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Revista Electrónica Bilingüe       Nº 12     Febrero 1997

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Caldera está donde debía estar
Juan Liscano

En una entrevista telefónica con el periodista Miguel Salazar, del semanario Quinto Día (N° 18), titulada "Rafael Caldera juzgado por sus contemporáneos", apareció una afirmación rotunda mía de que el Presidente no me llamaba nunca, pese a las vinculaciones existentes entre nosotros, tanto por la relación de mi madre con sus padres, como por los apoyos brindados a su candidatura cuando la campaña electoral última y cuando se enfrentó a Lusinchi.

Antes de la publicación de ésta, tuve el placer de que me invitara a almorzar solos. Me expuso su fe en la democracia, en la obra cumplida desde la Presidencia de Rómulo Betancourt, las dificultades de acción actuales, sobre todo con la presión globalizadora. Asistí a una conversación de él con el Rey de España sobre el asunto de Viasa, en la que le pedía al monarca español su intervención. Lo informó de la reacción venezolana contra Iberia y sus representantes aquí. Comió con apetito y me lució fuerte, dinámico, convencido de su causa pero preocupado y consciente de los problemas mayores como la delincuencia, obra más de la sobrepoblación marginal urbana y de las inmigraciones indeseables que de la gestión gubernamental.

A la salida de tan grata invitación, pensaba para mis adentros que para juzgar la gestión de Caldera se necesitaría estar en una situación similar a la suya. La Venezuela que él gobernó y pacificó entre 1969 -mes de mayo francés, última reacción política de la juventud- y 1973, cuando terminaron las negociaciones entre los Estados Unidos y Vietnam del Norte sobre la guerra; se desató en U.S.A. y en Japón una crisis monetaria y energética y cayó Salvador Allende. (Estas contraposiciones demuestran bien la violencia del oleaje de la Historia).

Esa República del quinquenio terminado con el ascenso en Chile de Pinochet, no estaba sometida, como ahora, cuando regresa al poder, a las presiones políticas y económicas de un capitalismo resuelto a imponer su Nuevo Orden Mundial, fundado en la privatización y reducción del Estado; la globalización toda en favor de los "globalizadores" y en detrimento de los "globalizados"; el libre mercado, entendido como puerta abierta a las exportaciones de excedentes a costa de la producción posible de los países tercermundistas consumidores salvo cuando se trata de materias primas. Esa ofensiva de los países occidentales altamente industrializados, se apoya en las nuevas tecnologías de la publicidad, la información y la comunicación, encargadas de acondicionar a los fines anteriormente expuestos, a la humanidad más que todo urbana.

Caldera llega al poder en plena ofensiva neoliberal capitalista y pasa a ocupar la primera magistratura de un país saqueado por gobiernos corruptos, un sector empresarial incapaz de producir, pero sí de especular financieramente, unos partidos cada vez mas apegados a sus privilegios y al mando, cada vez más entregados a la pujante invasión financiera-tecnológica, y a un empresariado que, con raras excepciones, no esté de acuerdo con el Nuevo Orden Mundial que los favorece.

No fue Caldera quien creó la crisis de Venezuela, fue la conjunción de la vasta corrupción dirigente y de los postulados del Nuevo Orden Mundial pactado por Inglaterra y Estados Unidos a través de los voceros de las oligarquías económicas: Margaret Thatcher, Reagan y Bush. Los medios, en manos de esa oligarquía, constituye el ejército invasor. De modo que globalización, privatización y libre mercado son las estrategias que obstaculizan el nacionalismo tradicional, en los países occidentales tercermundistas, y los convierte en súbditos de hecho.

Caldera tiene conciencia de este viraje, pero de acuerdo con su formación de estadista entiende que no se puede combatir, sin perderlo todo, a las fuerzas poderosas empeñadas en la creación del Nuevo Orden Mundial, aliadas para ese propósito, lo cual no significa que por debajo de la estructura de poder económico se deslicen y actúen energías contrarias, como las ratas bajo la gran ciudad.

Por el momento, hubo que plegarse: la Agenda Venezuela es la expresión de esa sumisión, la cual, para muchos, equivale no a un sometimiento sino a una elección de ser partidario del Nuevo Orden capitalista. Frente a la ofensiva plutocrática estuvo y está la ineficacia, como escribió Arraiz Lucca, de los diversos gobiernos venezolanos de la democracia, los cuales con sus empresas básicas, su estatificación y su sentir social, dilapidaron desde Pérez hasta hoy varios planes Marshall, sin lograr afianzar la independencia económica de la República. En cambio, hay una nueva clase millonaria. Más grave que la presencia de Caldera es la perspectiva del próximo Presidente, porque todos, reitero, todos los aspirantes son temibles para el destino del país, por razones que no vienen al caso aclarar. De modo que Rafael Caldera está en donde debía estar.

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