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Revista Electrónica Bilingüe       Nº 12     Febrero 1997
Titular Museo Virtual
La Vega: una Casa Colonial
Federico Vegas*

Capítulo VII

Desde la región a La Casa.

Al igual que el trapiche, la casa de la hacienda había adquirido una personalidad propia en las últimas décadas del siglo XVIII. La Casa de la Hacienda La Vega no era exactamente igual a como es hoy en día, pero ya tenía prestancia y amplitud. Era parte integral de una región, se había definido sobre un área propia, tenía una serie de cuartos o particiones, separadas por paredes y columnas, las cuales sostenían amplios techos y al mismo tiempo dejaban cada tanto suficientes puertas y ventanas, o aperturas.

Estas son las siete instancias de una edificación que describe en Los Diez Libros de Arquitectura, Leon Battista Alberti, el primer arquitecto del renacimiento en escribir un tratado inspirado, o similar, al que había escrito Vitruvio catorce siglos antes sobre la arquitectura romana. Trata de principios que han demostrado tener una gran continuidad, que lograron pasar, como el cultivo de la caña, por entre siglos y mares, hasta unir nuestras casas de hacienda con una tradición sabia, antigua y universal.

Las ideas de Alberti se prestan a la casa de la hacienda la Vega, tanto como la casa a sus ideas. Ambas, las ideas y la casa tienen el misterio de lo que siempre creímos saber y sin embargo nos sorprende. De lo que nunca advertimos por obvio, por esencial, por ineludible. Hagamos pues un interludio arquitectónico en esta historia de personajes y veamos como era la casa, justo antes de que sea sometida a su primera gran prueba, el embate de las guerras de independencia.

La Región

Alberti cuenta que al principio los hombres buscaron en alguna región segura espacios donde descansar, y cuando hallaron un área, o una planta cómoda y agradable para sus necesidades allí se asentaron. Para los hombres que llegaron a conquistar y poblar América, lo primero que había que considerar antes de hacer una casa, o una ciudad, era la tierra, el agua y el aire. "Todos saben cuanta fuerza tiene el cielo para engendrar, producir, alimentar y conservar las cosas". Era necesario buscar una región con buenos indicios, aún los más sutiles: "El acopio de frutos, la muchedumbre de viejos, la hermosura de los mancebos, los partos sin monstruos, la entereza y grandeza de miembros; rareza de truenos, relámpagos y terremotos." .

En 1579 Felipe II envió un cuestionario a todas las provincias de América para enterarse cómo eran sus diferentes regiones. Las preguntas tenían un sentido similar al texto de Alberti. Quería saber el temperamento y calidad de la comarca, sobre sus aguas, violencia y dirección de los vientos; si la tierra era llana o áspera; en que días del año el sol no hacía sombra al mediodía; cuales eran los lagos y fuentes, grutas y volcanes, árboles y hierbas, animales bravos y domésticos, minas y canteras, mareas y ensenadas; en fin, "todas las cosas notables en naturaleza y efectos del suelo, aire y cielo que en cualquier parte hubiere y fuesen dignas de ser contadas".

    

Las vegas del Guaire tenían todos los requisitos que proponía Alberti, y casi todo lo que Felipe II esperaba encontrar en las respuestas al cuestionario: Los buenos y limpios cielos, el buen aire y el buen sol continúan estando allí. Hay un valle, configurado por el paso de un río, entre dos sistemas de montañas el cual se limpia y se renueva con las brisas del este. Lo que allí se observaba a mediados del siglo XVI en los cuatro horizontes insinuaría el nacimiento de un pueblo y una hacienda, solo faltaba buscarles un sitio. Algo similar hacen los arqueólogos: observan la geografía hasta encontrar circunstancias que inviten a poblar, a construir un pueblo, y es allí donde excavan, suponiendo que antes, alguna vez, alguien opinó como ellos. En los alrededores de la casa de la Hacienda La Vega, en una ocasión que se hicieron surcos para pasar la iluminación del jardín y aparecieron tumbas indígenas como un testimonio de que hacía más de cuatro siglos, el sitio había sido ya antes escogido. Era un área con vocación para los asentamientos.

El Area.

Frente a los valles de La Vega, el camino entre Caracas y los Valles de Aragua, pasaba al norte del Guaire. La casa y el trapiche de la hacienda se ubicó a medio camino entre el cruce del río y el pueblo de La Vega situado al pie de las colinas del sur. Allí fueron surgiendo sobre una superficie rectangular, equivalente a unas cuatro cuadras, la casa, el trapiche, los patios y los jardines.

