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Revista Electrónica Bilingüe       Nº 13     Marzo 1997

Titular Política Externa
En la montaña rusa
Elsa Cardozo de Da Silva

La relación con Colombia se ha movido cíclicamente entre momentos de alta tensión, períodos de enfriamiento, y períodos de calma y construcción de acuerdos. Usualmente los "eventos disparadores" de la tensión son incidentes —en el espacio fronterizo, o en la intensa y diversa relación binacional— o declaraciones oficiales, o muchas veces un encadenamiento de ambos. Varios momentos recientes pueden permitir ilustrar el desencadenamiento de tales ciclos: las tensiones provocadas por el debate y rechazo de la hipótesis de Caraballeda entre 1980 y 1981; la crisis provocada en 1987 por la incursión de la Corbeta Caldas bajo el llamado paralelo de Castilletes; el debate en Venezuela en torno a los acuerdos suscritos a partir de 1989 para crear nuevos mecanismos y estrategias de negociación; y una larga sucesión de eventos y procesos conflictivos asociados a la dinámica fronteriza, entre los cuales es de destacar —como pieza clave en el inicio del ciclo más reciente— el ataque a la base de Cararabo ocurrido en febrero de 1995.

El caso es que de tiempo en tiempo, y cada vez con mayor frecuencia, parece que los dos países —en lo que concierne a su relación política— vamos juntos en una especie de montaña rusa. Es más, últimamente da la impresión de que la ruta es especialmente tortuosa, a la vez que vamos a mayor velocidad que nunca, de modo que los períodos de calma se tienden a reducir, cuando precisamente serían más necesarios para el bien de cada país, de su relación bilateral y de la proyección regional de ambos.

Esa rápida sucesión de períodos de tensión no es entonces una mera intensificación de las relaciones preexistentes; es en cambio mucho más que eso: ha habido un cambio cualitativo en la naturaleza misma de los intercambios y flujos entre los dos países. Y una vez más —como en todos los demás ámbitos de la política exterior— las viejas respuestas no sirven y necesitan ser ajustadas para enfrentar una relación que es necesaria e inevitable y que seguirá generando condiciones de conflicto.

En esta perspectiva, es desatinada e irresponsable la expresión de acuerdo a la cual "la mejor relación con Colombia es no tener ninguna". Tal tipo de aseveraciones es ilustrativa de varios tipos de actitud; de un lado, representa la actitud propia de los amantes del vértigo, que no dudan en propiciar mayor aceleración —más emoción que razón— en la tortuosa ruta; por otro lado, refleja también la posición de quienes pretenden que nos bajemos de la montaña rusa en movimiento e ignoremos los riesgos de dar la espalda a una relación necesaria e inevitable. En todo caso, se trata de posturas que fácilmente encuentran resonancia pública en aquellos momentos en los que las relaciones bilaterales atraviesan por dificultades. Una vez más es necesario recordar que esa manera de ver y caracterizar la relación no ayuda a entender, ni mucho menos a resolver ninguno de los complicados asuntos que vinculan a los dos países, y que les obligan a encontrar una aproximación conjunta.

El gobierno y el público.

Es interesante constatar que la relación con Colombia —para resumir así el enorme y creciente número de temas que involucra la frontera común y, en general, la vinculación bilateral y en otros espacios regionales— abarca un conjunto de asuntos que tiene visibilidad tanto para el público venezolano en general —incluyendo allí el particularmente importante impacto de los llamados medios de comunicación— como para los gobiernos. Sin embargo, aun siendo esa presencia una constante en una y otra agenda desde finales de los sesenta, en realidad la aproximación y el tratamiento de esa relación para "el público" y "el gobierno" puede ser y ha llegado a ser desigual y hasta conflictiva.

El caso es que —felizmente— la agenda de los gobiernos pocas veces ha reflejado de manera directa la tendencia a la conflictividad y simplificación que por varios años dominó el tratamiento público de la relación con Colombia, muchas veces bajo el signo de fuertes cargas emocionales.

Desde el público ha habido por largo tiempo un cierto "gusto" por el vértigo. En efecto, como parte de las preocupaciones de la gente, Colombia fue adquiriendo visibilidad en la medida que se comenzaron a desarrollar con mayor intensidad los flujos migratorios y comerciales transfronterizos, así como la relación entre los gobiernos en materia de delimitación, demarcación e integración regional.

Colombia ganó presencia en la opinión pública a partir de los años setenta en asociación con procesos y con eventos específicos que como "disparadores" evidenciaron la conflictividad de ciertas dimensiones de la relación; lugar prominente tuvo el inicio de las negociaciones sobre delimitación de áreas marinas y submarinas al noroeste del Golfo de Venezuela. Operó en esto —desde entonces— una lógica perversa. Fueron precisamente las aproximaciones más simples a Colombia las que ganaron mayor difusión y aceptación, a saber, las que sobre la base de una amplia gama de visiones conspirativas y tesis excluyentes definieron la relación a través de un único conjunto de asuntos: los asociados a delimitación e integridad territorial. Ésto se manifiesta recurrentemente en el tratamiento público de casi todo lo que tenga que ver con Colombia. El "casi", por cierto, ha ido ganando espacio, y hay varias razones para ello.

