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Revista Electrónica Bilingüe       Nº 12     Febrero 1997

Esta semana
Riqueza y prosperidad
Diego Bautista Urbaneja

De vez en cuando procede explorar las raíces profundas de males cotidianos. Por ejemplo, la concepción arraigada que tenemos de la riqueza y la prosperidad.

No son lo mismo riqueza y prosperidad. La riqueza es una situación final, un estado en el que uno se encuentra. La prosperidad es un proceso, y la sensación que lo acompaña. Se puede ser pobre y próspero, en el sentido de ser cada vez menos pobre, aunque pobre todavía. La prosperidad consiste a la vez en la realidad de ese hecho de que se está siendo menos pobre y en saberlo o sentirlo.

Lo saludable es que la riqueza sea el resultado final de un proceso de prosperidad. Pero no ocurre así necesariamente. Es posible convertirse en rico sin pasar por la prosperidad. Un golpe de suerte puede hacerlo a uno rico, 'de un día para otro'. En cambio no se puede pasar a ser próspero de un día para otro.

La prosperidad remite no sólo a la idea de proceso, sino además a la idea de plan, de proyecto, de empresa, y del esfuerzo cotidiano para realizarla. La prosperidad supone una conciencia profunda de lo que se hace, la ubicación de cada paso en una secuencia compuesta por etapas y diseñada así. El bienestar propio de la prosperidad, en el que la prosperidad consiste, es el que deriva de saber que se está en un momento, en una etapa de ese trayecto, y de que todo va bien.

Nos gusta más la riqueza
No ha sido la de prosperidad una idea muy arraigada en nuestra cultura económica. La idea de riqueza ha sido mucho más afín a nuestro modo de entender el bienestar que la idea de prosperidad. Muchos venezolanos prosperan, pero se piensan más bien ricos o enriqueciéndose que prósperos. Puestos a escoger, prefieren ser estar ricos que ser prósperos, que estar prosperando. En realidad la palabra prosperidad no les viene a la mente. El vocablo es ajeno a nuestro lenguaje habitual, tanto el público como el privado. Ha quedado para alocuciones formales y para felicitaciones de Año Nuevo.

Secuencia invertida
De hecho, la riqueza ha tenido más que ver con la historia económica del país que la prosperidad. En un momento dado de su historia, este país se encontró lo encontraron con que era rico. Era rico sin haber sido próspero. Obsérvese la monumental inversión del orden normal de las cosas. La riqueza de un país es normalmente el producto de un largo proceso de prosperidad, el producto suma o multiplicación de las prosperidades personales. En cambio, el hecho masivo y central de nuestro país era que el país era rico antes de ser próspero, sin necesidad de haber sido próspero.

En la mente de los mejor intencionados y más angustiados por esa anomalía, el gran problema era cómo convertir esa riqueza en prosperidad. Había que reconstituir a marchas forzadas la secuencia natural: esa riqueza súbita debía ser usada para construir la prosperidad que hubiera debido precederla, como quien devuelve una película de la que sólo ha visto el final.

Pero eso estaba en pocas cabezas. Porque había más. Platón decía que el Estado era como el individuo pero en pantalla gigante. Igualmente, aquel hecho de escala nacional podía servir de modelo al venezolano individual. Así como el país podía ser rico sin haber sido próspero, lo mismo podía ocurrir al individuo. Para qué atravesar el terreno trabajoso de la prosperidad, si el país enseña que se puede ser rico de una buena vez.

Demasiado camisón
Todo esto hace conexión con un hecho profundo de nuestra psicología económica, cuya presencia constante en la historia venezolana ha sido valiosamente sacado a la luz por la historiadora Ruth Capriles. Se trata de la convicción de que los venezolanos no podemos con la exuberante naturaleza de nuestro país. Es demasiado para nosotros. Nuestra iniciativa personal es débil e inconstante. No podemos esperar de ella convertir la riqueza inerte y objetiva de nuestro suelo en prosperidad personal y colectiva. A cada uno lo que le toca es ver cómo se hace rico, aprovechando esa riqueza del país. Si no lo logras, lo más que puedes esperar es la mera subsistencia.

Es posible que esa antigua convicción se haya diluido un tanto, al menos como convicción explícita. Eso no impide que siga trabajando silenciosamente, en las profundidades del alma. En todo caso, cualquier solución económica duradera de los problemas económicos y sociales del país pasa por la superación del síndrome psicológico que hemos abordado aquí. No, por supuesto, dando 'catecismos de prosperidad' ni amartillando palabras que no nos suenan, sino encontrando la manera de sembrar en la actitud colectiva la noción de que la riqueza real es el final de un largo y tal vez inacabable camino, cuyo nombre es lo de menos, pero que está hecho de esfuerzo constante.


El Universal, jueves 23 de enero, 1997
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