Se había conformado, tal cual describe Alberti: "un cierto espacio de la región el cual está rodeado de un muro". En este caso el muro es gordo, de tapia, con portones y contrafuertes, que dan acceso al trapiche y a la casa. El espacio se dividió para lograr una adecuada convivencia del trabajo y el descanso. La primera división es en dos grandes mitades. La mitad hacia el este esta formada por la manguera y el trapiche. La manguera es un espacio lleno de árboles que fue primero huerto de la hacienda y luego lugar de fiestas y de matas de mangos. El trapiche es un vacío rodeado de columnas rojas y altos edificios: el salón de ingenio, el torreón, la sala de pailas, y otros cuartos hoy llenos de envases secos y de máquinas inmóviles.

En la otra mitad del gran rectángulo están la casa y sus jardines. El paisajista Bourle-Marx fue una vez invitado a trabajar en estos jardines, afortunadamente actuó como un abogado sabio, que se le pide divorcie y termina arreglando el matrimonio. Según él la mejor de las intervenciones posibles en el jardín era sencillamente contemplarlo, respetar su encanto indescifrable, dejarlo como estaba. Bourle-Marx entendía que el jardín no es uno solo: lo que vemos depende del ángulo, objetivo y velocidad de nuestro paseo, de si al caminar conversamos o divagamos en silencio, si lo recorremos por primera vez o por segunda, si nos gusta la botánica o solamente sus colores y figuras. Según estas variantes puede ser un jardín renacentista o un bosque encantado, el escenario para la sátira según Serlio o una selva tropical; un laberinto de persecuciones románticas o una fantástica reunión de especies, familias y géneros. En cualquiera de las versiones predomina la profusión heterogénea de los jardines coloniales.

Hay también sitios para escribir cuentos o ubicar los que ya conocemos. Cercano a uno de los portones en el muro está el tronco seco de un árbol inmenso.. Alrededor de este tronco hay un banco circular que creció y se ensanchó junto a su viejo árbol, ahora se encuentra alejado del suelo por las gruesas raíces.

El paseo por el jardín tiene rectas, círculos y cuatro centros, desde cada una de las curvas se divisa la casa con sus veinticuatro columnas: diez al este mirando a la manguera y el resto al norte mirando a los jardines. Al caminar alrededor de la casa las columnas de un lado se van acercando hasta unirse en una sola, mientras las otras se abren y se distancian ofreciéndonos las sombras, puertas y ventanas de los cuartos y salones que abren al corredor. Como la casa no puede sobrepasar estas 24 columnas, se expandió hacia los otros dos lados y se fue uniendo a la cara sur y oeste del gran muro circundante.

Las Particiones.

    

Al igual que el área viene a ser una parte de la región y la casa una parte del área, los cuartos son una parte de la casa. Es el paso gradual de la inmensidad a la intimidad, formado por graduales relaciones en las cuales, cada instancia, respeta la totalidad de la secuencia. Alberti lo explica diciendo que la ciudad es una gran casa y la casa una pequeña ciudad. En el caso de la casa y de la hacienda, su aislamiento y autosuficiencia, hacen a la máxima de Alberti, un requisito perentorio e inapelable.

Estamos, por lo tanto, en el sector residencial de una especie de pequeña ciudad que se ordenaba por medio de cuatro patios. El de la cochera, el de las caballerizas, el patio de los higos, y un patio para las habitaciones. Alrededor de estos recuadros de sol han existido salones "para cien señoras rezando el rosario o para cincuenta parejas bailando la pavana" ; sitios para capas, sombreros y bastones; para biombos, molduras y cuadros religiosos; escritorios, librerías y butacas; taburetes y velas encendidas en proporción a la importancia del evento; cocinas y baños siempre lejanos. Hay otras habitaciones que aparecen en las descripciones como "cuartos que siguen hacia el poniente"", los cuales han tenido la virtud de adaptarse a los acontecimientos: un día sirven de deposito, otro de oficina, otro reciben a un huésped o a un enorme anaquel. El gran desubicado por mucho tiempo fue el comedor, se comía a cualquier hora y en cualquier parte, la comida iba al comensal donde quiera que este se encontrara, y en lo posible, mientras y donde hubiera luz natural.

    

Esta trama de espacios similares, que cambian de vocación en el tiempo, es similar a la trama de las pequeñas panelas del piso en el corredor: son cientos de pequeños cuadrados de arcilla en apariencia iguales, y sin embargo ya no lo son; el tiempo les ha dado ha cada una de ellas diferentes colores y texturas: Las hay con huellas de perro o de gallina de cuando hace cientos de años estaban esperando para ser horneadas. Otras están en las rutas cotidianas y el desgaste las ha hecho cóncavas y rugosas. Algunas cercanas a los helechos tienen pequeñas colinas de musgo, o un archipiélago de mínimas lagunas llenas de humedad. También las hay que revelan la naturaleza de la tierra y se muestran más rojas o pálidas que las demás. Este sistema de piezas que suponíamos uniformes nos revela la naturaleza de la casa: Son cosas que contienen cosas que contienen cosas hasta que dejamos de percibirlas por pequeñas o por demasiado grandes.

