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Revista Electrónica Bilingüe       Nº 10    Diciembre 1996

Política Externa
El Cambio Que Necesita Venezuela
Roberto Smith Perera*

Tomado de su discurso pronunciado en la Conferencia Visión y Cambio 96: Venezuela Frente a la Globalización, organizado por la Red de Estudios Estratégicos y Políticas Públicas

Caracas, Septiembre de 1996

¿Cómo se prepara Venezuela para la globalización? Esta es la cuestión más importante a la que nos enfrentamos como pueblo al cerrar el siglo XX.

Mi planteamiento central de fondo es sumamente sencillo: Venezuela necesita hoy una verdadera "revolución cultural" para transformar los sustentos más arraigados de su identidad contemporánea y de su formación actual como pueblo, sin los cuales no podremos como nación enfrentar un mundo presente y futuro cada vez más difícil, conflictivo y competitivo.

Sin una transformación profunda de la concepción que tenemos los venezolanos sobre nosotros mismos y sobre nuestras instituciones, cualquier intento de cambio en las estructuras económicas o políticas quedará como un falso arranque, tales como los fallidos intentos que hemos protagonizado desde hace varios años. Desde los años ochenta hemos experimentado ya al menos siete ajustes económicos fracasados, dos intentos serios de golpe de estado, diversos llamados a reformar la Constitución, y el resultado neto ha sido el de un desarrollo social y económico paralizado, que nos ha llevado de ser el mejor país de América Latina a un fracaso consistente, rotundo, costoso, irreversible, y difícil de justificar.

Planteado en el contexto de la globalización, este es un prospecto dramático. Hace una par de décadas, cometer un error en la política económica o en la conducción del Estado en Venezuela podría haber sido un pecado venial. América Latina estaba sumida en el atraso, la hiperinflación, la pobreza, el autoritarismo y el desmanejo en general de la marcha de las naciones. Venezuela aparecía como una isla de estabilidad, de crecimiento y de progreso social envidiable. Éramos una nación de esperanza, refugio de inmigrantes que buscaron aquí una oportunidad para vivir decentemente. Los venezolanos veíamos con cierto aire de superioridad a las pobres naciones vecinas y ofrecíamos nuestras generosas contribuciones al avance de aquellos países.

Hoy el escenario ha cambiado radicalmente. Las pobres naciones vecinas han mejorado sus prospectos de crecimiento, han corregido, no sin dificultades, sus errores en la conducción de sus destinos económicos y sociales, y han logrado la estabilidad política. En contraste, Venezuela es hoy la excepción a la regla Latinoamericana, y desde el exterior nuestros mejores amigos se preguntan ¿Qué pasó con nosotros? ¿Cómo pudimos derrochar tantas oportunidades? ¿Cómo pasamos de ser los mejores a estar entre los peores?

Las respuestas a esas interrogantes las debemos analizar a profundidad, en un ambiente donde el reconocimiento de los fracasos no sea asumida como derrotismo. Intuyo que ya llegó la hora de pasar del diagnóstico a la acción. La salida a la crisis pasa por entender que Venezuela debe asumir la globalización como el gran desafío del presente y del futuro, en un sentido amplio que va más allá de la acción coherente en el campo técnico de la macroeconomía, y toca los aspectos más complejos de la reforma educativa, la reforma social y la reforma de las instituciones públicas. Globalización: ¿Frivolidad O Desafío?

Pero un peligro asecha a los que enfrentamos asertivamente el tema de la globalización, y es el de caer en la trampa de quienes la asocian con un frívolo intento de desnacionalizar al país, de diluir los grandes fines patrióticos y sociales en un compuesto mundano sin sentido solidario que igual podría aplicarse en la China que en la Patagonia.

