos deben probar su madurez. Es de esperar que también la madurez democrática de la población se pruebe en el reconocimiento de los verdaderos líderes, los que son capaces de animar y de hacer, no sólo de embochinchar, los que pueden presentar resultados, no sólo declaraciones. Las candidaturas prematuras terminarían distrayendo al país de lo importante. 1997 tiene 365 días para sus múltiples importantes y no postergables tareas. La contienda electoral no debería ocupar ni uno solo de esos días. El país agradecería al sector político dejar a cada tiempo su propia preocupación. Para el 97 importan más las acciones para crecer como país que los nombres de los candidatos. No podemos adelantarnos al 98, pero sobre todo no podemos perder el 97, que bastante tarea tiene para sí. No podemos darnos el lujo de plantearnos un año inútil. 1997 no es la víspera de la fiesta electoral. Es un año para el trabajo. Hay razones para pensar en él como un año prometedor. Un año bueno. Y hay razones para esperar que así será. El Nacional On Line |
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