Revista Electrónica Bilingüe Nº 12 Febrero 1997 |
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La Europa por rescatar
Carlos Nadal La gente se echa a la calle en Serbia, Albania, Bulgaria. Contra los presidentes Milosevic y Berisha en los dos primeros países. Contra un gobierno poscomunista en el tercero. ¿Es la segunda revolución de terciopelo, porque la primera no ha cuajado por igual en los antiguos satélites de la URSS? El comunismo reciclado maduró con provecho en Hungría y Polonia y la República Checa (inicialmente Checoslovaquia). Y ahora el puente con Occidente se restablece con más facilidad. Si hay que integrarse en la Unión Europea, en la OTAN, allí están con las cuentas bastante en regla. Como Eslovenia, posiblemente. Los demás países del que fue bloque del Este son otro cantar. El socialismo real se edificó sobre sociedades y regímenes bastante alejados de lo que era el mundo moderno. Era una Europa con hábitos contraídos en la época de los grandes imperios centrales, agraria y aristocrática, sometida a la presión acelerada de la Rusia revolucionaria y la Alemania nazi. La aplicación brutal del modelo soviético fue esterilizadora. Ceausescu, Hoxa, Zidkov, tiranos de recia mano. En estas condiciones, el paso a la libertad se hizo en pésimas condiciones. De pronto se les vino encima un lenguaje del que sólo sabían por referencias de segunda mano, alteradas por un explicable espejismo. Democracia, libertad, derechos humanos, pluralismo, economía de mercado. Así, a la seducción siguió la euforia y bien pronto el temor. Algo paralizador, el miedo al coste, sobre todo económico, de la libertad. ¿Cómo arreglárselas sin el partido único, sin el jefe indiscutible, sin la milicia y, especialmente, sin el sobreentendido de recibir poco a cambio de trabajar poco? Sobrevivir, sí, sabían qué era. La pura, desnuda, avara subsistencia. Lo demás quedaba para los del otro lado del muro. Los comunistas, pasado el primer momento de estupor, supieron aprovechar esta parálisis. Los pueblos habían conocido la euforia inicial. La de la caída de los falsos ídolos. Pero, luego, nadie supo a ciencia cierta cómo subir las gradas de acceso a los grandes palacios construidos según los cánones del realismo socialista, cómo reventar las puertas de los despachos desde donde se había dispuesto de la vida y la muerte. Los mandos del Partido por antonomasia seguían allí, asustados, pero formando piña. Había que cambiar siglas, esconder la basura bajo los muebles, hablar en otra clave. Pero el poder, para ellos. ¿Quién, si no, sabría manejarse, entender de qué iba esto de gobernar? Las minorías disidentes dijeron "aquí estamos nosotros". Formaron grupos de urgencia, partidos, coaliciones. El tiempo, congelado, comenzaba a correr de nuevo. Con precipitación, por si fuera poco. Fechas de elecciones, por fin libres, candidaturas, programas. Y quienes estaban más a punto eran los de siempre. Remontaban los acostumbrados a trepar en la segunda o tercera escala del régimen, que cogieron al vuelo la oportunidad de quitarse los galones comprometedores para vestir con urgencia el traje del liderazgo democrático. A revolución de terciopelo, contrarrevolución de terciopelo. Y fue fácil. Por el desamparo de verse de golpe en la vorágine de la libertad de mercado con el consiguiente surgir de los aprovechados, de los mafiosos, tantas veces pertenecientes a la misma élite comunista. La apertura de puertas dio paso a una fuerte corriente de aire que se lo llevó todo por delante. Hubo que agarrarse a lo que había. A la euforia primeriza siguió un atenerse a lo de "malo conocido mejor que bueno por conocer". Un afán de seguridad. En el empleo, en la parca paga, en la reducida vivienda y el tener con qué engañar el hambre. En Hungría y Polonia, el reciclaje de los comunistas en socialdemócratas venía operándose desde tiempo atrás. No les cogió de nuevas la necesidad de ir trillando el camino para otro tipo de sociedad y de Estado. En Checoslovaquia vino de perlas la tradición industrial avanzada y de empalme cultural con Occidente anterior a la Segunda Guerra Mundial. El pueblo de la Primavera de Praga supo muy bien a quién encomendarse. Yugoslavia, Bulgaria, Rumania y, en cierto sentido, la Eslovaquia segregada de la república común con Chequia surgida en 1918, no lo tenían tan a mano. Y así les ha ido. El nivel era tan bajo, tan precario todo, que resulta difícil levantar cabeza. La desintegración de Yugoslavia, la guerra en Croacia y en Bosnia han sido episodios desgarradores del derrumbamiento del comunismo europeo. Y, ahora, la protesta en marcha en Bulgaria y Albania resulta del corte brutal que ha supuesto el hundimiento sin transición del cerrado régimen comunista. En Serbia, Milosevic y su agresiva mujer consiguieron detener la caída levantando la bandera del nacionalismo, que atrajo incluso a quienes ahora están contra ellos. Pero el sumando peyorativo de la guerra, las consecuencias del bloqueo internacional, han hecho que hasta la Iglesia ortodoxa retire su apoyo al Gobierno mientras el Ejército se hace a un lado. ¿Quién se agita en Belgrado, en Nis? Una amalgama heterogénea de los que apostaron por la guerra de Bosnia y están defraudados, de los que quieren acabar con el abuso de poder y la corrupción o, simplemente, mejorar las condiciones de vida. La tensión revive en la provincia de Kosovo, precisamente donde Milosevic comenzó su aventura de agitación nacionalista contra la mayoría albanesa. Y, al otro lado de la frontera, en Albania, las aventuras financieras fraudulentas provocan el desplome y sacan a la población irritada a la calle. Los Balcanes son, una vez más, el polvorín potencial de Europa. Con ex comunistas o sin ellos. Democracias a medias, o que no encuentran su equilibrio. Fracasaron los anticomunistas que gobernaron Bulgaria de 1991 a 1994. En fracaso termina la extraña "cohabitación" de presidentes anticomunistas (antes Zelev, hoy Stoyanov) y gobiernos ex comunistas surgidos de las elecciones de 1994. Y en la que fue terrible Albania de Hoxa, la ira popular se vuelve contra Sali Berisha, un antiguo disidente a quien las últimas elecciones llevaron al poder. ¿Es una búsqueda desesperada entre opciones que no merecen confianza? Los Balcanes vuelven a ser el enfermo de Europa. De esta Europa hacia la que la UE y la OTAN avanzan sus peones porque sin su integración la estructura continental no será estable. Copyright La Vanguardia 1996 E-mail: cartero@vanguardia.es |
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