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Revista Electrónica Bilingüe       Nº 10    Diciembre 1996

Esta semana
"Shock petrolero, gobernabilidad y democracia"
Maxim Ross

Para cerrar el año parece importante dejar una inquietud sobre la manera en que hemos manejado los recursos petroleros. No tanto en relación con la repetida frase de que los hemos malgastado todos, o no supimos "sembrar el petróleo". Más bien en relación con una incuestionable secuencia que se sale del campo de la pura economía y toca la sensibilidad y la existencia de nuestra sociedad como tal. Soy de la opinión que debajo de las tantas explicaciones que hemos buscado acerca del porqué la economía venezolana entró en tan franco deterioro, tiene que ver con nuestra incapacidad en entender la conexión que existe entre los tres asuntos del título. Estoy convencido que pasado y futuro se han definido y se definirán por la forma en que enfocamos los distintos "shocks petroleros" que han afectado nuestra economía.

"Shocks positivos y negativos"
Es comúnmente aceptable que una economía que depende, principalmente, de la exportación de un solo producto se comporta de manera inestable y volátil. Sé que no estoy diciendo nada muy nuevo y tampoco estoy descubriendo la pólvora en un país acostumbrado a alzas y bajas de sus ingresos petroleros, pero no de cualquier índole o magnitud, sino de cambios importantes, impredecibles muchas veces, que dan origen al concepto de un "shock". De un efecto traumático sobre la vida social, política y económica de un país. Desde los años cincuenta para acá, al menos desde que registramos mejor las cuentas nacionales, ha sido característico observar cómo ésta es una economía de vacas gordas y flacas sucesivas. En los finales de los cincuenta el tremendo déficit fiscal de la dictadura fue producto de una reducción de precios e ingresos que puso a temblar al nuevo ideal nacional. Luego con el primer gobierno democrático, aquellos años terribles de "ajuste fiscal", control de cambio y devaluaciones sucesivas, hasta llegar al famoso 4,30, fueron producto de fuertes y mantenidas reducciones en los precios del crudo. "Shocks negativos" que dieron al traste con Pérez Jiménez, para los que se han olvidado de aquello.

Flojedad y deterioro económico, aunque leve y poco sensible, el que afecta la economía de finales de los sesenta, la del primer Caldera y que nos hace buscar, por primera vez hacia afuera. Tarea que no culmina por el sobresalto, las buenas noticias de un brusco aumento de precios, de cerca de dos dólares a doce. "Shock positivo" que produce la Gran Venezuela y que nos desarrolla la imaginación para ser, en menos de cinco años, un país del Primer Mundo. Conciencia colectiva de poder ser, apenas a días o semanas de estar medrando de necesidad y de apretarnos el cinturón. Cambio de 180o que explica demasiado por qué nos ha ido tan mal después.

Entre Herrera, Lusinchi, Pérez y, veremos ahora, Caldera, no hubo gran diferencia respecto de este punto porque a todos los sorprendió su "shock" sin que mostraran la más mínima capacidad de control y manejo de la situación. Quizás los casos más patéticos sean los de los dos primeros porque, en su caso, en un mismo período, sufren los dos males y de euforias "positivas" pasaron, sin solución de continuidad a la frustración y la necesidad. Imposible manejar un país así.

En el caso del segundo gobierno del presidente Pérez se produce lo mismo y nadie debe olvidar la euforia del noventa y dos. Con todo y golpe de Estado. Veremos ahora, qué hacen quienes nos gobiernan con los excedentes.

Gobernabilidad
Se imaginan ustedes la incongruencia de vivir de año bueno en año malo. No hay familia, empresa, cooperativa o nación que resista este embate sin poner en peligro el manejo mismo de la situación. Su gobernabilidad. Apenas comienza una época buena, padre y madre dan los pasos para adquirir aquello que tanto añoraron por años. De los malos. Asumen obligaciones, se endeudan, las expectativas son tan positivas que el cálculo de riesgo disminuye y se dan decisiones atrevidas. ¿Por qué no la casa ahora y... quizás el rústico soñado? Tomar una hipoteca a 20 años, con los intereses ¡tan bajos! Igual que Carlos Andrés en su primer gobierno, para después, en apenas días, semanas, encontrarse con las arcas vacías del Tesoro Público y no poder pagar. Inicio de una debacle colectiva que todavía pagamos. Ingobernable es la palabra que cabe para identificar este caso de país. Imposible o contracorriente crear congruencia, coherencia, continuidad, si no evitamos que esos "shocks" dominen a gobiernos, presidentes, empresas y colectividad. Gobernabilidad y "shock petrolero" van de la mano. Gobernabilidad y democracia también.

