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Capítulo VII
Desde la región a La Casa.
Al igual que el trapiche, la casa de la hacienda había
adquirido una personalidad propia en las últimas décadas
del siglo XVIII. La Casa de la Hacienda La Vega no era exactamente
igual a como es hoy en día, pero ya tenía prestancia
y amplitud. Era parte integral de una región, se había
definido sobre un área propia, tenía una serie de
cuartos o particiones, separadas por paredes y columnas, las cuales
sostenían amplios techos y al mismo tiempo dejaban cada
tanto suficientes puertas y ventanas, o aperturas.
Estas son las siete instancias de una edificación que describe
en Los Diez Libros de Arquitectura, Leon Battista Alberti, el
primer arquitecto del renacimiento en escribir un tratado inspirado,
o similar, al que había escrito Vitruvio catorce siglos
antes sobre la arquitectura romana. Trata de principios que han
demostrado tener una gran continuidad, que lograron pasar, como
el cultivo de la caña, por entre siglos y mares, hasta
unir nuestras casas de hacienda con una tradición sabia,
antigua y universal.
Las ideas de Alberti se prestan a la casa de la hacienda la Vega,
tanto como la casa a sus ideas. Ambas, las ideas y la casa tienen
el misterio de lo que siempre creímos saber y sin embargo
nos sorprende. De lo que nunca advertimos por obvio, por esencial,
por ineludible. Hagamos pues un interludio arquitectónico
en esta historia de personajes y veamos como era la casa, justo
antes de que sea sometida a su primera gran prueba, el embate
de las guerras de independencia.
La Región
Alberti cuenta que al principio los hombres buscaron en alguna
región segura espacios donde descansar, y cuando hallaron
un área, o una planta cómoda y agradable para sus
necesidades allí se asentaron. Para los hombres que llegaron
a conquistar y poblar América, lo primero que había
que considerar antes de hacer una casa, o una ciudad, era la tierra,
el agua y el aire. "Todos saben cuanta fuerza tiene el cielo
para engendrar, producir, alimentar y conservar las cosas".
Era necesario buscar una región con buenos indicios, aún
los más sutiles: "El acopio de frutos, la muchedumbre
de viejos, la hermosura de los mancebos, los partos sin monstruos,
la entereza y grandeza de miembros; rareza de truenos, relámpagos
y terremotos." .
En 1579 Felipe II envió un cuestionario a todas las provincias
de América para enterarse cómo eran sus diferentes
regiones. Las preguntas tenían un sentido similar al texto
de Alberti. Quería saber el temperamento y calidad de la
comarca, sobre sus aguas, violencia y dirección de los
vientos; si la tierra era llana o áspera; en que días
del año el sol no hacía sombra al mediodía;
cuales eran los lagos y fuentes, grutas y volcanes, árboles
y hierbas, animales bravos y domésticos, minas y canteras,
mareas y ensenadas; en fin, "todas las cosas notables en
naturaleza y efectos del suelo, aire y cielo que en cualquier
parte hubiere y fuesen dignas de ser contadas".
Las vegas del Guaire tenían todos los requisitos que proponía
Alberti, y casi todo lo que Felipe II esperaba encontrar en las
respuestas al cuestionario: Los buenos y limpios cielos, el buen
aire y el buen sol continúan estando allí. Hay un
valle, configurado por el paso de un río, entre dos sistemas
de montañas el cual se limpia y se renueva con las brisas
del este. Lo que allí se observaba a mediados del siglo
XVI en los cuatro horizontes insinuaría el nacimiento de
un pueblo y una hacienda, solo faltaba buscarles un sitio. Algo
similar hacen los arqueólogos: observan la geografía
hasta encontrar circunstancias que inviten a poblar, a construir
un pueblo, y es allí donde excavan, suponiendo que antes,
alguna vez, alguien opinó como ellos. En los alrededores
de la casa de la Hacienda La Vega, en una ocasión que se
hicieron surcos para pasar la iluminación del jardín
y aparecieron tumbas indígenas como un testimonio de que
hacía más de cuatro siglos, el sitio había
sido ya antes escogido. Era un área con vocación
para los asentamientos.
El Area.
Frente a los valles de La Vega, el camino entre Caracas y los
Valles de Aragua, pasaba al norte del Guaire. La casa y el trapiche
de la hacienda se ubicó a medio camino entre el cruce del
río y el pueblo de La Vega situado al pie de las colinas
del sur. Allí fueron surgiendo sobre una superficie rectangular,
equivalente a unas cuatro cuadras, la casa, el trapiche, los patios
y los jardines.
Se había conformado, tal cual describe Alberti: "un
cierto espacio de la región el cual está rodeado
de un muro". En este caso el muro es gordo, de tapia, con
portones y contrafuertes, que dan acceso al trapiche y a la casa.