Por ello es que es necesario aclarar que el debate acerca de la globalización debe hacerse desde las entrañas de nuestra cultura, buscando evitar estereotipos que pongan en peligro la necesidad de verla como un reto de ciudadanos del mundo, pero que nacimos y vivimos en un país con una historia, unas condicionantes sociales y una tradición específicos como Venezuela.

Por un lado, hay aquellos que creen que la globalización es sólo un intento más de unas fuerzas malignas dedicadas exclusivamente a destruir el devenir de nuestro pueblo. Son los que piensan que la apertura de los mercados, la preponderancia del individuo frente al Estado y la reducción de su intervención y tamaño, son sólo un llamado a convertir a Venezuela en un apéndice de un salvaje capitalismo internacional y un escenario para el aumento de las ganancias de las transnacionales a costa del sacrificio del pueblo. Es claro hoy que ellos no pueden estar más equivocados y en efecto son cada vez menos los que se atreven a defender estas posiciones, pero aún no pocos están todavía trabajando por la preservación de los privilegios del régimen cerrado, proteccionista y paternalista que tuvimos durante varias décadas. Ellos no quieren que cambie nada y la globalización como concepto les parece un concepto desnacionalizador, antiético, individualista y francamente enfrentado a una visión solidaria del mundo.

Pero por otro lado, existen aquellos que ven la globalización como un proceso perfectamente diseñado para desvirtuar aquellos incómodos o poco elegantes aspectos de nuestra cultura que nos alejan de Palm Beach o Coconut Grove. Creen que con la exclusiva implantación de la liberalización de los mercados y la apertura internacional será suficiente para enrumbar de nuevo al país en una senda de crecimiento. Son los que han descubierto recientemente que la racionalidad económica por sí sola, a través de la economía liberal de mercado, será suficiente para corregir el rumbo y lograr la felicidad de la sociedad en plazo relativamente breve. Ven la apertura económica como una manera de crear en Venezuela una feria multicolorida de bienes y servicios en las que ellos conseguirán todos sus CD players o BMWs al mejor precio, sin importarles la vida de millones de venezolanos que están totalmente carentes de esperanza de progreso y ausentes de las tendencias positivas de la competencia, el aumento de la productividad y la mejor calidad de vida que se esperan naturalmente con la creación de mercados libres.

Siendo un firme convencido de la necesidad de la apertura y la incorporación del país a las corrientes del comercio y la producción internacionales, también debo alertar sobre los riesgos de ver el proceso de globalización como un desdibujamiento intencional de la cultura venezolana.

Todo lo contrario, la globalización debería ser vista como un desafío a una modesta nación que mal podría querer tapar el sol con un dedo y evitar los necesarios sacrificios que se imponen para construir un país competitivo, en crecimiento, asertivo internacionalmente, y deseoso de entrar en el arreglo de ganar - ganar que ofrece la globalización. Es una transformación nacional, social e individual para afrontar el futuro con pie firme y sin prejuicios. Una de las 185 naciones del mundo

Para ello debemos los venezolanos evitar las comparaciones exageradas que tanto nos gustan. Que "Venezuela no es "el mejor país del mundo", el reino de las oportunidades y la vida fácil, un emporio de recursos naturales, una sociedad hecha para glorias y éxitos en todos los terrenos, cuya gente condensa algunos elementos de lo mejor del ser humano. Pero que tampoco somos el "el peor país del mundo", una nación de vagos e incultos que no ha logrado utilizar sus cuantiosos recursos de manera apropiada, que dilapida las inmensas oportunidades que se le presentan, y que ha estado gobernado por incompetentes.

La realidad es que Venezuela debe estar justamente entre esos simplismos extremos, que ignoran que somos parte de procesos civilizatorios de largo alcance. Vale la pena recordar las palabras de uno de nuestros grandes intelectuales del siglo XX, Mariano Picón Salas, quien decía en 1949 que "los países como las personas sólo prueban su valor y significación en contacto, contraste y analogía con los demás. Por eso anhelo que lo "venezolano" se entienda y se defina dentro de las corrientes y formas universales."

