Revista Electrónica Bilingüe Nº 12 Febrero 1997 |
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El Presidente del Congreso
Julián Calatrava Hasta ahora, la Presidencia del Congreso ha sido un cargo insulso, con responsabilidades que no van más allá de presidir votaciones casi de mero trámite. La Cámara de Diputados, no se sabe si por vocinglera, numerosa, por las coimas de la Comisión de Finanzas; porque de cuando en cuando sus diferencias se dirimen no "mediante la señal de costumbre", sino a través de certeros salivazos disparados desde bancadas adversarias; la Cámara de Diputados --decía-- es la que transmite a los electores la impresión, buena o mala, no viene al caso dilucidarlo ahora, que es allí donde se concentra el grueso del poder parlamentario. Por el contrario, el Presidente del Congreso no manda. En eso se parece al vicepresidente de los Estados Unidos. Está ahí, con preeminencia en la lista de protocolo. Llega el primero y se va el último a los cockteles y fiestas de las embajadas, pero sólo excepcionalmente ejerce alguna cuota de poder por derecho propio. En Venezuela, los pocos presidentes del Senado que han tenido lo que se llama poder, no lo han derivado de ese cargo sino de su propio peso específico. Aquí cabe plenamente la frase de Fouché: "El hombre hace al cargo, y no el cargo al hombre", que fue la réplica esgrimida por el Duque de Otranto, cuando alguien le cuestionó que se había rebajado a desempeñar la jefatura policial de la capital francesa, después de haber sido ministro del Interior. El senador Fernández Daló --y lo reconocemos sin regateos-- intentó al comienzo de su mandato, acumular mayor poder para el cargo en cuestión, y para evidenciar que trabajaría en ello a tiempo completo, estableció con algunos integrantes de su familia, su residencia en los anexos de las oficinas de la Presidencia del Senado. Algunas grescas normales en todo matrimonio, el olor a frito de las empanadas de cazón con las cuales frecuentemente el senador Daló proveía su almuerzo y "Schwarzenegger", el perro raza barriobajera propiedad de la familia, cuya indisciplina en eso de respetar las pantorrillas de los visitantes extranjeros, a las cuales se abrazaba frenética y rítmicamente so excusa de su obligado celibato, hizo fracasar ese proyecto, el senador se tuvo que mudar --incluido Schwarzenegger-- de vuelta a su apartamento, y la Presidencia del Congreso continuó languideciendo. Pese a todo lo dicho en esta crónica, ahora que se prepara la renovación de las directivas del Congreso, la mayoría de las miradas se vuelven hacia la designación de su nuevo Presidente. Se requiere de un hombre, o de una mujer, con verdaderos dotes de estadista. Que como López Contreras y Lepage, sean capaces de llenar con pulcritud y sosiego cualquier ausencia absoluta. Como Humberto Celli, como Lewis, Haydee Castillo, Freddy Muñoz, París Montesinos, Eudoro González --¨No son ya París y Eudoro senadores? qué lástima-- como Gómez Tamayo, en fin, un Presidente del Senado bien preparado, para --frase que tomó del poeta Paz Castillo-"... cuando la hora sea llegada". El Nacional On Line |
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