El espacio se dividió para lograr una adecuada convivencia
del trabajo y el descanso. La primera división es en dos
grandes mitades. La mitad hacia el este esta formada por la manguera
y el trapiche. La manguera es un espacio lleno de árboles
que fue primero huerto de la hacienda y luego lugar de fiestas
y de matas de mangos. El trapiche es un vacío rodeado de
columnas rojas y altos edificios: el salón de ingenio,
el torreón, la sala de pailas, y otros cuartos hoy llenos
de envases secos y de máquinas inmóviles.
En la otra mitad del gran rectángulo están la casa
y sus jardines. El paisajista Bourle-Marx fue una vez invitado
a trabajar en estos jardines, afortunadamente actuó como
un abogado sabio, que se le pide divorcie y termina arreglando
el matrimonio. Según él la mejor de las intervenciones
posibles en el jardín era sencillamente contemplarlo, respetar
su encanto indescifrable, dejarlo como estaba. Bourle-Marx entendía
que el jardín no es uno solo: lo que vemos depende del
ángulo, objetivo y velocidad de
nuestro paseo, de si al caminar conversamos o divagamos en silencio,
si lo recorremos por primera vez o por segunda, si nos gusta la
botánica o solamente sus colores y figuras. Según
estas variantes puede ser un jardín renacentista o un bosque
encantado, el escenario para la sátira según Serlio
o una selva tropical; un laberinto de persecuciones románticas
o una fantástica reunión de especies, familias y
géneros. En cualquiera de las versiones predomina la profusión
heterogénea de los jardines coloniales.
Hay también sitios para escribir cuentos o ubicar los que
ya conocemos. Cercano a uno de los portones en el muro está
el tronco seco de un árbol inmenso.. Alrededor de este
tronco hay un banco circular que creció y se ensanchó
junto a su viejo árbol, ahora se encuentra alejado del
suelo por las gruesas raíces.
El paseo por el jardín tiene rectas, círculos y
cuatro centros, desde cada una de las curvas se divisa la casa
con sus veinticuatro columnas: diez al este mirando a la manguera
y el resto al norte mirando a los jardines. Al caminar alrededor
de la casa las columnas de un lado se van acercando hasta unirse
en una sola, mientras las otras se abren y se distancian ofreciéndonos
las sombras, puertas y ventanas de los cuartos y salones que abren
al corredor. Como la casa no puede sobrepasar estas 24 columnas,
se expandió hacia los otros dos lados y se fue uniendo
a la cara sur y oeste del gran muro circundante.
Las Particiones.
Al igual que el área viene a ser una parte de la región
y la casa una parte del área, los cuartos son una parte
de la casa. Es el paso gradual de la inmensidad a la intimidad,
formado por graduales relaciones en las cuales, cada instancia,
respeta la totalidad de la secuencia. Alberti lo explica diciendo
que la ciudad es una gran casa y la casa una pequeña ciudad.
En el caso de la casa y de la hacienda, su aislamiento y autosuficiencia,
hacen a la máxima de Alberti, un requisito perentorio e
inapelable.
Estamos, por lo tanto, en el sector residencial de una especie
de pequeña ciudad que se ordenaba por medio de cuatro patios.
El de la cochera, el de las caballerizas, el patio de los higos,
y un patio para las habitaciones. Alrededor de estos recuadros
de sol han existido salones "para cien señoras rezando
el rosario o para cincuenta parejas bailando la pavana" ;
sitios para capas, sombreros y bastones; para biombos, molduras
y cuadros religiosos; escritorios, librerías y butacas;
taburetes y velas encendidas en proporción a la importancia
del evento; cocinas y baños siempre lejanos. Hay otras
habitaciones que aparecen en las descripciones como "cuartos
que siguen hacia el poniente"", los cuales han tenido
la virtud de adaptarse a los acontecimientos: un día sirven
de deposito, otro de oficina, otro reciben a un huésped
o a un enorme anaquel. El gran desubicado por mucho tiempo fue
el comedor, se comía a cualquier hora y en cualquier parte,
la comida iba al comensal donde quiera que este se encontrara,
y en lo posible, mientras y donde hubiera luz natural.
Esta trama de espacios similares, que cambian de vocación
en el tiempo, es similar a la trama de las pequeñas panelas
del piso en el corredor: son cientos de pequeños cuadrados
de arcilla en apariencia iguales, y sin embargo ya no lo son;
el tiempo les ha dado ha cada una de ellas diferentes colores
y texturas: Las hay con huellas de perro o de gallina de cuando
hace cientos de años estaban esperando para ser horneadas.
Otras están en las rutas cotidianas y el desgaste las ha
hecho cóncavas y rugosas. Algunas cercanas a los helechos
tienen pequeñas colinas de musgo, o un archipiélago
de mínimas lagunas llenas de humedad. También las
hay que revelan la naturaleza de la tierra y se muestran más
rojas o pálidas que las demás. Este sistema de piezas
que suponíamos uniformes nos revela la naturaleza de la
casa: Son cosas que contienen cosas que contienen cosas hasta
que dejamos de percibirlas por pequeñas o por demasiado
grandes.
