Revista Electrónica Bilingüe Nº 12 Febrero 1997 |
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El cambio de mentalidad
Humberto Calderón Berti Hace algunos meses escribimos sobre la fortalezas ydebilidades de nuestro país. Ambas son numerosas. No es ocioso repetir que las fortalezas más importantes de Venezuela son los recursos naturales, los recursos financieros que nos ha proporcionado nuestra condición de país petrolero y los recursos físicos que hemos construido, que a pesar del deterioro, constituyen algo de gran valor. Pero también tenemos grandes debilidades: los recursos humanos, los culturales y los institucionales. Convertir la debilidad del recurso humano en una fortaleza pasa necesariamente por darle a la educación el carácter prioritario que se merece. No sólo del Gobierno sino de toda la sociedad venezolana. Algo que guarda íntima relación con la educación son los recursos culturales. Nos referimos a recursos culturales desde el ángulo de la mentalidad de la gente. Todo el proceso de cambio y de transformación profunda que requiere el país necesita de una nueva mentalidad de la sociedad venezolana. De una nueva cultura política y económica. El país ha estado sometido durante largos años al bombardeo de un populismo engañoso, y lamentablemente se ha habituado a él. Hablar con la 'verdad por delante' dificulta la comprensión de la mayoría. La mentira, el engaño, la manipulación y el 'disimulo permanente', como suele decir Oswaldo Alvarez Paz, se han convertido en algo habitual. Existe en la mayoría de la población venezolana una tremenda propensión a sucumbir frente a la mentira. El proceso y resultado electoral de 1993 es un claro testimonio de lo anterior. Quienes le dijeron al país lo que había que hacer, sin tapujos ni medias tintas, fueron sancionados por el electorado y condenados a la derrota. Por el contrario, quien le dijo a la gente lo que ésta quería oír, le conviniera o no, fue premiado y elevado a la primera magistratura del país. Ahora están desencantados, molestos y se sienten engañados y burlados. ¿Cuál fue la razon que los indujo a aceptar los cánticos de sirena y desechar lo que le convenía al país, y a ellos mismos? No fue otra sino la mentalidad de la población habituada a la mentira. Esta cultura política se ha enraizado tanto en la gente que constituye uno de los principales obstáculos para que el país pueda enrumbarse definitivamente en la búsqueda de la modernidad. El país está urgido de cambios profundos. Buena parte de la población los reclama con inexplicable paciencia, pero tardan en venir, por cuanto las fuerzas de la regresión y el anacronismo continúan insertadas en las cúpulas del poder y mantienen una actitud 'gatopardiana'. La cultura política llega al extremo de que cuando se habla sin tapujos, o se proponen salidas audaces para la crisis, se señala que esas posturas son impolíticas y que quienes nos atrevemos a plantearlas somos unos 'técnicos' que nos falta la condición de 'luchadores sociales', que es la forma eufemística como algunos vividores, inútiles y parásitos se autodenominan. Otro tanto ocurre con la cultura económica. El estatismo es visto por un grueso sector de la sociedad como expresión de nacionalismo y defensa de la soberanía. Las cuantiosísimas pérdidas en las cuales incurren las empresas del Estado son así justificadas en aras de los 'supremos intereses de la República'. No importa que ello empobrezca a la mayoría de la población y consuma recursos que el país debería utilizar para la educación, la salud, los servicios públicos, y la seguridad y defensa. Son muchas las voces que se levantan airadas para protestar por la supuesta desnacionalización del país cuando se quiere avanzar, como las circunstancias lo aconsejan, en el proceso de privatización de las empresas del Estado. Se suele invocar un supuesto atentado contra la soberanía nacional mientras el país es invadido, sin disparar un solo tiro y de manera silenciosa por capitales colombianos de dudosa procedencia. Es decir, a algunos les preocupa que se privaticen unas empresas que han servido fundamentalmente al clientelismo político, sindical y gremial, pero no les importa que nuestros productores agropecuarios del Zulia, Táchira, Apure y Barinas no puedan ir a sus unidades de producción por las constantes amenazas a las que son sometidos, y son forzados a vender sus propiedades a precios de gallina flaca. El intervencionismo y los controles suelen ver vistos, por quienes se insertan dentro de esta particular mentalidad, como expresión de un gobierno que sí cumple a cabalidad con sus responsabilidades. Cuando el gobierno del presidente Caldera estableció, en junio de 1994, los controles de cambio y de precios, su popularidad aumentó vertiginosamente. Mucha gente exclamó 'ahora sí tenemos gobierno'. Algunos denunciamos lo inconveniente de tales medidas y se nos tildó de insensibles. El tiempo y los hechos nos dieron