La verdad es que Venezuela es hoy una de las 185 naciones del mundo. Representa el 0,4% de la población de la humanidad, el 0,7% del territorio mundial, el 0,3% de la economía mundial, y el 0,4% de las exportaciones totales del mundo.

Contrariamente al mensaje que se transmite frecuentemente entre nosotros, Venezuela es un país con un bajo nivel económico y social. El ingreso por habitante de Venezuela es inferior en casi 40% al promedio mundial de 4.300 dólares. Para llegar al nivel de ingreso de los países más ricos, a Venezuela le faltaría recorrer un largo trecho, que sería equivalente a multiplicar por 10 el valor de nuestra productividad por habitante. Para llegar a los primeros lugares del mundo según los índices de desarrollo humano, necesitaríamos aumentar la esperanza de vida en siete años hasta los 77 años, llevar la alfabetización a 97%, casi duplicar la escolaridad promedio a 10 años, y aumentar la producción a 20.000 dólares por persona. Una tarea inmensa. El Verdadero Signo De La Globalización

Jamás había habido en la historia de la humanidad tal cúmulo de cambios culturales, políticos, económicos y tecnológicos como en la fascinante época en que nos toca vivir. Ese es el verdadero signo de la globalización. Si pasar de la era de la tribu nómada a la de la ciudad sedentaria tomó quince siglos, pasar de la era de la producción industrial en masa a la de los servicios tomó un poco más de un siglo. Pasar de la era de la tipografía a la era de la computadora ha tomado menos de un cuarto de siglo. Hoy en día se acumula nuevo conocimiento humano en una década superior a todo el conocimiento que heredamos de cinco milenios de civilización. Mientras más rápido se mueve el mundo, más rápida deberá ser la capacidad de ajuste de los pueblos a un mundo cambiante y dinámico, confuso y fascinante.

Esta realidad inexorable adquiere relevancia si se comparan unos países con otros. De seguir Venezuela la paralización que ha experimentado desde los años ochenta en el año 2020 el ingreso promedio de los venezolanos se mantendrá en menos de 3.000 dólares, mientras que el de Colombia llegará a 6.000 y el de Argentina a 15.000 dólares. Seremos un país pobre de América. En ese escenario ¿dónde buscarán trabajo los venezolanos, hacia dónde se dirigirá la emigración de los venezolanos, quién dominará las empresas venezolanas, cuál será el nivel de autoestima de los venezolanos? Las generaciones futuras verán que el que fue el "mejor país de América Latina" pasará a ser un miembro más de los grupos más pobres y marginados de la región, mientras que otros países que hoy tienen un desarrollo menor que Venezuela pasarán a formar parte de los más ricos y prósperos.

La realización de este escenario marcadamente "pesimista" no depende de los dioses o de eventos más allá de nuestras fronteras. Depende fundamentalmente de todos los venezolanos. No es un riesgo puramente teórico sino una posibilidad que debería pesar sobre las conciencias de nuestros dirigentes de hoy y de mañana.

Este es el verdadero contexto en el que hay que comprender el rol de la cultura nacional. La transformación dela cultura, de lo que piensan los niños y las madres y la gente de la calle, es el único camino hacia el progreso, y he allí el rol básico de la educación. Nunca como antes la educación había tenido que responder al doble reto de preparar a los jóvenes para que se reconozcan en las virtudes de una sociedad y para que puedan enfrentar un futuro difícil, cambiante e inmensamente desconocido. En este contexto, la falta de una educación de calidad es una apuesta segura a la marginalización como individuos y como sociedad. ¿Cómo será el siglo XXI?

