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Revista Electrónica Bilingüe       Nº 12     Febrero 1997

Esta semana
¿Es deseable y es posible la igualdad?
Hugo J. Faría

Algunas personas consideran que los ricos se hacen más ricos a expensas de los pobres. Esta visión considera que el problema de la distribución del ingreso corresponde a un juego de suma cero; para beneficiar a los pobres debemos desmejorar a los ricos. Esta concepción redistribucionista influyó notablemente en la política económica socialista o de Capitalismo de Estado de la Unión Soviética y en Europa Oriental. En estos países la población estaba igualada, pero también estaba quebrada. Cuando la política económica se obsesiona con el ideal marxista de la igualdad, el juego ni siquiera es de suma cero, sino de suma negativa. Es decir, la torta a repartir se hace más pequeña desmejorando la condición material de toda la población. Estas políticas redistributivas asfixiantes de la iniciativa privada, han propiciado que nuestros ricos inviertan en el exterior coadyuvando a la propagación de la pobreza.

Nuestros niveles de pobreza se han incrementado porque como resultado de políticas 'igualadoras', donde el Estado es el dueño del país y no sus ciudadanos, no hemos experimentado tasas sostenidas de crecimiento económico. Cuando el crecimiento económico es exiguo se benefician fundamentalmente los ricos. Así, en Estados Unidos la desigualdad en la distribución del ingreso se profundizó más durante los años de 1993 y 1994 que durante la era de Reagan como consecuencia de la baja tasa de crecimiento, que ha promediado tan sólo 2,3%, durante la administración de Clinton.

Por el contrario, cuando las tasas de crecimiento son altas, (en economías emergentes no deben ser inferiores al 6%), toda la población se beneficia, pobres y ricos. Lamentablemente, para muchas personas imbuidas de un sentimiento igualitario, que a veces es la cara de la envidia, les resulta inaceptable que los ricos sean más ricos a pesar de que los pobres son menos pobres. Para los igualitarios, el dolor que les ocasiona la existencia de personas enriqueciéndose es superior al placer que este enriquecimiento origina en términos de bienestar y creación de empleo en los segmentos pobres de la población. La obsesión igualitaria es mala noticia para los pobres, porque los economistas no hemos encontrado la fórmula que permita ayudar a los pobres sin ayudar a los ricos. Cuando hay crecimiento sostenido y apreciable, todos nos hacemos más ricos pero a tasas diferentes. Debemos comprender que si mi ingreso aumenta y el suyo también, pero el de usted aumenta más que el mío, esto no me hace a mí más pobre.

Los beneficios de la desigualdad

La economía de Estados Unidos presenta una gran desigualdad en la distribución del ingreso. Concretamente, el 1% de los americanos es dueño del 40% del patrimonio estadounidense. El 20% más rico devenga el 44,3% del ingreso, mientras el 20% más pobre recibe el 5,1% del ingreso. No obstante, no podemos afirmar que la población americana está quebrada.

Es más, estas cifras estáticas esconden verdades profundamente reveladoras sobre la dinámica de la riqueza en Norteamérica. Un estudio realizado por Sawhill y Condon (1992) publicado en Policy Bytes, pone de relieve una extraordinaria movilidad económica. La mitad de las personas que se encontraban en el 20% más bajo de ls distribución del ingreso en 1977, una década después habían subido a quintiles superiores. Es más, la mitad de los que se encontraban en el 20% más alto en 1977, una década después ya no formaba parte del 20% más rico de la población. En adición de las 100 compañías más grandes en 1917, prácticamente ninguna aparece hoy en día en este selecto grupo. Esto indica que en una sociedad dinámica, relativamente no estatificada y con reglas claras, los pobres no son más pobres y los ricos no son más ricos.

Educación y familia

Si deseamos mejorar el nivel de vida de los segmentos más pobres, además de implementar políticas que fomentan el crecimiento económico, debemos enfatizar las áreas de educación y unidad familiar. Existe abundante evidencia empírica relativa a un aumento de la brecha de salarios entre trabajadores calificados y mano de obra no especializada. En Chile, donde 12 años de crecimiento sostenido han mitigado sustancialmente la pobreza, hay demanda excedentaria de personal capacitado. Si algunos integrantes de los estratos pobres tuviesen las destrezas requeridas, no serían pobres.

Estudios realizados en Estados Unidos ponen de manifiesto que entre 1983 y 1989 el patrimonio de las unidades familiares creció en 20%. Diversas categorías fueron consideradas, así, parejas casadas con hijos y sin hijos, hombres solteros con o sin hijos, mujeres solteras con hijos y sin hijos. Todas las categorías experimentaron un aumento sustancial patrimonial, excepto el de mujeres solteras con hijos que experimentaron un descenso de 20%. Estas estadísticas ponen de relieve la importancia para combatir la pobreza de la presencia del padre en la unidad familiar. Sólo pensemos en nuestras barriadas populares, donde más se concentra la pobreza, las cuales sufren de un alto nivel de desintegración familiar. Cuando los hijos disfrutan de la presencia del padre y la madre hay menos probabilidad de pobreza.

En una sociedad donde se premia la creatividad y el esfuerzo no se puede pretender la igualdad de ingresos y riquezas. Nacemos con dotaciones, talentos y disposiciones al trabajo diferentes, por lo tanto, los retornos también serán diferentes. Si estimulamos la producción mediante retornos debidamente ajustados por riesgos asumidos y no a través de la coerción del Estado, la desigualdad no sólo es inevitable sino que es deseable. No obstante, la igualdad que sí debemos fomentar es la de oportunidades, especialmente las de tipo educativo y la igualdad de todos los venezolanos ante los ojos de la ley.


El Universal, viernes 24 de enero, 1997
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