Revista Electrónica Bilingüe Nº 12 Febrero 1997 |
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Ibsen Martínez Hay un tipo llamado Bill Moyers que alguna vez fue, subdirector del Cuerpo de Paz y jefe de prensa de Lyndon Johnson y cuyo trabajo televisivo admiro mucho, desde siempre. Moyers trabajó durante un largo trecho en la cadena CBS y desde hace ya algún tiempo se desempeña con éxito como productor independiente del Sistema Público de Televisión estadounidense. ¿Qué tipo de televisión produce Bill Moyers? Bueno, Bill ha estado detrás de series como Un paseo por el siglo XX, El mundo de las ideas y Joseph Campbell y el poder del mito. Para orientar mejor el juicio del lector, recordaré sin ir más lejos que Joseph Campbell no es un autor llano y espontáneo, no es en absoluto un autor para las multitudes; su especialidad es el análisis literario y en él ha desplegado, de modo deslumbrante, las técnicas psicoanalíticas. Al respecto, confróntese su legendario El héroe de las mil caracas. (FCE, México, 1972). Pues bien, con un tema a todas luces escarpado y 'cultiparlista' como puede serlo el de los mitos y el psicoanálisis, Moyers logra reconciliarnos con los que llamaré 'usos pacíficos' de la televisión: la suya no es una televisión aburrida, ni mucho menos logra la atención televidente a costa de banalizar un tema frondoso. Ah, y lo más importante, dilectísimo profesor Roffé: las series de Bill Moyers no sólo no aburren letalmente al televidente, como logra hacerlo el programa sabatino de la Cinemateca Nacional, sino que suelen alcanzar cotas muy respetables en la medición de audiencia. ¿Por qué invoco aquí la figura y los logros de Bill Moyers? Por el cochino principio de autoridad, desde luego, y también porque, recientemente, Moyers habló ante un grupo de estudiantes del Centro de Estudios Avanzados de Cine y Televisión del Instituto Estadounidense de Cinematografía y las cosas que allí dijo suenan pertinentísimas a la hora de juzgar lo que viene ocurriendo en nuestra televisión, en especial en nuestros noticiarios, ante los ojos de todos, o al menos de quien soporte verlos. II 'Las ideas complejas no pueden exponerse en la televisión'. '¡Y dale con las ideas complejas!', exclamará seguramente el lector que todavía recuerde lo que el sábado pasado me permití decir sobre nuestra clase media y sus tortuosas, cuando no inexistentes, relaciones con las ideas complejas. Las ideas complejas, vale la pena repetirlo, son las únicas que conducen a alguna parte, de modo que no se trata de un prurito del señor Martínez sino de algo que el poeta Henri Michaux expresa mejor que yo: 'aquel que no acepte este mundo no construirá en él casa alguna'. Llegado aquí, no resisto la tentación de trascribir un par de observaciones ofrecidas por Moyers al foro de estudiantes del American Film Institute: 'La tecnología de la televisión lo vuelve todo plano y, al hacerlo, desciende al más bajo común denominador, desprovisto de matices, sutileza, historia y contexto, con lo que se convierte en promotora de consenso, ¡y a menudo de cualquier consenso!, casi siempre el más elemental y fascistoide, aunque desde luego, los productores proclamen no intentar imponer éste al público'. Y más adelante: 'El finado Samuel Becket formuló una vez esta idea maravillosa: En la lectura, una voz nos susurra: ¡imagina!' y usamos la imaginación. Esto no sucede en televisión porque no podemos hacer una pausa cuando la imaginación nos llama; hay que seguir adelante porque los productores se encargan por usted del ritmo y la velocidad de la carrera. En la lectura se puede volver atrás; se pueden hacer comparaciones, que es una de las funciones principales de toda inteligencia. Las ideas complejas no se pueden exponer en la tv comercial actual y ello explica, en gran medida, por qué no resultan bien los debates en este medio'. Y, todavía, un poco más allá: 'Imagine que tuviera que