Una interpretación equivocada de los signos del tiempo por vivir puede implicar escoger un boleto al fracaso. Sólo basta observar algunos de los acontecimientos de la historia universal reciente para comprender lo incierto y volátil que será el futuro: la súbita desaparición del bloque comunista, el ingreso de China al capitalismo, el surgimiento de la Unión Europea, la desaparición de las dictaduras y la apertura en América Latina han ocurrido en menos de una década, creando un nivel de actividad revolucionaria en todo el planeta comparable con los cambios que ocurrieron durante casi dos siglos desde la revolución industrial y la revolución francesa.

Si no tenemos un entendimiento sobre las características del mundo de mañana, nuestro futuro continuará siendo dominado por la reacción inmediatista y pasiva a las fuerzas externas.

La globalización del capital y de los mercados, la apertura económica y la difusión más amplia del conocimiento y la información, crearán oportunidades sin precedentes en el siglo XXI para que algunos países y empresas puedan acelerar su crecimiento mucho más allá de lo que pudieron hacerlo en las décadas pasadas, tal como ha ocurrido con Corea, Singapur o Taiwan.

La lógica básica es que quien logre un dominio de la tecnología suficiente como para insertarse en los circuitos de producción y comercio de las zonas más ricas, podrá aprovecharse de situaciones ventajosas en nichos de esos inmensos mercados, generando expectativas reales de progreso social.

¿Dónde quedará Venezuela en esta batalla por los mercados, los recursos de capital y la tecnología mundiales? ¿Quedará rezagada, derrotada por sus problemas internos y cansada en el camino porque sus dirigentes no supieron superar una mentalidad rentista y adoptar una mentalidad productiva y competitiva, o logrará quedar entre los países ganadores del siglo XXI, porque supo convertir su pequeña crisis existencial del presente en una oportunidad y sacar el máximo provecho de sus abundantes recursos económicos, naturales y humanos? La decisión le corresponde a los venezolanos.

No todo es color de rosa en los escenarios mundiales. El mundo del futuro luce optimista sólo para aquellos países que a través del uso estratégico del conocimiento puedan evitar ser arrollados por los nuevos problemas. El hecho es que la mayor ventaja comparativa del futuro será el dominio social y empresarial del conocimiento y la información. Es decir, la capacidad de las organizaciones humanas para aprovechar efectivamente el conocimiento en el proceso de creación de riqueza.

Ya vemos en los países más avanzados los rasgos de la nueva economía, en la que los robots hacen los trabajos repetitivos, sustituyendo a los humanos y requiriendo de servicios de creación, supervisión y mantenimiento hechos por personas de alta capacitación. Los consumidores demandan más calidad y variedad y piden sus productos hechos a la medida de sus gustos personales. Todo esto lleva a un nuevo paradigma económico, basado en producir individualmente pero a costos de producción en masa. En ese escenario, sólo los que sean capaces de dominar la tecnología podrán sobrevivir exitosamente. Quienes no, estarán condenados al fracaso.

Por otro lado, una característica clave de los países, sociedades, empresas y personas que dominarán el siglo XXI será la habilidad para organizarse en torno a visiones y proyectos comunes, la disposición de los sistemas políticos para superar situaciones conflictivas y la búsqueda de soluciones a los nuevos problemas de la política pública.

¿Qué está haciendo hoy Venezuela para prepararse y poder aprovechar el potencial del conocimiento humano en su desarrollo económico y social? ¿Está promoviendo una educación y una cultura para la creatividad, la disciplina y el trabajo? ¿Deseamos superar las taras de ineficiencia, poca calidad y mala orientación de su sistema educativo? ¿Trabajamos en la creación del venezolano culto, informado, inteligente y productivo que se requerirá para afrontar los retos del futuro o se contenta con proyectar hacia el futuro las limitaciones de una país cuyo subdesarrollo yace en las mentes de sus dirigentes? De nuevo, la decisión está en las manos de los venezolanos. ¿Qué puede llevar a Venezuela al fracaso?

Frente a estas tendencias del escenario mundial futuro, los venezolanos asumen frecuentemente una actitud de indiferente optimismo que hace eco a las frecuentes declaraciones conformistas de muchos de los dirigentes políticos contemporáneos.

