Revista Electrónica Bilingüe Nº 12 Febrero 1997 |
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Venezuela no es un país de oportunidades
Alejandro J. Sucre Los ministros de Economía y hasta el mismo Presidente de la República presionan material y psicológicamente a nuestros médicos, profesores, jueces y demás empleados públicos para que trabajen, aún a sabiendas de que éstos no cuentan con la infraestructura mínima de trabajo y mucho menos con sueldos que les permitan vivir. Increíblemente, la Agenda Venezuela se sostiene en la misma falsa premisa que sirve de base al cuento popular que describe a aquel amo que intentaba enseñar a su caballo a vivir sin comer y cuando creía que ya lo había logrado, descubrió que el caballo había muerto. De la misma manera, los dirigentes gubernamentales y muchos miembros del Congreso Nacional hoy, sustentan su deseo de hacer que la Agenda Venezuela funcione, aun forzando la barra. Sus codiciosas cuentas políticas no les permiten analizar introspectivamente qué están haciendo mal, sino sólo les impulsan a arrinconar a todos los venezolanos y hasta usar la fuerza pública para encamisarlos y hacerlos cumplir con sus planes macroeconómicos. Sus audaces elucubraciones les indican que todavía es posible mantener la corrupción en los hospitales, tribunales, contrataciones públicas y escuelas del país (fuente perniciosa de financiamiento de varios partidos políticos) y mantener el gasto fiscal rígido (requisito para controlar la inflación) si tan sólo se lograra sacrificar los sueldos de los funcionarios públicos. Sólo se concentran en arrinconar más a los ciudadanos, sin importar que los arruinados sean los médicos, los jueces, los educadores y demás profesionales, de quienes dependerá el futuro del país, ni que hayan mejores sistemas de administración de las instituciones públicas que permitirían incrementar la productividad nacional.
La codicia rompe el saco y las huelgas no cesarán Todo el país sabe que la Agenda Venezuela es motorizada por muchos de los políticos que han hecho que Venezuela con todos sus millones de habitantes y sus incalculables riquezas naturales facture y produzca menos riqueza que empresas transnacionales que simplemente venden jabones, cepillos de dientes, electrodomésticos o hamburguesas a lo largo del mundo. Todos sabemos que los profesores y médicos venezolanos no ganan lo suficiente porque el gasto fiscal está montado sobre un sistema improductivo. Todos sabemos que la mayoría de los actuales dirigentes políticos, sindicales y empresariales artífices del empobrecedor sistema económico venezolano no tienen la visión, la preparación profesional, ni la integridad moral para poner a Venezuela a producir de verdad. Todos sabemos que Venezuela le queda grande a la mayoría de sus dirigentes y que no le podemos pedir peras al olmo. Que reformas impulsadas por los mismos creadores de las trabas burocráticas o por personas sin suficiente trayectoria personal es la mejor forma de no hacer nada. La verdadera economía de mercado en Venezuela sólo puede comenzarse aplicándola dentro de los propios partidos políticos. En la economía de mercado el ejemplo empieza por casa, a nivel micro. Los partidos políticos tendrían que financiarse no de la corrupción fiscal en educación, salud y obras públicas sino de las donaciones directas provenientes de ciudadanos atraídos por sus banderas ideológicas y por la calidad humana de sus dirigentes. De esta manera, los partidos políticos darían el ejemplo de cambiar sus propios dirigentes fracasados y corrigiendo los sistemas de administración de las instituciones del Estado antes de imponer el empobrecimiento colectivo. Los cambios en el financiamiento de los partidos políticos y la aplicación de un sistema de mayor transparencia electoral, permitiría que los Galarraga que hay en todos los campos del quehacer nacional, se incorporen al Congreso Nacional, al Poder Ejecutivo, al Poder Judicial, a las alcaldías, a las gobernaciones y a las empresas privadas del país, en lugar de tener que buscar reconocimiento en otros países. Con cambios en el financiamiento de los partidos políticos y la automatización del sistema electoral, eliminaríamos la trampa como medio para alcanzar liderazgos colectivos e incorporaríamos un sistema automático de renovación humana y de revolución ideológica que evitaría el caudillismo dentro de nuestras instituciones públicas y privadas. Debemos darnos cuenta que no puede haber reformas económicas de mercado sin primero pasar por reformas políticas. Y para El Universal, martes 21 de enero, 1997 |
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