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Revista Electrónica Bilingüe       Nº 12     Febrero 1997

Esta semana
¿Más o menos?
Moisés Moleiro

Pasó otro aniversario del MAS. Muy concurrido, dada la vieja costumbre venezolana de arrimarse a un árbol más o menos propicio para obtener cobijo. El partido está en el Gobierno y puede proporcionar empleos y quizás otras cosillas placenteras.

Pero en el fondo sin pena (que deberían tener dada su banalización política) ni gloria (que luce remota, en el pasado del partido).

En efecto, lejos, muy lejos, están los momentos iniciales donde el gesto originario que hiciera nacer al partido, despertara una vasta simpatía. Nutrida de emoción y esperanza. Cuando una fuerza cuestionadora y crítica se plantó en la arena nacional reclamando la indispensable vinculación entre las ideas de cambio social y el ejercicio de las libertades públicas. Dotado de una dirección que originaba iniciativas políticas coherentes y certeras. Con unos cuadros medios honestos, empeñados en transformar al país.

Recuerdo que alguien a quien el nuevo movimiento no le era grato, se quejaba de que hasta suerte tenían, pues todo les resultaba ventajoso.

Ese MAS sirvió también para ofrecerle una salida y un camino al resto de una izquierda que se hallaba atracada en formulaciones dogmáticas y sin rumbo certero, al mismo tiempo que enriquecía el debate político venezolano con temas nuevos y planteos sagaces. Empeñado como estaba en liberar a la sociedad venezolana de la coyunda de dos partidos que lo controlaban todo y todo lo estropeaban, antecedentes de la crisis que actualmente padecemos.

El sujeto que he citado tuvo razón en lo de que hasta suerte tenían. Pero como aquellos personajes de la mitología griega a cuyo nacimiento acuden dioses distintos otorgando dones diversos y al final llega uno que con un solo defecto lo echa todo a rodar, en medio de la suerte apareció el factor que se tragaría los éxitos iniciales del partido.

¿De qué factor hablamos? El MAS nace y da sus primeros pasos en el momento de la máxima degradación de la política venezolana desde el punto de vista ético. Y la convivencia con otros, permeó sus hábitos y comenzaron dos procesos paralelos: la conversión de las tendencias 'ideológicas' en grupos de interés y la protección que las direcciones de semejantes grupos de interés otorgaron a sus adherentes, cuando éstos se lanzaron por el camino que sintetiza el refrán: 'agarre que el ciego tiene'.

Hace mucho tiempo que en el seno de ese partido no se dan discusiones políticas de ningún género y las pugnas son por los cargos, por el disfrute del poder interno, por el control del aparato. Por ello no es casual que año tras año se hable de una convención ideológica que se aplaza incesantemente.

Hubo un momento de esperanza, cuando Freddy Muñoz asumió, con una muy significantiva mayoría, la Secretaría General. Pero las expectativas se truncaron. Muñoz, un hombre indudablemente dotado, ejerció por un período largo (casi nueve años) y los males del MAS no hicieron sino crecer.

Es cierto que acertó al apoyar a Caldera en tanto que partido, tratando de ese modo de romper el dogal bi-partidista. Es cierto que algunas de sus individualidades ejercen una tarea ciclópea en el seno del Gabinete, empujando la amarga medicina con la cual podemos salir de la crisis, dada la inevitabilidad de la dolorosa cura. Un Teodoro, un Pompeyo y hasta un Simón García, significan eficiencia en sus tareas y voluntad de hacer las cosas bien. Pero no lo es menos que el partido se halla bajo la peor de las direcciones que haya padecido en su historia. La más ciega, la más torpe, la más tolerante con prácticas corruptas. La que hace del pragmatismo una religión y pretende perpetuarse con todos los medios a su alcance: desde alianzas absurdas en el plano interno hasta la coacción pura y simple.

Hay un momento histórico concreto (el 4 de febrero del 92) en que cristalizaron muchas tendencias en el seno de la sociedad venezolana. Y a partir de su actuación en el mismo, el MAS dejó de ser la alternativa, el polo opuesto a cuanto detestaba el país. Y pasó a ser un partido banal, urredizado, sin elan y sin vigor.

¿Es todo esto inevitable y no tiene remedio? Difícil es decirlo. Una de las cosas que uno aprendió es que en ninguna actividad humana hay más sorpresas que en la política. Por lo pronto, en la confrontación interna, Víctor Hugo de Paola y Gustavo Márquez se proponen acceder al control del partido para intentar enrumbarlo por otras sendas, menos lamentables.

En caso de que ganaran los espera una tarea hercúlea. Una lucha contra algo que se ha constituido en una especie de cultura interna indeseable. Una faena desmesurada. Los compadezco.


El Universal, sábado 25 de enero, 1997
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