Se piensa entre nosotros que "en el mundo puede pasar lo que sea, pero Venezuela seguirá teniendo petróleo y recursos naturales valiosos para el mercado internacional, seguirá siendo una democracia estable, y seguirá manteniendo su magnífica posición estratégica". No hay un discurso sobre el futuro del país que no mencione siquiera referencialmente estos verdaderos pilares de la complacencia nacional. Ante las llamada "ventajas comparativas" basadas en el portento de los recursos naturales pareciera que no es necesario hacer prácticamente nada para lograr los niveles de progreso que aspiramos los venezolanos.

Pero es necesario entender que llegamos a la era de las dificultades. Que la complacencia conduce a la pasividad, al fracaso y a la crisis. Debemos comprender que la verdadera Venezuela no es la que se pinta graciosamente en las fiestas patrias o en las ofertas electorales, sino aquella que está por construirse, aquella que clama por conquistar un progreso amplio y compartido, una posición internacional meritoria, una esperanza de vida decente para los más pobres y un lugar decoroso en la cultura universal.

Sería necesario hoy hacer un esfuerzo de crear y construir una visión futura para nuestro país con el mismo compromiso y vigor que los creadores de nuestra democracia contemporánea, cuando definieron un nuevo camino, ambicioso y revolucionario, para Venezuela y se esforzaron por hacerlo realidad. Sería preciso entonces que nos propusiéramos hoy emular a quienes edificaron nuestra actual modernidad a partir de los años treinta, entre los cuales destacaron Picón Salas y Rómulo Gallegos, Betancourt y Caldera, Villalba y Machado, Mendoza y Tejera, entre muchos otros, quienes no se contentaron con repetir el pasado, sino que hicieron un esfuerzo edificante para ayudar a transición de la Venezuela agrícola a la Venezuela petrolera, del país rural al país urbano, del atraso Gomecista a la modernidad de la democracia.

Si no hacemos ese esfuerzo hoy con la mirada puesta en los retos del siglo XXI, estaremos condenando el destino de nuestro hijos ante una era de inmensas oportunidades e inmensos riesgos.

Así debemos entender a Venezuela frente el mundo, sacando provecho de sus oportunidades y reduciendo sus riesgos. En esa búsqueda, es necesario enfrentar problemas centrales de nuestra cultura que impedirán, si no se resuelven a fondo, el progreso nacional futuro. Estos son el mito de las ventajas comparativas de los recursos naturales y los problemas de nuestra educación.

Los estudios sobre Venezuela han probado hasta el cansancio que somos un país rico en recursos naturales. Pero concluir que la mera existencia de esos recursos abundantes le dan ventajas naturales al país en la competencia global es un error fatal, debido a que éstos se hallan en abundancia en los mercados internacionales. A ningún país le hace falta producir petróleo para poder obtenerlo. Japón o Corea no han necesitado de petróleo para ser competitivos.

Como lo saben los economistas desde hace más de dos siglos, las ventajas comparativas de un país provienen de características físicas o culturales que no se encuentran en el mercado internacional, tales como la calidad de la mano de obra, la creatividad de los gerentes, o el dominio tecnológico. Una educación para la parálisis mental

Es necesario por lo tanto cambiar radicalmente el contenido del mensaje que se da a los venezolanos a través de la educación y de los medios de comunicación. A los niños les enseñamos que Venezuela es un país riquísimo en recursos naturales de inmensa variedad, pródigo en tierras fértiles, dotado con la mejor infraestructura de América Latina. Que sólo con "sembrar el petróleo" bastará para ser el mejor país de América Latina.

Los que estudiamos la asignatura "Geografía de Venezuela" hace dos o tres décadas recordamos el excelente libro de Leví Marrero, Venezuela y sus Recursos, publicado en 1964. El libro comenzaba recordando las virtuales alucinaciones de Colón en 1498 al descubrir la Península de Paria en el oriente venezolano, cuando escribía a la Reina Isabel que "grandes indicios son éstos del Paraíso Terrenal".

