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"Shock petrolero, gobernabilidad y democracia"
Maxim Ross
Para cerrar el año parece importante dejar una inquietud
sobre la manera en que hemos manejado los recursos petroleros.
No tanto en relación con la repetida frase de que los hemos
malgastado todos, o no supimos "sembrar el petróleo".
Más bien en relación con una incuestionable secuencia
que se sale del campo de la pura economía y toca la sensibilidad
y la existencia de nuestra sociedad como tal. Soy de la opinión
que debajo de las tantas explicaciones que hemos buscado acerca
del porqué la economía venezolana entró en
tan franco deterioro, tiene que ver con nuestra incapacidad en
entender la conexión que existe entre los tres asuntos
del título. Estoy convencido que pasado y futuro se han
definido y se definirán por la forma en que enfocamos los
distintos "shocks petroleros" que han afectado nuestra
economía.
"Shocks positivos y negativos"
Es comúnmente aceptable que una economía que
depende, principalmente, de la exportación de un solo producto
se comporta de manera inestable y volátil. Sé que
no estoy diciendo nada muy nuevo y tampoco estoy descubriendo
la pólvora en un país acostumbrado a alzas y bajas
de sus ingresos petroleros, pero no de cualquier índole
o magnitud, sino de cambios importantes, impredecibles muchas
veces, que dan origen al concepto de un "shock". De
un efecto traumático sobre la vida social, política
y económica de un país. Desde los años cincuenta
para acá, al menos desde que registramos mejor las cuentas
nacionales, ha sido característico observar cómo
ésta es una economía de vacas gordas y flacas sucesivas.
En los finales de los cincuenta el tremendo déficit fiscal
de la dictadura fue producto de una reducción de precios
e ingresos que puso a temblar al nuevo ideal nacional. Luego con
el primer gobierno democrático, aquellos años terribles
de "ajuste fiscal", control de cambio y devaluaciones
sucesivas, hasta llegar al famoso 4,30, fueron producto de fuertes
y mantenidas reducciones en los precios del crudo. "Shocks
negativos" que dieron al traste con Pérez Jiménez,
para los que se han olvidado de aquello.
Flojedad y deterioro económico, aunque leve y poco sensible,
el que afecta la economía de finales de los sesenta, la
del primer Caldera y que nos hace buscar, por primera vez hacia
afuera. Tarea que no culmina por el sobresalto, las buenas noticias
de un brusco aumento de precios, de cerca de dos dólares
a doce. "Shock positivo" que produce la Gran Venezuela
y que nos desarrolla la imaginación para ser, en menos
de cinco años, un país del Primer Mundo. Conciencia
colectiva de poder ser, apenas a días o semanas de estar
medrando de necesidad y de apretarnos el cinturón. Cambio
de 180o que explica demasiado por qué nos ha ido tan mal
después.
Entre Herrera, Lusinchi, Pérez y, veremos ahora, Caldera,
no hubo gran diferencia respecto de este punto porque a todos
los sorprendió su "shock" sin que mostraran la
más mínima capacidad de control y manejo de la situación.
Quizás los casos más patéticos sean los de
los dos primeros porque, en su caso, en un mismo período,
sufren los dos males y de euforias "positivas" pasaron,
sin solución de continuidad a la frustración y la
necesidad. Imposible manejar un país así.
En el caso del segundo gobierno del presidente Pérez se
produce lo mismo y nadie debe olvidar la euforia del noventa y
dos. Con todo y golpe de Estado. Veremos ahora, qué hacen
quienes nos gobiernan con los excedentes.
Gobernabilidad
Se imaginan ustedes la incongruencia de vivir de año
bueno en año malo. No hay familia, empresa, cooperativa
o nación que resista este embate sin poner en peligro el
manejo mismo de la situación. Su gobernabilidad. Apenas
comienza una época buena, padre y madre dan los pasos para
adquirir aquello que tanto añoraron por años. De
los malos. Asumen obligaciones, se endeudan, las expectativas
son tan positivas que el cálculo de riesgo disminuye y
se dan decisiones atrevidas. ¿Por qué no la casa ahora
y... quizás el rústico soñado? Tomar una
hipoteca a 20 años, con los intereses ¡tan bajos!
Igual que Carlos Andrés en su primer gobierno, para después,
en apenas días, semanas, encontrarse con las arcas vacías
del Tesoro Público y no poder pagar. Inicio de una debacle
colectiva que todavía pagamos. Ingobernable es la palabra
que cabe para identificar este caso de país. Imposible
o contracorriente crear congruencia, coherencia, continuidad,
si no evitamos que esos "shocks" dominen a gobiernos,
presidentes, empresas y colectividad. Gobernabilidad y "shock
petrolero" van de la mano. Gobernabilidad y democracia también.
