Revista Electrónica Bilingüe Nº 12 Febrero 1997 |
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Goodbye Margaux Andrés Germán Otero L Hay cosas que nos pasan en la vida que algunas veces tienen una trascendencia mayor de lo que podemos darnos cuenta. Hace poco me fui de viaje de trabajo a Nueva York con mi jefe/socio Carlos Zubillaga (Zubi para los amigos). El es un viajero muy experimentado y por lo tanto miembro del afamado Admirals Club de American Airlines, lo cual en este caso, fue una gran bendición dado que nos ahorramos una cola kilométrica para registrarse en la devaluada clase económica de American. Entrando en el Admirals Club de Maiquetía, el cual por cierto no es gran cosota pero mejor que nada, me di cuenta de una mujer sola, alta, delgada, rubia y un poquito desgarbada, pero que sin embargo estaba rodeada del glamour de los que son o han sido "alguien" en el mundo y dije, mira Zubillaga, esa tipa se parece a Margaux Hemmingway, que crees tu ? a lo cual me respondió la verdad es que si se parece pero está así como gastadita, es más , respondí irónicamente, esa si es Margaux y te apuesto lo que quieras a que voy y me la levanto aquí mismo. Carlos no dijo nada y solo sonrió. Por mi lado, solté el corotero que cargaba y me dirigí hacia ella que estaba sentada sola, alta, delgada y un poco desgarbada mirando al infinito. Me senté en la silla de al lado y le pregunté arent you Margaux? (toda mi conversación con ella fue en Inglés, sin embargo para beneficio de mis lectores la transcribo en traducción libre donde por cierto notarán un ligero acento en las breves palabras de la Hemmingway). Así que empiezo de nuevo, no eres tu Margaux? a lo cual respondió Si, pero quien ser tu ? yo soy Andy, sobrino de Johnny . Quiero aclarar que la seguridad en mi mismo que tuve al apostarle a Zubillaga no era producto de la casualidad, sino más bien de esas cosas que tiene la vida. La verdad es que esa no fue la primera vez que vi a Margaux de cerca, más aun, la primera vez que la vi no tenía nada encima sino una película de agua tibia que la cubría de pies a cabeza. y como es eso ? se preguntarán Uds., pues muy fácil respondo yo. Hace como veinte años, allá por el 77, Margaux estaba casada con el franco/venezolano Bernardo Foucher. Por otro lado, Johnny Perez Canto primo hermano de mi mamá y papá de mi primo Fernando, estaba casado con Sylvia Casablanca, socialité euro mexicana y hermana del dueño de las agencia de modelaje ELITE de New York, ( puro linaje, o no?). Lo cierto es que yo acostumbraba quedarme a dormir en casa de Fernando los fines de semana para, entre muchas de las cosas que hacen los pre adolescentes como fumar y tomar, tratar de ver las tetas de Constanza, hija de Sylvia y de un señor Spadaccinni que hacía mucho tiempo había muerto en un accidente automovilístico (Ferrari, por supuesto), ya que la niña acostumbraba pasear sin sostén ni camisa por su cuarto con la puerta entreabierta. Una mañana de un Sábado cualquiera estabamos Fernando y yo jugando backgamon en el descanso de la escalera, justo al lado del baño de visitas, cuando se abrió la puerta , y para nuestra sorpresa, emoción y etc., etc., etc., salió del baño, completamente desnuda y mojada, la mismísima Margaux Hemmingway, quién para la época era una de las mujeres más buenas del mundo. niños, en el baño no haber toalla, donde estar? dijo ella y nosotros por supuesto que no pudimos ni quisimos contestar habiendo quedado en un estado hipnótico, detallando cada curva y pliegue de una cara y cuerpo perfectos, bueno casi perfectos porque los pies parecían unas chapaletas muy grandes. Antes de poder contestar, apareció Sylvia con una toalla azul inmensa diciendo, perdón honey, pero las toallas se estaban secando y pensé que te ibas a tardar más. Margaux procedió a envolverse con un movimiento que parecía un baile exótico y procedió a picarnos el ojo mientras desaparecía detrás de la puerta del cuarto. De nuevo en el Admirals de Maiquetía, todas estas cosas estaban explotando en mi mente cuando Margaux contestó Johnny, Johnny, a ver, no será Johnny Perez Canto verdad ? y le respondí claro que sí, el ex de Sylvia tu amiga a lo que ella exclamó, ¿ser verdad que se murió de SIDA ? esta respuesta me sorprendió mucho ya que había visto a Johnny recientemente y se encontraba en perfecto estado de salud y así se lo hice saber. Que raro, la verdad es que tu no parecerte en nada a él dijo ella, y a partir de allí entablamos una conversación bastante fluida acerca de lo que ella hacía y lo que yo hacía y lo que todos hacían en el mundo de Hollywood o Wall Street. Hablamos mucho sobre Hawai, en donde yo viví por una temporada y ella visitaba regularmente. Me contó que estaba en una terapia de cuerpo y alma con un famoso Kahuna (médico brujo) de la isla de Oahu y que este la había ayudado a superar sus frecuentes depresiones. Ella no me lo dijo, pero al contarme acerca de sus proyectos fílmicos del año anterior, la noté triste y melancólica, así como transmitiéndome que no estaba nada contenta con el resultado de su pasado reciente. Seguimos conversando efemérides y le conté que yo había aprendido masaje en Hawai con otro Kahuna y me dijo que pusiera mis manos en su espalda para sentir su fuerza. Luego de breves momentos, debo haber pasado la prueba porque me dijo tener que buscarme en Nueva York para que enseñarme tu técnica hawaiana y procedió a darme su tarjeta anotando un teléfono. Más tarde me dijo que la acompañara a preparar un té caliente. Nos preparamos sendos tés y noté como enjuagaba una pastilla con el líquido caliente. Luego caminamos hasta la sillas que habíamos dejado y de repente llamaron a abordar. Ya en el avión, ella se quedó en primera mientras que a mí me tocó caminar hacia la devaluada económica, sin embargo despidiéndose me dijo pasar mas tarde para conversar un poco de mi nuevo proyecto, estoy haciendo de anfitriona en serie ecologística en el mundo para PBS. Te contaré del trabajo que estar haciendo en isla Margarita, ciao Durante el vuelo pasé varias veces por primera pero ella dormía y dormía. Tanto, que empecé a preocuparme hasta que recordé la pepa que se metió con el té y supuse que era un somnífero. Cuando aterrizamos estuve pendiente de verla al salir, pero para mi sorpresa me encontré con un triste espectáculo, ya que dos aeromozas la estaban ayudando a salir del baño. Tenía la mirada perdida y dopada y la cara triste con una expresión que nunca se me olvidará mientras viva. Lo peor de todo fue que sentí una fragilidad tan intensa que desafortunadamente fue premonitoria de un desenlace terrible. Esa fue y será la última vez que tendré la oportunidad de ver a la bella y ahora desaparecida Margaux. |
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