Las Paredes y las Columnas

Los cuartos de la casa están separados por paredes tan gruesas que sospechamos deben tener algo dentro: son muros con contenido. Cuando una casa se convierte en ruinas, o cuando la agrieta un terremoto, abre el interior de sus paredes y aparecen piedras, huesos de animales, una bala de arcabuz, o escombros de otras casas. Nos hemos acostumbrados a suponer estos muros siempre blancos, pero es cosa de nuestros tiempos; la Casa de la Hacienda La Vega ha tenido antes colores fuertes: una banda de azul obscuro alrededor de las puertas y las ventanas que dan al corredor, amarillo en el resto de las paredes, azul pálido en las columnas y de nuevo azul obscuro en las bases y capiteles.

Los Techos.

    

Las paredes arrancan desde el suelo y sostienen a los techos. Alberti los describe como las partes altas y extremas de los edificios que se extienden a lo ancho y a lo largo sobre las cabezas de los que andan. Ellos excluyen a la noche, al agua y al sol caluroso. Si quitáramos el techo se pudriría la materia, se caerían las paredes y se desataría todo el edificio. "No cayeron tanta muchedumbre de edificios con fuego y hierro y con ejércitos de enemigos, como por haber dejado desnudos y sin ayuda a los techos, que son las armas de los edificios contra las injurias e irrespetos de las tempestades". La historia de estas casas es una lucha continua por mantener sus techos en buen estado, cuando comienza a colarse un hilo de agua por una teja rota ya todo el mundo interior y seco está perdido.

Desde el cielo la casa es un campo sembrado de tejas, son colinas que suben y bajan, con crestas y zanjas, senderos y cortes. Bajo el sol nada se mueve aparte de las sombras, y las tejas esperan áridas y brillantes, pero con la lluvia se inicia una actividad que se inicia dócilmente y se hace frenética cuando arrecia el agua y busca caminos ordenados en cientos de pequeños ríos que la lleven de nuevo a la tierra.

Las Aperturas.

Es todo aquello "que da salida y entrada a las personas y a las cosas". En estas salidas y entradas la brisa tiene prioridad. Es necesario que pueda llegar y marcharse con comodidad de todos los espacios para que estos permanezcan frescos y secos. Toma tiempo para que la casa de una hacienda abandonada por unos pocos días vuelva a respirar normalmente, al abrir las puertas de un cuarto abandonado aparecen murciélagos y alacranes, hay un olor a receptáculo secreto que puede ser corrupto y pestífero, o simplemente estar lleno de recuerdos y alergias. El paso del aire, franco y pleno, define la distribución de nuestras casas de hacienda. Estas no son casas de pasillos internos y de cuartos aislados; los cuartos abren con grandes puertas unos en otros, o al patio o al corredor, de forma que el viento encuentre siempre cuatro posibles direcciones y pueda escoger un nuevo camino acorde a su procedencia.

Otro huésped importante que entra y sale es la luz. Nunca llega directa y de improviso, visita primero los patios o el frente de los corredores donde la difunden las plantas domésticas. Se asienta entre las paredes y las columnas de los corredores donde rebota unos instantes. Sólo entonces pasa a la casa ya apaciguada y tranquila.

Si lo hace a través de una ventana no encuentra un escueto umbral entre el día y la habitación. Estas ventanas tienen muchas partes y actividades; hay rejas, asientos, calados, postigos, escalones, y sobre todo está el espesor del muro, el ancho de este recuadro hace que la luz se tarde unos segundos preciosos antes de pasar lamiendo primero los marcos y bordes.

Con estos datos hemos formado un dibujo de pocas líneas, un tenue grabado de la casa que no es exactamente igual ni a su apariencia actual, ni a la que tenía a finales del siglo XVIII. Es una especie de esquema fundamental para poder imaginarla en medio de grandes acontecimientos, porque muy pronto, en esta misma narración, la casa va a conocer un terremoto, invasiones, secuestros, y lo peor de todo, décadas de gradual abandono. Cesarán por muchos años los grandes planes, las innovaciones y las cosechas, mientras los ejércitos que vienen desde los valles de Aragua avanzan, entre tablones de caña, hacia Caracas.


* Arquitecto en ejercicio profesional compartido con las letras (ensayo y ficción)
Tomado del Libro La Vega: una casa colonial. Ernesto Armitano, editor. Caracas 1986
Textos: Federico Vegas y Arturo Uslar Pietri. Fotografías: Gonzalo Galavís
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