Democracia
Partiendo de lo contrario: si Pérez Jiménez
hubiera sido tan inteligente como dicen ahora no debió
permitir que lo tomara el petróleo de sorpresa. Trató,
pero no pudo. Siguiendo la huella de Betancourt, para hacernos
menos vulnerables, desarrolló el Caroní, la siderurgia
y la petroquímica, pero su dictadura, su gobierno, se vino
al traste, como dije, con apenas un envión negativo de
los precios. Sin dinero para financiar obras y monumentos, su
"democracia" se desmoronó. No cabe duda de la
dosis de ingobernabilidad que produce este primer gran "shock
petrolero". En el caso del gobierno de Betancourt la prueba
es más evidente porque, arrastrando las deudas anteriores,
en plena debilidad del mercado, sostener la naciente democracia
fue una obra maestra. Se necesitaba no un Punto Fijo, sino dos,
para evitar el regreso a la dictadura. Gobernar aquel país
requería de un severo ajuste que conmueve ingresos, salarios
y prosperidad. "Shocks negativos" y peligro antidemocrático
se explican uno al otro, gracias a esa inmensa facultad que hemos
desarrollado los venezolanos de no saber vivir sino de una sola
cosa. El petróleo. Lo más interesante es que los
positivos son igualmente peligrosos porque, como se veía
anteriormente, generan esa sensación eufórica que
termina en una frustración más promesas, parques
industriales, desarrollos agrícolas con bajas tasas de
interés, financiamiento imperecedero para su casa o su
industria, viviendas, 100.000 por año, llevar la siderurgia
de la mitad al triple. ¿Cómo no entusiasmarse cuando
se tiene dinero? De sobras. ¿Cómo evitar que la colectividad,
los políticos, los sindicatos, los industriales y agricultores
no se lancen sobre ese manjar de reservas de ingresos extraordinarios,
si hace poco, apenas semanas, no "había" para
comer, vivir o viajar? Y allí el peligro. El salto de lo
ingobernable a la ruptura es tan fácil como el anterior.
Antes porque no existían recursos para compensar a todos
su sacrificio. Ahora porque las expectativas son tan grandes que,
apenas un resbalón, un sesgo en pro de éste o aquél,
una noticia de corruptela, nace un sentimiento de inequidad ¡con
tanto dinero!, que ¿a dónde va? produce la reacción
de un Chávez o cualquier otro. La injusticia es percibida
en las dos situaciones y no hay gobierno que pueda darle sentido
a lo que se quiere hacer... a menos que aprendamos la lección.
1988-1998
Comparo esto años para llamar la atención de
lo que puede ser un peligro para un país atiborrado de
dinero. Si la botija está llena hay que gastarla, diría
un olvidado político. 1997 y 1998 van a ser años
buenos, pero pueden ser suficientemente buenos o podemos aprovechar
la experiencia para evitarle a los venezolanos la euforia del
ochenta y ocho y el traumático ochenta y nueve. Es decir,
un eufórico noventa y ocho puede anteceder a un catastrófico
o un saneado noventa y nueve. Y éste no es un discurso
económico. Es un mensaje para nuestros más altos
dirigentes políticos. Para el presidente Caldera, para
el secretario general de Accion Democrática, para Copei,
el MAS y La Causa R. También para los precandidatos. Porque
dos escenarios pueden ocurrir en el noventa y nueve. Uno, en el
que el presidente Caldera entrega el mando en un ambiente parecido
al del último Lusinchi, pero... nos comimos las reservas
y... otra vez ajuste con este pobre pueblo. El otro, que me imagino
deseará quien vaya a dirigir este país en el noventa
y nueve, en el que el presidente Caldera entrega el mando con
un cheque en la mano, digamos de unos US$5.000 millones, resultado
del ahorro y la austeridad, de sanear las deudas, las cuentas
fiscales y lo da, emocionado, al que lo sucede, quien, por primera
vez, en los últimos 30 años, en lugar de llamar
al FMI, de otro programa de ajuste, de devaluar por enésima
vez, se dedica, desde el principio, a reconstruir la educación,
la industria, la agricultura, las carreteras, los hospitales,
etcétera. ¿Será posible tanta utopía?
¡Feliz Navidad, estimados y consecuentes lectores!
El Universal, viernes 13 de diciembre, 1996
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