Democracia
Partiendo de lo contrario: si Pérez Jiménez hubiera sido tan inteligente como dicen ahora no debió permitir que lo tomara el petróleo de sorpresa. Trató, pero no pudo. Siguiendo la huella de Betancourt, para hacernos menos vulnerables, desarrolló el Caroní, la siderurgia y la petroquímica, pero su dictadura, su gobierno, se vino al traste, como dije, con apenas un envión negativo de los precios. Sin dinero para financiar obras y monumentos, su "democracia" se desmoronó. No cabe duda de la dosis de ingobernabilidad que produce este primer gran "shock petrolero". En el caso del gobierno de Betancourt la prueba es más evidente porque, arrastrando las deudas anteriores, en plena debilidad del mercado, sostener la naciente democracia fue una obra maestra. Se necesitaba no un Punto Fijo, sino dos, para evitar el regreso a la dictadura. Gobernar aquel país requería de un severo ajuste que conmueve ingresos, salarios y prosperidad. "Shocks negativos" y peligro antidemocrático se explican uno al otro, gracias a esa inmensa facultad que hemos desarrollado los venezolanos de no saber vivir sino de una sola cosa. El petróleo. Lo más interesante es que los positivos son igualmente peligrosos porque, como se veía anteriormente, generan esa sensación eufórica que termina en una frustración más promesas, parques industriales, desarrollos agrícolas con bajas tasas de interés, financiamiento imperecedero para su casa o su industria, viviendas, 100.000 por año, llevar la siderurgia de la mitad al triple. ¿Cómo no entusiasmarse cuando se tiene dinero? De sobras. ¿Cómo evitar que la colectividad, los políticos, los sindicatos, los industriales y agricultores no se lancen sobre ese manjar de reservas de ingresos extraordinarios, si hace poco, apenas semanas, no "había" para comer, vivir o viajar? Y allí el peligro. El salto de lo ingobernable a la ruptura es tan fácil como el anterior. Antes porque no existían recursos para compensar a todos su sacrificio. Ahora porque las expectativas son tan grandes que, apenas un resbalón, un sesgo en pro de éste o aquél, una noticia de corruptela, nace un sentimiento de inequidad ¡con tanto dinero!, que ¿a dónde va? produce la reacción de un Chávez o cualquier otro. La injusticia es percibida en las dos situaciones y no hay gobierno que pueda darle sentido a lo que se quiere hacer... a menos que aprendamos la lección.

1988-1998
Comparo esto años para llamar la atención de lo que puede ser un peligro para un país atiborrado de dinero. Si la botija está llena hay que gastarla, diría un olvidado político. 1997 y 1998 van a ser años buenos, pero pueden ser suficientemente buenos o podemos aprovechar la experiencia para evitarle a los venezolanos la euforia del ochenta y ocho y el traumático ochenta y nueve. Es decir, un eufórico noventa y ocho puede anteceder a un catastrófico o un saneado noventa y nueve. Y éste no es un discurso económico. Es un mensaje para nuestros más altos dirigentes políticos. Para el presidente Caldera, para el secretario general de Accion Democrática, para Copei, el MAS y La Causa R. También para los precandidatos. Porque dos escenarios pueden ocurrir en el noventa y nueve. Uno, en el que el presidente Caldera entrega el mando en un ambiente parecido al del último Lusinchi, pero... nos comimos las reservas y... otra vez ajuste con este pobre pueblo. El otro, que me imagino deseará quien vaya a dirigir este país en el noventa y nueve, en el que el presidente Caldera entrega el mando con un cheque en la mano, digamos de unos US$5.000 millones, resultado del ahorro y la austeridad, de sanear las deudas, las cuentas fiscales y lo da, emocionado, al que lo sucede, quien, por primera vez, en los últimos 30 años, en lugar de llamar al FMI, de otro programa de ajuste, de devaluar por enésima vez, se dedica, desde el principio, a reconstruir la educación, la industria, la agricultura, las carreteras, los hospitales, etcétera. ¿Será posible tanta utopía?

¡Feliz Navidad, estimados y consecuentes lectores!


El Universal, viernes 13 de diciembre, 1996

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