expresar su amor con la fórmula de los tiempos medidos. Sería algo así: ¿Que cómo te amo?', corte y entra el reportero: Le dijo a continuación nueve formas en que la amaba'. Calcule usted cuál sería el efecto de esto sobre el lenguaje del amor. Lo mismo sucede con el lenguaje del gobierno y de la política. Las ideas complejas no se pueden ventilar como es debido en la televisión actual'. III La carpa de los horrores Nada más complejo que 'lo social'. Sin embargo, el llamado 'reportaje de interés social' de nuestra televisión no es más que la versión audiovisual de la carpa de mostruosidades que solían mostrar los circos de la legua: con el pretexto de divulgar 'verdades científicas', despliegan un botillería de frascos de formol que alojan fetos deformes, desechos de la morgue, tumores descomunales; en fin, histología morbosa sazonada con figuras de cera que ilustran casos criminales famosos, decapitaciones, malformaciones congénitas, chancros, lóbulos leprosos. Todo bajo el 'formato' de la indagación imparcial de la realidad. La crítica de Moyers se ciñe a las limitacioneos de la tecnología y los modos de hacer de la tv comercial; pero ¿qué decir cuando esas limitaciones son estimuladas para sesgar maliciosamente el clima de opinión de un país? Tal es el caso de esa otra superchería de algunos de nuestros medios radioeléctricos: lo 'participativo'. Recientemente, el historiador Elías Pinto Iturrieta se refirió en un foro sobre el tema, auspiciado por la Iglesia Católica venezolana y que tuvo por escenario la Fundación Rómulo Gallegos, a una de sus formas más insidiosas, por lo que tiene de cálculo demagógico. Hablo aquí de la encuesta callejera sobre temas especializados. Merced a esta engañifa, la televisión consulta 'imparcialmente' al hombre del común, ese que no tiene acceso habitual a la tribuna, y es así como suele ofrecernos a un buhonero desdentado, analfabeto y perplejo, desplegando incoherencias sobre la competitividad de nuestros bitúmenes sulfurosos frente a los crudos dulces africanos o sobre la pertinencia de cancelar pasivos laborales con acciones ordinarias de Pdvsa o sobre el papel del juicio por jurado en la celeridad procesal o sobre el mejor modo de cerrar la brecha fiscal. Previsiblemente, la pregunta suele estar formulada de modo que surgiera la respuesta. ¿La premisa que halaga este 'método' de sondear la opinión pública? La de que el hombre de la calle, desinformado por el mismo medio que lo aborda para requerir sus pareceres, idiotizado por telenovelas y concursos y programas maratónicos sabatinos, agobiado de urgencias, baldado mentalmente por todo tipo de apremios, justamente irritado por la inflación, la inseguridad y el colapso de los servicios, instigado por un reportero manipulador que le formula preguntas modeladoras de respuestas unívocas, sabe en todo momento y mejor que nadie lo que le conviene al país. Todo esto dicho sin mencionar la desenvoltura que es preciso tener para llamar 'reportaje de interés social' a esa muestra de estiércol radioeléctrico titulada Ocurrió así... Me gustaría saber lo que el doctor Vladimir Gessen, respetado psicólogo social, hoy flamante vicepresidente de un canal de televisión local, tenga que decir sobre Ocurrió así en la enjundiosa columna que sobre temas de salud mental sostiene, junto con su esposa, en la prensa capitalina. Y digo en su columna porque en la prensa escrita puede uno ser en Venezuela mucho más dueño de expresar su propio parecer. ¡Hay cosas que ni siquiera un distinguido psicólogo social, por preocupado que se halle por la salud social del colectivo, puede permitirse decir en la reunión de programación de un canal de tv venezolano! ¡Y muchísimo menos en presencia del jefe! Pero no me hagan caso: ésta, mi monomanía con la televisión no es más que otra de mis ideas complejas. El Universal, sábado 25 de enero, 1997 |
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