la razón. Los precios, a pesar de los controles, se dispararon. Lo mismo ocurrió con el dólar. Antes del control de cambio la paridad era 100 bolívares por dólar. Cuando lo eliminaron estaba en 470 bolívares por dólar. No había ninguna razón para pensar que los controles funcionarían. No había ocurrido así en el pasado. La mentalidad del venezolano nos lleva a ser escapistas y andar buscando permanentemente un pretexto, ordinariamente de naturaleza externa, para justificar la situación del país, y no atribuir a los errores cometidos por nosotros los males que padecemos. Así ha sido desde el siglo pasado. A la Corona española se le atribuyó buena parte de los males existentes después de la independencia, cuando en realidad ellos pueden ser atribuidos a los estragos de la guerra que prácticamente acabó con la dirigencia preparada del país para darle paso a militares de montoneras, que, salidos de los hatos y haciendas para la gesta emancipadora, luego se habían adueñado del país que manejaron y administraron como lo hacían con sus propiedades rurales. Luego vino la excusa, de comienzos de siglo, de descargar en los alemanes la furia y responsabilidad de nuestros males cuando pretendieron cobrar lo que el país les debía como resultado de los empréstitos 'guzmancistas'. La aparición del petróleo dio pie a un nuevo discurso político que giró, durante varias décadas, en torno al 'imperialismo norteamericano'. Nacionalizada la industria petrolera, y concluida la guerra fría, la línea de argumentación que se apoyaba en responsabilizar a las compañías petroleras de habernos saqueado nuestros recursos naturales y por ende ser responsables de nuestras penurias se agotó. Era necesario encontrar otro pretexto. La oportunidad la brindan calva. Apareció ese monstruo malvado del Fondo Monetario Internacional. El ex presidente Carlos Andrés Pérez lo comparó a la 'bomba sólo mata gente', tan en boga durante la administración del presidente Ronald Reagan, para luego firmar una carta de intención con dicho organismo. Otro tanto sucedió con el presente Gobierno. Todos sabemos lo que luego ocurrió. El año pasado firmó un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, sólo que para guardar las apariencias y ser consecuentes con la cultura del engaño se le llama Agenda Venezuela. El mismo musiú con diferente cachimbo. En los actuales tiempos existe un nuevo chivo expiatorio. Le vino de perilla a los políticos tradicionales y a muchos otros que suelen opinar de temas que desconocen. Es el neoliberalismo. En la prensa suelen verse opiniones que señalan que las políticas neoliberales son las responsables del pavoroso proceso de empobrecimiento colectivo por el cual atraviesa la sociedad venezolana. Se ignora que han sido decenas de años de aplicación de políticas equivocadas lo que nos ha llevado a esta situación. El estatismo, el intervencionismo, los controles y el paternalismo de Estado son los que han empobrecido al país y a la gente. Todo esto combinado con una pésima administración y una asombrosa incapacidad gerencial. Instituciones tan respetables como la Conferencia Episcopal, por cuyos miembros siento admiración y respeto, suelen opinar en el sentido de atribuirle al neoliberalismo la responsabilidad de nuestros males. El problema de fondo es de sentido común. Si las políticas que se han aplicado han convertido al país en uno de gente pobre y marginal, ¿qué es lo que debemos hacer? ¿Perseverar en los errores? ¿Seguirlos cometiendo dentro de una concepción fundada en el autoengaño o, por el contrario, hacer lo que en otros países se ha hecho, con menores recursos que el nuestros y en donde las grandes mayorías han superado la pobreza y se cuenta con una sólida clase media? Llegué a la política, entre otras razones, por la formación que recibí de los Hermanos de la Salle. Allí se despertó en mí, en mis años de adolescente, la sensibilidad social y humana que poseo. Fue en las Encíclicas Sociales de la Iglesia católica donde tomé conciencia del drama que significa la pobreza. También aprendí que la economía no es un fin en sí mismo. Que el desarrollo debe tener como fin último el bienestar material y espiritual del ser humano. De lo que se trata, a fin de cuentas, es aplicar políticas, sin clichés deformantes, que permitan la superación de la pobreza. Todo lo anterior nos obliga a que todos aquellos que compartamos puntos de vista sobre la manera, forma y estilo de hacer políticas y que estamos convencidos que la única forma de avanzar hacia la superación de la crisis y tomar el camino del desarrollo económico y social propulsando la modernidad, debemos hacer un esfuerzo colectivo de divulgación del mensaje con coraje y valentía. Será de esta manera como el país cambiará su mentalidad y superará una de sus mayores debilidades. E-mail: 73070.3124@compuserve.com El Universal, jueves 23 de enero, 1997 |
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