A lo largo del libro recordamos frases evocadoras de un presente y un porvenir portentosos. Se nos enseñaba que Venezuela es: "... un país de excepcional localización geográfica, ... uno de los grandes países del mundo, que posee una gran variedad de minerales valiosos, lo cual ... consolida la posición de Venezuela entre los países favorablemente dotados para desarrollarse industrialmente".

Visto en el contexto del fracaso de nuestro modelo de desarrollo durante las últimas décadas, ¡qué grave error ha sido transmitirle a millones de niños esos mensajes de riqueza y superioridad, de grandeza mal entendida!

Les enseñamos además que Venezuela ha sido un país destinado nada menos que a la gloria. Ya Briceño-Iragorry se quejaba que la nuestra era una "historia de efemérides", sustentada en un exagerado culto a los héroes de la independencia y el elogio de sus hazañas guerreras. La falta de una historia cívica que ilustre al niño sobre los pequeños logros y las derrotas humanas que forman la esencia de la vida civil, una historia humana e íntima de la misma potencia y difusión que la historia militar y política, creó para el consumo exclusivo del venezolano una fábula donde no existe el valor del esfuerzo individual en la construcción de una sociedad. Quizás por eso los jóvenes venezolanos de hoy no comprenden lo que pasa a su alrededor: la historia transmitida por la escuela, la de las "fiestas patrias", choca fuertemente con la miseria de la vida pública y privada del país.

Les enseñamos a los niños la cultura de la viveza, del oportunismo y de un individualismo mal entendido. Les enseñamos, tanto en la escuela como en la familia y en la calle, que el dinero no proviene del trabajo, sino de la "trampa", que la riqueza no está asociada a la virtud, sino a la corrupción, y que el comercio es una labor de baja cualidad moral. Por si fuera poco, la Constitución venezolana otorga generosamente todo tipo de derechos mientras impone pocos deberes a los ciudadanos. El sólo hecho de nacer venezolano garantizaría, en nuestra artificialidad constitucional, educación, trabajo, salud, asistencia social, y vivienda, todas gratuitamente, sin contraparte alguna. Esto es en mucho una invitación a la pasividad y al paternalismo en nuestros jóvenes.

En esta situación, sería necesario repensar las bases más elementales del proceso de la cultura venezolana. Acabar con el mito de la superioridad de Venezuela y superar las limitaciones de un mensaje cultural que no hace un llamado a la creación y al esfuerzo, deberían formar el corazón mismo de una nueva estrategia de desarrollo país para el siglo XXI. Es necesario comprender que somos un país relativamente pobre, que debe hacer gigantescos esfuerzos para superar sus restricciones e insertarse con éxito en las tendencias futuras de la humanidad. Y que la responsabilidad de asumir ese reto gravita sobre las conciencias y las acciones de todos los venezolanos de hoy. LOS CAMBIOS NECESARIOS

Sobre estas bases es que se debería formular un replanteamiento radical del "contrato social" que le entregamos para la firma de todos los venezolanos al nacer. El nuevo contrato debería eliminar la noción del "derecho adquirido" y enfatizar la oportunidad por conquistar con el esfuerzo, debería sugerir la necesidad de pasar de una economía poco productiva, monoproductora y cerrada a la creación de un país en crecimiento sobre el esfuerzo de todos.

Debería contener cláusulas transformando una "política de políticos, para los políticos y por los políticos" a una política de una visión social compartida. Debería restringir el rol del Estado frente al ciudadano y pasar del Estado "todero" e interventor a un Estado útil a los ciudadanos. Debería en fin eliminar la mediocridad del "infierno venezolano" y evocar una visión de país de calidad para todos y por todos.

