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Revista Electrónica Bilingüe       Nº 13     Marzo 1997

Titular Economía y Petróleo
Ingredientes para una revolución generacional
Alejandro J. Sucre

Muchas veces surge la necesidad de debatir el tema de las nuevas generaciones buscando evaluar las posibilidades de que prospere un nuevo orden social. Aunque hasta la fecha, el mundo académico no ha desarrollado una Teoría General de las Revoluciones Sociales, intentaremos analizar si en Venezuela existen los ingredientes básicos que permitan avizorar una transformación de nuestra estructura socio-política.

Muchos asoman la cabeza, mas no todos meten la mano...

Las revoluciones clásicas y modernas, incluyendo las ocurridas en países latinoamericanos, han tenido como común denominador el haber contado con individuos jóvenes de profundas convicciones y con el deseo de protagonizar cambios en sus sociedades. Sin embargo, no todos estos personajes han tenido éxito. Mientras los promotores de la Revolución francesa de los 1700, la Revolución Rusa entre 1917 y 1930, la Revolución China de 1911 a los años 60, la Revolución Iraní y la Revolución Sandinista de los ochenta, sí lograron materializar sus deseos de transformación, los asomos revolucionarios de Inglaterra, Japón, Prusia y Alemania de fines del siglo XIX, quedaron pasmados. Siempre las revoluciones son precedidas de un estado coercitivo de las mayorías, administrativa y militarmente resquebrajado y amenazado externamente por otros países competidores. Sin embargo, no en todos los momentos pre-revolucionarios existieron la calidad de actores sociales que se requerían para trastornar la estructura política.

Bajo esta óptica, podemos argumentar que es difícil encontrar algún período de la historia de Venezuela en que el estado o la unidad de gobierno no haya sido opresivo, administrativa y/o militarmente colapsado, y amenazado por países extranjeros. Sin embargo, no encontramos a lo largo de la historia venezolana revoluciones sociales que alteren substancialmente las castrantes instituciones caudillistas que han sometido el progreso de su población. Tal vez los únicos intentos de evolución social en nuestros 500 años de historia fueron el de independencia y el del nacimiento democrático de los años 1940.

Nuestro estancamiento proviene de nosotros mismos.

Muchas veces he escrito acerca de las barbaridades económicas que prevalecen en nuestro país. Un estado cuyos dirigentes omnipotentes acumulan el poder político y económico. Un estado cuyos inquilinos se apropiaron de facto del petróleo, de las riquezas naturales, de bancos, de las tierras agrícolas, de empresas de toda índole, y que - encima de esto - cobran impuestos, utilizan al BCV como maquinita para financiar sus fantasías, administran la justicia en los tribunales, juegan con la educación y la salud, dirigen la milicia, y legislan como más les conviene a sus intereses particulares.

Bajo este escenario, pareciera muy difícil que algunos ciudadanos, por más ilustrados y voluntariosos que sean, puedan iniciar cualquier tipo de acción socialmente relevante que produzca el desmoronamiento del Goliat político que nos impide avanzar socialmente. Mas la verdad no es esa. Tan sólo una buena labor de conserjería comunitaria en la alcaldía de Chacao y un mal organizado golpe de estado - donde no se han puesto a prueba las capacidades de toma de decisión del liderazgo respectivo - ha hecho temblar el piso de nuestro estamento político. Bajo esta óptica de que los cambios sí son posibles, nuestros criticados dirigentes políticos podrían argumentar que ellos no son los únicos responsables del desastre nacional. Que la falta de una clase media y de profesionales que junto a las nuevas generaciones cumplan con sus funciones y deberes sociales ha permitido que la sociedad y la economía venezolana se hayan descompuesto en un desarticulado saco de huesos en lugar de haberse constituído en un fornido y articulado cuerpo social.

¿Dónde estaba Fedecámaras y el resto de los empresarios cuando el estamento político se apropió de todas las riquezas del país en la década de los setenta ?. ¿ Por qué muchos de nuestros empresarios corrieron tras los funcionarios públicos de turno para recibir préstamos blandos?. ¿ Por qué los venezolanos nos asombramos del grado de corrupción de algunos de nuestros políticos si no nos organizamos para proveerles otras alternativas de financiamiento que los hagan responder a los intereses ciudadanos ?. ¿De qué sirve entregar PDVSA, las escuelas, los hospitales y las empresas del estado a los ciudadanos del país, si muchos ciudadanos se conforman con que los gobiernos les aumenten los sueldos por decreto todos los años, mientras otros empresarios buscan un gajito de la fruta petrolera ?. ¿ Por qué los jóvenes emigrantes que se van a EE.UU. en busca de porvenir, no organizan redes sociales que permitan invertir parte de sus recursos en apoyar nuevos líderes en el país que generen los cambios sociales que ellos reclaman ?. Bolívar, Miranda y Betancourt durante sus largos años de exilio nunca dejaron de lado la misión de apoyar grupos sociales que sirvieran de oposición a los represivos regímenes de sus épocas..

Los jerarcas políticos tradicionales dicen que no hay generación de relevo y muchas veces tienen razón. Incluso, nuestros atornillados políticos aplican las políticas públicas que la sociedad civil les exige. La Agenda Venezuela y la firma de un acuerdo con el FMI - que ha llevado a la población a la barbarie - provino de las élites intelectuales y económicas del país, al igual que los controles y el intervencionismo estatal de los años anteriores. Nuestros actuales políticos muy bien podrían protestar y resentirse de que la sociedad civil moderna nunca ha sido capaz de articular políticas públicas que superen el darwinismo conservador ni el populismo liberal amorfo del siglo XIX.

Para que Venezuela cambie falta un nuevo calibre de actores sociales

Muchas veces pareciera que la gran barrera que impide el cambio social en Venezuela es el de una población que haya perdido la capacidad de discernir y valorar la capacidad de sus posibles líderes. El tener una sociedad civil que no tenga consciencia de sus derechos a exigir a sus líderes ni de sus obligación de proveerles alternativas de supervivencia distintas a las que le ofrecen los partidos políticos tradicionales. Los venezolanos no tenemos suficiencia consciencia de lo que significa un trabajo en equipo, ni un bien articulado proyecto social. Muchas veces nuestras élites económicas apuestan a líderes sin trayectoria, sólo por el hecho de que están en el poder. Olvidamos que la independencia de Venezuela y la democratización del país fueron iniciadas por pequeños grupos de personas dispuestas. La crisis no parece enseñar que los venezolanos agraviados debemos unirnos para enfrentar los errores de nuestros dirigentes (públicos y privados), más bien cada quien juega al sálvese quien pueda. No contamos las grandes oportunidades y talentos que se pierden por la falta de sentido de organización colectiva, que impide que las campanadas de cambio que exige la sociedad repiquen a lo largo de todos los sectores que componen la sociedad. Muchas veces sólo esperamos caudillos que nos saquen del atolladero sin medir la factura que más tarde nos pasarán por sus servicios.

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