Revista Electrónica Bilingüe Nº 12 Febrero 1997 |
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El Pasaje Linares: Caracas se quema, se quema Caracas... Eduardo Casanova Un incendio en el Pasaje Linares. Otro caso de desidia, de destrucción del pasado, el presente y el porvenir de Caracas y de Venezuela. Otro ejemplo de falta de gobierno, tanto municipal como nacional, que es lo que nos tiene como estamos. En 1975, cuando ejercí la Dirección Civil y Política del Distrito Federal, visité el sitio con Diego Arria (gústele a quien le guste o disgústele a quien le disguste, el mejor, quizá el único gobernador de Caracas en el período democrático). Vimos que en el sitio estaba (y es posible que todavía esté) un bellísimo salón con espacio para orquestina, en el que bien podía hacerse un café concert magnífico. Nos propusimos rescatar y restaurar el sitio, pero se opusieron, con toda su violencia y toda su fuerza, los intereses creados. Fue uno de los cinco o seis proyectos de Diego que se quedaron en el tintero. Y ahora, en octubre de 1996, estuvo a punto de quemarse, de destruirse. Caracas ha perdido la casa natal de Miranda, en Padre Sierra, la de Bello (que no quedaba en donde el gobierno de turno puso equivocadamente la "Casa de Bello", sino una cuadra más arriba, pero la desidia oficial no ha querido reconocerlo), la de Simón Rodríguez (que era vecina de la de Bello, en la esquina de Luneta), y casi toda su historia. Y ahora está a punto de perder otro pedazo. En la cárcel deberían estar todos los que han sido gobernadores y alcaldes después de Diego Arria. Todos. Sin excepción.
El panadero:
Monsieur Linares: A Guzmán lo sucedió Joaquín Crespo, y en su gobierno Linares se beneficia con un contrato de comercialización de sal, que es uno de los que anula Guzmán al regresar por obra y gracia de la "Aclamación", movimiento teatral que el propio aclamado orquesta con la socarrona complicidad de su compadre Crespo, lo que no obsta para que ocurran cosas como eso de los contratos, que era una forma de mandar, de dar a entender que, compadre o no compadre, el jefe era él, así tuviera lo que tuviera. Entre otras cosas tenía un yerno de antología, descendiente directo de Charles Maurice de Talleyrand-Perigord, que aunque era cura tenía sus muchas malas mañas, y de una hermana de la ex-emperatriz Josefina: un tal Augusto, Duque de Morny, que de su linaje heredó todas las cosas malas que pudo, como el afán de enriquecerse de cualquier forma. La nueva aventura de Guzmán no duró demasiado. Él mismo no tenía muchos deseos de estar lidiando con aquel mundo de intrigas y zancadillas, ni era ya el joven impetuoso que tomó por asalto el país cuando empezó el Septenio. Crespo le propone que se turnen, uno cada dos años, como una fórmula de compartir el poder. Él sabe que una de las pocas cosas que no se pueden compartir es el poder omnímodo, como a él le gusta, y rechaza la idea. Buscará un sucesor civil que no le cause problemas, pero que tampoco dependa de él. Y también se equivoca con Rojas Paúl. Por propia voluntad deja el poder en agosto de 1887. En abril del 89 deja de existir Guzmán como fuerza política. Ha caído como sus estatuas, tumbado por los estudiantes y el pueblo, como pasaría poco más de un siglo después en Rusia y Polonia y Albania, en donde otros guzmanes se pusieron también monumentos. La cabeza de una de las estatuas de Guzmán, el Manganzón de El Calvario, fue a tener a la casa de Juan Esteban Linares, que con mucho humor le puso una gorra de hojalata, como para que todo el que la viera recordara lo débiles que son los andamios que los políticos arman para trascender, para que sus nombres queden grabados en la piedra de la eternidad, que dura apenas unos años más que ellos mismos, si es que duran. La bola y el mingo: Lo que le va a dejar el nombre de Linares en la posteridad no es su habilidad de hombre de negocios, ni su ojo de banquero, ni su capacidad para adivinar las tendencias del mercado, sino su decisión de hacer en Caracas lo que un periodista de La Opinión Nacional, con toda la cursilería de aquel tiempo, llamó "la única calle de aspecto europeo" de Caracas. La inauguración fue el 31 de agosto de 1891, cuando era Presidente Andueza Palacio. Ese día un vate, que debe haber sido un borrachito, o uno de esos que le halaba las bolas al Presidente para acercarlas al mingo y que ganara la partida, le dedicó a Linares un "poema" que decía así:
De Linares ¿por qué no? El hombre le acercaba ese día la bola al mingo a Linares, que también construyó y eso se nota a primera vista el Hospital Linares, que después se convirtió en la Cruz Roja. Fue un día de fiesta y hubo cohetes y luces y discursos y bendiciones. El Presidente Andueza, además de celebrar las gracejerías del vate de los versos cojos, que tuvo razón en que el lugar se iba a conocer siempre como "Pasaje Linares" y no como "pasaje del Mercado", que fue su nombre primero, estaba muy contento. No le duró demasiado. Poco después, Andueza Palacio sellaba su suerte al empeñarse en seguir siendo Presidente y enfrentarse con ello a Joaquín Crespo, que de dos nalgadas lo bajó de la silla. Y el 6 de octubre de 1892 Joaquín Crespo hace su entrada triunfal por la Calle Real de San Juan. El público de Caracas aguanta la lluvia para verlo, para arrimarse a su mingo. Allí estaba don Juan Esteban Linares. Admirando, como todos, la gallarda estampa de aquel aragüeño que parecía un héroe mitológico. Lástima que se empeñó él también en quedarse en el poder y murió en la Mata Carmelera, combatiendo al Mocho Hernández, a quien le habían quitado la Presidencia con un fraude electoral para dársela a Ignacio Andrade. Lo demás fue el triunfal alzamiento de Castro, el gobierno dictatorial de Gómez y, después, la democracia. Desafortunadamente, la democracia no ha sabido gobernar, y mucho menos conservar los pocos monumentos que quedan en Caracas. Es por eso por lo que el incendio del Pasaje Linares debe ser visto como algo mucho más importante de lo que parece: es un nuevo aviso: o esta democracia cambia y se hace seria, o Venezuela va a tener que reaccionar y echarle agua. El agua que les faltó a los bomberos en el incendio del Pasaje Linares. |
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