Sería necesario hacer un esfuerzo, como jamás se ha hecho en Venezuela, a través del lanzamiento de la educación como la única, incontrovertida y exclusiva prioridad nacional, la verdadera empresa básica, de manera de formar las nuevas generaciones de venezolanos capaces de adaptarse exitosamente a los cambios de la nueva realidad económica y tecnológica mundial, firmemente convencidos del valor de la iniciativa individual y de la solidaridad con la comunidad, y ocupados personalmente en mejorar sus propias condiciones de vida. Una revolución cultural

Todo este programa no puede resumirse sino con la idea fundamental de transformar de raíz la cultura venezolana, una revolución que desmantele las principales taras del país frente a los inmensos retos de su desarrollo en el nuevo contexto internacional. Pero que surja de las entrañas del pueblo y de sus líderes, firmemente consciente de los retos de la globalización, pero que siga al hilo conductor que nos ata como pueblo, que nace con Miranda y Bolívar, continuó con Vargas y Cecilio Acosta y posteriormente con Gallegos, Uslar Pietri, Picón-Salas y muchos otros.

Se trata de crear una nueva cultura venezolana, que acabe con los complejos de inferioridad de una Capitanía General venida a más gracias a los petrodólares.

Si algo caracteriza a los venezolanos en contraste con pueblos de otros lares, es nuestra calidez y nuestra generosidad, es decir un profundo sentido de justicia y equidad, que en su contexto social más amplio no está sujeta a ninguna discusión o negociación política. Tal como la verdad es el corazón de la ciencia, y una teoría no se puede aceptar como cierta por más sofisticada o mejor desarrollada que ésta sea si no es verdadera, la justicia es el corazón de las instituciones sociales.

Construyamos un país para la justicia. Instituciones con un claro afán por imponer la justicia en todos los terrenos. Políticos que entienden que su rol no es el de representar intereses de un grupo o partido sino de representar fielmente a la voluntad social y al interés público

Construyamos un país por la justicia. Sin creer en falsos profetas que incitan a destruir lo poco valioso que nos queda. A través de los mecanismos que tienen las sociedades modernas para dirimir las diferencias en un ambiente de confraternidad y entendimiento de los derechos del otro.

Construyamos un país con la justicia. Asumiendo que el interés de las empresas y personas por la ganancia no es una creación divina sino que es sólo una forma institucional de obtener los mejores incentivos para crear, producir y distribuir. Uniendo a los que tienen fe

Esta es una tarea que no podrá hacer ningún partido sólo, ningún político sólo, ninguna persona por sí sola. Y que tomará no un año sino varias décadas. Para ello es preciso retomar la fe en Venezuela, reunir a los que tienen fe, y hablar a los que tienen fe, como decía Picón-Salas hace medio siglo.

A los que creen que Venezuela es un país por construir, no una herencia por dilapidar; aquellos que se esfuerzan día a día en su trabajo por ser venezolanos productivos que asumen la calidad como algo que se construye con las manos y la mente, no algo que se compra con dólares petroleros. Es preciso decirles que no desmayen.

Es preciso hablarle a los niños, el grupo más inmenso de venezolanos que aún tienen fe, que no la han perdido porque los falsos sueños de grandeza que tanto mal nos han hecho no los han penetrado aún, porque su mente fresca y abierta todavía espera atenta las ideas de renovación y verdadera ilusión que les debe dar la familia y la escuela, que les haga continuar una vida de esperanza, creación y producción en su madurez.

Es preciso hablar a los maestros y los padres que tienen fe, quienes a pesar de que no se valorice su tarea, aún creen que la educación es la principal labor de la sociedad porque a través de ella se reproducen las virtudes y se extirpan los defectos de los seres humanos.

Hoy en día, más allá de las recomendaciones técnicas para retomar una senda de progreso económico, se hace preciso hablar a los que tienen fe.


*Ex Ministro de Comunicaciones, Ex embajador CEE.

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