Revista Electrónica Bilingüe Nº 12 Febrero 1997 |
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La clase media
Juan Martín Echeverría La política es pendular y el boomerang es una realidad de la vida política: un fundamento esencial de la democracia es la alternabilidad y, los primeros avisos de disentimiento suelen expresarse en las elecciones intermedias, las encuestas y la crítica abierta de los medios de comunicación. El Gobierno ya tiene el sol en la espalda, actúa con escasa convicción y coherencia al privilegiar el ensayo y el error, e insiste en el milagro de convertir un abrigo viejo en nuevo, simplemente dándole la vuelta; de allí la rebelión de los gremios, los resentimientos y la desesperación de la clase media, que anhela los liderazgos legítimos con visión de conjunto y deseo de transformación. Gómez y Betancourt, ambos de la clase media, son las dos figuras que han dejado una huella más profunda en el siglo XX, porque desarrollaron políticas y planes opuestos con sentido de Estado y coincidiendo cada uno a su manera en la ejecución de un Proyecto nacional; el primero a través de la élite conservadora que lo acompañó a lo largo de su gobierno y el segundo mediante ideas revolucionarias en un principio, después de la reflexión, y luego con la madurez de las experiencias adquiridas durante el exilio. Hoy en día, lamentablemente, el país carece de un proyecto nacional y los gobiernos se conforman con sobrevivir, atendiendo con retardo y a duras penas la coyuntura; falta la alegría de vivir y gobernar, manifestando los funcionarios poca disposición al diálogo y menospreciando a los ciudadanos. Actualmente los factores de poder no saben con exactitud lo que quieren, salvo conservar sus fueros en base a que toda estructura dominante dispone de un conjunto de instituciones, normas jurídicas, cierta cohesión y lealtades incondicionales; contando con la conseja popular que 'es mejor malo conocido que bueno por conocer'. Por eso los sectores marginales, populares y un apreciable porcentaje de la clase media prefieren dejar las cosas como están, sin embargo el piso se está moviendo y la dinámica nos dirige hacia situaciones límite, porque lo macroeconómico no se puede deslindar de lo político y lo social; mientras la inoperancia de los líderes y de las instituciones del país exacerba los conflictos, y los beneficios de la Agenda Venezuela no se percibirán sino dentro de mucho tiempo, clama al cielo el creciente empobrecimiento de la sociedad civil. Todo se resume en un deterioro que se aprecia a simple vista en cualquiera de los escenarios, salud, educación, servicios, seguridad y por supuesto en la calidad de vida. El drama de los gobiernos es la cultura de la improvisación y el despilfarro, aunado a los malos ejemplos: hemos perdido el respeto por nosotros mismos y el temible estallido social se ha ido fragmentando en reclamos que no son atendidos oportunamente, potenciándose su costo presupuestario y cívico. Hasta las piedras sabían que éste sería un año social tenso y agresivo, por lo que han debido intensificarse las conversaciones entre el gobierno rico y triunfador y los gremios y sindicatos, cuyos ingresos reales han descendido críticamente. La clase media, a pesar de haber sido salvajemente afectada, no se resigna a la derrota y lucha con entereza, su norte es la unidad de propósitos, de acuerdo con los objetivos nacionales de creación de empleo, la modernización de la gerencia pública, y el ataque frontal a la corrupción y a la incapacidad. En consecuencia, el Gobierno y los partidos deben estudiar y resolver la ecuación de la clase media, que abarca a plenitud las prioridades esenciales del país y es sin lugar a dudas el factor estabilizador por excelencia. Es indudable que la propia clase media es en cierta medida responsable de la cruz que lleva a cuestas, por sus desviaciones y hacer del status un punto de honor en medio de la borrasca, cuando es la hora del aprendizaje, de la toma de conciencia y de los sacrificios. La clase media tiene que reaccionar, porque de lo contrario dirán dentro de algunos años 'entre todos la mataron y ella sola se murió', como dice la canción. La ideología se murió de muerte lenta y fue enterrada sin honores, pero el pragmatismo sin principios es como saltar en el vacío sin paracaídas. Un observador se encontraría con enormes dificultades para diferenciar a las organizaciones partidistas, pues se asemejan tanto que para distinguirlas debería partir de los nombres y apellidos de los líderes de los distintos grupos; en cambio el Gobierno no es homogéneo ni coherente en la composición de sus integrantes, en su discurso y en sus decisiones, al carecer de un plan nacional y lineamientos claros. Seamos categóricos, lo macroeconómico no puede resolverse aislado del contexto social y político. En Venezuela se irrespetan las garantías constitucionales, el sistema de valores se sustenta sólo en el poder y el dinero, ha disminuido la solidaridad orgánica y han perdido impulso las reformas a pesar de que la vida en colectividad exige conductas coordinadas, con metas definidas y programas prácticos. Los dirigentes pertenecen a la clase media y son directamente responsables de habernos mantenido en el aire, si un plan de vuelo y sin instrumentos. El reconocimiento de la sociedad será para quienes asuman las transformaciones estructurales, ya que la dirigencia sólo puede legitimarse con resultados. El Universal, domingo 26 de enero, 1997 |
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