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Revista Electrónica Bilingüe       Nº 13     Marzo 1997

Titular Política Interna
Repensar la planificación
Eglé Iturbe de Blanco*

Una de las grandes preocupaciones nacionales, expresadas de diferentes maneras por la colectividad, es la angustia de llegar al fin del siglo y entrar en el próximo milenio con una Venezuela sin rumbo, en una de sus peores crisis, tanto en lo económico como en lo social, con una democracia que cada día parece responder menos a las necesidades de la población .La dirigencia política, empresarial, laboral y ciudadana solo parecen sustentar el desarrollo y la estabilidad del país, a través del recurso de resultados inmediatos, la mayoría de las veces no articulados con las transformaciones necesarias de la economía y la sociedad venezolana para su fortalecimiento en el largo plazo.

Tal pareciera que esta actitud nacional obedece a un cierto desasosiego causado por una transición hacia algo desconocido que no alcanzamos a entender plenamente; sin embargo, si no nos esforzamos por comprender los cambios del futuro y encauzar nuestros esfuerzos individuales y colectivos a lograr estas transformaciones profundas dentro del complejo fenómeno de la globalización mundial, difícilmente podremos ubicarnos de manera optimista para enfrentar nuestros retos.

Con la idea de motivar una discusión amplia sobre el tema, en diciembre de 1.996, la autora del presente artículo concluyó, conjuntamente con otros colegas, para la Fundación Integración y Desarrollo. FID, un estudio titulado: " MIRANDO AL FUTURO : Un estudio sobre la experiencia de planificación en Venezuela.", algunas de cuyas ideas queremos compartir con los lectores de Analítica, con la finalidad de canalizar un diálogo fructífero sobre el modelo de desarrollo de la Venezuela del próximo milenio.

Una de la herramientas principales para orientar el desarrollo nacional en la segunda mitad del presente siglo, lo ha constituido la planificación. La planificación, entendida como mecanismo para coordinar y canalizar las aspiraciones nacionales. Este mecanismo, instrumentado a través del Sistema Nacional de Planificación que se estableció en 1.959 con la creación de CORDIPLAN, permitió reunir en los planes de desarrollo nacional, en la década de los sesenta, los principales objetivos de crecimiento y desarrollo del país. Lo anterior estuvo acompañado de un gran acuerdo, el Pacto de Punto Fijo, que le dio sustento político a los postulados de los planes de desarrollo y permitió comprometer en su ejecución a los grandes partidos nacionales.

A partir de 1.975, con el impacto de los ingresos petroleros generados por la crisis en el Medio Oriente, se produce en Venezuela un cambio en los paradigmas nacionales, que la llevan a intentar avanzar mas rápidamente hacia el logro de los objetivos de mayor crecimiento y bienestar. Esta circunstancia permitió acelerar los grandes proyectos de inversión del Estado en las industrias básicas, fomentar la expansión general del sector privado y mejorar substancialmente los niveles de ingreso de la población, sin embargo no se cuidó la coherencia de las variables macroecómicas y sin pensar en lo transitorio de los ingresos recibidos.

La primera consecuencia de esta situación fue el abandono, sino teórico al menos en la práctica, de un crecimiento coherente y sistemático, y aún cuando se preparó el V Plan de l Nación: La Gran Venezuela , el mismo se vio determinado por las disponibilidades de recursos financieros que permitieron actuar en todos los campos de la vida nacional, sin tener que priorizar las acciones y los proyectos.

Cuando el elevado volumen de ingresos petroleros dejó de fluir, nos encontramos en la necesidad de enfrentar los resultados: alto endeudamiento público y privado, cambio en las magnitudes de las aspiraciones nacionales, proyectos de inversión pública en el área industrial y de servicios sin concluir, abandono de la inversión privada, deterioro de los indicadores sociales, avance de la corrupción y deterioro del consenso político.

Retomar de nuevo el camino para encauzar las aspiraciones nacionales, de acuerdo a una visión ordenada del crecimiento y el desarrollo y detener el deterioro creciente de los indicadores económicos y sociales ha sido una tarea casi imposible en los últimos 20 años. La pérdida de la brújula no ha sido sustituida por otro instrumento de orientación y canalización de las aspiraciones nacionales, lo cual, unido a lo errático del nivel de los ingresos petroleros ha permitido mantener la esperanza de poder alcanzar los niveles deseables para satisfacer cualquier aspiración nacional.

Este sentimiento subyacente en la población y en los dirigentes nacionales de todas las tendencias políticas, no ha permitido efectuar los ajusten necesarios para reordenar el desarrollo nacional dentro de una visión de largo plazo que aproveche la dotación de recursos del país y propenda a su modernización dentro del mundo globalizado de hoy. Por el contrario parece no existir una clara visión de las limitaciones que impone la situación y de la falta de rumbo del país, aun cuando todos estamos conscientes del deterioro ,especialmente el social y de los peligros que ello entraña para el sostenimiento de la democracia y para entrar al próximo milenio en condiciones de aprovechar nuestras potencialidades.