En primer lugar, ha ido creciendo el número de personas, grupos y organizaciones interesadas en el tratamiento gubernamental de un cada vez mayor conjunto de problemas. En segundo lugar, junto a la ampliación de los asuntos a atender, ha ido surgiendo un espectro cada vez más diverso de soluciones y mecanismos para enfrentar las dificultades y aprovechar las oportunidades. Finalmente, cambios en el contexto global, regional, bilateral y nacional, han ido generando circunstancias en las que se han visto favorecidas con frecuencia creciente las definiciones cooperativas, precisamente en medio de desafiantes situaciones conflictivas. Es en estas condiciones en las que la sindéresis del gobierno, los medios de comunicación y los formadores de opinión tiene importancia decisiva.

La ruta de la cooperación y el conflicto.

Para cultivar el buen juicio es necesario reconocer el marco de referencia de las relaciones con Colombia.

Hay, para comenzar, tres importantísimas y obvias constantes. La primera y más simple es que Venezuela no puede bajarse de la montaña rusa ni ignorar a sus compañeros de ruta. En segundo lugar cada vez hay más razones para atender sistemáticamente la intensa y compleja vinculación con Colombia, y los vertiginosos altibajos de la relación, en tanto se han desarrollado relaciones de cada vez mayor interdependencia —positiva y negativa— ante la cual ambos somos sensibles, aunque hay enormes asimetrías en cuanto a la vulnerabilidad relativa de cada cual. En tercer lugar, hay un conjunto de aspiraciones e intereses —muy bien reflejados por cierto en el marco institucional creado a partir de 1989 con la Declaración de Caracas— que reflejan una cierta permanencia de intereses en torno a los grandes problemas de la agenda bilateral.

Por otra parte, sin embargo, ha habido importantes y bruscos cambios en la atención que esas aspiraciones y áreas problemáticas han recibido en lo que va de esta década.

No cabe duda que la aceleración de la montaña rusa tiene como uno de sus estimuladores fundamentales el agravamiento de los que genéricamente conocemos como problemas de inseguridad fronteriza (incursiones y ataques de la guerrilla, secuestros, abigeato, robo de vehículos, acciones del narcotráfico). Así, de incidente en incidente, se van produciendo escaladas conflictivas acumulativas en medio de las cuales se va redefiniendo el lugar y papel de la relación con Colombia en las agendas del público y del gobierno.

Otro de los factores que estimula la aceleración y la pérdida de control es la asimetría, precisamente en los componentes más conflictivos de la relación bilateral. En efecto, en temas específicos como el de la preservación de cuencas y cauce de ríos fronterizos, o en el de los secuestros, los ataques, las incursiones de la guerrilla, y el bandolerismo en general, para Venezuela el asunto es mucho más importante e impactante que para Colombia.

Un aspecto de la asimetría que está en el fondo de todo esto —sin negar la ocurrencia objetiva de graves incidentes fronterizos— es que los "picos" de tensión de la relación están asociados —para decirlo conservadoramente— al aumento de conflictividad al interior del sistema social y al proceso de debilitamiento del Estado colombiano, mientras de nuestro lado las manifestaciones de inestabilidad sociopolítica y económica han favorecido desde 1992 el discurso y las respuestas que alimentan la escalada.

El desafío de la desaceleración.

No es fácil bajarse de una montaña rusa que se mueve tan rápidamente, sabiendo además que es imposible detenerla del todo. Así que cambiar la naturaleza del juego que se ha estado desarrollando en los años recientes, especialmente después del incidente de Cararabo, no es tarea sencilla.

Como punto de partida, sin embargo, hay algunos muy buenos recursos a desarrollar para mejorar las condiciones del tortuoso y acelerado movimiento de la relación entre Venezuela y Colombia.

El primero es, sin duda, la institucionalidad creada entre 1989 y 1990 para potenciar los aspectos cooperativos y enfrentar sistemáticamente los conflictivos. Allí sigue habiendo un enorme potencial —no bien aprovechado— para promover soluciones eficientes que minimicen el impacto de los cada vez más complejos conflictos de la vecindad.

El segundo es que no toda la relación se mueve al ritmo y con los riesgos de la montaña rusa: la relación comercial y financiera, por ejemplo, tiene su propia dinámica, y ha sido y es otro de los soportes para reducir el vértigo y fortalecer el tratamiento institucional de los problemas económicos.

Finalmente, para "desacelerar" y lograr el cambio de lugar y perspectiva de Colombia en nuestras agendas —pública y gubernamental— es esencial alterar algunas actitudes —usualmente reforzadas a través de los medios— a partir de las cuales atribuimos a los otros mayor racionalidad y control de la situación de la que en realidad tienen, exageramos la importancia que como objetivo tenemos en su agenda, y nos enfrascamos en inútiles ejercicios de "racionalización" y justificación de los que nosotros hacemos y dejamos de hacer, a la vez que en la consideración de opciones imposibles.

En este cambio de perspectiva —necesario para la reducción del vértigo— de nuevo, siguen teniendo un papel y responsabilidad central el liderazgo gubernamental y el desempeño de los medios de comunicación.

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