Las Paredes y las Columnas
Los cuartos de la casa están separados por paredes tan
gruesas que sospechamos deben tener algo dentro: son muros con
contenido. Cuando una casa se convierte en ruinas, o cuando la
agrieta un terremoto, abre el interior de sus paredes y aparecen
piedras, huesos de animales, una bala de arcabuz, o escombros
de otras casas. Nos hemos acostumbrados a suponer estos muros
siempre blancos, pero es cosa de nuestros tiempos; la Casa de
la Hacienda La Vega ha tenido antes colores fuertes: una banda
de azul obscuro alrededor de las puertas y las ventanas que dan
al corredor, amarillo en el resto de las paredes, azul pálido
en las columnas y de nuevo azul obscuro en las bases y capiteles.
Los Techos.
Las paredes arrancan desde el suelo y sostienen a los techos.
Alberti los describe como las partes altas y extremas de los edificios
que se extienden a lo ancho y a lo largo sobre las cabezas de
los que andan. Ellos excluyen a la noche, al agua y al sol caluroso.
Si quitáramos el techo se pudriría la materia, se
caerían las paredes y se desataría todo el edificio.
"No cayeron tanta muchedumbre de edificios con fuego y hierro
y con ejércitos de enemigos, como por haber dejado desnudos
y sin ayuda a los techos, que son las armas de los edificios contra
las injurias e irrespetos de las tempestades". La historia
de estas casas es una lucha continua por mantener sus techos en
buen estado, cuando comienza a colarse un hilo de agua por una
teja rota ya todo el mundo interior y seco está perdido.
Desde el cielo la casa es un campo sembrado de tejas, son colinas
que suben y bajan, con crestas y zanjas, senderos y cortes. Bajo
el sol nada se mueve aparte de las sombras, y las tejas esperan
áridas y brillantes, pero con la lluvia se inicia una actividad
que se inicia dócilmente y se hace frenética cuando
arrecia el agua y busca caminos ordenados en cientos de pequeños
ríos que la lleven de nuevo a la tierra.
Las Aperturas.
Es todo aquello "que da salida y entrada a las personas y
a las cosas". En estas salidas y entradas la brisa tiene
prioridad. Es necesario que pueda llegar y marcharse con comodidad
de todos los espacios para que estos permanezcan frescos y secos.
Toma tiempo para que la casa de una hacienda abandonada por unos
pocos días vuelva a respirar normalmente, al abrir las
puertas de un cuarto abandonado aparecen murciélagos y
alacranes, hay un olor a receptáculo secreto que puede
ser corrupto y pestífero, o simplemente estar lleno de
recuerdos y alergias. El paso del aire, franco y pleno, define
la distribución de nuestras casas de hacienda. Estas no
son casas de pasillos internos y de cuartos aislados; los cuartos
abren con grandes puertas unos en otros, o al patio o al corredor,
de forma que el viento encuentre siempre cuatro posibles direcciones
y pueda escoger un nuevo camino acorde a su procedencia.
Otro huésped importante que entra y sale es la luz. Nunca
llega directa y de improviso, visita primero los patios o el frente
de los corredores donde la difunden las plantas domésticas.
Se asienta entre las paredes y las columnas de los corredores
donde rebota unos instantes. Sólo entonces pasa a la casa
ya apaciguada y tranquila.
Si lo hace a través de una ventana no encuentra un escueto
umbral entre el día y la habitación. Estas ventanas
tienen muchas partes y actividades; hay rejas, asientos, calados,
postigos, escalones, y sobre todo está el espesor del muro,
el ancho de este recuadro hace que la luz se tarde unos segundos
preciosos antes de pasar lamiendo primero los marcos y bordes.
Con estos datos hemos formado un dibujo de pocas líneas,
un tenue grabado de la casa que no es exactamente igual ni a su
apariencia actual, ni a la que tenía a finales del siglo
XVIII. Es una especie de esquema fundamental para poder imaginarla
en medio de grandes acontecimientos, porque muy pronto, en esta
misma narración, la casa va a conocer un terremoto, invasiones,
secuestros, y lo peor de todo, décadas de gradual abandono.
Cesarán por muchos años los grandes planes, las
innovaciones y las cosechas, mientras los ejércitos que
vienen desde los valles de Aragua avanzan, entre tablones de caña,
hacia Caracas.
* Arquitecto en ejercicio profesional compartido con las letras (ensayo y ficción)
Tomado del Libro La Vega: una casa colonial. Ernesto Armitano, editor. Caracas 1986
Textos: Federico Vegas y Arturo Uslar Pietri.
Fotografías: Gonzalo Galavís
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