Nos encontramos frente a enormes desafíos para nuestra economía, apoyada aún en un solo producto de exportación, con una población joven, ávida de bienestar, frente a una sociedad desorientada, especialmente en sus valores espirituales y cada día mas impotente para resolver sus múltiples necesidades. Ante esta situación pareciera imprescindible adoptar de nuevo un camino que conduzca a la senda perdida del desarrollo, siendo capaces de canalizar nuestras aspiraciones nacionales en el mundo global y utilizar en forma óptima la dotación de recursos naturales, humanos y financieros con que cuenta el país.

La respuesta a lo anterior se encuentra en dos áreas: la primera, en la construcción de un liderazgo moderno, abierto, concertador, capaz de canalizar las aspiraciones nacionales, sin demagogias, con firmeza y claridad de visión; la segunda en el retomar la planificación, entendida como actitud, como concepto, como forma de poner juntas las acciones necesarias de los sectores público y privado en aras de alcanzar objetivos y metas concretas, dentro de un lapso mayor que el de las actuaciones de un gobierno, capaz de suministrar a los líderes nacionales los instrumentos y estrategias para llevar a cabo las grandes transformaciones que el país necesita.

Venezuela utilizó las mismas bases conceptuales que la mayoría de los países de América Latina para fijar las bases de su desarrollo en la década de los sesenta y para entonces, la sustitución de importaciones era la orientación acertada como política para lograr el aprovechamiento de los recursos nacionales, generar empleo creciente y bien remunerado, procurar insertarse en la economía mundial mediante el estímulo a la promoción de exportaciones no tradicionales de rubros complementarios al proceso de sustitución de importaciones y el desarrollo de ventajas comparativas en base a recursos naturales. Este modelo se agotó, tanto en América Latina como en Venezuela aunque no así los fundamentos de las ventajas competitivas del país

La década de los 90 ha traído nuevos desafíos. Se trata de resarcir el deterioro económico y social ocurrido la década perdida, como se ha llamado la década de los ochenta para América Latina y preparar las economías para insertarse en un mundo globalizado y abierto, tanto en lo económico como en lo social. América Latina se volcó masivamente hacia las nuevas políticas de apertura, Chile, México, Argentina las iniciaron desde finales de la década pasada y Venezuela realizó su primer intento en 1.989, paradojicamente bajo el mandato del Presidente Carlos Andrés Pérez a quien le tocó gobernar durante el quinquenio 1.974-1.979, período donde se acentuó el papel del Estado en la economía.

Circunstancias sociales y políticas deterioraron rápidamente las ideas de modernización y apertura y retrotrajeron al país a políticas mas conservadoras por unos pocos años, hasta abril de 1.996 cuando de nuevo se inicia el camino de la modernización económica expresada en la Agenda Venezuela, pero con los mismos errores de óptica del pasado. Ni El Gran Viraje, ni la Agenda Venezuela se han insertado en una visión compartida de largo plazo sobre el país que queremos, ninguno de los dos esfuerzos ha definido la Venezuela del próximo milenio para poder de esa manera instrumentar programas de largo aliento en sectores tan sensibles y determinantes del futuro como la educación, la salud y la modernización de la estructura productiva.

Sin esta visión de largo plazo vamos a continuar teniendo éxito transitorio en el ajuste de las variables macroeconómicas, sin lograr las transformaciones de la estructura productiva que consoliden los avances logrados en el marco global; dentro de poco tiempo estaremos de nuevo planteándole al país un nuevo sacrificio para modernizar la economía y es probable que en una nueva oportunidad, el país no acepte un nuevo programa de ajuste que recaiga sobre las grandes mayorías nacionales empobreciéndolas más.

Para evitar lo anterior se debe abordar de inmediato una reflexión nacional sobre el país que queremos para nuestros hijos y no quedarnos allá sino avanzar sistemáticamente , sin prisas pero sin pausas, en la estrategia de transformación de la base productiva del país y en el mejoramiento social de la población.

Pareciera incongruente con los resultados obtenidos el insistir en repensar la planificación como mecanismo para alcanzar las metas nacionales, pero si realizamos un análisis desprejuiciado de lo que ha sido la planificación en Venezuela y sus aportes al desarrollo, podemos evidenciar algunos hechos relevantes que pueden garantizar un mejor desempeño futuro.

Si partimos del reconocimiento de que en Venezuela la planificación encontró un mejor ambiente que el que existió en la mayoría de los países latinoamericanos, basado por una parte, en la capacidad del Estado de imponer orientaciones al sector privado y avalarlas con acciones concretas por ser dueño de una parte importante de los recursos financieros y propietario de las principales materia primas, y por la otra, por haberse generado suficiente consenso desde el momento de su concepción en la necesidad de fijar prioridades para el desarrollo y actuar en consecuencia., podremos decir que estas ventajas han permitido que aún, en medio de la mayor crisis de valores y recursos del país, la planificación aún sea reconocida como un instrumento de orientación y vista como elemento favorable para la reducción de la iniquidad social.

La planificación en Venezuela ha sido apolítica, en un país altamente politizado. Se ha usado como instrumento de desarrollo y como una técnica, desprovista de ideologías y por eso ha sobrevivido los cambios de gobierno . Este hecho, aparentemente favorable, también le ha restado eficacia porque si bien, ha generado proyectos de amplio consenso, no ha generado suficiente compromiso político para defender su realización en forma oportuna y generar las acciones necesarias para su instrumentación.

La compatibilidad entre Programas de Gobierno de los candidatos presidenciales que han ganado las elecciones en Venezuela y los postulados de los planes que le ha correspondido elaborar en el Gobierno, en general, no están correlacionados. Esta tal vez es la razón de que todos estamos con el Plan pero el Plan no es de nadie. Por su parte, las fuerzas políticas en el Congreso han dedicado muy poco tiempo a discutir las orientaciones de mediano plazo, produciéndose de esta manera un desmontaje de las estrategias del desarrollo al aprobarse leyes sin vinculación o contrarias a los objetivos planteados y aprobar presupuestos desvinculados de los programas de acción necesarios para instrumentar el plan. En otros casos, el retardo en la aprobación de leyes ha neutralizado el esfuerzo de coherencia de las medidas propuestas.

Muchas son las deficiencias en el diseño de los planes y en su instrumentación, pero al lado de las mismas, se pueden rescatar valores importantes desarrollados al amparo de la planificación. La búsqueda del mayor bienestar para toda la población como objetivo final del desarrollo permanece como concepto inmutable en la mente de los constructores de la Nación. La estrategia para lograrlo ha pasado por circunstancias difíciles y sería arriesgado afirmar que se pueden mostrar progresos importantes en estos momentos. Pero no siempre fue así. Venezuela aprovechó en los primeros años de democracia para dar el salto cualitativo hacia la modernidad y hacia el fortalecimiento de las capacidades de su recurso humano. Los problemas crecieron mas rápido que las soluciones y hemos visto un franco retroceso en la mayoría de las variables sociales que debe ser revertido en el futuro mediato.

La visión de mediano plazo de una economía mas independiente del petróleo, de un país menos rentista y mas productor, favoreció la estrategia de sustitución de importaciones permitiendo la creación del potencial productor que hoy detentamos. No hubo suficiente decisión para introducir progresivamente los cambios de rumbo necesarios y hoy frente a la necesidad de una apertura mayor, la estructura productiva esta siendo sometida a un ajuste drástico dirigido por las fuerzas del mercado, de un mercado imperfecto por la propia estructura existente y el tamaño del mismo. No fue defecto de la planificación, fue la falta de una voluntad política para enfrentar los intereses de los grupos de presión que permitieron que una actividad naciente lo fuera de por vida y por lo tanto disfrutara de amplio apoyo gubernamental para su expansión y diversificación. Es decir , no se actuó con coherencia entre los planteamientos del Plan y la instrumentación del mismo.

El desarrollo de grandes proyectos para la transformación de los recursos naturales, la mejora en la evaluación de proyectos públicos en general, el mejor aprovechamiento de la red de asistencia y financiamiento internacional, la formación de funcionarios con visión global de los problemas, la mejora en la capacitación del recurso humano del sector público, la necesaria referencia a una visión común de los problemas, son algunos de los elementos positivos rescatables de la planificación venezolana, aunque algunos de ellos se hayan revertido en los últimos años.

En América Latina se habla de una nueva planificación. Ha surgido el concepto de gestión estratégica en contraste con la planificación situacional del pasado. Se atiende mas a las decisiones, a la acción y al funcionamiento que a las trayectorias voluntaristas de las variables. Supone sopesar los comportamientos previsibles de los agentes económicos, sociales y políticos frente a las decisiones de gobierno.

La definición de gestión estratégica contiene la noción de una finalidad, del logro de objetivos concretos en distintos horizontes de tiempo y en consecuencia la visión de largo plazo coherente con las de mediano y corto plazo son consustanciales a este concepto e implican un mayor grado de participación política en el diseño y ejecución de la gestión de planificación para garantizar por esta vía los consensos necesarios.

Al lado de la nueva planificación está la reconstrucción del Estado para atender con coherencia, oportunidad y claridad las decisiones necesarias para garantizar que el mercado opere con transparencia, en beneficio de la colectividad y no de unos pocos. Un Estado mas pequeño, eficiente y con altos valores éticos es indisoluble del nuevo concepto de gestión estratégica.

En Venezuela, el reconocimiento de la realidad de una economía mixta donde el petróleo continuará por muchos años proveyendo los recursos para financiar parte importante del funcionamiento de la economía; donde las diferencias de productividad del sector exportador y del resto de los sectores llevará años reducirlas, establece la imperiosa necesidad de la acción y orientación del Estado para reducir las inequidades, compatibilizar las aspiraciones regionales y nacionales, velar por el acelerado crecimiento de las regiones mas rezagadas y dotar de oportunidades a todos los venezolanos, a la vez que establece el marco general de funcionamiento de una sociedad mas abierta y competitiva. Este es el reto de la planificación en el nuevo milenio. Parece oportuno aprender de lo realizado, mejorando las capacidades existentes para desde allí apoyándonos en nuestros propios pies diseñar el futuro con visión amplia viendo el bosque además del árbol.


Economista, Presidente de la Fundación Integración y Desarrollo. FID

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